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The Eagles: de la sombra a la luz

En un estadio de Connecticut, más de 16 mil personas esperan la llegada de The Eagles. Cinco mujeres sentadas detrás de mí discuten sus primeras experiencias en conciertos cuando eran adolescentes, cuando la banda que está apunto de salir dominaba las listas y su comportamiento tanto musicalmente como fuera de lo normal, definió una década estadounidense. “En esos días”, dice una “sólo tenías que respirar y ya estabas drogado”.

“Ya no”, dice su amiga, “todo cambia, ¿quién sería un niño hoy?”

En el escenario, las cosas cambian para los miembros que aún quedan en el grupo. La época cuando sus pasatiempos no musicales eran tan notorios como sus ventas de discos quedaron atrás.  Don Henley, Joe Walsh y Timothy B. Schmit, están en sus setenta años; ahora son noches de té de hierbas en lugar de ‘groupies’ y cocaína. Una gira mundial parecía poco probable después de la muerte de Glenn Frey a principios de 2016, quien fundó la banda con Henley. Pero como lo atestigua cualquier estudiante de The Eagles, siempre confunden las expectativas.

No importa cuántos miembros hayan saltado a lo largo de los años, no importa qué tan desastrosas y aparentemente finales sean las separaciones, siempre hay otro capítulo. Esta noche lo escriben en una canción, facilitando a través de engranajes imperecederos como Take It to the Limit, Peaceful Easy Feeling y, por supuesto, Hotel California. Las mujeres detrás de mí gritan. “Hay un elemento de nostalgia involucrado”, reconoce Henley más tarde, “y no lo negamos. Pero hay pecado en eso”.

“Parte de esto es que actualmente estamos viviendo en un momento tan loco. La gente necesita algo un poco familiar, un poco de raíces. No es que los años sesenta y setenta no estuvieran llenos de perturbación. Estábamos en guerra, teníamos a Nixon en la Casa Blanca y disparaba a la gente en los campus universitarios. Pero nunca hemos visto nada como lo que estamos viviendo ahora. Así que creo que ofrecemos dos horas y media y de respiro”.

A pesar de que una nueva narrativa se está escribiendo, aunque ellos y nosotros nos aventuremos por el camino de la memoria. Quién los acompaña en el tour es Deacon, el hijo de 25 años de Frey, con un parecido visual y sonoro a su padre; puede manejar la voz y la guitarra de muchas canciones que algunas vez Frey cantó.

“Me siento detrás de él y lo miro por la espalda”, dice Henley. “Es un espeluznante, es como ver a su padre. Tengo estos flashbacks todo el tiempo. Así que Glenn sigue presente en espíritu, a través de sus canciones. Era importante para mí el tener el espíritu y la sangre”.

Al día siguiente en el hotel Midtown Manhattan, me encontré con los 3 miembros que quedaban de The Eagles. Schmit llegó primero a pie, tras haberse rendido al tráfico. Su cabello era tan largo como en 1977, cuando se unió a la banda después del tour de Hotel California; no podría reconocerlo entre la multitud. Henley es el siguiente, su entrada es más de ‘rock star’. Emerge con rapidez a través de una puerta de a lado del baño del hotel. Walsh llega al final, llega rápido que da la impresión de querer seguir deslumbrando por tocar su parte.

Los tres admiten que es difícil creer que están de vuelta “ha pasado un año desde que Glenn se fue”, Henley reitera, “habíamos estado dando vueltas, haciendo lo nuestro pero nuestro manager nos llamo y dijo “¿Saben? Todavía hay mucha gente allá afuera que quiere escuchar esta banda”. Entonces dije “¿de verdad?” Y nos sugirió que nos acompañara Vince Gill (músico de country) así que aceptamos. Pero le dijimos que solo había una manera en que todo esto tuviera sentido, y era tener de regreso a Deacon en la banda, así que le preguntamos a la mamá de Deacon y dijo “ok”.

La banda en 1973

La banda en 1973. Foto: Peter Mazel

“Tuvimos este ensayo”, agrega Schmit, “solo nosotros tres y Deacon, y comenzamos a cantar, viendo cómo iba a ser y recuerdo haberle preguntado si estaba listo. Creo que me preguntaba qué le estaba haciendo a su mente”.

“Fue duro para él emocionalmente”, continúa Henley. “Pero ahora creo que se ha vuelto más curativo para él. Le dije desde el principio: ‘No espero que camines a la sombra de tu padre por el resto de tu vida’”.

