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Crisis, cuando la música nos separa

2018, las palabras resuenan en la boca de todos sin mayor problema. Se esparcen en busca de la verdad absoluta sin que importe nada ni nadie. La personalidad es cosa del pasado pues hoy pareciera que las tendencias nos obligan a ser distintos cada día para hablar de todo. Sin duda, las redes sociales son hoy una causa de esta falta de definición pero peor aún, de una crisis de lenguaje. Por lenguaje habré de referirme como el conjunto de todas las formas de expresión, llámese oral, escrito o visual.

La crisis del lenguaje me resulta evidente como estudiante de Ciencias Sociales y como consumidor de la abundante información que hay en Internet todos los días. La realidad es que nunca imaginé que esto fuese posible en el mundo de la música pero ¿qué habría de esperarse de este mundo globalizado? Quizá una primer respuesta sería la forma en cómo se complementan los gustos musicales de distintas generaciones, enseguida de cómo estas se acompañan de letras, idiomas y tradiciones. Una última respuesta sería la fascinante oportunidad de ver en vivo a una banda de Yokohama, Japón un lunes por la noche en la colonia Doctores.

Teniendo presente esta teoría de la música global es que es más fácil identificar una serie de cuestiones que denotan en una crisis de lenguaje. Falta de imaginación, carcomer la imagen de lo femenino e incitar la violencia, son sólo algunos incipientes del mal uso de la palabra dentro y fuera de la música.

Por ello vimos hace unos días a un René Pérez (Calle 13) indignado por su supuesta participación en un festival encabezado por Maná. Por ello existe un sector de la sociedad que deduce que el “rock ha muerto”. Por ello hay artistas que engalanan su trabajo menospreciando el de otros (que hacen reggaeton, por ejemplo). Por ello la música en otro idioma que no sea el español parece otorgar cierto estatus.

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La diversidad en la música y como en otros tantos ámbitos, parece confundirnos en vez de permitir seguir conociendo. Los propósitos de la música nunca fueron ni serán el de dejar como legado una serie de estereotipos.

La indumentaria, las canciones descargadas, el tipo de boleto que compramos, las canciones que nos sabemos y las que no, la forma en cómo bailamos, la forma en cómo nos expresamos; ha sido producto manifiesto del mundo globalizado en el que hoy vivimos y padecemos. En efecto y como expuse al principio, la crisis del lenguaje no es exclusivo de la música y desde luego de la mercadotecnia. A mi juicio, se trata de un efecto de nuestra propia historia, sujeta a la tecnología y la malversación de los medios impresos.

En contraparte, fue inevitable la apertura – por decirlo de alguna forma- de la información y con esto la creación de nuevas formas de comunicación. Por suerte, esta coyuntura dio pie a muchas ventajas en el mundo de la música: la forma de comercializar y exponer proyectos nuevos fue más fácil. Los documentales sobre música tuvieron un nuevo giro que otorgaron mejores contenidos. La fotografía, la redacción e incluso el diseño gráfico se volvieron plataformas de impulso a fin de conocer nuevas bandas y claro, nuevos sonidos.

¿Qué decir de los festivales? La exigencia de nuevos espacios de fomento a la música, aunado a la diversificación de artistas, hoy nos permite tener festivales para todos los gustos. Así pues, el contenido musical ha crecido pero también ha cambiado y por desgracia hay un sector del público que aún se opone a las nuevas formas de consumo, quizá por nostalgia, practicidad e incluso por costos. Al final es válido y enriquece la cultura por igual. Nos muestra estilos y anécdotas de lo sencillo que era hacer música. Desde la poesía de Jim Morrison y Kurt Cobain hasta lo difícil que fue conseguir un vinilo de The Cure o de simplemente conocer un poco lo que fue la represión social en tiempos de Avándaro 71. Lejos de reconciliar al pasado con el presente, pareciera que sólo prevalece una búsqueda constante de autenticidad por encima del otro.

