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El soundtrack del soundtrack de la vida

El cine ha sido una gran influencia en mi vida, y una de mis actividades favoritas desde muy corta edad; puedo jactarme de haber visto muchas de las películas clásicas en la pantalla grande y me da mucha rabia cuando me pierdo alguna, la veo después en TV (sin importar las dimensiones) y me doy cuenta de lo diferente que habría sido la experiencia en una sala de cine, pero eso no resta que tenga un soundtrack del soundtrack de la vida.

Además de las obligadas producciones de Disney en el cine Lindavista (porque por allí vivía mi abuelita) la primera película con actores que recuerdo haber visto fue ‘Vaselina’ (‘Grease’) y continúa siendo una de las pocas películas musicales que me gustan, pero para un niño de 4 o 5 años, la interpretación de ‘You Are the Want That I Want’ me hizo experimentar mi primer crush (Olivia Newton-John) y probablemente también mi primer man-crush (John Travolta); años después vendría Timbiriche a arruinarlo todo (y hacerle un gran daño al país), pero no voy a hablar de eso, sino de ese ideal de cantar y bailar sin importar que la situación lo requiera o no, pero sobre todo la decisión que tomé con apenas un lustro de vida para ser como Danny Zuko y no seguir las tontas reglas de nadie.

Después de los obligados arreglos de John Williams para ‘Star Wars’, recuerdo haberme fascinado por la música que Queen compuso para la fantasía steampunk de Dino de Laurentis, ‘Flash Gordon’, ¿pero quién podría resistirse a la línea de bajo de John Deacon y la operística voz de Freddie Mercury explotar en un poderosísimo Flash? Cabe mencionar que De Laurentis quería a Federico Fellini como director de la cinta y el mismo George Lucas quiso hacer una versión de aquel héroe de historietas.

Crecer en los 80 fue sin duda una gran época para disfrutar de óperas rock como ‘Quadrophenia’, ‘The Wall’ o ‘Rock and Roll High School’, sin embargo y con el perdón de los puristas, esta vez estoy escribiendo sobre mis recuerdos de la infancia, y siendo sincero en aquellos tiempos era mucho más probable que mi atención la captara Kenny Loggings con ‘Footloose’, la épica historia de Ren McComack un adolescente de Chicago que por azares del destino llega a un pequeño pueblo en el que, óigalo usted, estaba prohibido bailar. Por increíble que parezca la cinta esta (levemente) basada en hechos reales.

Finalmente me referiré a un, ahora casi desconocido, western urbano de 1984 llamado ‘Streets of Fire’ de Walter Hill. Cuando tienes 10 años, cualquier película que parezca un cómic, es celebrada como la mejor que hayas visto en tu vida y si encima la música fue compuesta por Ry Cooder, es la combinación ideal para descubrir, dentro de tus fantasías pre adolescentes, que la música es tu verdadera razón de ser y para muestra está el primer sencillo del sountrack, ‘Nowhere Fast’. Así que no importa que no sepan cuál sea su destino, siempre y cuando este acompañado de la música que les gusta para llegar rápido, aunque sea a ninguna parte.

 

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México, antes y después de Waters

 

“Así sucede con la estetización de la política que propugna el fascismo. Y el comunismo le responde por medio de la politización del arte”
– Walter Benjamin 

 

Es duro, lo sé, despertar digamos un 27 de septiembre de cualquier año y darse cuenta que eres parte del sistema; de un sistema cruel que te hace pensar que eres libre, que puedes hacer lo que quieras, claro, siempre que tengas algo de dinero. De un sistema que te obliga a levantarte, cepillarte los dientes y comer una manzana diaria porque es lo más sano. Un sistema que te hace sentir que a bordo de un auto estás más seguro que en el subsuelo a lado de todas esas bestias que van a hacer nada más y nada menos que tú: mantener vivo el sistema. El SISTEMA, un reloj de engranaje tan perfecto que incluso la revolución forma parte de él, de tal forma que, si tu ingenuidad crítica por un momento cree que retwitteando un mensaje de protesta o gritando una consigna en una manifestación te hace estar fuera de este sistema, temo que has vivido en un error.

