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Stranger Things

Hace un tiempo, dentro del catálogo de Netflix, aparecía la entonces desconocida ‘Stranger Things’ de los hermanos Duffer, quienes antes de eso habían realizado tan sólo dos cortometrajes, un largometraje titulado ‘Hidden’ (2015) sobre el posible final de la raza humana el cual es digno de revisarse, y un intento fallido por adaptar It en una serie televisiva, que terminó en manos de Cary Fukunaga (‘True Detective’, ‘Beasts of No Nation’) y después en las de Andrés Muschietti (‘Mamá’). A esto agreguemos el hype de la década de los ochenta, a Wynona Ryder (una de las consentidas de la época) y un reparto de niños frescos en el ámbito cinematográfico para obtener como resultado uno de los proyectos más exitosos del servicio de streaming y ahora uno de los más ambiciosos.

No por eso la primera temporada era perfecta, teniendo como inconvenientes la indefinición de su público: estamos frente a una serie protagonizada por niños, realizada para jóvenes dentro de la época de una generación en la actualidad adulta; lo que conllevaba que el público infantil no entendiera del todo la trama, el joven no conectara por completo y el adulto simplemente se aburriera.

Además de eso, pareciera que Joyce, el personaje de Ryder, era sólo un simple easter egg de los ochentas, entregando a la madre de un niño que no razona y que más de la mitad de sus diálogos eran entre gritos y llantos, mientras corría de un lado a otro. Sin embargo, estos pequeños factores no fueron barrera para que los espectadores estuviéramos ansiosos por el regreso de Eleven, la vida de Will después de su rescate del Upside Down y de su pandilla en general.

Después de un año nos llega la segunda temporada, la cual trata de resolver todos esos cliffhangers, a la vez de introducirnos nuevos personajes y una nueva aventura: la vida de nuestros protagonistas vuelve a la normalidad, excepto la de Will, quien se enfrenta al “mundo al revés” y al “devora mentes”, una criatura que se aferra en su cabeza.

El mayor logro de esta segunda parte es que los Duffer supieron evolucionar a sus personajes directamente bajo las consecuencias de sus decisiones de la primera temporada, haciendo que tengan una perspectiva general de la situación y no velen por sus intereses. Esto logra que la dinámica como grupo (y en algunos casos como pares) en los nueve capítulos sea ágil, sin olvidar darle profundidad a la historia de sus personajes.

La propuesta visual también es interesante, ya sea en desplazamientos de cámara o en la producción de los sets, que son totalmente fieles a la época, pero no compensan las pocas visitas al Upside Down, ya sea a través de Will al mero estilo de ‘Silent Hill’ o a través de Eleven y sus flashbacks, por los que quedaron enamorados de esta zona podrían decepcionarse.

Por otra parte, desde los pósters promocionales se veía venir que esta nueva temporada sería un desfile de easter eggs sin control: desde ‘Mad Max’, ‘Terminator’, ‘Los Cazafantasmas’, ‘Pesadilla en la Calle del Infierno’, ‘E.T’… Inclusive la selección de Paul Reisner y Sean Astin son referencias a ‘Alien’ y a los ‘Goonies’. ¿Esto hace más disfrutable la experiencia de la serie? Para algunos, para otros podría ser chocante ya que se siente la necesidad de los Duffer de estos guiños para construir su guión, sin verlos como un complemento.