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El ejemplo más claro e instantáneo es el parafraseo que hay alrededor de la escena del reggaeton, donde ciertas personas e incluso artistas asumen la tutela de criticar de forma exacerbada todo lo que devenga de ese estilo de música. De los fans se ha hablado de sus condiciones de vida y hasta de su intelecto. Falso despotismo. En fin.

Ventajas y desventajas que no son casualidad pero sí consecuencia de una confrontación constante entre la diversidad de pensamiento. No hay verdades absolutas pero sí transformadoras. La crisis es un complejo de opiniones de las que todos quieren ser parte sin saber asumir sus consecuencias, para bien o para mal.

Hoy el espacio fue dedicado a la música, sin embargo, esta carencia de diálogo es ya un acontecer social. Hoy se habla del final de una era opresora y de estancamiento político pero lo cierto es que estamos en un punto de incertidumbre que inquieta a algunos y entusiasma a otros. Llámese música o política, el comparar y subestimar el juicio del otro es todavía una enfermedad que a todas luces parece contagiable.

Sin más, el tiempo ha evolucionado a la música pero ha segmentado a sus fans.

Darkwave, ayer y hoy en México

Es indudable que el contexto musical en México luce una de sus mejores etapas en la historia, y tampoco es que con esta afirmación quiera discriminar al pasado pues sería sin duda un pecado eterno. Simplemente es que hoy en día el concepto de lo “masivo” que décadas atrás asustaba al artista y al propio espectador, permite tener al alcance de nuestros ojos y oídos cualquier artista sin importar raza, color, religión o género, con sus peculiaridades y tropicalizaciones que incluso permiten albergar en nuestro país al darkwave.

Específicamente la Ciudad de México se ha vuelto un hábitat de encuentros musicales que ha permitido vencer de a poco los falsos estereotipos del consumidor. La sociedad contemporánea es digna de exigir un cambio en los estándares que de forma microscópica podemos notar en un concierto, por ejemplo: la crítica de la vestimenta, el separarnos por el costo de un boleto, los individuos que escupen hacia arriba por su gafete de prensa o la soberbia de aquellos que no se cansan de criticar al reggaetón o la banda.

Así, el creciente número de festivales musicales es un primer avistamiento de encuentro entre culturas y formas de ser. Sin embargo, las consecuencias disparan distintas vicisitudes que otorgan al pasado un valor inquebrantable y elegante. Una forma de entender el cambio es sin duda Spotify, por ejemplo; una plataforma que deja poco sentido a la curiosidad y a la comprensión del artista desde sus inicios pero que su vez asume su importancia por conectar a distintas generaciones.

La realidad del asunto es que estas reflexiones fueron posibles gracias a espacios particulares de la ciudad que son dignos de conocer, pero también de comprender. Lugares como Patrick Miller, Dirty Sound, Departamento, Centro de Salud, pero sobre todo Real Under, son habitaciones que albergan una serie de tributos a la escena underground que no predican con el concepto masivo.

 

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Allí, nuevas generaciones se congregan felices de imaginar cómo eran las pistas de baile en los años 80, un tanto perdidos en láser, humo y sintetizadores. Y es que gozar del sinte es una experiencia infinita e irrepetible, haciendo de las noches de la ciudad pequeños capítulos que creen hablar del espacio, las estrellas e incluso de las artes plásticas.

Para comprender mejor lo anterior dicho me es necesario hablar brevemente de Mateo Lafontaine. Artista y exponente de la escena post punk y la música electrónica en México, amante del Korg y los Casio. A través de sus dedos, la historia se traduce en la importancia de la tecnología y cómo esta revolucionó el sonido análogo. Gran parte del discurso de Mateo se enriquece por la filosofía que busca romper lo ya establecido, incluso como contraparte del punk.

