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El soundtrack de la vida – Violencia de generock

Trabajando en un medio de comunicación es común toparse con historias de violencia de género, todas reprobables, algunas más espeluznantes que otras. Sin embargo lo verdaderamente preocupante, en mi opinión, son las justificaciones al respecto, la casi normalidad con la que algunos personas (en su gran mayoría hombres) abordan el tema y condonan estas acciones y las tratan de exageración. No es mi intención emitir juicios ni hacer una disertación sobre el tema, solo pretendo compartir algunas rolas que tratan el tema y compartir algunos datos junto a un reflexión personal dentro de esta violencia de generock.

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En 1988, Guns N’ Roses lanzó su álbum G N’ R Lies, producido por Mike Clink, el sexto track titulado ‘I Used to Love Her’, describe una situación de violencia de género, en la que un hombre amaba tanto a una mujer que no encuentra otra opción para quedarse con ella sin tener que escuchar sus quejas que matarla y enterrarla en su patio trasero. La canción fue escrita por el guitarrista Izzy Stradlin y ha declarado en múltiples ocasiones que está inspirada en una historia que escuchó en la radio sobre un hombre que tuvo que matar a su perra (canino hembra) y no en ningún deseo feminicida oculto.

Yo le creo, el proceso creativo a veces nos lleva a lugares muy oscuros y no siempre refleja un sentimiento real, muchas veces puede ser el reflejo de algo que no causa una gran impresión. La razón por la que decidí incluir este track es por la crudeza con la que retrata uno de los casos más comunes de feminicidios en el mundo, me impresiona lo común que esta práctica, y lo fácil que le resulta a un hombre que dice amar a una mujer matarla, enterrarla y aún escucharla quejarse.

 

 

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Kurt Cobain escribió ‘Polly’ en 1988, sin embargo no se incluyó en el primer álbum de Nirvana, fue hasta 1991 que sería incluida como el sexto track (coincidentemente) del ‘Nervermind’. La rola está inspirada en un artículo que Cobain leyó en el diario acerca de la tortura y violación durante dos días de una niña de 14 años que fue raptada por un hombre mientras regresaba de un concierto en el Tacoma Dome del estado de Washington. Según algunos medios, el tipo primero ganó su confianza para después abusar de ella de forma indescriptible.

Cobain fue acusado de ser pro-violación o incitar a la violencia de género tras el lanzamiento del Nevermind y tuvo que explicar el sentido de la letra, aunque el hecho de que sea desde el punto de vista del atacante dejó insatisfechos a muchos de sus detractores. Este es escenario es también muy común, al menos una vez al mes un caso parecido se reporta y no quiero imaginar cuántos más suceden y no son reportados, cuántas adolescentes son atacadas diariamente mientras caminan por la calle y sus vidas quedan arruinadas por el simple hecho de cruzarse con la persona equivocada.

 

 

Muy pocas veces me leerán escribir cosas buenas sobre Café Tacvba, sin embargo no puedo dejar de reconocer la disposición de la banda por dejar de tocar en vivo ‘La ingrata’, primer sencillo del álbum ‘Re’ de 1994, considerado por Rolling Stone como “el mejor álbum de rock latinoamericano de todos los tiempos” y uno de sus más grandes éxitos, por considerar que la rola instaba a la violencia de género. Si me preguntan, la medida me parece demasiado millennial y francamente exagerada, creo que la letra, compuesta en un contexto muy distinto hace más de dos décadas no debería ser motivo de tal controversia, sin embargo lo fue, y la decisión de la banda fue simplemente dejar de tocarla. Si eso detiene o no feminicidios, es imposible de medir, pero la posición de la banda ante el asunto me parece admirable y me inspira el más profundo respeto.

 

 

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En la mayoría de los casos, como hombre me es muy difícil entender la violencia de género, me refiero a qué la causa y por su puesto qué puede detenerla. Sé muy bien que tiene que ver con algunas costumbres que consideramos “normales” y que tenemos que empezar por pensar que no lo son, evaluar algunas de nuestras actitudes, nuestro entorno y ponernos en el lugar de una mujer, considerar si nuestro actuar es ofensivo para ellas o peor, es una actitud violenta.

Les invito a reflexionar, a tomarse unos momentos para salir del camino cotidiano y empezar a caminar por uno en el que cualquiera pueda caminar, sin temor de no volver a casa o sobrevivir a la violencia de género.

El soundtrack de la vida – hacia el cover NirvaNot

Hay algo que deben saber sobre mí, y es que soy muy fan de los covers. Para mí un buen cover sucede cuando una banda hace suya una rola, no cuando simplemente la interpreta y suena igual, sino cuando hacen algo distinto, cuando, al pasar de los años no recuerdas de quién era la rola originalmente y se convierte en parte de su repertorio habitual. Además, algunos covers tienen la gracia adicional de acercar a cierto público a otras bandas y descubrir otras grupos y estilos musicales.

