Tiembla sobre mojado

Escrito por: Angel Tellez

Fecha de publicación: 12 diciembre, 2017

Los desastres naturales tienen un común denominador, despiertan el sentimiento altruista de la sociedad, no importa si sucede en tu propia casa o del otro lado del mundo, a todos los seres humanos nos mueve el ser testigos de la desgracia de nuestros semejantes y hacemos lo que esté a nuestro alcance por ayudar.
 
El altruismo está vinculado a un fenómeno neurobiológico llamado empatía, es decir, cuando nos ponemos en los zapatos de otros. En nuestra sociedad súper comunicada nos hemos polarizado de tal manera que podemos ser ajenos a algunas cosas que suceden a nuestro alrededor e hipersensibles a lo que vemos en redes sociales, un gran ejemplo es la foto del niño refugiado que apareció frente a las costas de Turquía, la imagen, la historia detrás, hizo que se nos estrujara el corazón y por todos lados surgieron las voces de indignación y reclamo de apoyo.
Sin embargo para los habitantes de esta CDMX, la costa turca se antojaba demasiado lejana de nuestra realidad y nuestros propios problemas, y aunque las muestras de apoyo en redes sociales venían de todas partes, poco se hizo por ayudar.
No fue hasta julio que las primeras pruebas de nuestra solidaridad empezaron a ser más cercanas y reales. Inusuales tormentas se desataron sobre nuestra ciudad, superando la ya de por sí disminuida capacidad de nuestro sistema de drenaje ocasionando impresionantes inundaciones que, como siempre, finalmente mexicanos, en un principio fueron objeto de bromas, memes, vídeos que, a su vez, inundaron las redes sociales.
Los noticiarios cubrieron la “parte social” de la nota, el impacto en familias que habían perdido sus pertenencias, personas desamparadas y daños en su forma de vida, casi como una muy sutil advertencia de lo que estaba por venir.
Unos meses más tarde, en agosto y septiembre, ya de lleno en temporada de huracanes, el desastre volvió a azotar a nuestra ciudad y nuestro país a mayor escala y de forma alarmante. La cercanía, el aspecto más importante de la empatía, disparó nuestro altruismo, en Facebook y Whatsapp corrían cadenas, falsas y verdaderas, urgiendo nuestro apoyo, mostrando las dramáticas imágenes, instando a nuestros más profundos instintos a ayudar donar económicamente o en especie, para ayudar, una vez más a quienes lo habían perdido todo.
Para quienes no vivieron el 85, el miedo generalizado a los temblores no significaba más que una pesadilla ajena, un cuento similar al que cuentan los mayores para que te termines las sopa o te comas tus vegetales. Algo que sucedió hace mucho tiempo y por lo cual no había que preocuparse.
En la noche del 7 de septiembre, los fantasmas se hicieron reales un sismo de 8.2 grados (alarma sísmica y todo), sacudió la CDMX, y a pesar de que no causó grandes daños en la capital, si lo hizo en Chiapas y Oaxaca. El espíritu solidario se elevó, las consignas de ayuda, las cuentas para donaciones invadieron todos los medios, nos pegaron justo donde nos duele, el nivel de empatía creció al tener una idea más clara, más vívida de la escala de la tragedia, aunque la verdadera prueba estaba por venir.
Nadie puede estar preparado para lo que sucedió a las 13:14:40 del 19 de septiembre. En el piso 16 de un edificio del centro històrico, yo creí que era el último día de mi vida, pensaba en mis hijos y le pedía a Dios que los protegiera, a mi alrededor se escuchaban crujidos, llantos y voces pidiendo calma; la pesadilla se volvió real, se volvió nuestra.
Por las calles la gente caminaba sin sentido ni destino, las sirenas de vehículos de emergencia nos hicieron caer en cuenta que las cosas no estaban bien, a unas cuadras de mi oficina un edificio se había derrumbado, la gente ya se había organizado para ir a ayudar. No había pasado ni media hora y nos empezábamos a dar cuenta de que los afectados; esta vez, éramos nosotros.
Nunca dejará de conmoverme y sorprenderme el heroísmo de nuestros conciudadanos, la entrega de adultos y niños por igual, la disponibilidad para ayudar, le resiliencia que mostró la Ciudad de México ante el peor de sus miedos, ante el enemigo común.
No me parece adecuado relatar lo que vi y lo que viví en los días siguientes, porque es una historia que involucró a muchas personas que hacían lo que podían por ayudar, es una historia colectiva en la que yo participé al lado de conocidos y de perfectos extraños, lo que si puedo decir es que me quedo con la idea de que verdaderamente esta sociedad tiene la capacidad de ser mejor, de que podemos ver unos por otros y ayudarnos, confortarnos, extender una mano (o las dos) para ayudar a nuestros semejantes.
Me gustaría pensar que lo podemos hacer sin que exista una situación de emergencia de por medio, que podemos ser héroes en la cotidianidad.
Me gustaría pensar que esta vez aprendimos la lección y que no dejaremos que se nos olvide que un puño en alto es una señal de esperanza y el momento adecuado para callar, escuchar y creer que alguien puede ser rescatado, sin importar las circunstancias.
Feliz 2018, no bajemos la guardia.