La historia por sí misma de The Eagles está envuelta de sombras. Una banda que tuvo su punto de quiebre justo en 1970 cuando el negocio de la música comenzaba a monetizarse por sí sola, ellos vinieron a cambiar las leyes en el momento cumbre del período. A medida de que los dólares se derramaban -atiborrándose de sexo y drogas- un interminable intermedio en la banda comenzó a cambiar el optimismo de sus canciones.

Legacy, una edición especial que abarca toda su carrera saldrá el próximo mes, intenta volver a posicionarlos en el mundo de la música. Al escucharlo, y en particular los primero cinco álbumes de estudio, te recuerda de nuevo lo fácil que suenan las canciones, evitando la enorme cantidad de arte y de injerto que usaron para escribirlas. Los resultados —la música que hizo una banda sonora de las vidas de millones y que continúa haciéndolo— hicieron de The Eagles la banda estadounidense más grande del mundo. No es extraño que sus detractores eligieran concentrarse en su cuestionable reputación.

Henley recuerda esa reputación y sus ojos se estrechan. Puedes ver por qué no se siente inclinado a armar una defensa. Han pasado más de cuarenta años. Una nueva generación de fanáticos- el público de la noche anterior fue notablemente multigeneracional- se vuelca en las canciones, no en la infamia. Pero a Henley le molesta que se recuerde su pasado.

“Hay un cierto vacío en el sueño americano del que no se habla. Es un gran tema en la literatura estadounidense, a partir de Fitzgerald, y está ahí en muchas de nuestras canciones: la yuxtaposición entre la oscuridad y la luz, y el tira y afloja entre esas cosas. El lugar también juega un papel importante: California se convierte en una metáfora de los excesos estadounidenses. Pero nunca se ha escrito sobre eso. Siempre se trata de la mierda de la personalidad, las luchas de la banda. Todo lo demás se pasa por alto”.

La primera compilación de la banda It’s Greates Hit’s (1971-1975) fue certificada recientemente como el álbum más vendido de la historia de los Estado Unidos, con 38 millones de copias (a las 33 m de Thriller). Hotel California es tercero con 26 millones. Hace dos años, justo después de la muerte de Frey, finalmente se les presentó un Grammy para este último, después de haber realizado Take It Easy en la ceremonia con Jackson Browne.

Volando alto: los Eagles hacen su debut en el Grand Ole Opry, Nashville, en 2017

Foto: Rick Diamond

Henley apenas puede ocultar su desprecio cuando recuerda la ocasión. “Desearía que no lo hubiéramos hecho, francamente. Era demasiado pronto, demasiado raro. No sé por qué dijimos que sí. Todavía estábamos en shock y no sabíamos qué hacer. Luego, al final, estos dos premios Grammy salieron con el premio al Hotel California, que nos habíamos negado a presentar y aceptar en 1977”.

Intercambian miradas cuando la conversación gira en torno a la resistencia al descanso que requiere a su edad. “Hablamos de ello”, dice Walsh. “Dijimos: ‘Mira, tenemos más de 30 segundos en los que no importamos, también podríamos salir del escenario’. Pero tenemos que pararnos ahí y aparecer que estamos en eso, ¡y no podemos bailar!”.

“Bueno, podríamos”, sugiere Henley, “pero podemos herirnos”.

Y confiesan momentos en que sus mentes divagan. “A veces puedes encontrarte a la deriva”, admite Henley. “Ya sabes, ‘¿qué voy a comer después del espectáculo’”.

“Y esos son los momentos exactos en los que cometes un error”, dice Schmit.

En cuanto a la enorme venta de boletos para la gira, que llega a Gran Bretaña el próximo verano, y el rango de edad de los espectadores, Henley dice: “Se trata de las canciones ahora, no se trata realmente de nosotros, solo somos un vehículo”.

Los niños no habían nacido cuando salieron esos discos”, se maravilla Walsh. “Sus padres se los pusieron”.

“Y ahora sospecho que son sus nietos”, dice Schmit.

Henley mira a sus colegas. “Es una locura, ¿no?”

Texto tomado de The Sunday Times, traducción Rock 101. AM

 

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Una app llamada “Morrison Go!”