Un gran ejemplo es el MTV Unplugged de Nirvana de 1994, primer álbum en vivo y que contiene legendarios covers a David Bowie, The Vaselines, los Meat Puppets y Leadbelly; pero en mi opinión, los arreglos que se hicieron me hace sentir que Nirvana hace covers de Nirvana transformado un sonido naturalmente agresivo en una sesión íntima y en la que los integrantes del grupo se permitieron conversaciones con el público. El mismo Dave Grohl comentó que cuando la banda se decidió a participar, lo hicieron con la idea de hacer un show totalmente distinto a lo que se había visto antes. Las 14 canciones que incluyó el setlist fueron grabadas en una sola toma (algo que también lo hace muy distinto a otros álbumes del tipo) y la banda dedicó dos días a ensayar.

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En esta rara joya podemos ver a un Nirvana más humano, una banda que se toma su tiempo entre rola y rola, que comete errores en las mismas y en los covers las influencias que llevaron a Cobain a ser el rey de una generación llena de resentimiento irracional.

Sin duda el track más celebrado es el cover de ‘The Man Who Sold the World’ de David Bowie, en una ejecución casi perfecta y que abrió los oídos de una legión de pubertos inconformes al White Duke. Este cover es es mi segundo favorito, los arreglos de guitarra, la discreta batería y la voz aguardientosa transforman un clásico frió y calculador en una versión áspera y ruda que ha trascendido a través del tiempo.

 

 

El siguiente track del que les hablaré es ‘Jesus Don’t Want Me for a Sunbeam’ de The Vaselines, una rola que surgió originalmente como la antítesis del himno infantil ‘Jesus Want Me for a Sunbeam’, a lo cual Cobain hace referencia antes de tocar. El acompañamiento de acordeón y violonchelo le dan una personalidad muy especial a esta rola.

 

 

Finalmente, la interpretación de ‘Where Did You Sleep Last Night’, una rola folk que tiene sus orígenes en los 1800 y que ha sido retomada en distintas épocas por artistas como Pete Seeger, Bob Dylan, Dolly PartonLeadbelly (entre muchos otros) y más recientemente Mark Lenegan, versión que inspiró a Cobain para recrear este track, nirvanizarlo y hacerlo sonar tan natural que hay quien cree que es una rola del grupo. En lo personal me siento muy atraído por esta versión y la forma en que grita los últimos versos me atrapa y me desgarra. Incluso Allen Ginsberg compara la versión de Nirvana con la de Leadbelly y la definió como “de gran calidad artística”.

Si no han visto la versión en vídeo de esta presentación, les recomiendo ampliamente que lo hagan,. Tristemente el álbum fue lanzado después de la muerte de Cobain, lo que lo hizo motivo de culto y no nos permitió volver a ver a un Nirvana reinventado, que termina siendo NirvaNot.

 

Sonic Arsenal – No hay olor en el jardín del edén

Será hasta septiembre cuando los medios empiecen a saturarse con la idea ‘Nevermind’, parece que todavía no salimos de ahí y Netflix los sabe (si no entendiste la referencia, todavía no has visto ‘Everything Sucks’), solo hace unos días todo mundo se volvía a azotar con la idea de la pérdida, sin embargo mis recuerdos de esa misma historia tienen otra perspectiva, porqué no hay olor en el jardín del edén.

Casi tres décadas parecen mucho, sobre todo cuando el radar musical ha dado tantos saltos para marcar una vida no solo personal sino también profesional. Cuando has establecido una relación íntima con tus discos y has logrado condensar todas esas ideas en 60 GB que te acompañan constantemente, lo lógico es haber establecido relaciones igual de estrechas con momentos relacionados con esos sonidos, en mi caso han crecido a través de las pausas que me ha obligado a adoptar mi achacoso yo y los momentos específicos que relaciono con anécdotas (propias y ajenas) y personas, entre ellos la ausencia de Nirvana.

En ocasiones me han pedido que escriba sobre el grupo y la importancia de ‘Nervermind’, ambos los relaciono con el estado mental de mi generación y la innegable indiferencia que dividía a los Beavis de las Darias, el impacto de un sonido que en su crudeza exaltaba las agallas reprimidas por varias crisis económicas y sociales. Pero, a pesar de haber estado ahí, lo que conecta mis recuerdos de la adolescencia no es precisamente Nirvana, tal vez un poco de grunge vía Mother Love Bone y Pearl Jam, la querida franelita y el aprendizaje de muchos géneros a través de mis compañeros en la preparatoria, sin embargo nada es tan vívido como las razones por las que una de las canciones que más escuché en esa época no fue ‘Smells Like Teen Spirit’ sino ‘In-A-Gadda-Da-Vida’.

