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Ambulante 13 – ‘England is Mine’

Conocer más acerca de la vida cotidiana y la gestación de los ídolos musicales, no siempre resulta agradable para sus seguidores, la desmitificación de estos entes provistos de genialidad, responsables de declaraciones críticas y acertadas y de enormes valores discursivos aderezados con solventes carreras discográficas, puede contrarrestar el entusiasmo de sus seguidores, este es el caso del filme ‘England is Mine’ (2017),

Inspirada en Steven Patrick Morrissey al cierre de la década de los 70, donde es mostrado en la fragilidad de su personalidad, en la búsqueda de un mecanismo que le permita expresar todo aquello que tiene acumulado en su interior; sentimientos y opiniones del mundo circundante.

La opera prima del cineasta ingles Mark Gill ha tenido una aceptación poco favorable a medida que se va exhibiendo en el mundo, cinematográficamente es una pieza redonda, no sorprende ni técnica, ni estéticamente hablando, sin embargo, si transmite el malestar de un ser humano sumamente sensible, tímido y realmente acotado en el desencanto de su tiempo.

La música seleccionada para acompañar al joven Morrissey en la gestación de lo que con el tiempo lo convertiría en uno de los frontman más interesantes de la banda emblemática The Smiths, es otro de los puntos a celebrar de esta biopic estrenada el año pasado, el cual entre otros incluye a New York Dolls, Roxy Music, Martha Reeves & the Vandellas y George Formly.

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Sin duda, esta pieza fílmica es una de las más esperadas de este 13 Festival Ambulante y también para los seguidores del controvertido cantautor y vegano inglés, la cual no esta concebida para resaltar la importancia de lo que ha generado durante las últimas décadas Morrissey, sino para entender al ser común y corriente que era antes de convertirse en uno de los monstruos de la música inglesa que es considerado no solo por sus fans, sino por la historia de la música alternativa de los últimos 33 años.

La frase ‘England is Mine’ que es justamente la que inspira el nombre la pieza fílmica, fue tomada de la canción ‘Sill Ill’ del disco The Smiths de 1984.

I decree today that life is simply taking and not giving
England is mine, it owes me a living
But ask me why, and I’ll spit in your eye
Oh, ask me why, and I’ll spit in your eye
But we cannot cling to the old dreams anymore
No, we cannot cling to those dreams…

‘England is Mine’ se exhibirá en la carpa del Festival Vive Latino, en compañía de otros documentales como: ‘Existir sin vos. Una Noche con Charly García’, ‘Pussy Riot: Una Plegaria Punk’ y ‘Zoé: Panoramas’, entre otras.

Cuando el #VL18 se subió al transporte público

Para cuando esto salga publicado, quizás la mayoría de los “ofendidos” reporteros y cronistas de rock en México se encuentren un poco más sosegados tras (léase con entonación de voz en off de película de Luis Buñuel) la “infamia” y el “oprobio” a los que fueron sometidos luego de que el cartel del Vive Latino 2018 se anunciara en las pantallas del metro de la Ciudad de México. Qué osadía, ¡pardiez! No puedo dejar de reír.

 

¿Desde cuándo los medios y los reporteros se creen merecedores de la información o la exclusiva? ¿No hace poco alguien me decía que era responsabilidad del periodista hacerse de la información en vez de estar esperando el parte oficial? ¿Dónde quedó ese bello arte de la investigación? ¿Dónde quedó esa chulada que era apretar las tuercas del vocero, nada más un poquito, para robarle algunas banditas invitadas? ¿Saben en dónde? ¡En la bandeja del correo electrónico y el timeline de Twitter!

 

Porque qué cómodo es ese mantra que reza: ¡dejad que los boletines se acerquen a mí! Estamos en la era del boletín, de los revuelcanotas, de los tepublicosimeacreditas, de los tedoyespaciosimedasboletos, de los blogueros con 20 toques al mes, de los reporteros con resentimiento social, de quienes prefieren phoner para no tener que quitarse la pijama, y no de quienes tienen convicción y ética; pero a eso los acostumbraron desde hace mucho tiempo.

