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#SonicArsenal – De la influencia a la referencia a la retromanía

 

¿Cómo pasamos de la influencia a la referencia? Tal vez es culpa de nuestras pasiones y obsesiones. Lo que anteriormente era contenido basado en el desarrollo de lo observado, se convirtió en la trivia continua, el detalle que solo unos conocedores notan y que en la actualidad se convierte en la serie de listas de referencias que no hablan del análisis del pasado, sino de la voracidad con la que observamos, retenemos y repetimos.

 

Los ejemplos sobran en el contenido referencial, la meta información nos ha brindado grandes detalles en diversos medios, sin embargo el easter egg que el fan buscaba se hizo más evidente con la llegada de ‘Stranger Things’ y próximamente ‘Ready Player One’ de Steven Spielberg, que desde el trailer nos llenó con esa nostalgia que alimenta nuestra actualidad, también podríamos desviarnos hacia la serie ‘The Toys That Made Us’, que prácticamente nos lleva hasta el punto que ya describía Simon Reynolds en su libro ‘Retromanía’, vivimos como adultiños obsesionados con nuestro pasado gracias a nuestro poder adquisitivo.

 

Meta información, el punto central y por el cual giran múltiples formas de obsesión, regresión, acumulación y entendimiento/desentendimiento de la actualidad. El periodista especializado en música Simon Reynolds busca explicar a través de éste libro como en los últimos años el acceso y el exceso han cambiado nuestra forma no sólo de escuchar, sino de relacionarnos con el cine y la literatura, pero sobre todo la música, desde el creciente coleccionismo y la necesidad de acumular canciones en discos duros y nubes virtuales, sin lograr escuchar todas las descargas producto del sharity (share + charity).

Muchos puntos del análisis en los que se basa la adicción de la cultura pop por su propio pasado parten de esa relación entre la música y la forma en que escuchamos en tiempos de reproductores portátiles, servicios de catálogos en línea siempre disponibles, multitasking e información cruzando e intercambiándose a velocidades increíbles a través de espejos negros.

 

 

‘Retromania’ es la necesidad de abarcar diversas épocas de la música, la obsesión provocada por las listas, la historia por medio de diversas películas, libros y múltiples blogs que nos ha llevado a la diversificación de nuestros oídos y la necesidad de curadores que nos sirvan como filtros en medio de la marea de todo lo que está a nuestro alcance. El curador, ya sea crítico, editor o músico logra crear un mapa de influencias, direcciones y posibles caminos futuros, pero en realidad se trata de otra maraña de información que filtra y a su vez hace que vaya desapareciendo la experiencia que brindaba el descubrimiento personal.

 

Reynolds no se atiene a los que escuchan, también alcanza a los que crean, mostrándonos un camino en el que se levantan covers y álbumes tributo como un indicativo de la naturaleza referencial del pop, revelando también un estado de canibalismo de influencias e iconos como si la cultura avariciosamente se comiera a sí misma como un Ouroboros para no revelar más posibilidades, es un retrato del propio artista como un consumidor, “la referencia es la diferencia, mezclada con un poco de gloria reflejada”.

El libro es un recorrido desde los pasillos de museos dedicados a la historia de una sola persona hasta la memorabilia, el registro enciclopédico de cada instante de la historia de la música, pasando por el coleccionista incurable, la llegada del boxset como compresión de catálogos olvidados y Japón como el imperio donde lo retro no lo es, ya que todo continúa en circulación y con ediciones exclusivas.

Al final “todo parece envuelto entre comillas invisibles” que invariablemente buscan llevar el estereotipo hacia el arquetipo, de la nostalgia a moda retro y de ahí al revival como una interpretación actualizada del pasado, convertida en algo tan complejo como la retrospección, donde todo lo old school parece mucho mejor que cualquier actualización. ‘Retromania’ así se revela como una crítica a la ausencia del presente y el enfoque hacia el pasado, visiones que nos niegan completamente una palabra con F que parece en estos momentos más escandalosa que el fuck: Futuro.

Lo más notable de ésta tendencia es la nostalgia por el futuro que nunca llegó, la retromania parece ser un síntoma de la decepción al descubrir que nunca llegaría lo que la ciencia ficción tanto nos prometió. Es un verdadero choque de esperanzas, porque mientras nos acercábamos al milenio, más ansiosos miramos hacia atrás por esa simple razón, pareciera que una vez cruzada esa barrera del año 2000 el choque de realidad sin autos voladores, teletransportadores y ropa plateada sólo nos dejó rescatar los años de inocencia, cuando éramos capaces de creer en ese futuro.

#SonicArsenal – Desmontando al periodista de rock

 

Así como el sonido impacta el día a día del periodista de música, la teoría sobre el oficio y las bases de otros críticos se convierten en punto de atención para los que nos dedicamos a este trabajo, uno en el que los familiares siempre dicen “yo también puedo hacerlo, yo también oigo música todo el día”.

La realidad es que la crítica y el análisis requieren algo más que sentarse a oír, sabemos que nos dedicamos a escuchar y realizar todo un proceso que no se queda sólo en los múltiples tracks de un disco y ver si te gusta o no, sino razonar contextos, historia de la banda y otros tantos detalles que espero ampliar pronto en la historia y evolución de la reseña musical.