Cierta nostalgia se dispara de muchas entrevistas que he visto de él, pero seguro de que las nuevas generaciones asuman nuevos alcances dada las nuevas condiciones económicos y culturales pues si bien antes las ideas eran revolucionarias también eran costosas. Ferviente amante de las calles, conocedor de la vieja colonia Roma, Polanco y Santa María la Ribera, coleccionista de vinilos y fanzines; así es como Mateo justifica el paso del tiempo sobre la pista de baile para rebelarse ante los ojos del noctámbulo.

Para seguir iluminando un poco la propuesta que se esconde en la oscuridad de la ciudad es importante conocer los sonidos que influyen en la tornamesa y que se transforman en synthpop y techno pop. Kraftwerk, Ultravox, Soft Cell, entre otros, son algunas de las voces que dieron vida a Casino Shangai, banda referente de la escena dark en México y que hoy se asoma en los rostros del Centro de Salud, específicamente de Ulalume Zavala, quien atenta contra la copia de sonidos que ya se hicieron en los 80, pero defiende la transformación de estos, tales como el darkwave industrial y que se personifican en el segundo piso del Real Under.

 

Ulalume es consciente de la realidad actual en las que nuevos vulnerables buscan acojo en la música y las artes en general, provocando así una búsqueda constante por una evolución sónica que exprese su carácter y responda a ciertas cuestiones sociales. Quizá eso refleje la sintonía de lo que hace actualmente como DJ y exponente del house y el techno.

Con este pequeño preámbulo no queda más que perderse en los rincones alejados de la multitud. La realidad es que estos lugares no sólo concentran un homenaje al pasado sino a su estética e ideología que inmortaliza a los poetas malditos, la pintura, el terror, la androginia, el individualismo, pero, sobre todo a la creatividad. Por eso insistir en que las ideologías no se construyen discriminando otras pues todos somos parte de un mismo pasado y es en las circunstancias del tiempo que la personalidad se afianza al disfrute de lo que la música provoca: dolor, risa, pasión, adrenalina, pero nunca el imponer nuestro género favorito.

Esta pequeña mirada al espacio multicultural de nuestra ciudad está pensada en la posibilidad de sabernos seres distintos y cambiantes, pero conscientes de nuestra posición en sociedad que aún no permite identificarnos. La música es un gran inicio y lente de los detalles en los que nos perdemos como seres exigentes, críticos, prejuiciosos y a veces ausentes de nuestras tradiciones. Salgamos a las cantinas, pulquerías, a los rodeos, los palenques, las bodas, Garibaldi, el Chopo, el Under. Hablemos con nuestros ancestros, hijos, hermanos, vecinos, gente que admiramos o no comprendemos. La música, insisto, es un gran aliento.

¿Por qué le temen tanto al reggaeton?

Por: ALEX CASTRO

Mientras una parte de la industria musical latinoamericana abraza con fervor estos ritmos, otra les da la espalda por prejuicios de toda índole. Para nadie es noticia que los ritmos urbanos como el reggaeton y el trap latino están sonando en los teléfonos celulares y las pantallas de la mayoría de los jóvenes de Latinoamérica, entre otras regiones del globo.

Desde la década pasada, cuando la llamada vieja escuela del reggaeton llegó para quedarse –para bien o para mal, eso es decídanlo ustedes– en la corriente principal, de la mano de artistas como Daddy Yankee, Don Omar y Calle 13, el ascenso de estos ritmos fue lento, pero sostenido.

Sin embargo, no todos los sectores de la industria en esta región han recibido con la misma apertura esos estilos musicales.

 

Por una parte, las discográficas trasnacionales están encantadas –y cómo no– con el éxito de estos artistas en las plataformas de streaming, ya que les están generando las ganancias económicas que perdieron cuando fueron incapaces de acoplarse a los nuevos tiempos.

Hace unos meses, un empleado de Universal Music me confesó que odiaba la canción ‘Despacito’, de Luis Fonsi, pero que al mismo tiempo la amaba porque gracias a ella toda la compañía comió en 2017. Así de simple.