 

Después de leer tanta méndiga opinión de expertos y no tan expertos, me han puesto muy incómoda esas ganas de unos que, por sentirse poseedores de ciertos conocimientos, creen que pueden, justificados siempre por la fantasmagórica y cada vez más abaratada libertad de expresión, pasar por encima de la sensibilidad de las personas. Me pregunto si aquellos que critican la megalomanía de Roger Waters, así como su demagogia y falsa protesta se han puesto a pensar por un segundo que eso que tanto se esmeran en derrumbar, son las ilusiones de una madre que llora por su hijo cuando escucha las canciones de Pink Floyd porque éste ya no está; me pregunto si conocen sobre la soledad de un hijo que anhela platicar con su padre cuando escucha ‘In The Flesh’. Me pregunto si su afán por tener la razón puede más que aquel beso apasionado bajo la luz de la luna escuchando ‘Wish You Were Here’.

 

Debo confesar que antes de asistir a los conciertos de Roger Waters la semana  pasada, yo también tuve miedo. Miedo de enfrentarme a lo obvio; que el ex Pink Floyd es ya un sujeto avanzado en edad que también forma parte del sistema que tanto critica, que tal vez y sólo tal vez, el enorme ego que algunos le subrayan  (como si no tuvieran uno igual) lo mantenga viviendo de glorias pasadas. Tuve miedo de que la música que acompañó mi infancia gracias a la influencia de mi hermano y que posteriormente formó parte de mi personalidad fuera una completa farsa y que ese discurso anticapitalista fuera tan solo aire musicalizado.

 

Tuve miedo de que después de escuchar todo lo que Roger Waters tenía que decir y tocar, todas esas miles de almas quedáramos perfectamente igual que antes de escucharlo, sin experimentar cambio alguno. Puedo decir con alegría que no fue así, ya que su discurso que antes de ser político, es más bien un discurso de amor que sigue más vivo que nunca y deberíamos hacer hasta lo imposible por replicar.

 

Roger Waters tiene algo que decir, algo importante y ha defendido su derecho a decirlo desde que comenzó con su carrera. Supo que no lograría decirlo al lado de Syd Barret. Supo que no lograría hacerlo tocando junto a Pink Floyd. Supo incluso que eso que tiene que decir quizá no sería comprendido en los años setenta y ni siquiera en décadas posteriores. Supo que sería criticado. Supo que tendría que hacer de todo para lograrlo. Supo que tendría que gastar mucho dinero. Supo también que perdería amigos y ganaría enemigos. Supo también que el mundo aún no estaba del todo listo para entender que la guerra no es la solución porque todos somos hermanos. Quizá el mundo aún no esté listo para entender que no necesitamos muros ni fronteras, sin embargo, ahí va el hombre, pregonando su mensaje cual evangelista, anciano, enérgico, alegre pero sobre todo, muy convencido de eso que vino al mundo a decir.

 

 

Jueves 29 de septiembre. Una noche previa, el originario de Cambridge ya había sentado antecedentes del primer capítulo de su temporada México 2016 y fue de lo más increíble. Ya para entonces los que no habíamos asistido la noche del 28 sabíamos bien que Algie había sobrevolado por los ácidos cielos mexicanos con consignas en contra de Donald Trump y pronunciándose por los 43. También ya sabíamos que en esa enorme pantalla de ensueño había aparecido en grande: RENUNCIA YA y por supuesto también sabíamos acerca del pronunciamiento hacia el gobierno mexicano. Lo que no sabíamos era que esas canciones que nos han acompañado desde hace ya varias décadas sonarían tan únicas, tan exactas, tan precisas, tan nuestras. Algo así como si las hubieran hecho ayer solo para ese momento.

 

Como todo concierto organizado por su promotora musical de confianza, resultó todo muy bien como una cabeza con cabello engomado. Nada fuera de lugar; un jueves cálido y sin tormentas que permitió que la gente entrara y saliera en completo orden. Apenas nos habíamos acomodado en nuestros lugares cuando un sujeto y una sujeta de seguridad se atrevieron a revisar nuestros cigarros porque bueno, el lugar (no solo el de nosotros) olía muy sospechoso.

