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Mi historia en el 68

El movimiento del 68 fue mucho más que la masacre de la Plaza de las tres culturas en Tlatelolco. Esa refriega que cobró relevancia a nivel mundial y que hoy en día luce como una herida fresca. Una sacudida que, a pesar que el imaginario colectivo parezca repetir el “2 de octubre no se olvida” más por consigna que por permanencia, en efecto, ¡no se olvida!

Mi nombre es Víctor Felipe de Jesús Hernández Bautista, y a 50 años de haber vivido de primera mano el movimiento político social más importante de México en el siglo XX, esto es, luego de prenderle fuego al horno de la memoria, la historia que recojo y comparto con ustedes. Este es mi testimonio de cuando estuve codo a codo con los miles de jóvenes que salieron a las calles a luchar por derechos democráticos que gobiernos autoritarios de la burguesía no respetaban. Mi testimonio del periodo en que el corporativismo obrero tenía bajo su control a más de 3 millones de trabajadores. Mi testimonio de cuando las organizaciones juveniles habían sido oprimidas por el partido del poder. Es mi testimonio del año en que un evento lúdico, tal vez el mayor de todos, como el de los Juegos Olímpicos, fue más bien un evento cargado de tristeza, emociones y algo más que música…

Una noche de agosto

Lo primero que recuerdo es una noche de agosto, ya cerca de las 10 salíamos varios compañeros de las inmediaciones de Ciudad Universitaria cuando de repente observamos cómo personal militar, camiones e incluso tanques tomaban la universidad. Era una escalada represiva contra el movimiento estudiantil, policía y ejército ocupaban planteles escolares. Hubo una buena cantidad de detenidos y se creyó que este acto debilitaría la lucha, pero no fue así. Los compañeros que logramos salir minutos antes continuamos el movimiento. A partir de ahí se generó un ambiente de estupor y alarma en la ciudad y las escuelas. Estos choques desiguales entre estudiantes contra policías preventivos no justificaban tal demostración de fuerza militar.

La marcha del silencio

Impresionante. Presidida por nuestro rector Barros Sierra, miles y miles de estudiantes (300 mil aproximadamente), en absoluto silencio, marchamos de Antropología al Zócalo. Así. Sin pronunciar una sola palabra. Acaso algunos gritos, pero no de nosotros, sino de quienes alentaban desde los balcones. Se podía sentir la simpatía despertada en el pueblo, en las calles, nos aplaudían, contagiados por el ánimo de tener un México diferente.

Pero no hablábamos. Quienes hablaban eran las mantas. Pancartas y volantes que exponían el rechazo a los adjetivos de “provocadores y revoltosos” con que nos habían calificado.

Ya en el Zócalo hubo diversos oradores y alguien tocó las campanas de la catedral e hizo una bandera de huelga en la asta principal, lo cual desencadenó la furia del gobierno y de los medios.

 

El rector Barros Sierra

Ceremonia de desagravio a la Bandera

Un testimonio que no debí haber vivido. Ese día ajeno a esta convocatoria, un entrañable amigo y yo nos vimos en la necesidad de visitar a una persona que trabajaba en Palacio Nacional. Una vez ingresamos, cerraron las puertas y pudimos observar, con desbordado asombro la cantidad de soldados y armas en los balcones de Palacio Nacional. Nunca vi un despliegue militar similar en mi vida.

Nuestros amigos, temerosos que descubrieran nuestra identidad estudiantil, nos ocultaron. Ese día se había convocado a los trabajadores de limpieza del Gobierno del Distrito Federal a efectuar un acto de desagravio a la Bandera. Presenciamos cómo el discurso de los oradores encendía los ánimos contra los jóvenes. Poco tiempo después, el repiquetear de las ametralladoras, junto a la oleada de gritos retumbó sus centros la tierra del Zócalo. Después de unos segundos: un profundo silencio.

Cuando salimos, nunca vi el Zócalo más limpio. Estaba húmedo, pues lo habían lavado. Los medios publicaron que estudiantes armados habían disparado en contra de los inocentes trabajadores de limpieza. Por más esfuerzos que hicieron los medios la gente no les creyó. Se habló de varios muertos, aunque la realidad es que nunca sabremos la cantidad exacta.

Tlatelolco

Éramos un grupo de 8 a 10 jóvenes que solíamos reunirnos en la colonia Juárez y de ahí trasladarnos ya sea a los lugares de trabajo en brigadas o a los mítines o manifestaciones. Éramos de diferentes facultades: Comercio, Odontología, ya fuera del Politécnico e incluso de San Carlos. Teníamos la intención de ir puntualmente al mitin de Tlatelolco, pero un compañero del Politécnico nos pidió que lo esperáramos hasta la salida de su trabajo. Este retraso resultó milagroso.

Tomamos un camión que nos acercó y a metros de llegar al lugar escuchamos, tras una señal luminosa, una serie de detonaciones. En ese momento imperó la confusión y una corriente humana a contra flujo que nos aconsejaban correr. ¡Huyan donde puedan! Nos gritaban. Después de la masacre se convirtió en persecución. Corrimos y corrimos y corrimos. Algunas familias abrían la puerta de sus hogares para ocultarnos, en un acto de heroísmo puro que no tengo cómo agradecer.

Nos ocultamos y pasada la madrugada corrimos y corrimos y corrimos. Esta vez, para abrazar a nuestras familias.

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