Transformación y Revolución

Escrito por: Luis Acosta

Fecha de publicación: 20 diciembre, 2019

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Transformar: hacer cambiar de forma a alguien o a algo; transmutar algo en otra cosa.

Aceptemos como punto de partida que transformar es cambiar, transmutar la forma de alguien o algo, o, bien, ese algo en otra cosa. La primera interrogante es si la transformación se da en sentido progresivo, hacia adelante, o retrógrado.

La transformación implica movimiento; no se puede cambiar –dejar una cosa o situación para tomar otra-, sin una acción volitiva que mueva lo anterior a lo nuevo. Pero transformación también significa cambio. Transformación, así, es, a un tiempo, movimiento y cambio. Sigo de aquí en adelante a Bobbio en su Teoría General de la Política.

Movimiento y cambio entran en relación causal, de medio y fin. Nuestra primera parada será la vieja máxima maquiavélica de que el fin justifica los medios, siempre mal planteada, porque si el fin justifica los medios, qué justifica al fin.

Partiendo de lo anterior, debe existir en toda organización política un fin mínimo, conditio sine qua non, para la obtención de todos los demás fines que de él deriven. Esta petición de principio es el orden público, sin él cual se carecería de organización social y, por ende, de materia para el movimiento y el cambio. Incluso el más inicuo revolucionario busca romper un orden existente para crear otro.

Ahora bien, hay que distinguir entre la idoneidad de los medios, asunto de naturaleza técnica (“un gobierno eficiente no es per se un buen gobierno”, sostiene Bobbio), y la legitimidad de los fines. Porque no se trata de alcanzar cualquier fin; de allí que la legitimidad de los fines conlleve siempre un juicio moral entre lo lícito y lo ilícito, valoración “que no puede confundirse con el juicio entre lo idóneo y no idóneo” de los medios.

Maquiavelo sostenía que a los medios se justifican por haber “hecho grandes cosas”. Importante es la conjugación en pretérito del verbo hacer; no se trata de pretender hacer, sino de haber hecho; solo así pueden quedar justificados los medios, entendiendo por grandes cosas grandes fines. Tomemos nota porque es importante, no es lo que se vende, sino lo que se entrega aquello que justifica los medios utilizados. Por eso es que en política lo único que cuentan son los resultados. Claro está que es el propósito lo que mueve a la acción, pero es el efecto de ésta la que legitima, finalmente, fines y justifica medios.

Ahora bien, siendo el poder un medio para alcanzar un fin, la conquista, conservación y ampliación del poder, solo es justificable por el fin en sí, es decir, por el objetivo o propósito del cambio y no solo el movimiento. No es el viaje, pues, sino el destino lo que en esta materia cuenta.

Nuestra segunda parada será aclarar que toda política tiene que ver con la conflictividad humana, propia de su pluralidad. Ninguna política y ningún político puede cerrar los ojos ante ello. En otras palabras, por esencia, la política jamás podrá obtener unanimidad de pareceres. Lo que para unos es certeza en otros es duda; el dogma de aquél es la antítesis de éste; la verdad absoluta en el converso puede ser el anatema de otro de diverso signo.

Por tercer estadio hemos de señalar que al hablar de transformación hablamos de dos eventos en relación causal, aunque parezca que nos referimos a solo uno, la transformación misma. Ésta, sin embargo, para darse, conlleva el hecho de transformarse, de mudar, el movimiento en sí considerado, que puede ser de diversos tipos, y su efecto, el cambio obtenido, que puede ser de diferente calado y extensión. Transformación, pues, verbaliza medio y fin: movimiento y cambio.

Por lo que hace a los movimientos los encontramos sutiles o ruidosos, pausados o vertiginosos, imprevistos o ansiados, armoniosos o violentos; los cambios, sobre todo del orden social y político, pueden ser parciales o totales, pacíficos o telúricos, atropellados o lánguidos. La extensión y profundidad de los cambios responden, por igual, a su procesamiento (movimiento), como a la trascendencia de su cambio (lo que cambió en el cambio). Pudiera haber un movimiento violento con cambios poco significativos, o movimientos acompasados con cambios de consistente raigambre.

Vayamos ahora a la teoría de la revolución que caracteriza a ésta como un movimiento súbito, ilegítimo, violento y popular; propiedades que comparte con el golpe de Estado, pero que difieren entre sí porque la revolución se hace en la calle, en la Bastilla; y el golpe de Estado en Palacio. De igual forma, en que la revolución surge de abajo y el golpe de las élites.