 

 

Esta noche Algie no voló, tal vez la lluvia química de la experiencia anterior hizo estragos en su pachona figura. Así, en completa armonía sonaron ‘Speak to Me’, ‘Breathe’, ‘Set the Controls for the Heart of the Sun’, ‘One of These Days’ (primera vez tocada por Waters), ‘Time’, ‘Breathe (Reprise)’, ‘The Great Gig in the Sky’, ‘Money’, ‘Us and Them’ y ‘Fearless’ extraída del ‘Meddle’ y, según los expertos, nunca antes tocada por un miembro de Pink Floyd después de 1971, mientras sonaba, la imponente pantalla mostraba pintas en paredes y frases en carteles que hablaban de la hermandad, de la conciencia, de la libertad, la humanidad, de la comunidad, el sentido común y la solidaridad para finalizar con una enorme pinta que decía “If you are not angry, you are not paying attention” cerrando con una gran imagen plagada de pequeñas banderas de Palestina en una manifestación. Se registran para entonces varias pieles chinas y las primeras lágrimas de la noche.

 

Siguieron entonces ‘You’ll Never Walk Alone’ de Gerry & The Pacemakers, ‘Shine On You Crazy Diamond (Parts I-V)’, mi favorita del mundo y la temible ‘Welcome to the Machine’, ese soundtrack perfecto para el apocalípsis. Luego vino ‘Have a Cigar’ y ‘Wish You Were Here’, y aunque fue un momento cumbre, yo creí que ese sería el momento del encendedor, pero me parece que ya estoy muy fuera de onda. Continuaron con ‘Pigs on the Wing (Part 1)’, ‘Dogs’, ‘Pigs (Three Different Ones)’, y el fabuloso recorrido visual de Trump satirizado de todas las formas posibles que culminaban en un enorme “Trump eres un pendejo”.

 

‘The Happiest Days of Our Lives’, ‘Another Brick in the Wall (Part 2)’, y el feliz momento del encendedor que me hizo sentir ya no tan fuera de onda, aunque fue con ‘Mother ‘ donde me atrevo a decir que todos necesitamos un Kleenex. Vaya que era la canción que todos los mexicanos necesitábamos escuchar en ese momento, pues hasta el mas macho se rinde ante un “Confía en ti, tranquilo, todo estará bien” en ese dulce resonar de canción de cuna; una dulzura enmarcada por la increíble voz de Holly Laessig y Jess Wolfe, a muchos nos hubiera gustado quedarnos a vivir en ese momento, pero era tiempo de ‘Run Like Hell’, ‘Brain Damage’, y ‘Eclipse’ y fue entonces que todas esas imágenes ochenteras en las cabezotas de los millennials al fin tuvieron sentido.

 

No había otra forma de concluir un concierto de Roger Waters que no fuera ‘Comfortably Numb’, pero antes de el cierre colosal, Waters nos aplicó otra manita de puerco emocional con ‘Vera’ y ‘Bring the Boys Back Home’, y solo que tuvieras atole en las venas, hubieras podido no llorar.

 

El sábado primero de octubre la historia fue ligeramente distinta. Me ubiqué desde las 4:00 p.m en la esquina de 16 de septiembre e Isabel la Católica para observar el fenómeno. Logré ver la emoción de miles de personas, familias completas, ancianos acompañando a sus nietos, niños, vendedores dando informes: “van a tocar los de Pin Floi” decían.

 

Unas adolescentes japonesas perdidas enloquecieron cuando les dije que Roger Waters tocaría en la Plaza de la Constitución. Vi como la euforia y el anhelo por vivir una aventura derrumbaron por al menos tres veces el débil muro de la autoridad a la voz de “¡Portazo, portazo!”. No había muros, había hermandad. No había juicios, había solidaridad.

 

 

Ocho de la noche en punto y un escenario perfecto enmarcaron ese sueño donde Roger Waters no fue el protagonista. Bastaba con ver las miradas y sentir la ligerísima llovizna sincronizada con el vaivén de los cuerpos.

 

Lo que pasó esa noche ya forma parte del soundtrack de nuestras vidas. La noche del primero de octubre cuando Roger Waters, el maniático, obsesivo y egocéntrico causante de la separación de una de las bandas más enigmáticas y populares de la historia, vino a México y tocó en el Zócalo de nuestra Ciudad, donde además le solicitó al presidente que renunciara y escuchara a su gente, y no sé, me gusta pensar que tal vez, en sus desmedidas ganas por querer llamar la atención, logró sembrar una semilla de esperanza y hermandad en el lugar más infértil de la tierra para ese propósito: México.