Dicen que tu playlist puede cambiar tu vida, ciertamente me ha ocurrido en muchas ocasiones, incluyendo los 17 minutos de Iron Butterfly que aparecieron en Espumas, el antrillo de mesas de Corona que rodeaban el hueco de concreto que tanto hacía de barra como de zona de democratización de sonidos, donde a través de una simple grabadora las propuestas llegaban en cassettes grabados por los estudiantes que ahí nos reuníamos. Ahí fue mi primer acercamiento con los sonidos que finalmente se convirtieron en parte de las múltiples obsesiones que hoy dominan mis horas al escribir y hablar sobre música.

A la grabadora de acceso comunitario también llegaron aquellos CDs que aparecieron en la tienda de discos local, Aquarius; Alice In Chains, Soundgarden y la oleada completa del I Want My MTV versión nación alternativa y 120 minutos, pero estuvieron poco tiempo en rotación, Espumas cambió de dueño y la nueva administración acabó con el simple concreto y aserrín y lo sustituyó con una alfombra, colocó luces de neón en el techo y reemplazó la grabadora con una rockola que acabó con nuestra costumbre de escuchar música variada mientras realizábamos el balance de las tardes con una cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra.

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No recuerdo cuánto costaba cada canción, pero si tengo muy presente en la memoria que no tardaron en llegar los silencios prolongados en aquellos viernes de los 90, donde las preocupaciones adolescentes poco tenían que ver con la economía de nuevos pesos y campanazos zapatistas, todo era sobre esa ecuación en que la mayor cantidad de canciones impactaba la cantidad de cervezas y que más bebidas implicaba menos ambiente… hasta que alguien descubrió aquel álbum de 1968 que adecuó su pscodélia a las luces rosas y azules de Espumas en plena Generación X. El rock ácido se esparció por las paredes de ese cuarto de pequeñas dimensiones que decía ser un bar.

El tiempo se convirtió en nuestra mayor inversión, ‘In-A-Gadda-Da-Vida’ abarcaba el espacio que fácilmente podrían ocupar otros cortes de punk y rock, lograba el ambiente robado a nuestra economía de cassettes (que aún era moneda en circulación en el viejo Datsun azul). Iron Butterfly se convirtió en una de las mejores inversiones de la coperacha (pobre de aquel que pusiera por error la versión editada), el marco de los mejores recuerdos que tengo de mi adolescencia, donde esos 17 minutos se repetían una y otra vez, suspendiendo la memoria como si no tuviéramos prisa por llegar a ser adultos. La última vez que escuché con esa intensidad la canción fue cuando Espumas agregó discos pop a la rockola (finalmente notaron que los rockeros siempre andábamos quebrados) y me fui en camino hacia la madurez y la universidad.

 

Las siete vidas de Rock 101

El número siete está impregnado de magia y misticismo. El siete bíblico que nos acerca a la idea de perfección, incluso se le conoce como el número de Dios ya que, en el séptimo día, Dios descansó para contemplar su obra perfecta.  En la sabiduría labró sus siete columnas, y en la Roca Eterna esculpió siete ojos, mismos que aseguran su omnipresencia.

 

En la mayoría de las religiones, el número siete imprime la Ley Sagrada del Universo. Los siete días de la semana, los siete planetas (explorados y conocidos hasta hace unos días) son siete también los colores en el arcoíris, siete son las maravillas del mundo y siete las notas musicales. Y dentro de ese largo etcétera de misteriosos sietes, embona perfecto el siete de Rock 101.

 

Siete años de trabajo se dicen fácil, pero cuando cargas en tu espalda el peso de la historia, la cosa cambia un poco. Acomodar en una caja musical la mezcla perfecta de pensamiento nostálgico pero a la vez vanguardista, un corazón análogo y al mismo tiempo digital, una actitud madura y crítica pero también dispuesta al cambio, resulta a final el experimento radiofónico ideal para el oído moderno.

 

Siete son las reencarnaciones por las que debía atravesar un gato para llegar a ser humano, según los antiguos egipcios. Estos animalitos excepcionales nos enseñan que no existe reto insuperable ya sea físico, espiritual o mental siempre que estes dispuesto a atreverte.

 

Rock 101 a siete años de haber sobrevivido a la historia, ha resistido, reencarnado, trascendido y transgredido las barreras del tiempo solo con la intención fiel y persistente de hacer del tuyo, el mejor soundtrack de vida.

 

Así transcurrió un año más para esta legendaria estación de radio. La aventura comenzó el pasado 4 de enero donde, de una forma casi cabalística, comenzaba el #GreatAgain101 a la par del #MakeAmericaGreatAgain. Rock 101 se aventuró en un recorrido musical a través de la historia norteamericana y su fuerte e inminente legado e influencia en nuestro país y cultura, no sin dejar claro que para hacer historia, en necesario hacer también una revolución.

 

Como parte final de la vuelta a las 7 vidas de Rock 101 en 30 días, anclamos al fin en la noche del 25 de febrero, donde todos los planetas, los nuevos y viejos, se alinearon para cerrar con broche de oro la celebración de un año más de hacer historia de la única forma posible: proponiendo.

