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Sting, la edad de oro del último Samurai

 

Fotografìas: Chino Lemus, cortesìa OCESA

 

He llegado a esa feliz edad donde ya no me parece necesario tomar un baño antes de un concierto en el Auditorio, donde ya no me parece buena idea invertir en un montón de cerveza carísima y pasármela en el baño, incluso ya no siento la extraña ansiedad de estar sacando fotos o tomando vídeos. He llegado a esa feliz edad donde uno ya no necesita la compañía de muchos, sino de uno que sea la compañía ideal para abandonarse al disfrute de simplemente contemplar.

 

Pero no creo ser la única concentrada en el aquí y el ahora, para eso tenemos a Sting quien se presentó el pasado 17 y 18 de mayo en el Auditorio Nacional de esta cada vez más temible Ciudad y lo hizo de forma majestuosa.

 

Siempre he tenido la sensación de que The Police eran los chicos listos de su generación. Los que siempre sacaban diez y le caían bien a la maestra mientras los otros balagardos (o valagardos o galavardos) se dedicaban a aventarse papeles, a gritonear y a hacer música punk. Y no es para menos; cada riff, cada matiz, cada beat en la batería pareciera matemáticamente calculado con el objetivo de emitir una canción inigualable casi irrepetible, y si no me creen pregúntenle a cualquier banda que haya osado incluir en su set un cover de estos ingleses.

 

Así corría el año de 1979 cuando Gordon Matthew Sumner, mejor conocido como Sting, Andy Summers y Stewart Copeland se consolidaban como una de las mejores bandas de la Inglaterra de los 80, en pleno apogeo punk, en plena locura pop, el caldo de cultivo ideal para el sonido de The Police.

 

Con letras que hablan de historias reales de alienígenas citadinos, prostitutas psicodélicas y amores imposibles que se hacen posibles a través de mensajes embotellados, The Police halló un nicho único cuyo hueco podría no ser llenado por nadie nunca, y sí, estoy usando las palabras nadie y nunca.

 

El estilo de The Police, incluso estudiado en academias de música, polemizado por sus fanáticos quienes otorgan poderes sobrenaturales a cada uno de sus integrantes quienes además de poseer un talento extraterrestre, también cargan sobre sus hombros sus propios poderosos egos de hombres, blancos, ricos y súper músicos.

 

Pero atrás quedaron ya los fabulosos ochenta, sus estoperoles, sus colores enceguecedores, el gel, la cocaína, los copetes altos, los sintetizadores, las noches pop que concluían en amaneceres punk, las bocas secas, la época de oro del capitalismo, los yuppies, las modelos Calvin Klein, las luces neón y todo ese sueño eléctrico de realidades eclécticas que nos trajeron hasta este momento.

 

Sting, Summers y Copeland deciden en 1985 poner fin a esa aventura onírica y dedicarse de lleno a sus proyectos personales, porque tanta genialidad no puede convivir tan cerca, de otra forma correrían el riesgo de explotar.

 

Desde entonces, esa semi deidad que conocemos por Sting anda por el mundo conociendo de músicas extranjeras, enriqueciéndose de viajes y experiencias, se mantiene cerca de América Latina, sobre todo de Chile y Argentina ya que por las constantes referencias empáticas del inglés ante las problemáticas de estos países, siempre es bien recibido.

 

Además de esto, a Sting también se le conoce por su fase altruista, su preocupación por el medio ambiente y su continua colaboración con Amnistía Internacional, y aunque lo ha manejado con un perfil mucho más bajo que Bono o Roger Waters, cierto es que se mantiene activo  y constante en su activismo.

 

Y yo no sé muy bien qué profundidad espiritual llega a tener alguien que practica yoga de manera formal, pero un Sting de 65 años que luce como de 40, con una sonrisa fresca como de estar disfrutando la vida, tocando majestuosamente el instrumento que le ha caracterizado por décadas y no pareciera hacerlo por compromiso sino por puro gusto. Rodeado de músicos que son sus amigos y hasta su hijo que baila con el entusiasmo de una bailarina de un club nocturno, son los que integran su banda, porque ¿qué más da? Vaya, que hasta dan ganas de practicar yoga y disfrutar de la vida tal como lo hiciera este alien paseando en Nueva York.

 

 

Todo comenzó con Syncronicity II y su estructura vertiginosa, entonces supimos que la banda sonora de nuestras vidas había puesto play; enseguida Spirits in the material World donde se escucharon los primeros coros y luego vinieron Englishman in New York y I Can’t Stop Thinking About You, para recordarnos que la fiesta de cumpleaños es suya y no de The Police y para terminar este bloque inicial vino la favorita de tías para sobrinas: Every Little Thing She Does Is Magic donde es difícil no llorar de alegría.

 

One Fine Day, también del 57th & 9th apenas lanzado el año pasado y donde, perdón que insista, podría no extrañar los antiguos hits pues cada uno de los tracks que conforma este material es una pequeñita pieza de piedra preciosa. Luego vino la poderosa She’s too Good for Me, con un arreglo fenomenal con el tiempo destrozado pero el corazón bien rojo. Fue a partir de este momento donde los abridores, The Last Bandoleros comenzaron (o al menos intentaron) tomar cierto protagonismo, y digo intentaron porque el pobrecillo vato que se encargó (o al menos intentó) de matizar a través del acordeón canciones como Seven Days, Fields of Gold, Petrol Head, Down, Down, Down, no logró escucharse nunca en la sala, lo que tristemente denostó un feo descuido por parte de los ingenieros de audio.

 

Shape of my Heard, Message in a Bottle, nos pusieron un poco la piel de gallina, aunque nunca llegaron los encendedores, ni los celulares prendidos en la oscuridad ¿será que el público mexicano ha perdido su encanto? Me gusta pensar que hemos madurado, o quizá que el publico ya era más bien madurito; como sea sí faltaron un poquito de ganas, sobre todo en momentos como cuando el mismísimo hijo de Sting coverea a David Bowie con Ashes to Ashes de forma grandiosa, pero no sin antes recibir instrucciones de papá: -“ponte aquí” le dice en modo gruñon Sting a Joseph Sumner, quien también fungió como telonero a lado de los texanos de The Last Bandoleros. Incluso en numerosas ocasiones escuchamos al inglés invitarnos a corear diversos estribillos pero no siempre con éxito. Eso me pone triste, nos hace falta euforia, espero que no nos haya sido arrebatada.

 

Para dar los toques finales vinieron 50,000, Walking on te Moon, So Lonely, Desert Rose, y una versión larga, larga, larga pero hermosa de Roxane con luces rojas y todo. Para el primer encore tuvimos Next to you, Every Breath You Take con más y mejores arreglos. Quien dice que lo viejo no puede ser renovado y así lo demostró Sting con un sonido fresco, para nada trasnochado.

 

El punto final llegó con  Fragile y un Sting enfundado en una playera de Ayotzinapa, no se puede no llorar con esa canción y ese contexto. Puede ser que alguien sí nos haya arrebatado la euforia, más espero no así la esperanza.

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