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Por favor ¡no grabes más!

El primer concierto al que asistí en mi vida fue un fiasco, era muy niña y gustaba de telenovelas infantiles, así que mi hermana mayor –no sé de dónde sacó la idea- me llevó a presenciar de muy, muy lejos a mis ídolos infantiles del momento.

Recuerdo perfecto el evento, a pesar de mis casi seis años, sé que fue el primer encuentro masivo de música al que asistía, a mi alrededor no había más que niños emocionados y madres eufóricas.

La niña que tenía su lugar al lado mío, llevaba consigo una cartulina con un mensaje para los pequeños artistas, quienes obviamente, de ningún modo podrían haberla visto, yo sólo pude preguntarme ¿para qué demonios trae eso si nadie – del elenco- la verá?

Esa ocasión fue única y especial, no por ser mi primer concierto, no porque haya disfrutado la música, en realidad creo que ni lograba escuchar nada que no fuese eco y gritos infantiles, fue irrepetible porque ha sido la única ocasión que no he visto un show en vivo a través de una pantalla de celular.

Tras “mi primera vez”, los conciertos en vivo tuvieron que esperar un poco, le cálculo unos 10 años, tiempo en el que el desarrollo tecnológico se alocó tremendamente e hizo posible que un artefacto que se utilizaba simple y llanamente para hacer y recibir llamadas telefónicas, a un costo muy elevado por cierto, tuviera funciones increíbles –para hace 10 años- por ejemplo una cámara de no baja, bajísima calidad.

Sí, esa cámara nos era increíblemente útil a los adolescentes, todo –lo que permitía el formato VGA- se guardaba para la posteridad, fue de tal modo que mi época de entregarme completamente a las delicias de la música, nació con un celular en mano.

No lo negaré, lo hice, tomé mi Sony Ericcson W600 y grabé cuanto pude en el primer Vive Latino al que asistí a los 15, tenía la firme convicción de que esas fotografías y grabaciones quedarían junto a mí para la posteridad.

Épicos momentos se fueron a las manos de un ladrón de transporte público, los rostros de mis amigos en nuestro primer concierto solos no están más en mi memoria, pues decidí usar un lente de 1.3 megapixeles para registrarlos y no fue suficiente.

De pronto volví a tener casi seis y recordé como me parecía tonto tener una cartulina con un mensaje de amor a decenas de metros del destinatario, casi igual de absurdo que la foto entre cabezas que pude tomar del escenario. Pensé que el mundo se había terminado, ¿qué iba a pasar ahora que ya no tenía esa foto?, caminaba cabizbaja por los pasillos de la secundaria, cuando de repente llegó a mis manos una revista con imágenes increíbles de ese concierto, fotos tomadas por profesionales, con equipo de calidad y desde un lugar privilegiado, la sonrisa se hizo en mí.

Además, las fotos iban acompañadas de una reseña vibrante y llena alma, las letras que el autor escribió lograron transportarme de nuevo al lugar y no hubo necesidad de extrañar la memoria robada. Desde ese día instituí el primer y único mandamiento de mis conciertos: pasármela bien en ese preciso instante.

Sin embargo lo logro pocas veces, pues quienes están alrededor no ayudan mucho en esa labor, pasan prácticamente toda la sesión teléfono en alto, colocan una barrera entre mis ojos y el espectáculo, para compartir en vivo a sus dos amigos conectados un evento, que en ocasiones, llevo años a la espera.

Es una súplica, es un reclamo y es una exigencia NO GRABES MÁS, es cierto que las condiciones no son las de aquel formato VGA, sé que hay dispositivos capaces de soportar formatos de altísima calidad, pero esa no es tu chamba, tú no lo sabes hacer, lo único que conseguirás –si acaso- será un puñado de likes, la vibra y la piel de gallina sólo la transmiten los que le saben.

Asiste a un concierto llénate de la música, deja que todos tus sentidos se impregnen del ambiente, canta, llora, grita salta, no te detengas, haz que tu corazón retumbe al tiempo de los acordes, toma cerveza, besa a tu pareja, ¡no te límites! Al salir cómprate una taza para el café en la oficina, llévale un recuerdo al amigo que no pudo acompañarte y date unas horas de paz para comenzar a consumir todo lo que la gente -que fue a trabajar a un concierto- hizo para ti.

Aprovecha el concierto, no confíes en el mañana…

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