 

Fotografía Alex Salas

 

Fotografía Alex Salas

 

Nada mejor que conocer a una banda en vivo, sin pretensiones, sin recomendaciones. Aunque ya llevábamos una semana escuchando algo de su nuevo material El Futuro, fue en realidad una grata sorpresa enfrentarse a ese fenómeno inusual denominado rock latino. Y digo grato porque (venga el linchamiento) es realmente difícil toparse con una banda de rock en español. Pero eso es harina de otro costal que desmenusaremos luego. Hoy vengo a conarles que AJ Dávila en un estilo muy sui generis, nos narró historias de cómo el amor es lo más agridulce, de cómo es que se siente ser el boricua más chilango y de cómo brillar en la oscuridad.

 

Con @ajdavilasix:

Cristina Moreno- Bajo,

Pablo Mendía -Teclados,

Manu Charritton – Guitarra,

Aarón Bautista -Guitarra,

Manuel Lara – Bateria pic.twitter.com/ppvOYr9ZWD

— Rock101 (@r101ck) 26 de febrero de 2017

 

Sin un discurso propiamente político, AJ Dávila hizo continuas invitaciones a la unión latina en tiempos de opacidad. El caos es el corazón que une a los rebeldes que no creen ni en fronteras ni en los muros, el amor es la clave y hay que usarlo como arma hasta acabar con todo.

 

Salvajes, 17, Es verano ya, Beautiful, Post Tenbras Lux, fueron los primeros cuatro temas con los que AJ Davila se abria camino entre ese nuevo público feroz y hambriento. Luego vinieron, Dura como piedra, 2333, Ya sé, Nena Botella y finalmente, El Futuro y en cada una de ellas, una pequeña chispa de gratitud al invitar a integrantes de distintas bandas de la escena nacional tales como Quiero Club, Candy, La Banderville, División Minúscula y los mismos Crocodriles, con quienes comparten escenario y cuarto desde hace ya varios meses, justo aquí, en la Ciudad de México.

 

Fotografía Karina Cabrera

 

Algo de honestidad y cinísmo es justo esa chispa que te atrapa de AJ Davila y es un fenómeno exquisito ese de dejarte sorprender por sonidos no archivados en tu registro cerebral. Un inesperado punk melódico y contagioso entre Pixies, Nirvana y Velvet Underground pero ¡paren todo! ¿de dónde proviene ese acento? Es AJ Davila contando y cantando una mala historia de amor.

 

Luego de una breve pausa, arrivaron los Crocodriles al escenario, mucho más maduros que hace ocho años en el Salón Caribe, pero mucho más enérgicos y contundentes. Aún recuerdo el escenario semi vacío en el que los Crocodriles se daban a conocer en escenarios mexicanos. Muy extraño, por cierto aquel solón lleno de espejos y luces neón que ambientan muy bien al cine de ficheras y de paso al pop noise de los recién nacidos Crocodriles.

 

Fotografía Karina Cabrera

 

En esta ocasión, con una audiencia mucho más enriquecida, Teardrop Guitar, Neon Jesus, Crybaby Demon, Mirrors, Billy Speed, Heavy Metal Clouds, Marquis de Sade, Telepathic Lover, I Wanna Kill, Jet Boy sonaron como nuevas, como enardecidas por una fiebre contenida. ¿Acaso los Crocodriles se han dejado seducir por el calor mexicano?. Oscuros y radiantes, Crocodriles presentan un setlist sobrio pero nutrido lleno de hits por los que recorren sus casi diez años de carrera musical.

Así concluye e inicia esa espiral infinita de la música. Concluye pues, un año de celebraciones para Rock 101 pero a su vez, inicia un año que se pretende intrépido y voráz en cuanto a rock se refiere y ahí estará una estación de radio que no es una entre muchas, sino aquella que es testigo, parte y protagonista del sountrack más importante, el de tu vida.

 

Un DJ en cada hijo te dio

Abraxas, Ruidos de la Noche, Asfixxia, Falsa Alarma, Caravan, La Bruja, Bellum y Cráneo son los nombres de algunos grupos de rock que se movían a nivel subterráneo en el circuito de fiestas y bares de Coyoacán, Villa Coapa y, en algunas ocasiones, la colonia Condesa antes de ser chic.

A mediados de los noventas era común que en cada cuadra de cada barrio hubiese un grupo de rock ensayando éxitos de Nirvana, Metallica, Offspring, Iron Maiden y Caifanes, por mencionar algunos ejemplos, que serían presentados en alguna fiesta de fin de semana, algún evento partidista de cualquier color o, si había suerte, en un bar como apoyo del grupo estelar. No te pagaban pero había barra libre.

Entonces no había mucho apoyo para que las bandas de garaje se atrevieran a componer su propio material, y en muchos casos tampoco existía el talento para ello, pero sí para versionar y, en algunas ocasiones, mejorar el sonido de un éxito ajeno. El problema radicaba en que todos querían ser Caifanes o Héroes del Silencio pero las capacidades daban solamente para llegar a ese callejón sin salida.

