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¿Y si los políticos actuaran como futbolistas?

A primera vista parece una ocurrencia, pero la forma operativa del futbol da ejemplo a las élites políticas del mundo.

Mientras en el proceso electoral de México se escuchan más acusaciones que propuestas, algo queda claro: los políticos no se asumen como representantes nacionales, sin partido, ni más color que el de su país y por el contrario, el futbol pone el ejemplo.

Aquí dos casos:

En los Olímpicos de Londres 2012, México ganó el primer oro en deportes de conjunto gracias al futbol con seis jugadores de equipos rivales: cuatro de Chivas (Miguel Ponce, Néstor Araujo, Marco Fabián y Jorge El Chatón Enríquez) y dos del América (Diego Reyes y Raúl Jiménez). ¿Pensarían en eso durante los partidos? ¿Llevaron un coordinador de bancada para la representación de cada equipo? No. Ni Cruz Azul pidió a Jesús Corona que como seleccionado nacional portara el uniforme de ‘La Máquina’. ¿Por qué entonces los partidos políticos creen que les pertenecen las personas que ahora representan a la sociedad?

Un futbolista -como un político- debe su formación al equipo/partido en el que inició y en el que por años hizo los fundamentos y principios, deportivos -o ideológicos- que lo tienen donde está. Se forja un estilo de juego -o una forma de pensar- pero una vez electos ¿no será momento de quitarle color a sus ideas y de emprender el camino del beneficio nacional? En el futbol pasa.

El otro ejemplo. Aunque hoy España vive un cruel momento, al perder a su DT Julen Lopetegui, dos días antes de iniciar el Mundial de Rusia 2018, hace muy poco la gloria le sonreía.

La‘Furia Roja’ de 2010 ganó el título de la Copa del Mundo en Sudáfrica y en su selección había cinco jugadores del Real Madrid (Iker Casillas, Raúl Albiol, Xabi Alonso, Sergio Ramos y Álvaro Arbeola) y siete del Barcelona (Gerard Piqué, Carles Puyol, Andrés Iniesta, Xavi Hernández, Víctor Valdés, Sergio Busquets y Pedro Rodríguez).

¿Cómo sería una concentración en la que los jugadores no pueden olvidar las rivalidades de sus equipos? ¿Cuál sería el resultado? La derrota sin duda y el juicio del mundo ante injustificables acciones que ponderarían la pertenencia a un club local, por encima del beneficio nacional.

El futbol tiene una medida simple: ganar o perder; pero en las complejidades políticas no hay marcadores, y la situación se torna grave cuando el actuar del Ejecutivo y Legislativo dejan secuelas en las sociedades.

Sería un insulto que con el talento futbolístico pasara algo así. México y su historia agradecen el civismo de sus jugadores, por la alegría de una nación, al igual que España.

¿Por qué en el deporte, algo lúdico, simple y de entretenimiento, se conjugan hombres de equipos rivales, para un fin común? ¿Por qué un grupo de mexicanos puede dejar fuera las diferencias de sus equipos y hasta los conflictos durante los torneos nacionales, para esforzarse por un país?

Sí, quizá tierno, utópico, simplón. Sí, tal vez, pero una vez electo para un cargo, en cualquiera de los tres niveles de gobierno, se es un seleccionado, cuyas características intelectuales individuales -y no del partido- se potenciarían para promover una mejoría y un éxito de la comunidad, del estado o del país.

Ser electo, debería implicar una representación que enorgullezca, no sólo a su partido, sino a su comunidad o una nación…como al parecer hace un futbolista.

Verde y arcoíris (el día en que los panboleros festejaron con los gays)

Entre los festejos del triunfo 2-1 de México sobre Corea del Sur, los aficionados al futbol y la comunidad LGBTTTIQ se encontraron en Av. Paseo de la Reforma; una alegórica muestra de aceptación y convivencia

Fue un festejo de tolerancia, diversidad y aceptación. El controvertido grito de la afición mexicana no se escuchó en Rostov, Rusia, durante la victoria 2-1 sobre Corea del Sur y, entre las irónicas casualidades del destino, al otro lado del mundo coincidieron en tiempo, espacio y euforia los amantes del futbol y la comunidad Lésbico Gay, Bisexual, Transexual, Transgénero, Travesti, Intersexual y Queer -o LGBTTTIQ- de México.

Porque el sábado 23 de junio se programó la edición 40 de la marcha por el Orgullo Gay –hoy nombrada Marcha LGBTTTIQ- que salió a las 12:00 del día del Ángel de la Independencia, pero justo poco antes de la cita, México consumaba su segundo triunfo en la Copa del Mundo de Rusia 2018 y, como dicta la tradición: el Monumento a la Independencia, con su victoria alada, será el epicentro de los festejos futbolísticos.

Así iniciaron los contingentes su camino y sin saberlo, su convergencia. El choque de colores confluyó en Av. Paseo de la Reforma: la oleada futbolera en verde olivo avanzaba en contraflujo a la marea arcoíris, cuyo destino fue el Zócalo Capitalino.

Por un lado banderas, matracas, espuma, rostros maquillados en verde, blanco y rojo; por otro: largas pestañas, altos tacones, medias de red, alas doradas, besos, bailes, pelucas y carros alegóricos. Pero en medio de ambas: el orgullo, la euforia, la aceptación y la alegría.

La Zona Rosa, quizá fue el núcleo del encuentro: no sólo es el área de mayor afluencia para la Comunidad LGBTTTIQ, también entre sus calles habitan, conviven y comercian residentes coreanos, que, pese a la derrota de su equipo, salieron también a gozar las mareas humanas de verde y arcoíris.

Con el avance de las mareas en sentidos opuestos, convivieron frente a frente. Desde un pequeño grupo de manifestantes que repudiaban a la comunidad del arcoíris y gritaron en su contra ¡Hombre y Mujer, familia natural!; hasta Drag Queens tan requeridas para retratos, como estrellas de cine; desde padres e hijos con banderas de México, hasta hombres en tacones, medias y delicada ropa interior de encaje.

Si no era suficiente surrealista, a la escena se agregó un nuevo personaje: la manifestación de los 400 pueblos, que se caracteriza por bailar totalmente desnudos alrededor del Monumento a Cuitláhuac, que se encuentra al cruce con Av. Paseo de la Reforma e Insurgentes. No se sabría quién entre los gremios sería el más impresionado, conmovido o agitado en los oleajes de locuras paganas; cada una con su propio dios…o su antidios: el futbol, la libertad sexual o los conflictos político-sociales del país.

Entre verde, arcoíris y desnudez, emergían los asistentes neutros: los del comercio ambulante que vendían diademas de unicornio, coronas de papel, cornetas, playeras réplica de la Selección Nacional, copias de la Copa del Mundo, agua, comida, banderas o espuma. Marchantes sin causa, pero si con ganancia.

Una vez la marea verde llegó a la glorieta del Ángel de la Independencia salieron del closet los gritos contenidos, desde una porra, cual disculpa que rezó “¡El Profe Osorio!”, el censurado “¡Ehhhhhhh PUTO!”, o ¡El que no brinque es puto! Así también se alejaron bailando -y sin saltar- los orgullosos integrantes de la comunidad arcoíris, que se dirigía a la conquista de otro terreno futbolero: la Plaza de la Constitución, que llenó su centro de actividades alusivas al Mundial de Rusia 2018 con el ZocaFut, desde una pantalla gigante, pequeñas canchas para hacer retas o muestras museográfica; allí fue donde culminó la famosa marcha, con un concierto por los derechos y el respeto de los que aceptan sus propios gustos y los defienden.

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