Los millennials, aquellos entes que son mal vistos, por peligrosos, por la vieja guardia, no sólo van tomando el control de las cosas en muchos aspectos sino redescubren y adoptan, con cierto tiento e inteligencia, los usos y costumbres de quienes les labramos la ruta con muchas menos oportunidades de información.

Quizás sea prudente reconfirmar que mi yo niño y mi yo adulto se sienten más a gusto platicando e interactuando con millennials que con gente de mi propia generación (¿por qué será que mi generación es tan aburrida?).

Recientemente mi hijo, aferrado fan de la banda Violent Femmes, me preguntó si acaso había bajado a mi móvil la aplicación de Pokemon Go! Él aún no tiene teléfono móvil, así que para su sorpresa y regocijo le dije que sí y en los jardines del Bosque de Chapultepec nos dedicamos, una tarde soleada de sábado, a cazar pokemones. Después de un par de ejemplares capturados nos dimos cuenta que un racimo de niñatos de la edad de mi hijo el Leopardo nos seguía a distancia prudente y, en un momento específico, me preguntaron: “Señor (¬¬), ¿podemos acompañarlos?” Detrás de los niños venía un contingente de papás, con cara de qué está pasando, que cuidaba a sus hijos de la tutoría de ese par de tipos, uno de 41 y otro de 11 años, que andaban cazando pokemones.

Días después recopilé algunas menciones en redes sociales que criticaban con fervor homicida a quienes cazaban pokemones en sus ratos libres y me puse a pensar en esa brecha generacional que posiciona a la vieja guardia, con sus comentarios deletéreos, como un grupo de amargados que han enterrado la infancia y su capacidad de sorpresa bajo toneladas de desasosiego ante su imposibilidad de formar colectivos imaginativos.

 

Entonces pensé que, en todo caso, tomando en cuenta los años de distancia entre el boom de Pókemon y el año 2016, no existe ninguna diferencia entre bajar una aplicación a un móvil para cumplir, de alguna forma, un sueño adolescente, y escuchar una canción de The Doors o The Eagles. Es decir que la revisitación musical de tiempos idos, y quizás de momentos que han quedado enquistados en el tiempo, es algo normal y plausible para las viejas y encasquilladas generaciones pero buscar pokemones es para ellos, de alguna manera, oprobioso.

Lo verdaderamente oprobioso, en este caso, es negar cualquier clase de apreciación por la nueva música y el avance de la tecnología que, sin duda, ha impactado los momentos lúdicos, para sentenciar que lo viejo es mejor nada más porque sí. Y más aún, porque, en el caso de quienes estacionaron su evolución en Avándaro, cazar pokemones puede colocarlos en sintonía directa con, digamos, sus nietos, sí, ésos que hoy en día acuden a un recital de Skrillex, Inna o Ariana Grande sin ninguna clase de pudor.

Hace unos años, cuando viví en Los Ángeles, California, mi mayor deseo era recorrer aquellas calles de Hollywood Blvd y buscar la esquina en donde Jim Morrison se fue de hocico con una botella en la mano tras salir a las prisas, persiguiendo a su esposa, de una fiesta de Andy Warhol; o el sitio donde River Pohenix dejó de respirar después de un atracón de sustancias en el Viper Room, después de que Flea (RHCP) le negara la posibilidad de palomear en escena. Inclusive aquí en CDMX, cada vez que puedo, llevo a algunos amigos incautos, turistas sobre todo, a recorrer la ruta de Burroughs y Kerouac en la Colonia Roma.

Más allá de la música, los puntos en donde el rock and roll ha dejado su marca deberían ser objeto de culto y caza de los afanosos, porque lo que hace a la historia es lo que se sale de los parámetros, el lado B, el detrás de cámaras. Porque las canciones ahí están, ya cumplieron su cometido, pero cada día se escribe algo nuevo y la vieja guardia lo niega.

Por ello, no hay ninguna diferencia –hablando de generaciones– entre cazar a Bulbasaur, Pidgeotto y el adorable Squirtle (vamo a rockeá), o a Jim Morrison, Billy Burroughs o River Phoenix. Finalmente, cada generación alimenta su entorno y su cultura y sus ganas con lo que la hace más feliz.

¿Cuántos pokemones llevan? O bien, ¿cuántos sitios de poder, hablando de rock, han identificado en su ciudad? Porque, en todo caso, los Metallica pueden ser unos cretinos y negar el poder de internet, pero ya se subieron al tren del mame de Pokémon Go!, eso todos podemos atestiguarlo.

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