Por lo general las bandas se formaban en los grupitos de chicos que se juntaban en las esquinas y las banquetas a escuchar música o contar anécdotas mientras rebajaban un cartón de cerveza y de pronto alguien tocaba la batería, alguien más la guitarra, otro se animaba a cantar y nadie quería tocar el bajo. Tocar el bajo parecía un castigo para el guitarrista: “El que pierda el volado va a tocar el bajo”.

Y así, por inercia, se corría la voz de barrio en barrio y de pronto había una junta de bandas en la casa de alguno de los músicos, mientras la mamá preparaba café, y se organizaba la primera tocada. Parecía una de esas reuniones cumbre de la mafia italiana en algún restaurante llamado, digamos, El Vesubio.

La formación básica no pasaba de dos guitarras, bajo, batería y una voz; al grupo que tuviera teclado se le consideraba afortunado aunque demasiado pop. Entre todos se prestaban algún platillo, o un bombo, o amplificadores y hasta cables. Había mucha camaradería pero poco trabajo en equipo.

Aquello habrá durado hasta principios del siglo XXI, gracias a la llegada de la tecnología casera porque de pronto las bandas redujeron la cantidad de miembros, algunas desaparecieron y otras se quedaron en ese limbo que se reduce a los bares de Villa Coapa.

 

Entonces vino otro fenómeno, aupado por el énfasis de la música electrónica, y de pronto algunos de aquellos músicos se convirtieron en DJs. La mayoría de los que conozco, y yo mismo, pertenecimos a una banda de rock. Músicos desencantados por la escasez de oportunidades y el sistema caníbal, las diferencias musicales irreconciliables y la necesidad de destacar rápidamente porque un buen DJ no se da en todos lados y, suscribo, es más cómodo trabajar en soledad.

Los DJs reciben críticas debido a una presunta escasez de conocimientos musicales de parte de quienes nunca estuvieron en un grupo de lo que sea. No obstante, resulta curioso advertir que un músico honesto y con capacidades reconoce la necesidad de oído musical y destreza corporal y mental para poder ser un buen DJ o productor de música electrónica. No todo es apretar botones o mover perillas.

Por desgracia, a esto se suma la desvalorización de la música electrónica de parte de quien se presume amante del guitarrazo y las power ballads, y principalmente de aquéllos que a pesar de haber tenido una guitarra en sus manos jamás lograron extraerle un sonido coherente.

El ser humano civilizado, quiéralo o no, está rodeado de DJs en el transporte público, las fiestas, los bares, los conciertos, la calle, los clubes de strip (yo comencé a mezclar en un club de strip al que le cayó la redada); pero también el DJ (o selector) tiene una gran carga social porque es el responsable de difundir la música que, si nos engancha, escucharemos el resto de nuestras vidas.

 

Ahora, al parecer, hay un DJ en cada cuadra y poco a poco, ellos solos, van forjándose una escena a diferencia del circuito subterráneo de rock que se circunscribe a un coto cerrado cuyo pasaporte requiere la amistad de algún iniciado.

Inclusive, el DJ ha superado la demanda porque en las fiestas y reuniones se opta por un par de DJs de diferente estilo en lugar de un grupo de rock al que, en todo caso, se le considera como ruido.

Por desgracia para las necesidades de escuchar un sonido vanguardista, el efecto Caifanes ha permeado a los grupos que hoy en día se disfrazan de tributo o pretenden tocar música original bajo ese pastiche etiquetado por Saúl Hernández que denota, en la segunda década del siglo XXI, estancamiento creativo, algo que no ves en un DJ o productor. Para que vean que no todo es apretar botones.

108 retratos de eras convergiendo

En 1992 el director Gus Van Sant presentó una extensión del encuadre, se trataba de una serie de retratos que fueron tomados de manera casual para capturar de alguna forma el hedonismo de una época, lo que inició como una serie de instantáneas para castings se convirtió en un proyecto mayor, que logró una gran conexión con una generación después de ‘Drugstore Cowboy’ (1989).

Gracias a uno de sus retratos encontramos la conexión del beat con el grunge en solo dos pasos. Una de las fotografías de ‘108 Portraits’ fue utilizada por Nirvana para recrear una colaboración, el tío William S. Burroughs se unió a la pesimista visión del grupo a través de la recreación de ‘The “Priest” They Called Him’, con Dave Grohl recreando una fotografía de Gus Van Sant para ilustrar parte del booklet.

 

El juego de retratos en pose frontal con iluminación mínima inició en ‘Drugstore Cowboy’ y ‘My Own Private Idaho’, las pruebas no tardaron en desarrollarse como una historia paralela en claroscuros en una sombra de expresiones otorgadas por los rostros y los cuerpos de los fotografiados. De 1989 a 1992 el proyecto se realizó en Portland, el director logró establecer el quién es quién del mundo moderno, al menos en esos pocos años.

