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Bono, la tienda de mascotas y la danza de los hipopótamos

Fotografías: César Vicuña, cortesía OCESA

Quizás todo comenzó el día que a una o a más personas se les ocurrió organizar tres conciertos importantes de bandas británicas muy importantes el mismo día, al día siguiente de la muerte de Tom Petty, aunque, claro, cómo prever eso, y unos días después del terremoto, otra cosa que, bueno, se añadió a la agenda inesperadamente.

La segunda parte se orquestó cuando, en la desesperación por elegir entre Pet Shop Boys y Def Leppard, mi amigo El Rambo optó por la segunda banda y puso a prueba mis conocimientos musicales: “los boletos de Pet Shop Boys son tuyos”, dijo. ¡Genial! Nuestros vecinos, ahí nomás cruzando la avenida, eran los irlandeses de U2.

Lo importante es saber llegar, así que llegué en Metro, 45 horas antes, porque no me gusta andar a las carreras:

-Ahorita vengo, no me dilato, voy al concierto.

-¿A qué hora comienza?

-A las nueve.

-¡Pero son las 6!

-¡Qué me importa!

Esperar a mi hermana Marcela, connotada reportera de música, cine y cultura, en el lobby (ay ajá) de Metro Velódromo me regala un gran acto dancístico de sendos hipopótamos que se dedican a la reventa ante las napias de la policía del Metro y algunos agentes de afuera que entran a las instalaciones del subterráneo a escanciar sus micciones.

El modus operandi consiste en una perfecta y descarada sincronización, una coreografía montada con todo el estilo del patético Milton Ghio, aderezada con vocalizaciones dignas de Bryan el de Pantitlán: “¿te sobran boletos de Penchobois o Yutú?”. “¿Te faltan boletos para los Penchobois o Youtube (juro que uno de los hipopótamos hizo tal mención)?”. Y frente a mí, un sujeto que aguardaba junto con otro la llegada de un tercero, comenta que qué terrible la corrupción en México, que cómo se han perdido tantas vidas por culpa de los políticos que exigen su mochada, pero también señala que no tiene boletos para U2 y sonríe malsano cuando uno de los hipopótamos, llamado El Pinocho, se acerca a ofrecer las entradas. Pactan dos en un precio insultante, El Pinocho silba como un canario y de pronto aparece un infante, playera verde con la palabra Chicharito en los dorsales, quien de su diminuto pantalón para niño de seis años extrae un fajo de boletos ve tú a saber si reales o apócrifos made in Santo Domingo. Hombre preocupado por la corrupción, orgulloso de haber cumplido con su moche mensual, se va a disfrutar de la bondad universal de Bono. Pinocho y Chicharito desaparecen con un lance idéntico, digno del musical ‘West Side Story’.

Los fandom de cada banda se distinguen en una perfecta heterogeneidad entre nerds y rockers (fea palabra): lentes de pasta, barbas largas y playeras de New Order, los primeros; cabelleras largas y chupas de cuero, los segundos. Y éstos, al parecer, por lo que escuché en el momento y por lo que he leído hasta el cansancio en estos días, han regresado a su etapa pre-terremoto porque traen el odio aflorando: “Malditos geeks y su música de botoncitos (…) Puro hipster que no sabe de música”. “No mames, yo odio a Bono y su discursito de paz y amor, es un advenedizo mamila, pero es U2, hermano, así que hay que hacer historia”. Yo no odio a Bono, sólo no me cae bien, pero admiro su influencia para que los líderes de cada país que visita le presten más atención que a Kofi Annan, así que tras cada insulto contra Paul David Hewson percibo cierto resentimiento social, pero bueno, así son los rockers.

Pet Shop Boys factura un ritual exclusivo para fans, elegancia pura, música avanzada sin guitarritas. El diseño minimalista ultratecnológico acompaña un feeling digno de la mejor fiesta electrónica en Ibiza; poco a poco van subiendo los decibeles y los BPM. Neil Tennant, con voz de disco y Chris Lowe, el mero día de su cumpleaños (se ganó sus Mañanitas a coro), aparecen con firmeza robótica en un aparente homenaje a Kraftwerk y Daft Punk con luces de colores, micrófono, pantallas de leds, cascos y un sencillo set de sintetizadores para permitir, canciones después, que se sumen dos percusionistas y una tecladista-violinista de final de Champions.

La única pifia, que salvaron cerrando con ‘Always On My Mind’ en el encore, fue no haber acompañado los globos de colores durante ‘Go West’ con imágenes de la solidaridad post-terremoto. De haber sucedido, el Palacio de los Deportes se viene abajo. Ahí dentro tiembla, de todas formas, terremoto electro pop a 25 grados hipster. Pero también juegan con los sentimientos al mentir que arrancan con ‘Suburbia’ y desatan ‘Go West’ sin asomo de anestesia, y mucho menos prudencia. Sólo un grande suelta ‘New York City Boy’ a mitad del concierto como si nada. Pero la diferencia la hacen las formas, porque en vez de proferir gritos desaforados los 15 mil susurramos, con elegancia: “west end giiiirls”.

Al salir y tomar hacia la derecha, hacia las fauces del Metro, escuchamos que algo mienta Bono del otro lado de la calle y se da un efecto real porque, en ese momento, mientras él se desgañita cantando uno de sus discos menos logrados, todos le damos la espalda. Pero no a él sino a un U2 adosado a su historia, sin ánimos de recuperar algo de credibilidad. Hace años que dejó de gustarme U2 pero no por las arengas de Bono sino por lo acomodaticio del grupo.

Deteniéndome en un puesto le comento a mi hermana que debo comprar una playera de Penchobois para El Rambo y ella me dice: “Sí, lástima que sólo haya de Pet Shop Boys”… Reímos mientras, a nuestro lado, un hipopótamo bailarín cuenta su ganancia. Ah, qué corrupción la de “nuestros políticos”…

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