 

Mi reino por saber qué habrá pasado por la mente de los encargados de las estrategias en OCESA, quienes prefirieron las pantallas del Metro que a los pocos medios (verdaderamente) especializados en música que hay en México; ya no se diga a los blogcitos bebé (¡mis vidos!). Quizás se hartaron de ver replicado el mismo boletín gracias a la magia del copy+paste, y borrando el boilerplate de la organización, medio tras medio. O quizás, también, se cansaron de las críticas infundadas de quienes cada año mientan que cada año el cartel es el peor de la historia pero corren por su acreditación con el entusiasmo con el que una quinceañera con retraso corre por su prueba de embarazo.

 

Lo que tenemos aquí, a diferencia de las formas tradicionales, es una campaña bastante bien orquestada, sin un ápice de error porque se saltaron a los medios para tener un buen arrastre orgánico en las redes sociales. “¡¿Cómo que en el Metro y no en nuestras sagradas escrituras?!”, habrán mentado a dos segundos del pánico y con los esfínteres a punto de aflojarse. Y sí, gracias a la ocurrencia, inclusive los detractores están hablando del cartel del VL2018 y ¡están compartiendo el cartel en sus redes sociales! ¿Quién ganó? Muy simple: los organizadores quienes se anotaron un golazo mediático sin recurrir a los medios, y los fans que se ahorraron las pobres crónicas de siempre.

 

Pablo Cam, productor de contenidos y especialista en medios de comunicación, es enfático al referir que, en este caso, “el cliente está buscando otro tipo de impacto; la gente va a festivales independientemente de si se enteraron por ellos en la prensa, que es un medio y no un fin, y está súper chingón, porque, además, en mi opinión, es el mejor cartel del Vive Latino en años. Se trata de medios alternativos y la prensa debe entender que éstos están comiéndose a todos. El Metro es un medio mucho más urbano, que va de la mano con la esencia del Vive Latino, más allá de anunciarlo en un blog o un periódico, es un medio más directo porque el cliente está hablándote directamente, sin intermediarios”.

 

Por su parte, Gisela Ayala Téllez, periodista con más de 20 años de experiencia en distintas fuentes, señala que “el Metro es el mejor medio para llegar a la gente. En realidad, los reporteros somos un medio para llegar al receptor, y no se trata de atacarlos sino de incitarlos a buscar la nota y, en vez de ofenderse, los medios deberían saber cómo medir esta ‘provocación’. La onda es que la música llegue a donde debe, que es la gente”.

 

En ese mismo sentido, tomando en cuenta que la música y los conciertos son un ne-go-cio, y que nadie puede decirle a nadie cómo publicitar su negocio, ¿cuál es el fundamento real del reproche? La ausencia de protagonismo. Ergo: los medios y sus reporteros deben entender que los protagonistas son los músicos y, en este caso, los organizadores, porque los primeros son, de hecho, por si no se han dado cuenta: un medio y, en el peor de los casos, un tamiz. Ya desde principios de los noventas, algunos analistas estábamos hartos de la misma preguntita de siempre en conferencias de prensa para bandas extranjeras: “¿qué sienten al tocar por primera vez en México?”. ¡Con un demonio! Qué rayos van a sentir sino gozo y un buen aliciente para sus carteras. “¿Qué esperan del público mexicano?”, se afanan. En fin.

 

Sobre ese rubro, Ileana Gordillo, mánager de bandas de rock con mucha experiencia y especializada en el desarrollo de artistas, señala que fue de su agrado que lo anunciaran primero en el Metro ya que “las conferencias del Vive Latino no se caracterizan por ser las mejores, siempre hay mucha paja, muchos medios, le abren la puerta a todo el mundo y no se pone mucha atención a los contenidos. A mí me parece afortunado que haya sido de esa forma”.

 

Definitivamente los medios y las formas han cambiado, y uno de los primeros ejemplos visibilizados fue la campaña para la película ‘Blair Witch Project’ en 2000, cuando la trama de la película se hizo pasar como un hecho real. Finalmente el mensaje debe llegar a la gente sin importar el medio. No obstante, hay quienes aún no están preparados para estas épocas.