Sombras, la expresividad y los patrones de la Generación X, que aún tenía poco que decir, pero que 23 años después recobran interés con la nueva versión con monografías que presenta la editorial Twin Palms, 116 páginas interesantes con fotos en blanco y negro de los héroes del arte, entretenimiento y pensamiento como Traci Lords, David Byrne, Annie Leibovitz, David Bowie y Tod Haynes, una perfecta burbuja de rostros importantes entre la década que salía y la que emergía con nuevas tendencias.

El rock termina en ZZ Top

Absolutamente y sin ninguna duda el título de esta entrada es verdad y lo confirma la gran cantidad de literatura sobre rock que atiborra mis libreros. Toda buena enciclopedia o diccionario de rock comienza con ABBA y termina con ZZ Top. Y en medio de todo eso hay una enorme cantidad de clásicos, esos que hoy están en extinción.

 

Buscando anécdotas sobre los clásicos del rock, que son demasiados como para enlistarlos, algunos muy buenos, otros malos y otros terriblemente prescindibles, recuerdo cuando un primo residente de San Dimas, California, me invitó a echar unos tragos en su estudio forrado de espuma revestida en terciopelo con grandes altavoces en cada rincón que aceptara un JBL y sus potentes patadas.

 

Cierto es que para copar de buena manera un estudio y unos altavoces de semejante envergadura era necesario alimentarlos con equipo Gradiente brasileño modificado decentemente, un par de ecualizadores mudos de entrada y salida y una seguidilla de buenas canciones. “Vamos a oír puros clásicos”, me dijo y primero falleció la botella de JackieD que la lista de canciones.

 

 

Definitivamente, al recordar aquello, pienso en que el último alfabeto del rock no miente. Si bien es cierto que en los ochentas se atestiguó el mayor avance en la producción musical, tanto técnicamente hablando como en creatividad y vanguardia, fueron los noventas los que dieron a luz los últimos clásicos en una especie de reinvención del costado más duro del subgénero.

 

Entonces, para que un clásico sea es necesario que impacte tanto a la generación que experimentó sus primeros pasos como a las generaciones posteriores.

Francamente, y aunque en lo personal no me parezca, fue Nirvana el combo que erigió los últimos clásicos tanto por su eficacia como por su derrotero tan malogrado.

Gracias a la magia de la tecnología y a estaciones como Rock101 en línea o Universal Stereo, es posible revisitar los clásicos pero, al mismo tiempo, uno se pregunta en dónde están los nuevos clásicos.

 

Habiendo avances, favorables y no, en la producción musical de hoy, es posible no sólo crear una banda de un solo hombre y un estudio mucho más avanzado que los primeros Electric Lady o Abbey Road bajo las teclas de tu Mac, grabar un par de tracks, subirlos a Youtube, impactar a las nuevas e impresionables generaciones y formar parte de la avanzada de bandas sin contrato que, de cualquier manera, atiborran los asientos.

 

Infiero también que eso se debe a que los encargados de Artistas y Repertorio de las disqueras sobrevivientes se divertirían de lo lindo lanzando demo tras demo por la ventana al no encontrar en ellos ese detalle que identifica un clásico. Dice el realismo mágico del rock mexicano que eso le sucedió a Caifanes con sus primeros esbozos nocturnales.

 

Jamás podría asegurar que la música de hoy en día es mala o prescindible, pero lo cierto es que carecemos de clásicos, esos que salvan fiestas o tocadas como cuando el grupo estelar no prende al personal y se lanza con el lugar común que es ‘Paranoid’.

 

Kilómetros de detractores se formarán para decirme que estoy loco, pero el que una canción sea un clásico tampoco quiere decir que sea mejor que una nueva que no carga con ese título nobiliario, porque en una fiesta lo mismo enciende ‘La Grange’ de ZZ Top que un track de Spin Doctors o Mecano, un salpicón electrónico de LCD Soundsystem.

 

La razón de esto puede radicar en que la velocidad de la información que facilita la producción musical en masa y la formación de nuevas bandas obstaculiza la retentiva emocional de la música.

 

Mentiría si no aceptara que, finalmente, los clásicos son una cosa personal e intransferible, producto del trajín biográfico y todos esos sabores y sinsabores que te brinda la música. Por eso es tan peligroso dedicar canciones, ¡porque luego el objeto del afecto se va y se lleva consigo la esencia de esa canción! Así que adiós clásico.

No obstante, lo esencial radica principalmente en eso. Porque el clásico permea en masa y, como me dijo mi primo de California cuando puso ‘Stairway to Heaven’ en la tornamesa: “Con ésta hasta las ratas del basurero se ponen a bailar”.

 

Obviamente aún existen entes que recuerdan los clásicos en escena más allá de sus padres originales, y ese lugar, aparentemente perdido en el tiempo, se encuentra en cada bar de Villa Coapa en donde hasta Héroes del Silencio se considera ya un grupo clásico. En fin. Salve pues, y saludamos a ZZ Top, guardianes del alfabeto de los clásicos.

