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H.P. Lovecraft a 128 años de su llegada a la Tierra

El impacto de la obra literaria de Howard Phillips Lovecrat es cuantioso y profundo en la música, su interesante ritmo narrativo que excedía los adjetivos como nodos para despertar y esparcir la imaginación a lugares y tiempos no conocidos por el hombre, es sin duda, uno de sus excesos pero también uno de sus aciertos para seducir al lector, para insertarlo a través de pasajes sin brújula temporal e inrrasteables para ningún artefacto tecno-científico incluso de este siglo XXI.

Aunque el trabajo del literato originario de Providence nacido un 20 de agosto de 1890 ha permeado a otras artes como el cine, la pintura, el teatro, el cómic, el arte contemporáneo audiovisual, la televisión, los videojuegos y los juegos de rol, entre otros. En esta ocasión solamente visitaremos algunos trabajos que influenciados o directamente tomando pasajes de sus múltiples relatos, han decidido subrayar la importancia de su obra en el ejercicio de lo musical.

La inminente misantropía en el discurso lovcratniano es incesante, al parecer para el autor, el género humano constantemente debería de ser aniquilado, borrado por otras civilizaciones antiquísimas mucho más avanzadas en su relación con el cosmos y que por razones inexplicables se encuentran escondidas, acechantes ante un regreso próximo a su dominio del universo.

El abstraído escritor en su momento pasó parcialmente desapercibido para la crítica literaria, a pesar de que otras plumas generaron el círculo de Lovecraft y se sumarán al entorno de las publicaciones de “Los Mitos Khutulhu” (1925-1937) como August Derleth y Robert Bloch y posteriormente al volumen “Nuevos Cuentos de los Mitos de Kthulhu” (1980) convocados por otro seguidor Ramsey Campbell y al que se agregarían Stephen King y Brian Lumley.

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Posiblemente una de las primeras referencias entorno a su impacto en la música, es justamente la banda estadounidense psicodélica H. P. Lovecraft de los años sesenta que solamente publicaron dos discos homónimos y que son recordados por el viaje sónico de su tema “At the Mountains of Madness”, en medio de atmósferas obscuras lisérgicas. De igual manera, en 1972 el músico argentino Claudio Gabis generó el tema “Más allá del Valle del Tiempo” que de igual manera retoma al autor.

La presencia lovcraftniana en la música, generalmente la encontramos presente en los subgéneros del metal, el gothic rock y el dark ambient; tres venas musicales comunicadas y entrelazadas por tópicos como la obscuridad, la magia, lo fantástico y los mitos, también cuatro ejes sustanciales del escritor estadounidense.

Azatoth, Yog Sototh y Kthulhu han sido tomados para nombrar a algunas bandas, en otros casos, los nombres de algunos relatos de Lovecraft son la inspiración para generar canciones e incluso álbumes enteros, diseñados a partir del horror cósmico como el caso del proyecto estadounidense Nox Arcana que publicó el disco Necronomicon.

Por su parte los ingleses Fields of the Nephilim sumamente influenciados de la cosmogonía de Lovecraft y las culturas antiguas formularon varios temas inspirados en ello, de los que destaco “Psychonaut” donde a través de ese viajero psíquico en busca del gran monstruo marino Leviathan Xi dingir anna kampa, Xi dingir kia kampa se escucha como una plegaria extraída de los “Mitos de Kthulhu” yReanimator” inspirada en la historia del científico en busca de la reanimación de la vida, tomado de la historia de “Herbert West”.

Por su parte, The Tiger Lillies; maestros ingleses del dark cabaret, el mal gusto y el humor negro en compañía de Alexander Hacke (Einsturzende Neubauten) en 2013 montaron el acto “Mountain of Madness” donde extrajeron “La Música de Erick Zann”, “Las Ratas en las Paredes” y “El Llamado de Kthulhu”, entre otras historias para este espectáculo.

Finalmente, les comparto algunos nombres de bandas que han sido inspiradas por el horror cósmico: Metallica, Iron Maiden, Morbid Angel, Cradel of Filth y Tiamat, entre otros.

A 128 años del nacimiento del escritor estadounidense, me pareció una ocasión espléndida para compartir solamente algunos trabajos musicales que han sido influenciados por la tan original cosmogonía terrorífica y fantástica de dicho autor, la cual, sigue siendo detonador de charlas, discusiones, textos, álbumes, películas, cómics, pinturas y otras posibilidades audiovisuales.