Los festivales musicales, anclados en el “Status Cool”

 

El primer festival de música al que asistí fue uno de reggae allá por la colonia Granjas Esmeralda en una cancha de básquetbol y tocaban, creo, Antidoping, Dengue y Rastrillos. Era una cosa sumamente precaria con seguridad cero, una nube perenne de ganja y algunos puestos de pulseras de cuero, pashminas, aretes y hitters de madera y formas curiosas instalados aleatoriamente en el perímetro de la cancha. Además se vendían caguamas en bolsa con popote a 10 pesotes. A unos metros había una iglesia que, aquel sábado, llamaba a misa de siete con singular alegría.

 

Entonces en México no había cultura de conciertos y eso había quedado patente en los malogrados y patéticos intentos de Rod Stewart y Bon Jovi, y las mejores tocadas se publicitaban de mano en mano con flyers ingeniosos, algunos coloridos, y otros mostrando su carácter undergrasa desde el diseño. Para poder ir era necesario conchabar a papá y mamá, dueños del dinero, quienes se aprovechaban de la necesidad musical de sus retoños y los negreaban con distintas labores hogareñas hasta conseguir lo del boleto y, acaso, un par de cervezas.

 

Si acaso el festival era en Ciudad Universitaria o en la UAM Xochimilco la cosa era más sencilla porque el acceso era gratuito (si no contamos el kilo de arroz que sería entregado a comunidades indígenas de Chiapas) y lo de las cervezas salía del acoso a los estudiantes de seminario de la preparatoria. Volver a casa significaba una buena peregrinación a pie. Eran épocas románticas, pero los tiempos han cambiado demasiado.

 

El día de hoy, acudir a un festival comienza con el torzón estomacal que surge tras ver publicado el cartel y después las fases de venta de boletos que en el primer mundo pueden ser equivalentes al orden pero que en un país como México más bien suena a chantaje. Si antes taloneabas a los protocuras ahora la casa bancaria oficial de los conciertos parece devolverte el favor con un karma que cotiza en dólares. Vender un riñón podría rescatar la empresa pero entonces no podrás tomar cerveza.

 

Hace unos años el bueno y berrinchudo de Morrissey canceló su presencia en el Vive Latino argumentando –vayan ustedes a saber si fue cierto– que entre los patrocinadores del evento había una empresa de fast cárnicos que no le hicieron gracia. Una cancelación más en la frente del fanático de Oscar Wilde. Nada raro, aunque causó indignación, pero, de ser cierto, Mozzer demostró coherencia con su discurso.

 

Las arengas políticas dentro de la música dejaron de hacerme gracia desde hace tiempo porque en realidad voy a disfrutar de las actuaciones, lo más adelante que pueda, y sin entrometerme en un slam que, a mi edad, podría trabarme las vértebras, o bien, arreglarme las que ya tengo torcidas. No quiero correr el riesgo, además uso lentes y salen muy caros. Ñoñazo, nenaza, lo sé. Pero el verdadero problema, inclusive más allá de la manera como se secuestra la posibilidad de adquirir boletos, radica en algo más profundo que pareciera no serlo en realidad.

 

 

No obstante, mi reticencia ante el cántico sociopolítico tiene un buen subterfugio: los tiempos han cambiado. La música ha dejado de lado la colocación de mensajes porque el mundo avanza a una velocidad que no permite la disertación en las partituras ni el escenario. Quizás por eso los millennials se mostraron sorprendidos al ver que Roger Waters hacía un call to action (eh, qué tal el lenguaje mercadológico) tan directo como oportuno pero sin el adhesivo requerido. Y gratis, encima.

 

No cabe duda que el modelo del VL se adecuó a los estándares de aquellos conciertos en Ciudad Universitaria tanto en formato como en el diseño del elenco para aprovechar la inercia. Sin embargo, dentro de la misma naturaleza comercial del evento, el festival fue mutando hasta adoptar directrices de primer mundo para dotarlo de cierta decencia y un aparente orden. Y está bien. No podemos decirle a nadie cómo manejar su negocio.