Otro gran desacierto es la necesidad de convertir a nuestros protagonistas en pre-pubertos mal hablados. No se trata de una cuestión políticamente correcta, sino que el elenco de jóvenes estrellas se vuelve unidimensional, desdibujando las pocas  características que los distinguen y dándole de manera indirecta todo el protagonismo a Dustin (Gaten Matarazzo), Lucas (Caleb McLaughlin) y Steve (Joe Keery); dejando atrás a personajes como Eleven (Millie Bobbie Brown) y Will (Noah Schnapp), lo cual es peligroso porque ellos deberían llevar el peso de la serie. Se nota a su vez que es influencia directa de Richie, el personaje al que da vida Finn Wolfhard en It, por las que se tomaron estas decisiones de dirección. También la inclusión de Max (Sadie Sink) y Billy (Dacre Montgomery) que pretendían ser misteriosa y espectaculares, con el pasar de los capítulos su fuerza va en declive hasta concluir en un origen típico, dejando al espectador con el sentimiento de que estos personajes no tenían por qué ser. Esto le pesa más a Billy e inclusive a la inmensa criatura que enfrentan los personajes en esta temporada, ya que nunca se siente su peso como antagónicos.

En donde sí peca la serie es en el soundtrack: Desde el uso narrativo, al menos en esta década, que James Gunn le dio a la música en Guardianes de la Galaxia, han salido producciones que han intentado copiar ese molde, unas que lo ameritan (como Baby Driver) y otras que simplemente no lo lograron (como Atómica o la misma secuela de los superhéroes espaciales de Marvel). ‘Stranger Things’ entra en la segunda categoría: cada capítulo tiene como mínimo seis canciones, desde Bon Jovi hasta Queen, que pretenden ser acentos de momentos que en su mayoría no lo merecen, viéndose como un nefasto videoclip que se va por lo denotativo de lo que ocurre en cámara.

A pesar de eso, la continuación de ‘Stranger Things’ es disfrutable pero no goza de lo interesante que era su primera temporada. Es como si estos nueve capítulos (incluyendo el aborrecible número siete) fuesen un puente para la tercera temporada, lo que dará a los hermanos Duffer nuevos obstáculos que enfrentar: además de la expectativa y la presión por parte de los fanáticos, también está el crecimiento (biólogico y artístico) de sus actores y sus nuevos proyectos. ¿Sobreviviremos a un año sin Stranger Things y la excesiva publicidad de sus protagonistas?

2016 y su alcurnia ochentera

Regalar un disco compacto en Navidad es tan retro y vergonzoso como entrar en un bar y pedir un muppet o un “desarmador”. Ya no hay moral.

¿Qué tienen en común Netflix y el cementerio de músicos y artistas en que se convirtió 2016? En que ambos parecen dedicar su tiempo y sus esfuerzos en hacer un involuntario homenaje a los años ochentas.

Mientras la muerte cargó con David Bowie, Prince y Gene Wilder, entre muchos otros cuyo mayor impacto fue ochentero, el servicio de streaming más importante adhirió a su carrusel verdaderas joyas de la cinematografía palomera como ‘Purple Rain’, ‘E.T.’ y ‘Lethal Weapon’, además de la serie Stranger Things’(con muchas referencias a dicha década y reposicionando a Winona Ryder en pantalla), los episodios V y VI de ‘Star Wars’ y prometió una nueva serie comandada por la otra novia de los ochentas: Drew “My Love” Barrymore.

 

Por otro lado, en ese aparente festival ochentero, el siempre fiel México musical se desbocó con dos bandas de estirpe ochentas como Guns N’ Roses y Metallica, además de los embalsamados en botox Tom Jones y Rod Stewart; y el anuncio de Pet Shop Boys en el Corona Capital y de Neón y Hombres G en el Vive Latino 2017 te hizo pensar en sacar tus gumis, los pantalones de pinzas y el gel Studio Line.

 

¿Por qué ocurre esto si los (no) enterados refieren que los ochentas fueron años en los que hubo menor calidad musical?

Hace unos días una amiga me preguntaba si iba a publicar en Rock 101 una lista de las mejores canciones o los mejores discos del año y le dije que no por una razón muy clara: no tengo meretriz idea de qué se publicó en 2016 por otras dos razones: no tengo tiempo de escuchar la radio o entrar en páginas de novedades musicales y, en realidad, tampoco me interesa mucho. Quizás eso puede sonar irresponsable en un texto de un analista musical pero tampoco hallo la motivación suficiente para hacer investigaciones faltando unos días para que acabe el año.