Pensando en ese ejercicio, me topé con una entrevista realizada a Simon Reynolds al presentar su libro ‘Retromanía: Una Mirada Contra el Eterno Reciclaje en la Música Pop’, que incluye múltiples puntos de reflexión sobre la evolución y las aproximaciones del periodista de música, sobre todo el reseñista. A continuación algunos fragmentos de esa entrevista realizada por J.C. Ramírez Figueroa.

I. UN POCO DE AMOR FRANCÉS. O DE CÓMO ROLAND BARTHES PUEDE
EXPLICAR A BUTTHOLE SURFERS

Samplear la filosofía o teoría crítica francesa es algo que aprendí de todos los periodistas de música que me impresionaron al leerlos por primera vez, cuando adolescente. En concreto: el New Musical Express (NME) y sus redactores: Barney Hoskyns, Ian Penman, Paul Morley y Chris Bohn, quien es ahora el editor de la revista The Wire.

Ellos siempre incluían pequeños bocadillos de teoría en sus reportajes y entrevistas de una manera emocionante y provocadora. Citaban a gente como Roland Barthes, Michel Foucault, Friedrich Nietzsche, Julia Kristeva, Georges Bataille. Yo, como adolescente, ya leía filosofía y política (feminismo radical, un poco de marxismo, teoría freudiana). También cosas de los años sesenta como Norman O. Brown. Después, a través del punk y leyendo sobre Malcom McLaren, descubrí el situacionismo.

Así se formó mi gusto por este tipo de escritura….

Pero más que usar la teoría para legitimar la música, fue la música transformando a la teoría en algo interesante y estimulante, en la forma que a mi me interesaba y que me parecía estar en la vanguardia cultural. Por supuesto que están todos los teóricos franceses y, naturalmente, Nietzsche. Todos, grandes estilistas de la prosa que incluso traducidos conservan la elegancia y carisma. Empecé a leer las cosas francesas, en mi tiempo libre en Oxford y, cuando empecé a escribir sobre música terminó saliendo así. Nada particularmente forzado. ¡Como si George Bataille se relacionara de manera natural con Butthole Surfers!

II. LIROCENTRISMO Y SOCIOLOGÍA: ¿DOS CLICHÉS DE LA CRÍTICA ROCK?

No sé si he eludido la sociología en la prensa musical, porque siempre he hecho un poco de análisis sociológíco. Siempre he estado consciente de la lucha de clases como factor de cambio social y musical. Siempre he advertido como la música transforma el mapa de las divisiones sociales.

Además, he leído a todos estos autores como Dick Hebdige que estuvo involucrado en el análisis de las subculturas juveniles, influenciado por el marxismo y, mirando a los rituales subculturales como expresiones de resistencia inconsciente a la estructura de clases, la vida industrial y el capitalismo. También he leído a gente como Simon Frith, que en verdad es tanto sociólogo como crítico de rock. Pero sí, el énfasis excesivo en analizar las letras es algo que Pronto encontré frustrante. Parecía que pocos estaban escribiendo sobre música, enfocándose en el sonido, la producción y el papel de la tecnología. La mayoría de periodismo musical en los años ochenta se orientó en torno a la canción, el cantante y las letras como una forma de contar historias.

Ellos analizaban las canciones, ya sea como posición (político o existencial) o como narraciones: mini-dramas, refugios de sabiduría popular, enfoque vivencial del amor y la condición humana… Estaba bien, pero se perdía gran parte de lo que era la música. Especiualmente porque no decían nada sobre lo que más me interesaba en ese momento: el éxtasis, el goce, la jouissance (1). Lo no-verbal y lo difícil-de-verbalizar intensificado en la música, ritmo, textura sonora, ruido. Mi enfoque de esto viene de Barney Hoskyns de la NME y libros como “El placer del texto” de Roland Barthes. La verdad es que la exigencia de escribir así era parte del desafío. Además. cuando tratas como escritor de hacerte un nombre y construir un pequeño espacio intelectual, aprendes a cruzar las lagunas y accidentes geográficos que otros no han advertido.

III. PROCESAR LA EXPERIENCIA MUSICAL: DESMONTANDO AL PERIODISTA DE ROCK

Un problema actual es el papel mediador del periodista como “guardián“: la persona que tiene el poder y la responsabilidad de presentar a la gente un nuevo sonido. Eso ya pasó. Cualquier persona puede consultar -en YouTube o mp3- cualquier cosa por ellos mismos. Así que el rol del que escribe sobre música ahora es más bien para hacer las conexiones, procesar la experiencia musical. Tratar de inyectar significado a esta situación, en un contexto de “hemorragia” debido a la sobrecarga de música.

En realidad, esa fue siempre parte de la función del periodista musical. Pero en los viejos tiempos también existía la tarea de presentarle cosas nuevas a la gente. Podías recomendar y apuntar cosas, porque ellos no podían darse el lujo de comprar todos los discos. Ahora la cuestión del coste es irrevelante. El nuevo problema es que debido a que no se paga por la música, uno no se siente obligado a prestar atención a ella. Escuchas cosas a medias, distraído y desenganchado de ellas Soy tan culpable de esto como cualquiera. Hay un adelgazamiento de la experiencia musical.

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