 

2016: El año que heredamos a Roger Waters

La calma de la oficina donde reposo mis huesos editando una revista de salud en la colonia Roma se vio perturbada por el ansia desbocada de una millennial que iba de escritorio en escritorio con una petición extraña para quien no está familiarizado con ese tipo de urgencias. Sus ojos temblorosos e inyectados casaban perfectamente con el tono de ruego con el que pedía prestada una tarjeta de crédito.

 

-¿Tendrá algún problema? –preguntó alguien con preocupación.
-Oh, sí –dije regresando mis ojos al haz azuloso de la pantalla sin mostrar sorpresa–, uno verdaderamente importante.
-¿Algún pariente enfermo?
-No, algo peor –alcé la vista y me despojé de las gafas con la teatralidad del psiquiatra–. Hoy comienza la preventa para el concierto de Roger Waters. 

 

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Con los momios en contra, aquella atractiva millennial experimentó un viaje relámpago del drama a la esperanza tras saber que los boletos se habían agotado pero que se abría una nueva fecha para la recién nacida Ciudad de México.

 

Todo el día y en todas partes escuché hablar de Roger Waters. Algún amigo me preguntó vía inbox si pensaba ir. Para no agobiarlo con la letanía del cuarentón que reza “acabo de pagar la inscripción de mi hijo”, le dije que iba a pensármelo. Ya he visto a Waters y a Pink Floyd, aunque en décadas diferentes, así que fusionarlos en el recuerdo no me resulta difícil. Recién el año pasado escribí un artículo para la revista Black sobre el aniversario 50 de Pink Floyd y sus distintos rostros, así que mi dosis de esa suerte de mastodonte de acero inoxidable se había cubierto sin remordimientos. No ver a Waters puede ser doloroso pero hasta para eso hay anestesia.

No obstante, lo que llamó mi atención fue advertir que quienes secuestraban la música y la promesa inminente del nacido en Surrey eran chicos cuyas edades iban de los 22 a los 28 años; jóvenes rumiando la herencia paternal y, quizás, amasando la posibilidad de comprar entradas extra para sus progenitores.

 

Lo que no resultó extraño fue la cantidad de pifias con que los millennials aderezaban sus argumentos: “es el bajista de Pink Floyd”, “fue el cerebro seminal del grupo”, “¿cuántas cuerdas tiene un bajo?”. Entonces pensé que quizás a esta nueva avanzada juvenil le falta rascar un poco en la historia de la banda. Waters YA NO ES el bajista de Pink Floyd, el líder primigenio fue Syd Barret antes de ganarse una membresía en el psiquiátrico a causa de un torzón mental que dejó su cerebro hecho un guiñapo, y hay bajos de seis, cinco y cuatro cuerdas.

 

Lo extraño fue advertir que mis colegas de generación, en una postura casi budista por no decir comatosa, estaban más interesados en el draft del futbol nacional que en la visita de Mr. Waters. ¿Estaremos perdiendo gas? ¿Qué jugadores de Pumas estarán a la venta?

Y yo que creía que la música de Pink Floyd ya no tenía mucho que decir a estas nuevas generaciones acostumbradas a las noticias veloces y cuyo umbral de sorpresa es reducido.

 

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Acostumbrado a renegar de quienes con desconocimiento se suben a las noticias frescas en redes sociales, cuando murió David Bowie el 10 de enero de este año tiré de la rienda y sentencié que quienes no tenían idea de quién fue sí tenían el derecho de conocerlo y dejarse llevar por su magia. Lo mismo sucede con Roger Waters.

En una época en la que el facilismo musical puede afectar el apetito de los oídos vírgenes es necesario que abramos paso a la curiosidad porque, quizás, aquel viejo bajista al que el tiempo parece darle tregua necesita cómplices menos acostumbrados a su tótem para catar una de las muchas aristas seminales de las que surge la tonada que escuchan ahora. A nadie se le niega un trago de champaña.

 

Bienvenidos sean pues Roger Waters y su cerdo, y bienvenidos sus nuevos asociados.

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