El soundtrack de la vida – 1984, esta es mi historia y me aferro a ella

Tener 10 años en la Ciudad de México de 1984 es el equivalente a estar en el momento musical exacto en lugar exacto. La música fluía a montones y a pesar de estar en el target demográfico perfecto para Luis de Llano y compañía, las influencias musicales post Parchis y Enrique y Ana me obligaban a resistirme al casi natural paso hacia Timbiriche y más bien me dejé llevar por un álbum que en lugar de mostrar a unos niños que hacían una versión infantilizada de uno de mis primeras películas favoritas, Grease (Vaselina), mostraba a un ángel fumando un cigarrillo, lo cuál escandalizaba a mi abuela, pero encendía un mi un deseo de escuchar los riffs de Eddie Van Halen y las resonantes vocales de David Lee Roth.

Dicho esto, les hago una pregunta, ¿Qué niño de 10 años se podría resistir a la ferocidad del intro de guitarra, la batería y la imagen de un David Lee Roth volando por los aires con lentes oscuros, spandex multicolor y una grabadora al hombro en el vídeo de ‘Panama’, el tercer sencillo del álbum 1984 de Van Halen?, la respuesta es sencilla, este niño no.

No recuerdo si escuche el track o vi el vídeo musical primero (una pregunta tipo, qué fue primero, la gallina o el huevo), lo que si puedo recordar es que hice mi primer air guitar y que al escuchar la rola mi cuerpo se llenaba de energía y me daban ganas de bailar, de saltar, de correr y de gritar, todos los síntomas de una posesión demoníaca si además agregamos que, como no entendía la letra, simplemente inventaba sonidos que se asemejaban a los sonidos originales, lo que puede ser considerad como hablar un lenguaje surgido del mismo averno. No hay mejor manera de iniciar tu historia en el heavy metal que ser acusado de estar poseído por el mismísimo Belcebú.

 

Otro descubrimiento que sin duda me alejó de forma definitiva de los caminos de Siempre en Domingo fue el álbum ‘Born in the USA’ de Bruce Springsteen, permitanme poner en contexto que 1984 fue un año olímpico y la máxima justa deportiva tuvo lugar en Los Angeles, California ese verano, por lo que las imágenes del Tío Sam eran muy populares, incluso recuerdo tener un peluche de Sam, la mascota oficial de aquellos juegos olímpicos. Es casi natural pensar que un álbum en el que ‘El Jefe’ aparecía en la portada vistiendo unos jeans, una playera blanca y una gorra roja en el bolsillo llamara mi atención. Al final era sólo un pre adolescente impresionable, sin embargo la rola que más recuerdo de ese álbum es ‘Dancing in the dark’ y tiene que ver con el ridículo baile de Springsteen, que en aquel entonces, me parecía lo máximo.

 

 

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Finalmente y muy adhoc, está ‘Fade to Black’ del álbum ‘Ride the lightning’ de Metallica, una power ballad que en su momento fue criticada por los fans hardcore de la banda, sin embargo les permitió abrirse a otros públicos, como los pre y pubertos inconformes buscando identidad musical, debido a que en la portada aparecía una silla eléctrica mis papás no me quisieron comprar el álbum, pero no contaban con los mix tapes disponibles en el bazar del hotel de México (si ese mismo al que se referirían las Flans entre puestos, camisetas, discos y jeans) y el Walkman de mi hermana mayor.

La rola se convertiría en uno de mis primeros placeres ocultos, escuchando con la puerta cerrada y bajo las cobijas a todo el volumen que mis oídos podían soportar. No pasó mucho tiempo hasta que mi mamá me descubriera y tirará el cassette TDK en el que tenía la grabación, pero el daño estaba hecho, mi alma estaba contaminada de rock y gracias a la FM y proyectos como Rock 101 pude seguir escuchando y soñando con aprende a tocar guitarra, dejarme crecer el pelo y rockear lo más duro que mi primera decena de años me permitía.

 

 

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La sencillez en el concepto

Siempre había tenido la idea errónea de que un disco conceptual era algo en palabras mayores, trabajos muy bien planeados que nos narraban una historia en específico alrededor de ciertos personajes. Vaya, algo así como cuentos fantásticos y obras literarias creadas por la élite del pensamiento, por músicos filósofos y mentes extraordinarias que ocupan un espacio divino en el universo. Cierto es que todos aquellos creadores de dichos trabajos, sí son gente de una capacidad única en la invención de sus obras, en particular de sus discos conceptuales. Sin embargo, la disyuntiva era el cómo entender y descifrar la historia detrás de la instrumentación, la barrera del idioma, y luego la secuencia en sí de los temas, que junto con los arreglos y la estética en el arte del álbum, hacían creer que solo eruditos, letrados y clavados lo entenderían.

