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Roma y el México incongruente

A los intelectuales les fascinan las hipérboles: “sublime”, “fascinante”, “incomparable”, “único”. Así es como han vuelto a Roma, la película de Alfonso Cuarón, víctima de la grandilocuencia de sus palabras. El filme es todo lo contrario: sencillo, sutil, evocativo, discreto, y en esto radica su belleza.

Por eso no es de extrañar que, tras su estreno en Netflix, la respuesta del público haya sido de desconcierto – por decir lo menos –, uno que raya en decepción. ¿Dónde está esa GRAN película de la que todos hablan? Una vista rápida por Twitter arroja calificativos como “aburrida”, “lenta”, “simple”, “pérdida de tiempo”.

El apellido Cuarón nunca llega solo, siempre viene con una maquinaria detrás, como un bulldozer mediático, y era de esperarse que la unión del primer realizador mexicano que ganó el Oscar como mejor director, y la plataforma de streaming más exitosa, resultara en una saturación del tema dentro de los medios: coberturas, críticas, elogios, artículos de reflexión.

Lo único que Roma no logró saturar fue a Netflix durante su estreno. La plataforma es famosa por no compartir ratings, pero no es necesario cuando en 2018 tenemos un ejemplo muy poderoso para establecer una comparación: colapsaron con el estreno de la serie de Luis Miguel.

Hoy en día cualquier persona con una cuenta de Facebook se puede autonombrar “crítico” y también “medio de comunicación”, y cada vez es más complicado refutar tal afirmación. Tan sólo en internet, la cascada de elogios hacia Roma la han colocado en una posición muy incómoda.

El público se siente obligado a tener una opinión, pero ya es más que eso, es casi una forma de cyber-bullying. Varios estudios han concluido que las redes sociales ejercen una fuerte presión social, y aunque sí se puede hacer bullying para que el público vea una película, no se puede forzar a nadie a que le guste.

 

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Yalitza Aparicio es otra rama de este enredo. Se ha vuelto común leer, o escuchar en pláticas que Roma “es un retrato nostálgico de México, visto a través de los ojos de una trabajadora del hogar de origen indígena…” Palabras más, palabras menos, así es como va el mantra. Pero si el mexicano no fuera tan perezoso a veces, y se formara una opinión propia, tal vez descubriría que Roma es la visión nostálgica de Alfonso Cuarón impostada en el personaje de esta mujer llamada Cleo.

Aparicio se ha convertido en el estandarte de la “mexicanidad”, pero las circunstancias de su personaje no son exploradas profundamente, y tampoco son el motor que mueve la trama. Cuarón revisita pasajes de su infancia, y de alguna manera se mete en la cabeza de todos los miembros de su familia para tratar de recrear esos momentos, pero es difícil creer que una mujer indígena guarde en su memoria al México de los años 70 como una estilizada película en blanco y negro, donde pocos acontecimientos son más importantes que los problemas de sus patrones clasemedieros.

En todo caso, México es el personaje central de este filme. Aunque muchos ni siquiera lo ven como un retrato fiel de nuestro país, sino de la Ciudad de México, y tampoco eso, sino de la colonia Roma. Como siempre, resurge el problema del centralismo “chilango”, sumado a la estratificación social y la zonificación de la CDMX, que son temas muy sensibles hasta hoy: el cómo la clase media chilanga cree que todo en la vida gira alrededor suyo. Desafortunadamente, esto tampoco es evidente en la película, si acaso sugerido.

 

 

Lo que empieza a ser claro es el perfil de las personas que reaccionaron más fervorosamente frente a Roma. Para decirlo simple y rápido: nostálgicos que ya pasan del “cuarto piso”, la media-alta chilanga que aún guarda memorias de ese México que ya fue, y tal vez están buscando una reconciliación con su pasado, o algo que les de permiso de perdonar los “pecados” de su generación. Es decir, hombres – sobre todo hombres – como Alfonso Cuarón. Pocos jóvenes (¿ninguno?) lograrán entender las muchas referencias a ese México del siglo XX, por lo que su valor “nostálgico” también es relativo. ¿Nostálgica para quién?

