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Amor (olímpico) prohibido

Esta es la historia de un amor platónico, prohibido y quizá por ello exquisito y cautivante. En una época de diametrales opiniones en el mundo, ambos personajes provenían de los polos más opuestos que nacieron a mediados de siglo XX.

A finales de los ’60, México respiraba un profundo anticomunismo. Era el apogeo de la Guerra Fría y el temor de que en el país se sentaran bases para cambiar el modelo sociopolítico y económico era tan grande, que hasta al interior de la comunidad estudiantil creció un campo de batalla entre los estudiantes que buscaban mayores libertades y aquellos que crearon el MURO: Movimiento Universitario de Renovadora Orientación.

Hasta la religión tomó el estandarte anticomunista, con lemas como “¡Religión sí! ¡Comunismo no!” o “¡Viva Cristo Rey y nuestro Ejército defensor!”.

Aún durante los Juegos Olímpicos que recibió nuestro país en 1968, las hostilidades persistieron sobre la nación más comunista del mundo: la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. En los partidos del voleibol femenino, el público ahogó el Gimnasio Juan de la Barrera con abucheos a la URSS cuando le ganó el oro a Japón; mismo caso en el Auditorio Nacional, cuando a la gimnasta checoeslovaca Vera Caslavska le faltó por cosechar un sólo oro de los cinco individuales disponibles: el de la viga de equilibrio que le ganó la rusa Nataliya Kuchinskaya.

Un poco del estigma estaba ensalzado contra el modelo sociopolítico y otro más se aderezó con el rechazo a la invasión soviética sobre la República Checoeslovaca.

Pero esos prejuicios políticos no le importaron a un joven, quizá al único joven que sí debieron importarle: Alfredo Díaz Ordaz, el hijo del Presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, principal defensor de la causa anticomunista en el país.

“Alfredo Díaz Ordaz se enamoró de Nataliya Kuchinskaya pero ella no hablaba inglés ni español y obviamente él no hablaba ruso, así que una edecán debía de estar allí para traducirles. Él siempre quería verla y estar con ella todo el tiempo que fuera posible y de alguna forma yo terminé en calidad de chaperona”, recuerda entre risas Lady Kyara Baez, quien 50 años después relata la breve historia de amor.

Baez se preparó por casi dos años para ser edecán en los Juegos Olímpicos de México 68 y al ser de las pocas que hablaban ruso, fue designada a apoyar a la delegación soviética en su estadía, durante octubre de aquel año.

Así, con una apasionada obsesión, Alfredo quería conquistar a Kuchinskaya. “Una ocasión le dijo a Nataliya que quería darle una serenata y bueno, yo tenía que traducir todo de uno para otro. Nos llevó a Los Pinos y allí empezó a cantarle Come on Baby Light my Fire de Los Doors, pero ella me decía que era música muy escandalosa. A él no le importó eso, estaba muy emocionado de estar con ella”, agrega Kyra.

Y aunque la velada fue divertida, después vinieron las consecuencias. “Yo pedí permiso para salir por una hora de la Villa Olímpica ¡y nos tardamos más de dos! Cuando regresamos, me regañaron mucho y me pidieron que no volviera a suceder, en realidad se enojaron conmigo que era edecán y con ella también porque era atleta”, agrega.

Aunque la llama de ese amor fue un fulgor tan efímero como una estrella fugaz que duró sólo el periodo olímpico, 50 años después, la historia perdura en la memoria de la testigo más cercana.

No era de extrañarse. Alfredo era la oveja negra de la familia presidencial. Era el menor de la familia y muy a modo con los jóvenes revolucionarios del Movimiento Estudiantil de 1968: le gustaba el rock progresivo y la psicodelia, formó grupos como Love Syndicate en donde escribió Love don’t go away y después formó el grupo Renaissance. En los 80’s crea el grupo funk rock Lucrecia, que es el abridor de Alice Cooper en un concierto en Monterrey, en 1980.

No quedan rastros de aquel amor platónico y olímpico, pero sí algunos sencillos de su talento creativo, considerado un genio del rock mexicano, pero con el estigma de su apellido.

En México 68, Nataliya tenía 19 años de edad y ganó cuatro medallas: dos oros en la prueba por equipos y en la viga de equilibrio, además de dos bronces (all around individual y manos libres). Nunca volvió a asistir a unos Juegos Olímpicos.

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