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Música de cañerías, Tokyo 2020

En la semana en que se celebró el día Picachu y la caminata Pokemon Go, el ministro de Japón cumplió el deseo de muchos al atravesar una tubería de Tokio a Río de Janeiro para convertirse en Mario, en esos cuatro minutos no solo preguntamos por Luigi, también nos dimos cuenta que la propuesta de Segways, manga y personajes de vídeo juegos venía del país que se mostró tradicionalista para el mundial de fútbol en el 2002, pero que para los Juegos Olímpicos del 2020 prometía cumplir los sueños del movimiento Shibuya-kei mezclados con dosis de futuro, ‘Super Campeones’, Doraemon y Hello Kitty.

Adiós baby boomers que fueron a buscar a Señorita Cometa, Japón nos mostró sus nuevos elementos culturales, los que se ha renovado y siguen teniendo una importancia mundial, sobre todo entre la generación X y millennials que no solo comprenden el síndrome de tunel carpiano y los pulgares crujen por ciertas repeticiones, también aprecian y entienden la estética de los cómics, series y vídeo juegos de origen japonés que han sido adoptados en la cultura occidental.

 

La industria del entretenimiento, como el producto de artistas, ingenieros y productores, cuyo trabajo deriva en una nueva forma contextual interactiva y orgánica que aprovecha al máximo la versatilidad del medio. Los juegos electrónicos se han convertido en el más fresco e innovador medio para experimentar y explorar nuevas formas de hacer algo, incluida la música.

Aunque la música aparentemente es uno de los elementos menos notorios dentro de un vídeo juego, es la constante, cualquier sonido es fundamental para su éxito o fracaso. La música creada para los juegos de vídeo se ha convertido en un producto muy fructífero para directores y compositores, al grado de que hasta los más conocidos han tratado de incursionar en el medio, por eso, no es gratuito que Spotify haya agregado una nueva plataforrma para localizar esa música en específico, desde las obras de ‘Final Fantasy’ hasta las obra de 8 bits y los soundtracks de EA Sports.

El desarrollo del audio y efectos de sonido se extiende hasta el distante pasado de los juegos electrónicos. Al igual que el audio para las películas, los sonidos no fueron parte de ellos desde un principio debido a limitantes técnicas. Fue hasta los días del Pong y Pac-Man que la compañía Atari integró ciertos sonidos a los juegos. El audio de estos era sumamente repetitivo, pero tuvo un impacto enorme sobre la creación de música específicamente para vídeo juegos.

Al paso del tiempo, los pasajes musicales para cualquier tipo de juego, sin importar el género, fueron mejor conocidos como gamey, término que trata de englobar las cualidades electrónicas y tonales de un pasaje o partitura, que en otros términos podría ser considerado como un loop, una secuencia de sonidos que se repite una y otra vez. Pasaron muchos años antes de que los gamey se distanciaran de ésta definición, ya que a partir de la década de los 90 la música para video juegos se convirtió en un excelente medio para la experimentación vía el chiptune, un género que habla de la integración de elementos de consolas, sonidos y tonos típicos de quienes crecieron frente a un juego de arcadia.

Superadas la era de los 8 y 16 bits, los juegos de peleas, carreras y extensos vuelos encontraron un mayor énfasis a través de los beats del techno y la música grunge, que brindaron a los jugadores una mayor sensación de competencia y agresividad, con lo que se logró establecer un escenario y tiempo de acción, además de romper con la monotonía que implica ver el mismo personaje y escenario de forma continúa.

Por su parte los juegos de simulación, acción, aventura y RPG necesitaron que su música tuviera otros propósitos, brindándole al juego sentimientos y comportamientos acorde a las acciones en pantalla, prevaleciendo el jazz, música minimalista, instrumental y la electrónica, con los que se logró que el juego tuviera ciertas entonaciones que permitieran vislumbrar lo que sucedería dentro de un escenario.

 

La música para video juegos se ha convertido en una parte importante para sus creadores y para los mismo realizadores de música, al grado de que los Grammys ya contemplan un premio a “Mejor Soundtrack para un Juego Interactivo”. Aunque en su mayoría los compositores de música para video juegos son totalmente desconocidos para el público en general, pero reconocidos en el medio en el que se mueven, también algunos personajes más conocidos han decidido involucrarse y experimentar un poco con su música y su propia voz. Tan sólo para dar algunos ejemplos tenemos a David Bowie, Fatboy Slim, Chemical Brothers, Prodigy, Future Sound of London, Run DMC, Public Enemy, Afrika Bambaataa, Dead Kennedys, Goldfinger, Primus e incluso Michael Jackson y el gran Louis Armstrong.