 

Mi concepto de álbum conceptual (valiendo la redundancia) era que necesariamente debería de ser algo muy profundo, difícil de comprender y exclusivo para bandas progresivas. Cosas como Alan Parsons Project, Pink Floyd, King Crimson, Emerson Lake & Palmer y hasta STYX, que escuchaba de mis tíos o de mis compañeros de escuela, musicalmente me dejaban impresionado y con la imagen de que era algo muy avanzado o demasiado volado. Honestamente, nunca he sido seguidor del género de rock progre por sus metáforas complejas y temas metafísicos, pero principalmente por ese sentido de pertenencia para solo unos cuantos. Y por eso creía que solo ellos podían componer discos conceptuales derivados de clásicos en los sesentas y setentas donde se empezó a nombrar de esa manera y también como ópera rock a cosas de The Who e incluso de los Beatles.

 

Después de mucho tiempo, con la adicción a conocer y escuchar bandas nuevas, entendí que el término de álbum conceptual no era precisamente una característica para el rock progresivo, sino que en cualquier género musical han existido producciones que se desarrollan con base en un personaje, historia y temática en específico. De ahí que artistas de hip-hop como De La Soul, Jay Z y ahora Kendrick Lamar, también han ganado popularidad con sus propuestas conceptuales. Que hay bandas donde todos o casi todos sus discos sean catalogados como conceptuales, les suena Radiohead, Frank Sinatra, Avantasia, Coheed And Cambria o  Iced Earth por nombrar algunos.

Hay obras magistrales como el Operation Mindcrime de Queensrÿche y el Abigail de King Diamond, entre muchas otras. Trabajos de Metallica, Sufjan Stevens, Green Day, Bruce Springsteen y un largo etc. En español hay cosas de Chary García, Mago de OZ, Los Planetas, y no sé si hasta aquella cosa llamada KUMAN de Cristal y Acero entre como tal.

 

Y así hay muchísimos discos con un concepto definido, que no necesariamente tienen que sonar a progresivo, ni hablar de cosas irreales o enigmáticas (sin demeritar al género). Ahora les dejo muy buenas recomendaciones de bandas con discos conceptuales en diferentes géneros y de muy buena manufactura a ver que les parecen. Como siempre los invitamos a que nos den sus recomendaciones también.

 

Su lider Tim Kasher quiso contar la historia de lamentos, intriga y pasajes dolorosos de una persona que se refugia en su órgano para llorar y desahogarse del odio y la mala fortuna, agradeciendo al final que lo peor se haya terminado y aun sigua vivo.

 

 

 

Mansun es una banda de la época del britpop, logrando llegar a lugares muy altos gracias a la historia de un super héroe que quiere librar a un pueblo de las inmoralidades e injusticias. Una joya que no deben de dejar pasar.

 

 

 

Si bien ya habíamos nombrado al enigmático Will Sheff y su Okkervil River en anteriores posts, no podemos dejar pasar su gran obra conceptual de 2005, Black Sheep Boy. Donde nos narra la historia de un personaje sacado de una canción de un artista de los sesentas llamado Tim Hardin. Sheff decide hacer todo un álbum a través de este personaje, e incluso saca un EP llamado Black Sheep Boy Appendix para terminar su homenaje.

 

 

 

Entrando en terrenos escabrosos y malignos, en los años del auge del Death Metal, Nocturnus debuta con este tétrico álbum que se basa en la historia de un ente cibernético que quiere regresar en el tiempo a acabar con el abuso de la religión cristiana. La banda de Florida fue la primera en incluir teclados en su devastador sonido. Haciendo una especie de death progresivo.

 

 

 

Con su debut Original Pirate Material del 2002, Mike Skinner gano muchos seguidores con su mezcla de hip hop, garage y electrónico. Para su segundo disco, Skinner decide hacer un álbum que gire alrededor de su vida junto a sus mejores amigos.

 

 

 

Una maravilla del underground en los ochentas, el maestro Bob Mould junto a Grant Hart y Greg Norton deciden hacer un disco doble, con la temática de la experiencia de escapar de la familia y sobrevivir la crudeza de la vida exterior. Con la base de punk hardcore que identifica su sonido, en Zen Arcade logran meter sonidos más folk y pop. Dando como resultado uno de los mejores discos de la época.

 

 

 

En Beyond Hell, Dave Brockie o mejor dicho Oderus Urungus (RIP) y su séquito de defensores del universo. Deciden hacer un viaje al mismísimo infierno y enfrentar al demonio. Fantasía thrasher que siempre caracterizo a estos monstruos. Además cuenta con la magnífica producción de Devin Townsend, y hasta un DVD del álbum hay.

 

 

 

Con toda la influencia de Bob Mould, desde Irlanda surge un trió fenomenal catalogado en su tiempo como la mejor banda de ese país, por encima de U2 o Van Morrison, para su cuarto disco en 1994, sin tener la intención de crearlo así, las letras de las rolas se entrelazan y nos dan esa historia de desesperación  y soledad que predomina en el disco.

