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Una app llamada “Morrison Go!”

Los millennials, aquellos entes que son mal vistos, por peligrosos, por la vieja guardia, no sólo van tomando el control de las cosas en muchos aspectos sino redescubren y adoptan, con cierto tiento e inteligencia, los usos y costumbres de quienes les labramos la ruta con muchas menos oportunidades de información.

Quizás sea prudente reconfirmar que mi yo niño y mi yo adulto se sienten más a gusto platicando e interactuando con millennials que con gente de mi propia generación (¿por qué será que mi generación es tan aburrida?).

Recientemente mi hijo, aferrado fan de la banda Violent Femmes, me preguntó si acaso había bajado a mi móvil la aplicación de Pokemon Go! Él aún no tiene teléfono móvil, así que para su sorpresa y regocijo le dije que sí y en los jardines del Bosque de Chapultepec nos dedicamos, una tarde soleada de sábado, a cazar pokemones. Después de un par de ejemplares capturados nos dimos cuenta que un racimo de niñatos de la edad de mi hijo el Leopardo nos seguía a distancia prudente y, en un momento específico, me preguntaron: “Señor (¬¬), ¿podemos acompañarlos?” Detrás de los niños venía un contingente de papás, con cara de qué está pasando, que cuidaba a sus hijos de la tutoría de ese par de tipos, uno de 41 y otro de 11 años, que andaban cazando pokemones.

Días después recopilé algunas menciones en redes sociales que criticaban con fervor homicida a quienes cazaban pokemones en sus ratos libres y me puse a pensar en esa brecha generacional que posiciona a la vieja guardia, con sus comentarios deletéreos, como un grupo de amargados que han enterrado la infancia y su capacidad de sorpresa bajo toneladas de desasosiego ante su imposibilidad de formar colectivos imaginativos.

 

Entonces pensé que, en todo caso, tomando en cuenta los años de distancia entre el boom de Pókemon y el año 2016, no existe ninguna diferencia entre bajar una aplicación a un móvil para cumplir, de alguna forma, un sueño adolescente, y escuchar una canción de The Doors o The Eagles. Es decir que la revisitación musical de tiempos idos, y quizás de momentos que han quedado enquistados en el tiempo, es algo normal y plausible para las viejas y encasquilladas generaciones pero buscar pokemones es para ellos, de alguna manera, oprobioso.

Lo verdaderamente oprobioso, en este caso, es negar cualquier clase de apreciación por la nueva música y el avance de la tecnología que, sin duda, ha impactado los momentos lúdicos, para sentenciar que lo viejo es mejor nada más porque sí. Y más aún, porque, en el caso de quienes estacionaron su evolución en Avándaro, cazar pokemones puede colocarlos en sintonía directa con, digamos, sus nietos, sí, ésos que hoy en día acuden a un recital de Skrillex, Inna o Ariana Grande sin ninguna clase de pudor.

Hace unos años, cuando viví en Los Ángeles, California, mi mayor deseo era recorrer aquellas calles de Hollywood Blvd y buscar la esquina en donde Jim Morrison se fue de hocico con una botella en la mano tras salir a las prisas, persiguiendo a su esposa, de una fiesta de Andy Warhol; o el sitio donde River Pohenix dejó de respirar después de un atracón de sustancias en el Viper Room, después de que Flea (RHCP) le negara la posibilidad de palomear en escena. Inclusive aquí en CDMX, cada vez que puedo, llevo a algunos amigos incautos, turistas sobre todo, a recorrer la ruta de Burroughs y Kerouac en la Colonia Roma.

Más allá de la música, los puntos en donde el rock and roll ha dejado su marca deberían ser objeto de culto y caza de los afanosos, porque lo que hace a la historia es lo que se sale de los parámetros, el lado B, el detrás de cámaras. Porque las canciones ahí están, ya cumplieron su cometido, pero cada día se escribe algo nuevo y la vieja guardia lo niega.

Por ello, no hay ninguna diferencia –hablando de generaciones– entre cazar a Bulbasaur, Pidgeotto y el adorable Squirtle (vamo a rockeá), o a Jim Morrison, Billy Burroughs o River Phoenix. Finalmente, cada generación alimenta su entorno y su cultura y sus ganas con lo que la hace más feliz.

¿Cuántos pokemones llevan? O bien, ¿cuántos sitios de poder, hablando de rock, han identificado en su ciudad? Porque, en todo caso, los Metallica pueden ser unos cretinos y negar el poder de internet, pero ya se subieron al tren del mame de Pokémon Go!, eso todos podemos atestiguarlo.

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