Temblor: entre la ironía y la coincidencia

Escrito por: B7XO

Fecha de publicación: 25 septiembre, 2017

Es una especie de secuencia sonora debajo del agua, que recuerda a una manada de búfalos en tropel. Casi puedes verla venir antes de escucharla y sentirla. Inclusive observas de soslayo, en una fracción de segundo, hacia la ruta que sigue desde su origen, como antecediendo el siguiente movimiento.
Aparentemente los defeños hemos desarrollado un nuevo instinto animal genético que nos permite tensar los músculos antes de liberar la energía que nos pondrá en movimiento. La comunicación entre los sentidos se ha vuelto más fina, sobre todo cuando tiembla.
Correr es la mejor opción, siempre. Pero correr no significa mover pies y manos sin un orden aparente sino desatar la energía acumulada en esos segundos en los que confrontas el sino de la furia silenciosa contra tu instinto de supervivencia. Correr ordenadamente salva vidas; correr ordenadamente, y con sangre fría, te permite halar o empujar, sin contacto físico, a quien puede provocar un embotellamiento en las escaleras o los pasillos. Correr es la mejor opción, siempre.
¿Por qué demonios no tomé ese curso de parkour que iba a regalarme mi chica en mi último cumpleaños?, piensas cuando te encuentras obstáculos humanos frente a ti en una eventualidad natural. ¿Por qué no tengo la fuerza de 10 elefantes? ¿Por qué otra vez a nosotros y el mismo día? ¿La respuesta está en la ciencia? Quizás, pero no hay tiempo de googlear. Una cosa es saber que el cáncer se cura a tiempo con quimioterapia y no comiendo gorgojos, y otra muy diferente es cargar con tu kit de supervivencia de lunes a domingo porque en cualquier momento puede temblar con la rabia con la que tiembla en México, y en la Ciudad de México, y en la Colonia Roma, y La Condesa, y ahora en Puebla y Morelos.
Cada vez que tiembla, amén de recordar a Chico Che, me vienen a la mente dos referencias musicales: la portada del disco Unknown pleasures de Joy Division, y la canción ‘Run like hell’ de Pink Floyd.
 

 
Para quien añoraba vivir una escena típica de un Apocalipsis tipo Mad Max II, el 19 de septiembre de… 2017 le bastaba con salir a la esquina de Insurgentes y Durango en la Roma Norte. Hordas de gente con rictus de temor y desconocimiento, dependiendo de la edad; polvo de cemento, cal y estrellas adobando el cielo inmediato, olor a gas, a cabello quemado, a sudor; un éxodo hacia el sur; espontáneos pidiendo alejarse de los muros por la caída de los cristales y el recubrimiento de las fachadas. Creo que pude ver, mientras me desplazaba rumbo a la escuela de mi hijo hasta Mixcoac, a los fantasmas de Kerouac y Burroughs en la esquina de Monterrey y Álvaro Obregón inyectándose para tratar de entender esa extraña cosmogonía que bifurca la vida de los capitalinos y del mexicano en general.
A veces es mejor moverse solo y tratar de digerir las cosas con base en la experiencia que te dan tus 43 años de edad y los 11 que tenías en 1985, ya con varios temblores en el currículum. Ya sabes que debes alejarte de los muros, que es mejor caminar en medio de la calle, que correr ordenadamente es la mejor opción. La sangre fría, en una ciudad en llamas, es el plato fuerte de tu dieta diaria. Ya sabes que no hay teléfonos, que es lógico que internet se dará un descanso, que las malas noticias llegan a tiempo.
Hace un par de años acudí como ponente invitado para conmemorar el 30 aniversario del terremoto de 1985 en el Claustro de Sor Juana hablando sobre el manejo de los medios, y durante mi ponencia señalé: “…¿acaso México está preparado para enfrentar un terremoto de las mismas dimensiones que el de 1985? Lo más seguro es que no…”, pero me equivoqué, porque los años de adiestramiento y el ADN heredado entre generaciones permitió que la catástrofe fuera menor, pero no menos importante, que la acontecida en 1985. Teoría y práctica salvaron vidas, eso es seguro.
Y aquí lo importante versa sobre la diferencia entre versiones de una generación a otra.
Dice Javier Huerta, de 42 años, Ingeniero Mecánico Eléctrico: “Tuve el privilegio, o la desgracia, de vivir los terremotos de 1985 y 2017 en situaciones similares: estuve enfermo de gripa, no fui a la escuela en 1985 y no fui a trabajar en 2017; me quedé en casa; mi casa está a 100 metros de la casa donde vivía en 1985. Este terremoto lo sentí infinitamente más fuerte, no obstante, ahora sé que, efectivamente, lo fue. Sin embargo, me quedo con la duda de si parte de la intensidad está relacionada con que ahora soy padre de familia y no dejaba de pensar en dónde estaban mi esposa y mi hijo, y si estaba bien. Perspectivas que te da la edad (…) Mi parte racional me dice por qué la naturaleza quiere mostrarnos la diferencia entre ironía y coincidencia, siendo que este terremoto fue el mejor ejemplo del segundo término. Mi parte irracional, romántica y perceptiva, me dice que en México hay un ciclo que nos renueva como seres humanos cada treinta y tantos años, y que nos recuerda que somos más de lo que creemos ser y, al mismo tiempo, podemos desaparecer en cualquier instante. Sólo que no hemos sabido entenderlo ni aprovecharlo”.
Por su parte, Mónica, una comunicadora y locutora millennial, me señalaba: “Jamás pensé que viviría algo similar. Recordaba, mientras salía de casa cargando a mi perro, escuchando cómo se caían las cosas y pensando que mi casa iba a caerse, que tú y yo fuimos al memorial del 85 en el Museo del Estanquillo y me relatabas tu experiencia, y entonces pensaba que exagerabas, pero fue como colocarme en otro orden real. Sucede, y es algo que no quiero volver a experimentar”.
No obstante, sin importar generaciones, y quizás a causa de ese ADN heredado, la sociedad civil volvió a tomar las riendas del asunto. Niños, jóvenes, adultos y viejos se fundieron con un solo fin. Dejemos al gobierno de lado, ya es mucha necedad apuntalar lo evidente.
El puño en alto para pedir silencio es lo de menos. Los perros, ahora héroes incidentales, conforman una deidad más en el escenario de la catástrofe, pero en dónde queda cada persona.
México acaba de dar una vuelta de tuerca, nos graduamos, una vez más, como una sociedad henchida de orgullo y con unos tamaños que ya quisieran en otras partes del mundo.
Ahora, lo interesante es saber cuánto va a durarnos esa fuerza, ese empuje más allá de las catástrofes. ¿Por qué no exigimos en eso y mil cosas más?
Depende de nosotros.
Felicidades a todos. Felicidades a México. Y no, no me pongo mesiánico, porque esta fuerza es una realidad. Hagámosla valer en adelante.