 

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Como era de esperarse, ese éxito comercial se ha visto reflejado también en las premiaciones de la propia industria, como sucedió en la pasada edición de los Latin Grammy, que si bien no fue la primera vez en que figuraron por ahí varios artistas de reggaeton, sí fue la primera en que su presencia fue mucho más contundente, reflejándose incluso en diferentes categorías musicales.

 

Es interesante ver cómo la mayoría de los artistas de la llamada corriente principal que no pertenecen al reggaeton tampoco pueden ignorar su preponderancia. Los que lo aman, no dudan en incorporar algunos o varios de sus elementos en su música, como Shakira, Luis Fonsi o Chayanne, que ya tenían una carrera basada en otros géneros, pero lo adoptaron para tratar de mantenerse vigentes en el gusto del público.

Y los que lo odian, como Aleks Syntek o Bunbury, no dudan en criticarlo públicamente con el sobado argumento de que no tiene calidad o de que sus letras explícitas no son positivas para la juventud, como han asegurado también Juanes y Carlos Vives.

 

Hay otra parte de la corriente principal que tampoco le termina de abrir la puerta a estas músicas: la de los festivales masivos, que a pesar de que en todo el mundo se están abriendo hacia horizontes cada vez más comerciales, tampoco terminan de darle mucho espacio a estos artistas.

Al respecto, Nico González, del sello argentino Solo Le Pido a Dior, me comenta no sin cierta ironía: “Me pregunto si los grandes festivales se animarán a incluir artistas de reggaeton y sobre todo artistas semi under de reggaeton dentro de su line up… antes del 2030”.

En México, por ejemplo, son pocos los festivales de música para jóvenes en los que tienen cabida los artistas de reggaeton, y menos aún los de trap, que es un estilo más nuevo en la región.

La cadena EXA lo hizo con un festival llamado Urbánica, en el que reunió a artistas como Wisin, Prince Royce, Maluma, Farruko y Reykon El Líder. Coca-Cola y OCESA también lo han estado haciendo con festivales como Flow Fest y Ceremonia, respectivamente, al incorporar varios estilos de estos géneros en sus carteles.

Mientras tanto, en carteles festivales que se autodenominan “de cultura iberoamericana” como el Vive Latino, hay que hurgar con esmero para encontrar apenas algunos nombres, como el del productor Bruno OG o en ediciones anteriores Toy Selectah y Calle 13.

 

Hay quienes consideran que el reggaeton entró por la puerta incorrecta al mainstream, como Ingrid Suárez, comunicóloga y manager de Ali Masare y Frank PTM, quien me dice que al tomar elementos del reggae y el rap, y hacer algo bailable y candente, los artistas del género perdieron el respeto de seguidores de otros géneros, como el rock y sus variantes, por que considera que fue algo muy fuerte para los puristas… “y al ver como se hacían millonarios, pues más…”

 

No son pocas las voces que señalan las similitudes, no solo en cuanto a cómo han sido recibidos ambos géneros en sus inicios, sino también en cuanto al ascenso estrepitoso en las listas de éxitos, al contenido explicito de sus canciones y sus bailes, y a la polémica que estos provocan entre los sectores más conservadores de la sociedad.

Mientras tanto, en las plataformas de streaming es donde se puede medir el verdadero pulso de estos sonidos a lo largo y ancho del Continente, desde México, con Alan Rosales, Rosa Pistola, Alemán, Yoga Fire, Manelyk o Frank PTM; Colombia, con Juan Por Dios o Farina; Argentina, con Coral Casino, Lngchps o Chocolate Remix, o el punto más caliente de la región, que es Puerto Rico, con gente como Bad Bunny, Ivy Queen, Brytiago o Bryant Myers.

Lo mismo sucede en las fiestas y festivales de cada urbe latinoamericana, donde se puede palpar la evolución –o involución, según se quiera– de cada escena, como sucede en la Ciudad de México, sólo por citar un caso, a través de bacanales como los de Traición, Por Detroit, Mami Slut, SUDA, Perreo Millennial, Perreo Pesado, Perreo Católico y todos los demás que empiecen con “Perreo”.