 

 

Pero. ¿Acaso el target natural de un festival como el VL tiene los recursos económicos para acercarse sin refunfuñar? Aparentemente sí. A principios de los noventas lo melómanos mexicanos rogábamos por un concierto accesible tanto económicamente como en lo referente al transporte, y sobre todo con poco tiempo de diferencia. Hoy, hay que realizar una agenda anual para ver si le caemos a Suede o El Cuarteto de Nos en la Condesa, o al Corona Capital (cuyo target sube un poco en la escala) en el Foro Sol y hasta a Inna en el Pepsi Center (oh, pues, me gusta el EDM), y que esa inversión no se empalme con el pago de la colegiatura de tus hijos, el recibo del gas o el reloj Michael Kors de tu esposa (eso ya fue una mam…). Y en el caso de los grandes festivales es necesario contar con el dinero, las ganas, tiempo en línea y una tarjeta de crédito para garantizar un sitio como testa de la hidra.

 

Para quienes somos godínez no es extraño ver que el millennial de al lado, quien quizás es el Content Manager de la empresa, pide que no lo molesten durante dos horas porque va a la caza de un par de boletos para él y su lady millennial. Antes nos formábamos de madrugada afuera del Palacio de los Deportes; definitivamente las formas han cambiado.

 

Ahora se trata de un trajín capitalista y aparentemente ordenado que a los empresarios les funciona. Un boleto de un festival es equivalente al santo grial o a conquistarte a la reina de la escuela desde tu estatus de ñoño.

 

Y ahora es cuando los literatos aplican la vuelta de tuerca porque yo quisiera saber si bandas de carácter social como Los Fabulosos Cadillacs, La Tremenda Korte, Celtas Cortos, Rancid, Attaque 77, Liran’ Roll e Inspector, por mencionar algunos, se sienten cómodos con ese trasfondo que, aparentemente, afecta su ideología humilde y la de sus seguidores más fieles, o si solamente se sienten parte de lo que hoy podemos denominar el Status Cool, porque un Vive Latino es un Vive Latino y la proyección es favorable.

 

En aquellas épocas románticas era muy sencillo llevar unas monedas de más para ayudar a quien en la entrada de un festival de reggae en la Granjas Esmeralda pedía un “cualquier, cualquier” para completar su entrada o su caguama en bolsa, pero hoy tu corazón es la hielera que te ordena defender tu lugar como cabeza de la hidra antes de pensar en los demás. Es cosa de ideología, pues; por eso no critico a Morrissey. Además, la música es un negocio, eso debe quedar claro, y hoy en día abre sus puertas al mejor postor.

 

No, no voy al Corona Capital, pero a Hombres G no me los pierdo por nada en el VL2017. ¿Por qué? Porque a pesar de las calamidades sociales Los Fabulosos Cadillacs le cantan a un mundo que ya no existe y Hombres G es mucho más divertido.

 

Crónicas cientoúnicas presenta: Corona Capital. Capítulo uno.

El Festival internacional que a México le costó parir cuarenta años.

Hace algunas semanas ya hablábamos acerca de la trascendencia de Avándaro como el antecedente primario de los festivales masivos en nuestro país el cual tuvo lugar en un momento muy peculiar del mismo, ya que, en medio de una serie de movimientos sociales a nivel mundial, se encontraba la joven sociedad mexicana con una herida punzante tapada con un curita sobrepuesto, expectante, paciente, ansiosa por un poco de aire que dejara fluir sus más profundas frustraciones pues sin explicaciones, sin argumentos y sin justificación alguna, los ojos de nuestros antepasados presenciaron ante sus ojos cómo se entreteje el guión del telegobierno y así fue que a partir de entonces comenzamos a transitar por casi cuatro décadas de oscurantismo cultural.

Recapacito mientras escribo estas líneas. Siglo veintiuno, tecnología de punta, sistemas de seguridad en red apoyados por ciberetrategias y México, un país en vías de desarrollo colocado geográficamente en un punto lo suficientemente estratégico como para gozar de todos los privilegios de un país desarrollado, a través de la televisión. Qué gran fiasco.

