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La necesidad de reciclar la música

La primera vez que reciclé algo fue cuando borré los cassettes de Julio Iglesias de mi abuela para grabarles encima al grupo de jazz crucero Shakatak, que me andaba presumiendo uno de mis tíos. “Consigue un cassette y graba los discos que quieras”, me dijo, y los que estaban más a la mano eran los del madrileño, la neta.

Por esos días mi abuela culpó a mi prima de andar de enamoradiza y pronta y de estar pensando “tonteras” con la música del intérprete de (¡válgame título más oportuno!) ‘De niña a mujer’, y le dijo que no anduviera agarrando sus cosas. Luego apuntó sus baterías contra mí y me espetó, con esa gritería de barítono en drogas: “y usted, escuincle cabrón, si quiere grabar mariguanadas de jazz borre los cassettes de Louis Armstrong de su abuelo” (¿?).

Recientemente me deshice de un cinturón de cuero y estoperoles que me duró 15 años y que compré en Pull and Bear cuando era soltero, sin kilos de más, adinerado, fashionista y me compraba ropa con calacas purpúreas, estampados vintage y esténciles con aerosol. La prenda ya no daba para más, parecía serpiente exprimida, parecía el Kikín Fonseca en sus últimos partidos en el equipo Santos de Guápiles de Costa Rica (existe, lo juro).

No obstante, cuando dejé morir a mi viejo y fiel compañero con agujeros suficientes para darme batalla me vino a la mente la canción ‘El final’ de Rostros Ocultos y me invadió la pena ajena. Gracias a la magia de YouTube corrí a revivir esa canción tan zonza como melodramática para darme cuenta que viví engañado mucho tiempo (lo mismo me sucedió hace poco con los Fabulosos Cadillacs) y me pregunté cuánta música andamos reciclando y dejando de lado por ese curioso fenómeno llamado madurez.

 

En su artículo ‘Psicología de la música y emoción musical’, Josefa Lacárcel Moreno señala que “La melodía afecta a la vida emocional y afectiva y es el diencéfalo el que recibe los motivos y diseños melódicos, adquiriendo éstos significación, despertando así todo un mundo interior de sentimientos y emociones”. Más adelante, la especialista señala que la música incide directamente sobre la inteligencia emocional (ya me imagino lo “inteligentes” que son los que escuchan reguetón).

Lo que yo creo es que con el paso del tiempo la cada vez mayor actividad musical de cada persona va adecuándose a la madurez emocional que va desarrollándose y, por ende, es necesario evolucionar también en ese sentido. Lo extraño del caso es que puedo dejar de lado a Creedence, LFC y Rostros Ocultos pero no a Timbiriche… ¡Aaah! Quizás eso se deba a que, de estos últimos, aprecio la melodía sencilla pero no presto atención a las letras cuando de aquéllos no aprecio absolutamente nada. Por el contrario, su sonido general me parece ramplón, pero eso es sólo una apreciación personal.

Lo extraño del caso es que quienes presumimos saber de música también creemos que tenemos el poder de ningunear cualquier ejemplo musical y a sus adeptos. Pero hay una trampa.

 

En ocasiones envidio la capacidad de otros de tener un espectro mayor de tolerancia en lo que respecta a las artes, no obstante, la música que escucho me resulta positiva para mis emociones y mi inteligencia emocional, y forma parte del medio ambiente en el que me desarrollo. Es como un enorme árbol de canciones del que arrancas la que se te antoja en el momento y luego la dejas florecer de nuevo.

Cuando borré los cassettes de Julio Iglesias de la abuela pensaba que esa música sosa y blandengue no era digna de mis oídos acostumbrados a los machetazos de Iron Maiden, no obstante, cuando me convertí en un adulto contemporáneo, o bien en un romántico caprichoso, cantaba ‘Hey’ a todo pulmón en un Vive Latino (o en cualquier borrachera) cuando la pulsaba La Gusana Ciega. Es decir: caí en la trampa.

Regularmente hablamos de la nostalgia ventajosa de los acetatos y los cassettes ante la facilidad del archivo digital, pero de éste no hemos referido esa ventaja del botón de delete que se compara con meter papelitos babeados en las ranuras de los cassettes para matar eso que no nos gusta. Eso podría llamarse intervención, ahora que el lenguaje del arte alternativo se usa para todo.

Cuando escribía para El Universal, hace más de 15 años, me solicitaron para hacer una entrevista telefónica con Pablo Milanés (entonces era yo un iluso que escuchaba la trova con mucha esperanza) y tras una reyerta con el cubano necio que bateó mis preguntas inteligentes y al que sólo le importaba que se llenara su concierto en México, regresé a casa y apliqué la bella fórmula de: Ctrl+E+borrartodo y me deshice de todas sus canciones. ¡Al retrete y a jalarle como cuando las evidencias no son necesarias!

Cuando reciclas el gusto musical, más que la música en sí misma, quedan memorias que, sin embargo, pierden potencia. No está de más decir que las viejas canciones son postales que, con el paso del tiempo, pierden color a fuerza de verlas. Peor aún si se desperdician en uno de esos exabruptos románticos de andar dedicando los sentimientos personales contenidos en las canciones.

La idea es, ¿cuántos cassettes de sus papás borraron por la emoción de encender la radio y escuchar ese hit que, en unos años, sería tan prescindible como importante?

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