¿Es por desinterés o por falta de cariño? Porque en todo caso la culpa recaería precisamente en la falta de interés, o bien, en la ausencia de ejemplos que realmente rompan los paradigmas y te muestren que la música ha encontrado un nuevo punto de ebullición, por eso no extraña que G&R y Metallica agoten los boletos en minutos y se abran fechas a granel.

Esto me lleva a pensar en 2015, cuando señalé que quizás el mejor disco del año era el ‘Music Complete’ de New Order, un grupo veterano que supo refrescar su identidad sonora sin encontrar rival a nivel en ese ámbito. New Order, una banda que estalló precisamente en los ochentas como escisión de Joy Division. Curiosamente, un año antes, en 2014, Pink Floyd regresó a los estudios con un disco tan promocionado como estéril llamado ‘The Endless River’ sin encontrar ese cruzado a la mandíbula que permitiera a la banda recuperar un sitio que quizás no les interesa pero que merma su credibilidad ante el curso corriente de las producciones musicales.

Quizás otro rasgo importante para el trazo ochentero de 2016 sea precisamente su aparente escasez musical y no por producciones sino por la falta de trascendencia en todo sentido.

Por eso, uno de los propósitos para el próximo año es estar más pendiente de los noveles y, acaso, de alguna producción sensacional, que debe haber, de esos viejos grupos con una pizca de vanguardia.

El año pasado, para el intercambio navideño-godín, y para continuar con esa tendencia retro, una compañera de la oficina pidió un disco ¡de The Cure! ¿Así o más ochentero el clima? Encima el gobierno está hablando del TLC y hay por ahí un espectáculo llamado Rock en tu Idioma. ¿Qué falta? ¿Una película de acción sobre Ronald Reagan? ¿Una nueva entrega de Rocky? ¡Un momento! ¡La hubo en 2015! En fin.

¡Felices fiestas para todos!

‘Stranger Things’, bajo la influencia de los 80

Dos generaciones, tal vez tres si contamos a los que vieron todas las referencias a las que hace alusión ‘Stranger Things’ en el momento exacto en el que aparecieron. La serie es una verdadera amalgama de retromanías enlazadas por una excelente historia donde la ciencia ficción, el horror y el suspenso hacen que Netflix nuevamente haya batido su récord de personas cautivas un fin de semana sin provisiones suficientes para sobrevivirlo.

Alimentando la idea de que la cultura popular se reinventa a través de la fascinación en su propio pasado, nos encontramos con la serie escrita por los gemelos Matt y Ross Duffer sobre un chico perdido, una chava con telequinesis y un montón de amigos que actúan bajo el manual de todo lo que no debes hacer en un filme según lo aprendido en el manual del terror de los 80 y el regreso de Winona Ryder como el eco ochentero en carne viva.

En tan solo ocho episodios nos encontramos con referencias a Stephen King, la música de Halloween y una combinación de eventos que nos recuerdan por escenas películas como ‘Poltergeist’, ‘E.T.’, ‘The Goonies’ y ‘The Thing’, es un verdadero acto de nostalgia que te hace aislarte del mundo para observar como las múltiples subtramas se entrelazan al final, con saltos del corazón efectivos, pero nada traumatizante.

‘Stranger Things’ definitivamente fue cínicamente diseñada para la nostalgia, pero utiliza sus influencias orgullosamente. Los hermanos Duffer nos muestran la dieta de su infancia bajo el cuidado de John Carpenter y Stephen King, nos cuentan una historia donde la inocencia se ve comprometida, sin ironías, busca inmediatamente nuestra simpatía a través de las referencias, que se muestran desde la introducción de la serie (pongan atención a la música), la composición de ciertos encuadres (los ojos de Spielberg y Tarantino incluiídos) y hasta el mensaje luminoso de aquellos ‘Encuentros Cercanos del Tercer Tipo’.

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