 

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La primera muerte de Rick, la guitarra de Pete Townshend

La destrucción como el medio de expresión, el instrumento destrozado como la herramienta ideal para alcanzar el clímax que el sonido ya no puede otorgar. Lo que ocurrió la noche del 8 de septiembre de 1964 no era algo nuevo, se había visto con anterioridad con Jerry Lee Lewis, quien años antes había iniciado el fuego desde su propio piano; al igual que el músico de country Ira Louvin que se había hecho famoso por destruir mandolinas empujado por el furor de su actuación; incluso Charles Mingus ya había manifestado su enojo con el público destruyendo su bajo, sin embargo la guitarra Rickenbacker Rose Morris 1998 que chocó contra el techo del Railway Tavern hace 52 años cambió la historia del rock and roll y la idea de destrucción como la extensión de una banda.

 

Aunque en su libro ‘Who I Am’ el músico se recuerda destruyendo elementos desde siempre, la primera ocasión que Pete Townshend probó la energía de la devastación ante el público fue un mero accidente, estrelló el clavijero de su guitarra contra un techo sumamente bajo, al darse cuenta del daño decidió estrellar el resto en el suelo y lanzar los pedazos al público, tomó su Rick 12 y continuó tocando.

 

En la siguiente presentación de The Who en el Railway, el público esperaba ver nuevamente la electrizante destrucción, el accidente no tardó en convertirse en un acto premeditado y parte de la agresiva imagen del grupo, que no solo le brindó más seguidores a la banda, impactó y hasta generó otros actos, como ocurrió aquella ocasión en que Ron Asheton viajó desde Detroit para ver a los Beatles en The Cavern y la suerte lo puso esa noche frente a The Who, a su regreso a Estados Unidos formó junto con su hermano menor y su amigo una banda llamada The Stooges.

 

 

Los seguidores de The Who vieron la destrucción como un truco, pero el acto no tardó en convertirse en la afrenta que la música convencional necesitaba, aunque la primera ocasión fue un accidente, la realidad es que Pete Townshend a partir de ese instante empezó a formar el concepto alrededor del grupo: “No tenía idea de a dónde me llevaría la primera destrucción de mi guitarra, pero sabía muy bien de donde venía todo eso” explica Townshend en su autobiografía. “Alentado por la obra de Gustav Metzger, el pionero del arte auto-destructivo, planeaba destruir completamente mi guitarra si el momento parecía correcto”.

 

El acto creció a través del sonido que el bajista John Entwistle y el guitarrista amplificaron con ayuda de las cajas de ruido que fabricaba su amigo Jim Marshall, se sumergieron en la idea con la dedicada locura de Keith Moon y la compulsiva actuación del vocalista que quería seguir siendo rocker, pero que las circunstancias pusieron del lado mod, Roger Daltrey. Avanzaron hacia un nuevo concepto: la destrucción es arte cuando se establece en la música.

 

En otro momento de ‘Who I Am’, el guitarrista explica que la ocasión en que Gustav Metzger presenció su versión de auto-destrucción en proceso con The Who, le explicó que de acuerdo con su tesis se enfrentaba a un dilema: “Se suponía que debía boicotear la formula del propio nuevo pop comercial, atacar el proceso que me permitió tal expresión creativa, no contribuir a ella. Estuve de acuerdo. Los trucos me habían superado”.

 

Efectivamente el truco superó al grupo, el público no entendió la importancia de la auto-destrucción, consideró el acto como un elemento más, no percibió la experiencia de la liberación emocional de romper los instrumentos al final del concierto, solo esperaba que el momento llegara para afirmar que el grupo había realizado una buena presentación y simplemente asumieron que aquellos días que no terminaron en destrucción, The Who no dio todo el espectáculo. En algunos momentos incluso fue una competencia, solo basta recordar la guitarra de Jimi Hendrix incendiándose en Monterey Pop Festival en 1967, solo unos momentos después que The Who casi destruyera el mismo escenario.

 

La imagen de la destrucción no tardó en convertirse en el elemento de un género como el punk, uno de esos instantes fue inmortalizado en la portada del disco London Calling de The Clash, la fotografía de Paul Simonon capturada por Pennie Smith nos mantuvo desde 1979 enganchados a ese instante previo a la muerte del bajo Fender Precision, un momento del que solo podemos imaginar el final.

La continuación de lo que inició The Who unos años después fue expuesto desde otro ángulo por Chuck Klosterman en su libro Eating The Dinosaur, donde escribe sobre el acto de destrucción realizado por Nirvana en el capítulo titulado Oh, the Guilt: “Es fascinante y estúpido observar adultos destruyendo cosas a propósito. Es una sensación que se aplica a una multitud de estímulos: espectáculos de camiones monstruo, dinamitar estadios deportivos, los disturbios raciales, el legado musical de Van Halen, huevos, gobiernos y dioses temporales. Y guitarras. Siempre guitarras”.