Una vez inmersos en la nada cultural, cuando del mundo sabíamos apenas lo que algunos querían que supiéramos, existían los hoyos funky y los cafés existencialistas donde algunos comunistas rijosos insistían en escuchar propuestas musicales que tuvieran que ver con manifiestos y protesta y de esto apenas existían algunas apuestas de blues y trova. Pero fue hasta ya bien entrada la década de los ochenta cuando de por debajo de las piedras comenzaron a surgir jóvenes entusiastas que organizaban toquines de rock y punk masivos en prepas populares, en territorios baldíos del Estado de México, vocacionales y en la UNAM.

Algunos menos clandestinos que otros, la realidad es que en esos eventos no se podía beber (claro que te las podías ingeniar para llevar una chela en bolsita), y mucho menos andar fumando mota porque estabas al interior de una escuela (como si esto fuera un impedimento). En fin, la cosa es que a regañadientes de pronto comenzaron a abundar los pequeños eventos no tan masivos donde los únicos asistentes eran jóvenes ávidos de escuchar algo que sonara fresco y auténtico, música con la cual identificarse.

Las leyendas conspiranóicas illuminatis, cuentan que justo en esa década, la de los ochenta, un grupúsculo de jóvenes con presupuesto, dominio del idioma inglés, algo de bagaje cultural, mucha ambición y ganas de destacar en la vida, fueron los encargados, dentro de los parámetros de lo socialmente controlable, de “seleccionar” a las bandas que conformarían esta nueva ola de rock hecho en México, un rock guapo y despeinado que no dejara de ser rock en la forma, pero cuyo fondo estuviese políticamente vacío. Lo cierto es que la leyenda cuenta es que fue también gracias a este grupo de jóvenes, que el veto a los conciertos masivos e internacionales en México, al fin hallaría una luz dentro de la cueva casi veinte años después de Avándaro.

Hacia finales de los años setenta y principios de los ochenta, se popularizó un formato de auditorio-restaurante donde uno podía ir a ver a su artista favorito (claro si este solo era Emmanuel o José José) al mismo tiempo de degustar alimentos y bebidas. Fue en ese momento que proliferaron lugares como “El Patio” o el mismo Hotel de México, ahora World Trade Center, donde alguna vez se llegó a presentar nada menos que The Police.

Otras historias cuentan que otros jóvenes entusiastas, no sabemos si los mismos del párrafo anterior, comenzaron a juntarse en lugares que sufrieron una metamorfosis tipo transformer, pues ya no eran hoyos fonky de los setenta y tampoco el formato rarísimo de restaurante-bar-auditorio, sino que al fin el concepto de discoteca comenzó a expandirse dando paso a lugares de culto como el LUCC, el Magic Circus, el Bulldog Café o el Rock Stock donde las mismas leyendas cuentan que sí hubo presencia y avistamiento de toquines de artistas extranjeros tales como Jane’s Addiction, INXS e incluso Depeche Mode, aunque la mayoría de estos tuvieron lugar a inicios de 1990.

Fue hasta el año de 1989 cuando en la aún pequeña ciudad de Querétaro de Arteaga, Rod Stewart se presentó en el estadio Corregidora; la euforia era tal, que gente de todo México se dio cita en ese lugar todavía alejado de la mano de Dios para presenciar algo que no había sucedido nunca en México: un artista internacional ante miles de personas. Simplemente épico. Este concierto puede considerarse como el parteaguas de lo que en adelante se ha convertido en una tradición para los artistas extranjeros, ya que lo que suena aquí, hace eco en todo el mundo. Extraño fenómeno para un país que emergió de las cenizas oscurantistas de la represión cultural.

A partir de la década de los noventa, el sol salió y con él una larga, larga lista de bandas y solistas de todas partes del mundo comenzaron a girar por escenarios mexicanos: U2, Smashing Pumpkins, Michael Jackson, Peter Gabriel, Metallica, solo por mencionar algunos, fueron los primeros en pasar lista en este fenómeno taquillero inusual llamado México, y digo inusual, porque no importa lo pobres que estemos, siempre habrá Sold Outs.

Hay que mencionar, que antes de que comenzara a proliferar el concepto de festival masivo, fue el boom de la música electrónica el gran pionero explorador de este formato con eventos como el Aca Sound Festival en Acapulco o el Love Parade en la Ciudad de México, donde DJs de todo el mundo ya comenzaban a aglomerar multitudes.