Pudiéramos concluir que la Revolución es un movimiento súbito, ilegítimo dentro del orden jurídico establecido, violento, popular y placero. Caracteres que encontramos por igual en las rebeliones, tumultos y revueltas; pero la revolución se distancia de ellas porque sus cambios (ya no las características de su movimiento) son más radicales y abarcan el orden político y social.

La revolución es, pues, ruptura brusca de un curso lineal, no solo del sistema político o forma de gobierno, sino del orden social, prepolítico y de relaciones económicas. Para Bobbio, la verdadera Revolución debiera tender a “la creación de un hombre nuevo”, es decir, para serla debe transformar la naturaleza humana, no solo las cosas.

Para Hannah Arendt, la revolución tiene entre sus propiedades la de irresistibilidad. Ella parte de que en sus orígenes el término tuvo un uso astronómico: De revolitionibus orbium coelestium, relativo a un movimiento de los astros sometido al orden celeste. Rememora que el 14 de julio de 1789, de cara a la toma de la Bastilla, Luis XIV exclamó: C’est une révolte y fue interpelado por quien le informaba, Liancourt: Non, Sire, c’est une révolution, trasladando por primera vez lo irresistible del orden cósmico al ámbito humano; una revuelta quedaba dentro de los alcances del rey, una revolución se escapaba de su poder, devenía irrefrenable. Y concluye: “Esta multitud que se presentaba por primera vez a la luz del día era realmente la multitud de los pobres y los oprimidos, a la que los siglos anteriores había mantenido oculta en la oscuridad y en la ignominia. Lo que desde entonces ha demostrado ser irrevocable y que los agentes y espectadores de la revolución reconocieron de inmediato como tal, fue que la esfera de lo público -reservada desde tiempo inmemorial a quienes eran libres, es decir a los libres de todas las zozobras que impone la necesidad- debía dejar espacio y luz para esa inmensa mayoría que no es libre debido a que está sujeta a las necesidades cotidianas.” (Arendt, Sobre la revolución)

Otra de las propiedades de la irresistibilidad de las revoluciones radica en que una vez desatadas, nadie puede controlar el curso de los acontecimientos. Podrán tener un propósito esgrimido, pero son naves sin timón.

Por otro lado, en la teoría de la revolución hay quien esgrime el concepto de “revolución sin cambio revolucionario” (Moses Finley), en este caso estamos ante el paso del poder de una clase a otra, rotación de élites políticas sin cambio del orden social. Es decir, puede haber movimientos revolucionarios, violentos, populares, radicales, ilegítimos y placeros, sin verdadero cambio radical.

La reforma es también movimiento y cambio, pero se distingue de la revolución por sus tipos de movimiento y de cambio. El reformista está por un movimiento progresivo; priva en él una concepción evolucionista de la historia; el desarrollo como la suma gradual de pequeños y continuos pasos; el revolucionario, por el contrario, apuesta a un progreso rupturista de grandes saltos, de allí que esencialmente busque exacerbar las contradicciones sociales para que de su estallamiento se imponga la irresistibilidad de la que nos habla Arendt. Entre ambos movimientos, reforma y revolución, media la aceptación o no de la violencia como instrumento. Reforma: movimiento pausado y legal de cambio gradual. Revolución: movimiento violento de cambio radical.

El juicio sobre revolución y reforma se hace tanto por lo que toca a su carácter de movimiento, cuanto por lo que corresponde al de cambio. Al movimiento se le evalúa por su violencia, por lo lícito o ilícito de ella. En la mayoría de los casos suele aducirse violencia sucesiva: “los oprimidos, se justifica, no pueden liberarse salvo oponiendo su violencia a la violencia de los opresores”: los extremos siempre se llaman.

En cuanto a los cambios, el juicio es un poco más complejo; primero porque exige perspectiva en el tiempo. Nuevamente es Arendt la que nos dice que “todas las historias iniciadas y realizadas por hombres descubren su verdadero sentido únicamente cuando han llegado a su fin, de tal modo (y esto es muy significativo) que solo al espectador, y no al agente, le cabe la esperanza de comprender lo que realmente ocurrió en una cadena dada de hechos y acontecimiento.” Segundo, porque su contenido es el cambio mismo: qué cambió, en qué cambió y, más complicado aún: fue o no benéfico el cambio y a la luz de qué y de quién. Por supuesto, los afectados siempre dirán que no, e irreductiblemente los beneficiados que sí. A lo anterior se suma el juicio irresoluble sobre si los costos del cambio, principalmente en violencia, fueron justificados.