 

Klosterman explica que nunca se pueden destruir suficientes guitarras, incluso Pete Townshend no ha podido lograrlo, el acto ilustra e intenta recordarnos, supuestamente, la agresividad de un grupo, que sus integrantes son “máquinas que pueden matar fascistas… tristemente el número de fascistas asesinados por la destrucción de una guitarra sigue estando cerca de cero”.

 

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Lo que inicialmente fue una manifestación no tardó en convertirse en un momento coreografiado, como aquel que montaba Nirvana. Un roadie debía quitar todos los micrófonos de la batería para que solo algunos elementos fueran destruidos. La versión de 1988 de Nirvana por supuesto no tenía que montar ese espectáculo, lo hacía sin pensar y destruía su propio equipo, sin embargo la de 1992 ya no realizaba la destrucción por frustración, “la gente lo espera. Dale a los chicos lo que quieren”, dijo alguna vez Kurt Cobain.

 

La extensión de lo que sucedió hace 50 años, que creó el mito de The Who en los escenarios, posiblemente sobrepasó la idea y se convirtió en el espectáculo, uno que no importa cuántas veces se repita o quien lo realice (Arcade Fire, Deep Purple, Green Day, Muse o “Weird Al” Yankovic), sigue siendo el suspiro previo, al momento en que la música a veces no alcanza con sus propias notas.

Si el hombre es 5, entonces #666…

Alguna vez Kurt Cobain declaró que el disco ‘Nevermind’ de Nirvana no hubiera llegado a ninguna parte si no hubiera existido ‘Doolittle’ de Pixies. La furia salpicada de punk y reflexiones surrealistas fueron la pauta para la escena independiente subterránea, que desde entonces ha alcanzado la superficie para hipnotizarnos con maestría. Simplemente los Pixies cambiaron el rock de los 90, a pesar de que el grupo no logró superar sus propios conflictos.

Doolittle’ incluyó catorce excelentes canciones, sin embargo la que ilustraba mejor la música de los Pixies sin duda es ‘Monkey Gone To Heaven’, que sin ningún problema puede mostrarse simple y enigmática. El corte es una mezcla perfecta entre guitarras pop que se cruzan sin avisar hacia las texturas punk y surf, mientras que una voz femenina en segundo plano afirma las palabras de Black Francis. La voz de quien se convirtiera después en Frank Black flota como en una conversación, que poco a poco va subiendo de tono hasta alcanzar dolorosos alaridos.

La marca de los Pixies se deja sentir a través de la guitarra de Joey Santiago, poniendo el toque agresivo que sustenta las enigmáticas letras y la estridencia de Francis. La parte sutil queda a cargo de Kim Deal, enlazada con el ritmo pausado y consistente de David Lovering en la batería. ‘Monkey Gone to Heaven’ es una compresión de reverberaciones y retroalimentaciones cargadas de la formula esencial de la banda: canciones directas que asientan sus bases en lo simple y rápido, que algunas veces permite la entrada de un riff de guitarra y el aguardiente pasando a través de la garganta de Black Francis.

Gran parte de ‘Monkey Gone To Heaven’ habla sobre un gran desastre ecológico, que tal vez no puede percibirse por las particularidades de la voz de Francis. Las primeras líneas muestran a “un hombre subacuático” que es asesinado en medio de fango y desperdicios, una metáfora clara sobre la contaminación de los océanos. La segunda parte aborda directamente la capa de ozono perforada (“ahora hay un agujero en el cielo”) de la mano del calentamiento global (si la tierra no se enfríatodo se quemará). Como si predijera un futuro no muy lejano, cada estrofa cierra con la lamentación “éste simio se fue al cielo”.

El gran enigma de ‘Monkey Gone To Heaven’ surge en la tercera parte del corte, cuando emerge una especie de orden divino: “si el hombre es 5, entonces el diablo es 6, entonces Dios es 7”. Según explicó Black Francis, las frases son una “referencia a la numerología hebrea..Sólo recuerdo que alguien me dijo que era un dato del lenguaje hebreo. Especialmente en la Bibliapuedes encontrar un montón de referencias… no sé si es una jerarquía espiritualEs un dato puro, es un dato”.

Algunos de los seguidores de Pixies, que no se conformaron con la explicación del vocalista, dicen que las enigmáticas frases están relacionadas con la numerología satánica de Draconis Blackthorne, quien dice que el número siete fue asignado a Jehová y el número seis (claro que repetido tres veces) es el número de la bestia. El cinco está relacionado con el Pentagrama, símbolo de la voluntad del hombre, que puede dominar con su espíritu el mal, al que es asignado el número cuatro. De cualquier forma que observes esos últimos versos, los números no tienen nada que ver con el resto de la canción, parece una referencia cabalística que sonaba fresca y provocativa. Obviamente funciona muy bien en el contexto general de ‘Monkey Gone To Heaven’, que ya es considerado como uno de los cortes más exitosos de la escena independiente.

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