Obviamente ya no es necesario ser un obsesivo con túnel carpiano para poder escuchar ésta música, ya que en diversos sitios de ventas en línea o en varias tiendas de discos podemos adquirir el soundtrack original de diversos juegos. Algunos de los discos más recomendables de la primera época, antes de las bandas sonoras de FIFA o Grand Theft Auto curadas por grandes nombres, son: cualquiera de ‘Final Fantasy’, ‘Chrono Trigger’, el rapero ‘Thrasher, Skate & Destroy’, ‘Metal Gear Solid’, ‘Castlevania: Symphony of the Night’ y de beats electrónicos ‘Wipeour XL’; o sólo basta revisar algunos sitios web para encontrar loops, remixes o canciones completas para obtener los mejores soundtracks simplemente para disfrutar sin tener que jugar.

Esa idea prevalece en la serie web de RedBull, ‘Diggin’ In The Carts’, explora la influencia que tuvo ésta música en personas que a diferencias de otras, expuestas a la radio y los hallazgos en las tiendas de discos, pasaron gran parte de su infancia escuchando lo que salía de la consola casera o depositando cientos de monedas en las maquinitas, siendo impactados por la evolución de esa tarjeta de audio que brindaba pocos tonos pero que logró activar el oído de proyectos como Anamanaguchi, Flying Lotus y Thundercat.

Los tres actos no dudan en imitar esos sonidos a través de su música o en forma de onomatopeya para Diggin’ In The Carts, exponen la influencia y la manera en que los géneros populares impactaron los sonidos creados para el vídeo juego y como estos a su vez hicieron un recorrido a la inversa para que emergiera el chiptune y sus variantes como una nueva forma de expresión.

 

Festival Ceremonia 2016

 

Por: Patricia Penaloza / @patipenaloza

 

Con una asistencia considerablemente mayor a la de sus tres primeras ediciones, el Festival Ceremonia 2016, auspiciado por la compañía independiente Tape, este año ayudado un poco por la operadora de conciertos OCESA, llevó a cabo este sábado 9 de abril en el Centro Dinámico Pegaso (Toluca, Estado de México), la que quizá haya sido su mejor edición hasta ahora, sobre todo por el nivel de producción, notoriamente superior a la de otros años, con una mucho mejor elección de temporada climática: día soleado, nada de lluvia ni lodazales, y mucho menos frío en la noche. Instalado ya de forma más clara como un festival esencialmente de música electrónica y géneros bailables afines (funk, soul, rap, entre otros), de inicio a fin, el ambiente fue de alegría festiva, ayudado por una mucha mejor organización en el transporte  (la mayoría de los asistentes son de la Ciudad de México) y en la logística toda.

 

 

Musicalmente, los momentos más altos se dieron con el magnífico productor y virtuoso del bajo, Thundercat (Stephen Bruner), seguido por el cantante de soul, rapper y baterista Anderson Paak & the Free Nationals, y el grupo mexicano de electrónica y rock Titán, que al actualizar viejos temas de culto y sorprender con un nuevo sonido que mezcla industrial con progresivo y psicodelia electrónica, deslumbró a la concurrencia.

 

 

En cuanto a fiesta y gran recibimiento, Disclosure y su house retro cumplió con las altas expectativas y enloqueció a los miles de asistentes con un show impecable, entre secuencias digitales e instrumentos ejecutados en vivo (bajo, teclado, baterías) y voces pop perfectas. Asimismo, el baile se mantuvo exacerbado en el escenario principal, sobre todo con Classixx, Bob Moses, el DJ set de Gessafelstein y el acto en vivo de Flume, quien se dejó acompañar por excitantes visuales.