Pero fue hasta que la taquillera de confianza agarró confianza y supo que el público mexicano era noble y que quizá su ánimo y bolsillo estaba listo para el reto del festival masivo. Así, el festival Vive Latino inició sus primeros ensayos en el año de 1998, para entonces, otros eventos ya concentraban a diversas bandas nacionales en escenarios únicos que concentraban a miles de espectadores. Lugares como el toreo de Cuatro Caminos, el Salón 21, el Deportivo Mixhuca y la Plaza de Toros México fueron tan solo algunos escenarios improvisados que vieron crecer y pasar a algunas bandas tanto nacionales como internacionales.

Justo cuando Coachella y Glastonbury comenzaron a reventar como fenómenos sociales y masivos, México empezó a experimentar sus primeros pasos hacia los macroformatos como el Manifest, Coca-Cola Zero Fest, MotoRokr, MXBeat o el Festival Corona.

Más adelante otras ciudades y estados de la República como Guadalajara, Monterrey, Puebla, el Estado de México y Veracruz se contagiaron de la euforia masiva y algunas productoras independientes se lucieron con primeras y únicas ediciones de festivales que, aunque mal organizados, se agradeció en su momento la pluralidad y concepto distinto a lo que habíamos visto hasta entonces, tales fueron los casos del los festivales como Colmena, 72810, el Goliath, el Sonofilia y el Festival Extremo en donde tuvimos la oportunidad de ver a Moby, Björk, Sigur Rós, Peter Murphy y Modest Mouse entre otros.

Finalmente, en el año 2010 tiene lugar por primera vez el Festival Corona Capital asentándose desde entonces como uno de los eventos internacionales más esperados del país que debido a su concepto, es único en su tipo en la Ciudad de México, pero eso lo leeran en otro capítulo de esta crónica cientoúnica.

Wolfgang Flür y Nortec se unen para el año dual #AleMX

La colaboración que vimos en Vive Latino 2015 sigue evolucionando, ahora con motivo del año dual Alemania-México. Wolfgang Flür (ex integrante de Kraftwerk) y Nortec (Bostich y Fussible) unieron esfuerzos para elaborar el remix de ‘Moda Makina’ para musicalizar el clip donde se dan a conocer las actividades que serán parte del intercambio cultural entre el 2016 y 2017 entre ambos países.

El tráiler fue presentado al público la noche del jueves 4 de agosto en las redes sociales del Año Dual Alemania-México, evidenciando a través de los trajes típicos, bailarines y la música electrónica las raíces, el presente y el futuro de esta colaboración que pueden seguir con el hashtag #AleMx.

Para dar inicio a un año de relaciones bilaterales basadas en ciencia, cultura, educación, innovación, movilidad y sustentabilidad, participan bailarines de la Escuela del Ballet Folclórico de México y del grupo alemán Trachtenverein Isargau, los vemos interactuando en el vídeo oficial del Año Dual Alemania-México 2016-2017, como parte de un proyecto de colaboración entre creadores de ambos países.

En 2014 Flür y Nortec crearon ‘Moda Makina’, incluida en el último disco que lanzó el colectivo, ‘Motel Baja’, realizaron la presentación del track en VL15, después unieron esfuerzos en diversas presentaciones y se volvieron a reunir para trabajar juntos, ex profeso para musicalizar este tráiler elaborando un remix, que ahora pone el ritmo a la tradicional Danza de los Viejitos de Michoacán

“Kraftwerk fueron nuestros pilares en la música electrónica. Leímos su libro I was a robot y creemos que la letra en Moda Makina son pasajes de esa obra pero tijuaneados”, dijo Pepe Mogt, conocido como Fussible y quien fuera miembro de Nortec.

No te pierdas el sábado 6 de agosto el chat a las 11:30 horas, en el que los seguidores del Año de Alemania en México podrán preguntar a los músicos de Nortec y ellos responderán vía Facebook-live.

