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The Cure: 40 años de dignidad y congruencia

Hace poco leía en el sitio de Rock 101 una nota sobre esas bandas que desde la grandeza, han venido perdiendo altura, básicamente porque el mainstream y el capitalismo pasan factura duramente. Si no eres un producto agradable al paladar de la época moderna, el castigador oído colectivo te lastimará con el látigo de su desprecio y olvido.

Si además de ello, juntamos las pretensiones corporativas, las ganas de comer y los anhelos de fama y grandeza mediática, seguramente tendremos como resultado un artista frustrado que produce malos materiales y miles de fans caníbales decepcionados.

Sin embargo, existen animalitos extraños, astutos, capaces de distraer al enemigo, creando impurezas y genialidades, colocándoles en un mismo sitio. Con el superpoder de regenerarse cual ajolotes, apareciendo y desapareciendo de una escena insensible como magos imposibles, justo como The Cure lo ha venido haciendo desde hace ya 40 años.

Parece que fue ayer cuando los originarios de Crawlay, Inglaterra, sorprendían al mundo con su homenaje al Extranjero de Camus: “Killing an Arab”. Canción que sonaba en las radios británicas por ahí del año de 1978 (con su debida advertencia de censura por racismo) para no dejar de hacerlo nunca.

Un personaje oscuro, deprimido, enamorado de la muerte y apasionado por el vacío de su existencia: Robert Smith y su caricaturesca imagen, de pronto hizo match con toda una cultura ávida de explicaciones y consuelo. Una historia de amor que permanece hasta nuestros días tan viva como su música.

 

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En México como saben, la cosa iba un poquito más lenta, pues a nuestros priistas y paternales gobiernos siempre les preocupó mucho el bienestar de la juventud, por eso no les dejaba escuchar rock y mucho menos podía permitir la presencia de artistas que promovieran esa música del diablo.

Finalmente y poco a poco, el hechizo se fue deshaciendo y The Cure fue uno de los felices protagonistas primerizos que reconocieron en México un nicho de receptores ansiosos por recibir actos en vivo. El año de 1992 fue precisamente aquel que recibió por primera vez a los ingleses con su gira The Wish. No puedo imaginar el coctel ideológico que se dio cita en aquél Estadio Universitario de Monterrey un 16 de junio.

Por una parte, toda la darketiza devota de la ya consolidada banda de post punk gótico (y todos sus demás apellidos) y por otra, toda la fresada que en ese momento (y en este) manipulaban los brazos de los medios de comunicación mexicanos que desde su nacimiento hasta nuestros días han sido la cara más oxidada de la cultura en nuestro país.

Luego de este alegre episodio, tuvieron que pasar casi quince años para que The Cure volviera a pisar territorio mexicano, pero esta vez en el suelo chilango, el cual bendice sí o sí a toda producción de cultura popular que surja en el universo.

Fue el año de 2007 con su álbum homónimo que, los liderados por Robert Smith ofrecieron una noche de ensueño en el Palacio de los Deportes. Recuerdo no haber parado de llorar aquella noche en la que mis recuerdos de adolescente y mi prometedor futuro decadente convergían en esas canciones tristes que suenan como felices.

Siendo esta su estadía más formal en el país, se dieron tiempo de reunirse con fanáticos, conceder entrevistas en los ya numerosos medios alternativos que existían en ese momento, con todo y su fobia al contacto cercano con la gente, parece que a Robert Smith y compañía comenzaban a sentirse familiarizados con el calor mexicano.

 

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Quizá fue por eso que en 2013 volvieron a aparecer como eclipses solo para superarse a sí mismos. Un concierto de más de tres horas, cual Juan Gabrieles, tocaron prácticamente los éxitos de toda su discografía aún después del breve sismo que se registró aquella tarde.

“Nada, nada tenía importancia, y yo sabía bien por qué. También él sabía por qué. Desde lo hondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años que aún no habían llegado, y este soplo igualaba a su paso todo lo que me proponían entonces, en los años no más reales que los que estaba viviendo”.

Predice Albert Camus en El Extranjero al darse cuenta que no es más que un visitante dentro de su propia realidad. Quizá este ha sido el símbolo que ha mantenido vivo el espíritu desafiante de una banda como The Cure, quienes tal vez se reciten a diario que su paso es furtivo, y su existencia un absurdo, rasgo que absurdamente, les mantiene hoy por hoy como una de las bandas más importantes dentro de la escena del rock.

 

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Apenas hace unos días, Robert Smith, Lol Tolhurst, Porl Thompson, Perry Bamonte, Michael Dempsey, Simon Gallup, Boris Williams, Jason Cooper y Roger O’Donnell fueron los miembros de The Cure elegidos para ingresar en la Clase 2019 del Salón de la Fama del Rock and Roll.

A esto se suma el memorable concierto que ofrecieron el pasado julio con motivo de la conmemoración del lanzamiento de su primer sencillo, como ocurrió en el Hyde Park de Londres, dentro del festival British Summer Time, donde también tocaron todos sus hijitos putativos como Interpol, Editors, Slowdive y Goldfrapp.

Para cerrar con una ciruela flotando en perfume dentro de un sombrero de hombre, don Robert se honra en anunciar el lanzamiento de su próximo material de estudio para el año 2019, el cual, según sus palabras, está influenciado por toda la música nueva que ha estado escuchando. Bella moraleja para todos aquellos que dicen que no hay buena música nueva.

Así sin prisa, sin preocuparse porque los años han recaído sobre su aspecto y su carita maquillada, sin presiones mediáticas, sin fanáticos caníbales exigiendo música mecánica, sin pretensiones corporativas, sin falsas expectativas, sin vacía filantropía, sin anuncios espectaculares, sin ropa de gala, sin conciertos majestuosos ni tecnología de punta, sin peinarse, sin declaraciones de victoria, sin anuncios de separación y sin reencuentros, The Cure da cátedra de cómo hacer rock dignamente trascendiendo las fronteras del tiempo y la fama.

 

 

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