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Stravinski, Lavista y Scmitt: sobre la muerte

OFUNAM Programa 7 Tercera Temporada 2018

Ronald Zollman, Director Huésped

Patricia Morales, Directora Coral

Coro de Niños y Jóvenes Cantores de la Facultad de Música de la UNAM

 

Canto Fúnebre

Igor Stravinski (1882–1971)

 

Réquiem de Tlatelolco

Mario Lavista (1943)

 

Suite de La Tragedia de Salomé, opus 50

Florent Scmitt (1870–1958)

 

El hilo conductor entre estas tres obras es La Muerte que, como pocos temas, ha fascinado el imaginario del ser humano a lo largo de su historia. A ella se puede llegar desde distintos puntos de vista, algunos totalmente incomprensibles. Muchos artistas han abordado este tema, desde los pavorosos y divertidos manuscritos medievales, donde se representa con un cadáver pútrido que a veces baila, a veces ríe y siempre siega; la muerte romántica, agridulce, que une a los amantes imposibles en un lugar paradisíaco más allá de esta tierra o la terrible Muerte provocada por gobiernos autoritarios, que enluta las casas de miles de personas que, supuestamente, debería proteger. Al final, si bien es cierto que todos moriremos, lo trágico es la forma en la que esto pueda suceder y el dolor que generará la pérdida en los que quedamos vivos.

 

 

Stravinski, a la muerte de Rimski–Korsakov, compone su Canto Fúnebre, en el cual rinde un gran homenaje a su maestro. Como es de esperarse, la música es triste, pesarosa; el hombre reflexiona ante la muerte del artista, el cuerpo inerme que deja sin lugar al genio. En una secuencia exquisita, las voces de la orquesta se suceden, una a una, sobre un marco orquestal lento y fúnebre, plañendo su luto. Se pierde toda esperanza, hay gritos de dolor y sin embargo, al final, en un lugar que queremos pensar que está más allá de las cosas del mundo, una luz comienza a resplandecer al acoger la esencia inmortal del compositor; las voces graves, en trémolo, se convierten en un coro que, con la voz quebrada en la garganta, canta, a punto de llorar por la muerte del maestro amado.

Aún hoy, 50 años después, nos es muy fácil reconocernos en el 2 de octubre de 1968. Los infaltables discursos políticos de quienes eran jóvenes en aquel momento, año con año, no nos han permitido olvidar esa fecha –ni las pendejadas de un régimen gobiernícola recién derrotado que cree que pagando miles de millones de pesos en publicidad va a disimular la escoria que fue y ha sido–. Lo malo es que se ha dado un uso político a esta masacre, más allá del dolor de las familias, los amigos, los allegados y los han convertido en mártires de la política mexicana; yo veo aún a “líderes estudiantiles” –que rondan los setenta años de edad– y que se convirtieron en señores burgueses con restaurantes y negocios, cobrando en varias nóminas del erario, mamando del régimen al que pisaron los callos, siendo contestatarios y problemáticos, siempre al servicio del mejor postor. Sin embargo, aún hay buena gente que hace cosas de valor incluso con las tragedias.

 

 

El maestro Lavista estrena este Réquiemmissa pro defunctis– en el que, a través de las voces blancas de un coro de niños, toma fragmentos de la liturgia, siempre en latín y crea una música en la que se siente la gravedad y el frío, el dolor del luto por las vidas jóvenes, segadas en la flor, segadas antes de dar frutos. Hay pasajes sonoros oscuros, acuosos y fríos; hay pasajes en los que el ejército se asoma, a través del redoble de tambores, hay pasajes en los que la esperanza sigue viva, puesta en esa divinidad, elusiva y absolutamente muda, a la que se le pide que dé a nuestros muertos la luz perpetua –como símbolo de bienestar–, que olvide sus faltas, que no los castigue, suficiente castigo es haber muerto.

Salomé es un personaje que cobra gran notoriedad en el siglo xix y principios del xx. Son muchos los artistas que sucumbieron a sus encantos de la misma forma en la que la mitología cuenta que hechizó a Herodes, el baile, promesa de los placeres carnales más deleitables, es el arma de Salomé –la mujer desnuda es la mujer armada– y ella sabe sacar partido de ello, Salomé como encarnación de la sexualidad femenina, que no es un mero objeto de placer masculino, es una mujer deseante y deseada, dadora y receptora de placer; también en su figura encontramos juntas las dos pulsiones más trascendentes en la vida del hombre, el erotismo y la muerte. La música de Schmitt corre por lugares poco comunes al pensamiento musical europeo de su época; como pocos, sabe traer las sonoridades de Medio Oriente, su misterio y su belleza, las transforma y las convierte en una delicia orquestal, en las que podemos apreciar las diferentes escenas de la historia, la sensualidad de la mujer; el deseo obsesivo del anciano rey; la crueldad contra aquel que se atrevió a despreciarla; la venganza y la lujuria, entremezcladas; la muerte y el deseo, entremezclados.

 

 

El penúltimo concierto de este año que, dadas las fechas en las que andamos y lo ridículamente cursi que se pone la gente en períodos navideños, extrañamente nos encontramos con este magnífico concierto que, como lo escribo párrafos arriba, tienen como hilo conductor el tema de la muerte y que quizá sea un tema que no debamos olvidar, no debemos soslayarlo, el ser conscientes de la propia muerte y de que es un suceso que puede ocurrir cualquier día, cualquier hora y que definitivamente nos ha de llegar, debería bastar para hacernos reflexionar, para motivarnos a ser mejores personas, amigos, hijos, padres, parejas, amantes, profesionistas, en fin, la mejor versión de nosotros, que cada cual conoce las virtudes que le adornan; la consciencia de la muerte debería bastar para sacar a la gente de la nube tóxica en la que vive, de la patanería, del chingonismo, del yo pagué por un boleto y me comporto como dueña de la sala, del vivir para el dinero y gastarlo en pendejadas innecesarias. Debería bastar.

Ver al maestro Zollman al frente de la OFUNAM es siempre un gran gusto y un privilegio, lo mismo que presenciar el estreno de la obra del maestro Lavista. Gran trabajo de todos los músicos, directores y los jóvenes del coro, en verdad, fue un concierto estupendo.

 

Juan Dimas Córdova, diciembre de 2018, desde los Jardines Infinitos.

 

 

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