Para más información sobre el Año Dual Alemania-México 2016-2017, visita su sitio oficial y sigue sus redes sociales:

Facebook: /DualAlemaniaMexico

Twitter @alemaniamx

Instagram @alemaniamx

Detrás de la evolución del arte de Vive Latino

El cartel ha superado la simple definición de una simple pieza de papel, no ha abandonado su uso como medio propagandístico, pero se ha convertido en la nueva herramienta del arte que rodea el rock y todos los géneros que le siguen, todos los festivales basan en ese elemento el concepto general y la perspectiva de cada año, de la misma manera ocurre con Vive Latino, el arte ha crecido de forma paralela con el festival y por la misma razón siempre hay gente a favor y en contra, tal y como sucede con las bandas invitadas a participar.

Como en muchas áreas, el arte de Vive Latino anteriormente mostraba poco más que los nombres de los grupos que participarían en el evento, tardaron en hacerlo, pero hoy existe una nueva perspectiva alrededor del cartel para promover la música, la nueva visión tiene como objetivo crear algo sin tener que relacionarse directamente con una ideología, pero si ha propiciado el tema central de cada año.

 

Los primeros años fueron poco arriesgados, sin mostrar un tema, se trataba de asentar los dos brazos que se cruzan para formar con las manos las letras V y L, la idea principal eran los participantes, sin embargo a partir del 2004 la imagen ha cambiado. En ese año se presentó el primer cartel que contó con un diseño gráfico temático para el festival, se trató, aunque no sabemos porque razón, de aviones y pilotos con un estilo de la Segunda Guerra Mundial que lograron aterrizar hasta el Foro Sol como personajes ambulando entre el público.

A partir de Vive Latino 2005 percibimos una idea que pretendía permanecer en los siguientes años, el diseño del cartel consistió en una imagen de la ciudad siendo invadida por extraterrestres. En el año siguiente los gráficos fueron inspirados en el circo, con sus personajes característicos saltando entre la multitud o bajando en tirolesa hacia el escenario para darnos esa idea de que el arte inicial podía rodear cada uno de los conciertos.

En Vive Latino 2007 el diseño consistió un la tecnología en la música, la digitalización y la evolución de como concebimos la música en la actualidad, un buen tema para enlazarse con el 2008, donde para la celebración de los 10 años del festival se crearon varios carteles con la “unidad” como característica principal, siendo representada por varios tipos de familia.

Para Vive Latino 2009 las ideas dejaron de ser primarias y se enfocaron en contextos, como fue el caso de los varios carteles de ese año, que emularon la experimentación visual surgida de diversos artistas en la olimpiadas de México 1968, utilizando la misma tipografía y retratos de deportistas de algunas disciplinas olímpicas como los clavados, la alterofilia, el atletismo y el fútbol.

Para Vive Latino 2010 la idea tenía que ver con la imagen de la mexicana que fruta vendía, fragmento de la canción popular infantil La Víbora de la Mar. El cartel del evento mostró la imagen de una mujer vendiendo frutas y flores, con un bajo en la mano. La idea de mexicanismo se reforzó con Vive Latino 2011, donde los gráficos se inspiraron en el arte prehispánico, con elementos que al unirse conformaban un Dios del Rock.

Para 2012, la idea y el invitado para crear el arte fue diferente, inmediatamente identificamos al Dr. Alderete, conocido del rock por sus gráficos para el Multiforo Cultural Alicia y diversos grupos de surf y rockabilly. Un año después Alejandro Magallanes eliminó todos los distractores y nos brindó un cartel con un trazo infantil que expresaba la creatividad temprana. En 2014 el diseñador Manuel Macías expresó las diferentes culturas que alberga el festival y en el 2015 Sociedad Anonima reunió elementos étnicos, tribales y tropicales bajo la visión de la cultura pop.

En 2016 nos encontramos con Saner, quien inmeditamente elevó la idea de lo que debe ser un cartel de Vive Latino, la mezcla de todo eso que realiza este artista, que ha incursionado en el grafitti, la ilustración y el mural con un reconocimiento mundial, con obras monumentales en la calle, en lo mínimo con juguetes o el escenario y el arte del disco con Centavrvs. La edición 17 del Festival Iberoamericano de Cultura Musical vive precisamente todos los aspectos que se ven reflejados en el largo nombre del evento, da importancia a Latinoamérica a través de sus expresiones y narrativas visuales, presentes ahora en cualquier parte del mundo, solo chequen su cuenta de Instagram.

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