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¿Por qué vamos a la cancha?

Me hice esta pregunta al repasar las tardes sin gloria en que recibimos la lluvia en la tribuna y entonces descubrí que tenemos muchas razones para acudir con generosa asiduidad a esos colosos de concreto.

Todo aficionado tiene su particular noviazgo con el juego. Juan Villoro alguna vez escribió que la multitud que llena un estadio representa la más estruendosa versión de la vida familiar. La realidad es que la gran mayoría de los que vamos a la cancha lo hacemos porque alguna vez nuestro padre nos llevó a ese sitio. No es mi caso, pero hay quienes no heredan otra cosa que el adorado nombre de un equipo.

Mi viejo ha apoyado con solidaridad gremial al Club América desde antes que se llamaran de esa manera e imprimió en mí una fuerte carga genética para que yo, desde que tengo uso de razón, siguiera a los amarillos, seguramente, para el resto de mi vida.

ADN que se amalgamó domingo a domingo cuando mi padre en la tribuna podía convertirse desde el mejor profesor de ética: Si Luis Roberto Alves simulaba una falta en el área, lo reprendía con un argumento que nadie osó rebatir: “¡Levántate pinche Zague!”. Hasta el más sublime orador de léperas apologías. Todo dependía si Antonio Carlos Santos traía ganas de correr. O no.

Desde que tuve edad para ir por mi cuenta a los estadios, mi padre se ausentó de las canchas. Sin embargo, la rara emoción que siento en las tribunas sólo se explica porque fue el sitio donde mi infancia contó con su presencia. Nunca nada me transporta más a esa época, que el momento de subir las escaleras internas del Estadio Azteca y ver el fulgor del pasto iluminado. Casos similares abundan.

 

Después están las razones por las que te haces hincha de un equipo; irle a las Águilas es fascinante, pues América es al fútbol lo que el mal a la teología. Pero ese es otro tema. Conozco decenas de americanistas que no pisan el Azteca ni por equivocación. Los altos precios, la distancia, el clima, la violencia, los compromisos familiares son las exculpaciones menos ingeniosas que uno escucha.

Lo cierto es que el amor que profesas hacia unos colores no determina el hecho de que te plantes o no en una tribuna constantemente. Alentar en una grada cada quince días va más allá de lo tangible. En mi caso, y seguramente el de muchos, radica en la relación de un padre con su hijo a partir de las vivencias en una cancha de fútbol.

El ensayo de Villoro describe al estadio como un buen sitio para tener un padre. El resto del mundo es un buen sitio para tener un hijo.

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