Ver Roma no redime a nadie del abuso o maltrato que le hayan dado a las trabajadoras del hogar, y es que así parece que lo están tomando muchos. El que este tipo de situaciones fueran cotidianas en otra época (o que incluso persistan hasta hoy) no las vuelve aceptables, ni normales. Por su parte, Alfonso Cuarón ha adoptado recientemente una actitud panfletaria, tratando de darle foco al tema de los derechos de las trabajadoras del hogar, pero su película tampoco trata sobre eso.

Aquí vienen las incongruencias más grandes, no del realizador, pero sí de sus simpatizantes y de un sector de la sociedad mexicana. Hace poco, El Universal publicó una columna de opinión firmada por Marcelina Bautista, activista y fundadora de la primera organización sindical de personas trabajadoras del hogar en México. Titulada “Roma nos une”, hay un pasaje donde la autora explica, y cito textualmente: “El gobierno que ahora comienza nos ilusionó durante la campaña, planteando un México distinto que incluyera a aquellos que han sido marginados. Hasta el momento no ha habido ninguna propuesta para garantizar nuestros derechos”. No la ha habido, y probablemente no la habrá.

 

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Tal vez debí empezar por aclarar que Cuarón es mi director favorito de la tercia que en Hollywood llaman “Los tres amigos”. Pero, que lo sea, no significa que me guste todo lo que hace. Tiene la maestría de un Steven Spielberg o Alfred Hitchcock, pero también tiene el mismo problema que ellos cuando trata de ser intimista: es poco profundo e impersonal. Resulta interesante, o al menos curioso, que sus tres películas más relevantes, Y tu mamá también, Gravity, y ahora Roma, sean historias creadas o inspiradas por sus más allegados: su hermano, su hijo y su nana; como si tratara de encontrar su voz a través de emociones compartidas.

También hay una generación que opina que Grandes esperanzas los sacudió, pero al escuchar esto pienso que la mayoría no ha visto la versión de David Lean de 1946, cuando las películas aún se hacían en blanco y negro como estándar, no por elección estética. Para mí es una versión – y recurro a las tan gustadas hipérboles – “insuperable”. Mi mayor desencanto llegó con Y tu mamá también. Me gusta decir que, como persona gay, esa película traicionó mi lado heterosexual. Nunca he podido aceptar la afirmación de que detrás de una gran amistad tenga que haber alguna motivación sexual. Siempre me pareció una vuelta de tuerca forzadisima, y poco afortunada.

Incongruente también es que sus protagonistas, Diego Luna y Gael García Bernal, se nieguen siempre a participar en eventos de la comunidad LGBT, pero aún así se estén creando una imagen “progre”. Deberían tomar como ejemplo a Alfonso Herrera y Miguel Ángel Silvestre, sus colegas actores que, tras participar en la exitosa serie Sense8, acudieron como pareja de ficción al desfile del Pride 2016 en Sao Paulo, Brasil, y hasta se besaron para mostrar apoyo a la comunidad gay. Eso sí es avanzado.

 

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Yo he visto Roma dos veces, y probablemente la vea más. Es un gran logro cinematográfico, y una experiencia bellísima para quienes amamos el cine. Sin embargo, también arrastra con un poco de esta incongruencia del mexicano. Nos autocongratulamos por la promesa de un México diferente, y nos damos palmaditas en la espalda por obras como Roma, que nos sirven como catarsis. Pero la realidad es que – y seamos honestos – nadie va a querer pagar un sueldo base y prestaciones a las trabajadoras del hogar, si ese momento llegara algún día.

Actualmente ya existen servicios que han logrado mejorar sus ingresos, cobrando hasta 300 pesos por hora, y aún así son muy pocos los que están dispuestos, o cuyos ingresos les permiten, pagar casi mil pesos por un servicio de limpieza aceptable. ¿De verdad algún día vamos a recordar a Roma como la película que, al promover una reforma, generó más desempleo?

Es más fácil que Cuarón se gane otro Oscar a que los mexicanos renunciemos a nuestra comodidad. Aún en gravedad cero, hay que tratar de mantener los pies en la tierra.

 

 

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