El reggaeton y el latin trap seguirán enfrentando miedos y prejuicios de todo tipo durante un buen tiempo. Lo más curioso será cuando, dentro de algunos años, nos demos cuenta de que quizá no era para tanto, y que al final resultaba que era sólo música que no le hacía daño a nadie… Exactamente como le sucedió al rock and roll.

Una prueba de ADN para entender el mundo con Residente

Hace algunas semanas se estrenó en Netflix el documental homónimo del cantante puertorriqueño Residente, quien se conoce por haber sido el vocalista de Calle 13 y levantar polémica por todos lados y nos lleva por una travesía a partir de una prueba de ADN.

El trabajo de René Pérez ha sido sumamente criticado, incluso los virtuosos de la música batallan para encontrarle cabida en un género, las discusiones se centran en clasificarlo, unos dicen que es reggaetón otros lo contrario, pero en realidad el tema es mucho más profundo, porque reggaetón o no, sus letras son mucho más cargadas que las de algunos artistas que sin duda aparecen en las listas doradas del rock.

De cómo conocí la música de Residente, gracias a Calle 13 y de forma meramente circunstancial, acaso ¿me gustó?: no.

Sin embargo, en 2011 llegó a mí un video con parte de lo que había ocurrido en la edición de los premios Latin Grammy de dicho año, de pronto vi el rostro del cantante de Atrévete te te, acompañado por la Orquesta Sinfónica Bolivariana, pero tal hecho no fue el que robó mi atención, sino la consigna de su playera: “una sola estrella” para Puerto Rico, eso me hizo detenerme un poco en ese post… “una sola estrella”, es decir, independencia.

Le di un par de oportunidades y escuché letras que bien representaban lo que muchos latinoamericanos quisiéramos gritar día tras día. El descubrimiento quedó ahí y todo siguió con plácida normalidad.

Recientemente dentro de mis recomendaciones semanales, Netflix, tuvo a bien incitarme a ver el documental que Residente –ya sin Calle 13- realizó al lado del documentalista Marc de Beaufort. El trabajo no es más que el recorrido que hace René Pérez, para crear su más reciente disco (también llamado Residente).

La inspiración se extrae de una prueba de ADN que Pérez se practica con el fin de conocer sus orígenes. Los resultados no son muy sorprendentes y arrojan lo que la mayoría de los mestizos americanos sabemos: nuestra sangre se compone de fragmentos del mundo.

Cámara en mano Marc de Beaufort, Residente y su equipo de producción se embarcan en un viaje que recoge los más puros sentimientos de Siberia, Moscú, El Cáucaso, China, España, Inglaterra, Ghana, Burkina Fasso, Niger y Puerto Rico.

Guerra, dolor, pánico, muerte y esperanza son los cantos que se recogen por estas tierras, que son el génesis de un cantante americano. Las experiencias de vida que se plasman en Residente merecen la atención, nos guste o no su música, porque su origen no es muy diferente al nuestro.

El material histórico y la aportación documental están presentes, pero… ¿cómo vamos con los mensajes de odio?, que fue lo que la gente le criticó al trabajo, ¿la manera en la que se abordó el tema, la selección de los acontecimientos, la investigación…? No, a los espectadores no les pareció correcto que el documental fuese narrado en inglés.

Tal cual, a pesar de todo el discurso que se manejó por 96 minutos, donde se confirma la vieja máxima “no soy de aquí, ni soy de allá”, en el que pobladores del mundo usan su lengua materna para expresarse y enriquecer almas, nuestra atención se centra en despreciar un idioma.

Quizá todos necesitamos una prueba de ADN, que nos invite a realizar un ejercicio como el que llevó a René a buscar los sonidos de su genética, quizá es momento de comprobar –una vez más- que la somos heterogéneos, que la diversidad nos compone y que somos mucho más grandes que el código que utilizamos para expresarnos. Quiero pensar que pronto sucederá.

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