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ELECCIÓN PRESIDENCIAL ENSANGRENTADA

Miércoles 13 de junio, 13:39 horas.  “Matan a candidato a edil de Michoacán”, publica el diario Reforma en su sitio web. La información da cuenta del asesinato de Alejandro Chávez Zavala, candidato de la coalición PAN, PRD y Movimiento Ciudadano a la Alcaldía de Taretan, Michoacán. Un grupo aún no identificado le disparó, en repetidas ocasiones, sin mediar palabra y luego se dieron a la fuga.

Este tipo de noticias aparecen continuamente en los medios de comunicación durante los procesos electorales del 2018. Se han vuelto tan comunes en términos informativos como el discurso de un candidato. Ejecutar a un aspirante a un puesto de elección popular, en cualquier parte del país y sin importar a qué partido pertenezca, se ha vuelto parte de nuestro panorama político.

Hasta el momento, se han registrado 112 asesinatos y más de 400 agresiones a políticos y candidatos en estos procesos electorales en México, de acuerdo con el indicador elaborado por la consultoría privada Etellekt.

De esas ejecuciones, 28 todavía eran precandidatos. Otros 14 muertos –según el mismo estudio- ya eran candidatos y el resto corresponde a alcaldes, ex presidentes municipales, dirigentes, ex regidores, diputados, síndicos y ex síndicos.

Desde que iniciaron formalmente los procesos electorales en todo el país 127 políticos han sido amenazados o fueron blanco de intimidaciones. En los estados de Guerrero, Oaxaca, Puebla y Veracruz se han registrado la mayor parte de las agresiones.

En este indicador quedó claro que ninguna fuerza política está al margen de la violencia: Si bien el PRI junto con sus aliados como el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y Nueva Alianza han sido los más afectados con 44 asesinatos, el resto de las fuerzas políticas no han estado a salvo: la coalición de centro-derecha (PAN-PRD y Movimiento Ciudadano) contabilizan ya 43 muertos, mientras que Morena y sus aliados (PT y Encuentro Social) llevan ya 18 ejecuciones.

El mensaje está muy claro: no importa la ideología, ni mucho menos la plataforma política de las candidatas o de los aspirantes a puestos de elección popular. A los autores intelectuales de este baño de sangre en pleno proceso electoral, realmente, les importa muy poco eso.

¿Por qué lo hacen? ¿Qué quieren? Las respuestas son muy difíciles de encontrar y no queda más que especular. Las autoridades tanto a nivel federal como estatal no han hecho absolutamente nada para frenar la violencia. No cuesta mucho trabajo pensar que quizá detrás de todo esto, pudieran estar los grupos del crimen organizado los cuales, realmente, han sido quienes controlan el país.

Las ejecuciones –difícilmente podemos llamarlas de otra manera- son las huellas de sus pasos, la marca de sus intereses y el aviso de lo que están dispuestos a hacer cuando alguien no se ajusta a lo que quieren. Así arreglan las cosas en un país donde priva la impunidad. Ellos han sabido, desde siempre, de la incompetencia o, peor aún, de la corrupción en los gobiernos.

Gobernadores, alcaldes, candidatos y autoridades lamentan y condenan estas muertes. En algunos casos envían hasta condolencias por redes sociales. Pero hasta ahí llegan. ¿No hay manera de parar estos asesinatos? Pareciera que no. El próximo 1 de julio serán elegidos en México el Presidente, el Congreso de la Unión y otros 18 mil cargos estatales y municipales.

¿Cuántos muertos más? No lo sabemos y eso quizá sea lo más escalofriante. Cualquier candidata puede ser emboscada. Cualquier posible alcalde puede ser asesinado a sangre fría. Cuesta trabajo pensar que en los países con democracias más sólidas pudieran pasar estas cosas sin que se provocara un gran problema social.

Imaginemos, solo por un momento, que esto aconteciera en Estados Unidos o en Canadá, nuestros vecinos y todavía socios comerciales a pesar de Donald Trump. Difícilmente la gente y, las propias autoridades, permitirán ver cómo caen muertos 112 candidatos y candidatas.

De lamentos, condolencias y exigencias están llenos los medios de comunicación. Las elecciones del próximo 1 de julio serán las más competidas en muchas décadas, pero los niveles de violencia registrados no tienen comparación alguna. Quienes ordenan esas ejecuciones estarán tranquilos de que su venganza o su mensaje llegó a “buen puerto”, los partidos encontrarán remplazos como quien cambia una ficha de dominó mal jugada y las autoridades seguirán lanzando lamentos y, sobre todo, sus enérgicas condenas.

Impresiona también como los candidatos presidenciales pasan de lado ante esta grave situación. Desde la comodidad de sus templetes, lanzan condenas contra la violencia, piden aclarar los casos sabedores de que no pasará absolutamente nada. Probablemente veremos caer más candidatas y la historia será la misma. Lo absurdo en esto han sido los llamados a la no violencia. ¿En verdad eso le importa al crimen organizado?  Ingenuo es pensar que con ello bastará: ¿a quiénes quieren engañar?

 

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