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Sonic Arsenal – Sonidos del resto del mundo

En cuanto se dieron a conocer los resultados del Brexit, se habló continuamente de la manera en que los actos británicos realizarían giras en Europa, se habló del impacto de su presencia o ausencia en diversos festivales, pero todo eso era ver el mundo hacia afuera del Reino Unido, poco se había discutido del impacto al interior hasta que el pasado fin de semana las restricciones pusieron en riesgo a Womad, el festival más importante de world music.

Peter Gabriel, quien fue parte de la fundación del evento en 1980, dijo: “el derecho a viajar por trabajo, por educación e incluso por placer ha empezado a restringirse y frecuentemente por líneas raciales y religiosas”. Las fronteras se cierran, los mundos empiezan a encogerse, sobre todo para un género como el world music, que nunca ha alcanzado el éxito comercial, sin embargo en medio de su propia complejidad, ha logrado sobrepasar ese nivel en el que todo cabe en un mismo lugar, liberando música que se niega a una simple categoría, que por cierto como etiqueta es la que más engloba y de forma absolutamente simplista.

A pesar de lo fácil que pueda resultar contagiarse con la música, existen dos términos tan ambiguos y tan difíciles de definir, que a principio de cuentas pensar en ellos ya se convierten en un problema básico. Alternativo y world music son dos palabras manoseadas continuamente, sin embargo la segunda se convierte en una etiqueta tan extraña, exótica y vaga, que desafía su propia clasificación. World music es un nivel inventado, llamémosle el lado positivo de la globalización.

El término fue creado en 1987 por algunos ejecutivos de ventas en Londres, para ayudar al marketing de esas grabaciones que no podían ser clasificadas tan fácilmente (la misma historia del término alternativo), o que por llevar la etiqueta de “étnico” o “internacional” no lograban penetrar con facilidad en el mercado. Las dos palabras inmediatamente se convirtieron en el cajón al que se podía aventar todo, al menos el 99% de los estilos que eran totalmente desconocidos para los estadounidenses y británicos.

 

Sin tener que encasillar el sonido en términos geográficos, que se podría resumir en Occidente y El Resto del Mundo, world music es la raíz de todo. Sus principales criterios son las tradiciones folclóricas y étnicas de la cultura de la que surgen, teniendo como principales exponentes a todos los países africanos, asiáticos y sudamericanos, que a pesar de la delimitación en el anaquel de discos, ha logrado influir enormemente en el 1% de la música con mayor éxito comercial. ¿Lo dudan?… sólo escuchen los últimos discos de los Beatles, algunas canciones de Led Zeppelin, Talking Heads, Blur, Dead Can Dance, Rolling Stones y por supuesto Peter Gabriel, así como algunos precursores del blues y jazz. Los rastros del mundo están por todas partes.

Toda esa “música extranjera” no es nada extraña para los oídos occidentales. Muchas décadas antes de que el género fuera nombrado, había múltiples crossovers entre formas de música étnica y la música popular de diversas épocas. Sí ahora el world music suena más global, es gracias al worldbeat (otra palabra de reciente creación), que no se refiere a ningún estilo específico de música, pero que fusiona estilos dispares, creando una forma globalizada, una perspectiva multicultural que llega a una audiencia mucho más grande. El resultado es un dance pop occidentalizado y al mismo tiempo salvaje.

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Los principales elementos de la cultura occidental pop y rock han logrado ese híbrido con la música de todos lados, llevando el sonido hasta varios niveles de increíble eclecticismo que pierde su sentido de espacio y territorio. Ritmos contagiosos y letras ligeras flotan sobre esos límites internacionales, olvidando la lealtad a su origen. Esa música es producida en cualquier parte, desde Nueva Jersey y La Habana hasta Japón, sin embargo a pesar de su complejidad nuevamente cae en esa simplista clasificación de música del mundo, que al paso de los años al menos ya no lleva colgado el estigma de ser música extraída de la cima del Himalaya, las selvas africanas, los desiertos arábigos o de los sombrerudos mexicanos dormidos a la sombra. Las imágenes y los sonidos abarcan mayores dimensiones en la actualidad.

En ese intento por llevar la mayoría de los sonidos del mundo a términos realmente globales, surgió un río colombiano convertido en casa discográfica y que ahora realiza expediciones en grupo a Cuba: Putumayo. El sello es producto del lema “música garantizada para hacerte sentir muy bien”, que mensualmente lanzaba recopilaciones que nos llevaban desde su sede en Nueva York hasta fusiones de jazz, rap, afro-pop, salsa, lounge, funk, cajun, rock en español y cantos arábigos, aptas para aquellos que no desean reventarse un largo viaje entre raíces y que logran una perfecta definición auditiva de lo que es world music, podríamos decir que se trataba de un viaje con guía y paradas muy bien establecidas, nada de meterse en lugares que se vean cochambrosos.

 

El término continúa siendo vago, imposible describirlo en tan sólo 700 palabras o con una serie de etiquetas como étnico, neo-tradicional, gitano, pop internacional, folk judío, trovas europeas, rock aborigen, salsa neoyorquina, ritmos celtas y electrónica con cantos gregorianos. No es el sonido más comercial y no todos los experimentos son fructíferos (algunos sonidos torturan al que los oye), sin embargo su autenticidad es una eventual fuente de inspiración, frescura y sustancia que otros géneros más populares desgastan continuamente.

Justo cuando apareció el término empezábamos a vislumbrar la globalización, muchos mundos al alcance de todos. Paradójicamente, ese mundo que Internet nos abrió con opciones a partir de la década de los 90, lo ha cerrado en los últimos años a través del miedo y el odio disfrazado de libre expresión que de muchas maneras ha tenido como resultado el cierre hacia ideas, tradiciones y culturas con algo tan simple como la negación de una visa.

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