 

 

Por su parte, el escenario secundario ofreció guiños de menos alcance masivo pero mayor refinamiento sonoro, no sólo con Thundercat sino con el rapero guatemalteco (avecindado en México) Jesse Baez, el pop chileno de Marineros, los retruécanos grime-jungle-dubstep de RL Grime y por supuesto, el rap de vieja escuela de NAS. La carpa esférica Camp Roswell fue la delicia con filas larguísimas para acceder a ella, llena de motivos espaciales y alienígenas, con muchos artistas mexicanos de avanzada, tales como Theo Mago (nuevo alias de Bufi), Alemán, Finesse All Stars, Superstudio, Clumbers, o figuras como Alizzz (España), Gaika (UK), Anna Lunoe (Australia) y Total Freedom (EU). Sorpresa oscura y sucia, fue la mini carpa Spotify, que ofreció sonidos correosos, subterráneos, inesperados, con pinchadores alocados nacionales como DJ Chrysler, Damián Romero, Rosa Pistola, Niño Árbol o BBY Alone Soundsystem. El cierre con los mash-ups de Dj Z-Trip a las 3 de la mañana fue estruendoso y feliz, para los aferrados de la madrugada.

 

Globos, shorts, falditas, descamisados, colores.

 

Desde la una de la tarde, a diferencia de otros años, en que la gente solía llegar hasta cerca de las 6 de la tarde aproximadamente, la concurrencia, que oscilaba entre los 15 y los 30 años de edad, se fue agolpando en la entrada con el alboroto y algarabía propios de las hormonas en flor, mientras globos metálicos, insignias, banderas de colores, aros circenses, tiendas de ropa, productos orgánicos, publicaciones; stands de moda, dinámicas y juegos relacionados con la cultura skate, los recibían en un ánimo que equilibraba el consumismo con el disfrute y el posicionamiento de actitudes e imágenes. Carpas donde elaboraban tu propia máscara de animal en formas geométricas, donde te regalaban banderas de colores para agitar en lo alto,  juegos mecánicos intensos que te agitaban el cerebro y te hacían girar de cabeza, stands para probar la destreza y tino de los asistentes, mantenían de inicio a fin, la sensación de feria interactiva, de festejo celebratorio de la juventud desbordada.

 

 

La comodidad fue un rasgo singular en la edición de este año: las rutas para caminar estaban mejor diseñadas y señalizadas, los escenarios estaban muy cerca entre sí, y eso hacía que uno casi no se cansara, a pesar del calor. Las grandes carpas de sombra aliviaban a quien no quisiera estar bajo la inclemencia del sol atronador y brillante de primavera. Asimismo, resultó muy efectivo y bien instrumentado, sin fallas, el sistema de pre-pago: en pulseras individuales uno podía cargar efectivo para así agilizar la compra en los stands de  bebida; si sobraba dinero pre-pagado, uno podía recibir reembolso al final: una actualización digital de la antigua kermesse con boletitos.

 

De igual forma, las risas, los grupos de amigos abrazados, las falditas y los shorts coquetos, los varones descamisados, los bailes en grupo o en círculos con aros y máscaras, completaban el cuadro de chamacos gozando de la vida.

 

Tino musical

En cuanto a la curaduría de esta edición, los artistas fueron elegidos de una forma mucho mejor pensada y acorde con los gustos locales. Malas experiencias del pasado fueron cuando por ejemplo cerró Julian Casablancas and the Voidz (2014) y había muy poca gente viéndolo por evitar los grandes pantanos de lodo que dejó la lluvia por la tarde; o esa misma noche, en que Tyler the Creator tuvo muy poco eco. En cambio, los DJ’s y productores de música masiva bailable tienen más acogida en el público mexicano, de ahí que lo seleccionado esta vez, armó mucho mejor la fiesta e hizo que los ánimos, en vez de ir decayendo hacia el final como otras veces, al contrario, fuera creciendo hasta estallar con Disclosure. Sin duda, un gran gol.

 

 

Lo implacable del R&B, el soul, el dubstep, como tendencias arrasadoras actuales, también fueron rasgo atrayente y un cambio singular en la estafeta sonora de este año, no sólo en Ceremonia, sino como tendencia mundial, ya no sólo a nivel pop, sino también entre artistas un tanto más subterráneos y experimentales, cosa que el festival supo olfatear bastante bien, como para dar en el clavo al invitar a artistas de este perfil, haciendo que el cartel fuera mucho más cohesivo que otros años, menos de “dulce, chile y de manteca”. El mensaje fue tan bien manifestado, que resultó exitoso y harto divertido. De seguir así, se consolidará como una de las mejores experiencias musicales del año en México.

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