En una cosa congenian reforma y revolución, y es la idea de la bondad del movimiento. Mientras que los conservadores (en la acepción aséptica de Bobbio) y los contrarrevolucionarios comparten su predilección por la estabilidad. Bajo esta diferenciación, la apreciación de “conservadores” del presidente López Obrador es correcta, no así su carga político peyorativa de raigambre histórica nacional decimonónica.

Ahora bien, el actual gobierno habla de Transformación, no de reforma y menos de revolución; sin embargo, sostiene que busca un cambio profundo y verdadero de régimen. A ciencia cierta se desconoce su ruta de navegación, pero 30 reformas constitucionales separan su movimiento de los cauces violentos y acreditan una apuesta reformista y legal que apunta más a reforma que a revolución.

Sin demérito de lo anterior, la transformación en curso a veces se antoja tensada, cuando no desgarrada, en un rejuego de vencidas entre las franjas reformistas y las escuadras revolucionarias dentro del propio gobierno. La transformación anunciada se antoja esquizada y en conflicto permanente entre aquellos que apuestan por un movimiento y cambio graduales, y quienes militan por un movimiento violento de cambios bruscos y radicales. Los primeros tienden puentes que los segundos dinamitan; unos, tímidamente, llaman a la suma; otros abiertamente buscan exacerbar las contradicciones para imponer la irresistibilidad de su movimiento. Unos ven una nación en devenir, otros son genesíacos; se ven pariendo un nuevo México.

Frente a ello se perfila un tercer riesgo, exclusivo éste de los movimientos carismáticos, y que pudiera dar al traste con las opciones mas ambiciosas de los reformistas y de los revolucionarios de la transformación prometida, si no logra que el Movimiento, y aquí me refiero al de Regeneración Nacional (MORENA), solucione sus contradicciones internas y tribales, castrando todo esfuerzo y condenándolo a quedarse en movimiento sin cambio.

La Cuarta Transformación está urgida de una clara definición de movimiento y de cambio, a riesgo de condenarse a la entropía.

Urge a los partidarios de la 4T, así como a los no simpatizantes de ella , atemperar ánimo y discurso para reencauzar la deliberación pública a cauces civilizados y civilizatorios. El maestro de Nitzsche, Ritschl, les diría, sin distinción, que: su “disparatada obcecación les debe arrebatar también la simpatía de los sensatos en aquella parte de sus objetivos en la que tienen razón.”

Suele suceder que las revoluciones empiezan como un movimiento por restaurar un supuesto orden de cosas perturbado. Es decir, suelen ser movimientos restitutores que inadvertidamente se salen de cauce y terminan desatando tempestades revolucionarias. Hoy el término utilizado es regenerar: “dar nuevo ser a algo que degeneró, restablecerlo o mejorarlo”. Regeneración no necesariamente tendría que implicar revolución, rompimiento, violencia. Pero no debemos dejar de considerar que la política trata siempre de la conflictividad humana y, por ello, yerran quienes en defensa de sus legítimos derechos de pluralidad, o bien de sus propósitos de cambio, optan por combatir polarización con camorra; ya que, en lugar de fortalecer las franjas reformistas de las tensiones en juego, ceban las pulsaciones revolucionarias y violentas de ambos lados del espectro político, y extreman los radicalismos a antípodas irreductibles.

Carreño Carlón (El Universal 04 xii 19) recuerda a Gramsci cuando advierte que en todo movimiento de cambio “surgen monstruos” y los “fenómenos morbosos más variados”. Habrá de cuidar que quienes verdaderamente defienden la pluralidad y la tolerancia, al decir de Nietzsche, no se conviertan ellos mismos en monstruos al perseguir sus propios monstruos, o, peor aún, que siendo su acción de suyo monstruosa, con ella invoquen y consoliden los monstruos que discursan perseguir; que su morbo y monstruosidad otorgue a sus contrarios el triunfo que les combaten. (Ver La Gran Pesadilla)

PS.- No despertemos al México Bronco