 

 

 

De Ween podemos esperar cualquier cosa, y justo después de haber lanzado su disco de ¡Country!, nos rematan con The Mollusk, que vuelve al sonido lo-fi y psicodélico que los identifica. Tratando durante el disco su aventura submarina al noreste de  los Estados Unidos. Diversión y mucha calidad.

 

 

 

Uno de mis favoritos, RRR es la carta de presentación de 4 chicos confundidos en los barrios de Brooklyn. En medio de peleas, decesos y mucha depresión, deciden formar la banda y desatar toda la furia contenida en una joya subvaluada de los noventas. Combinación de metal, hardcore y alt-rock, con letras oscuras y directas que poco a poco culminan por orillar al abismo a ese personaje condenado a vivir en la famosa Low Life de los suburbios de Nueva York. La catarsis que provoca Life Of Agony los ha convertido en artistas de culto a nivel internacional con una fanbase muy leal. Por cierto su nuevo álbum ya salió y lo reseñaremos la siguiente semana.

 

 

 

La banda elástica

Los grupos de rock son como las ligas, punto y no hay regreso. Lo que en realidad mantiene unida a una banda es su creatividad y el nivel de intensidad que ésta vaya logrando dentro de las filas. Es decir: la cohesión entre los miembros de una banda depende no de la camaradería o la personalidad de cada uno sino de la manera como la capacidad creativa va uniendo las piezas. Si todo dependiera del carácter de cada persona, bueno, no habría grupos de rock sino puro solista.

¿Por qué la referencia hacia las ligas? Simple. Porque la banda va estirando su creatividad poco a poco, con cada disco; por eso también los discos deberían ser conceptuales y no sólo una colección de sencillos en busca de audiencia, como si cada melodía compitiera con la otra. La creatividad es la que mantiene unidos a los miembros de la banda y, por ende, en evolución, hasta que llega un momento en el que la banda se estira tanto que, o se rompe, o se afloja y pierde tensión. O nunca se estira, de plano.

¿Cómo llegué a esto? Viendo el ‘Some kind of monster…’ de Metallica. ¿Cómo llegué al documental? No tengo idea, pero pareciera que tengo que escribir de Metallica a cada rato. En la pieza fílmica, que aparentemente todo mundo ya había visto menos yo, es posible observar la lucha de egos de Lars y James, la ahuevada pasividad de Hammet y la intromisión de un terapeuta quien con Bob Rock hacen de nanas de tres adultos asustados que se agreden mutuamente. Newsted se ve a cuadro señalando que eso le parece una insensatez y uno es testigo de la hechura de un disco muy malo con un largo y terrible proceso de trabajo. Las canciones de ‘St. Anger’ se crearon con un proceso similar a seguir un libro de instrucciones de Lego y, por ende, carecen de espontaneidad.

Es decir: la liga creativa de Metallica se aguadó, perdió tensión como sucedió con U2, The Cure y miles más. Algunas, como la de Nirvana, se quedó a la espera de hallar, quizás, su mejor momento porque en realidad no se había estirado lo suficiente.

Sé de muy buena fuente que el colectivo creativo de un grupo de rock nacional, cuyo nombre me reservo por ética, se lleva terriblemente mal fuera del estudio, las giras, etcétera. Más aún, entre ellos no se toleran en absoluto pero existe un punto en común, precisamente esa comunión artística que les permite hacer música, estirar la liga en el mismo sentido, aun cuando su sonido siempre haya sido ecléctico. Porque, finalmente, aunque al parecer los románticos lo hayan olvidado, la música es un negocio y un grupo es una empresa con sus reglas y leyes y códigos internos cuyo deber es llegar a un buen fin, con ganancias en lo económico y lo creativo. Eso no significa que no deba haber espontaneidad.

Uno de los principales mitos alrededor de la música radica en la fantasía de las historias románticas que, presuntamente, derivaron en la formación de una banda: una casualidad, alguna amistad en común, etcétera. En la mayoría de los casos es ficción pero tiene un objetivo: aderezar el mito alrededor de un grupo. Conociendo a un tipo tan mercenario financieramente como Brian Epstein, cómo saber si es cierta la historia que se mienta alrededor del descubrimiento de los Beatles, o si sólo fue una estrategia de mercadotecnia. Finalmente la inclusión de Starr en el lugar de Best fue algo más concerniente a la técnica de Malcolm McLaren.

Hace una década, cuando era becario del FONCA, una persona que trabajaba en una compañía de discos me pidió que escribiera la biografía de cierto nuevo lanzamiento de mexican happy punk, y como todos somos mercenarios dije que sí porque el cheque y la libertad creativa eran demasiado jugosos. Finalmente no hubo lanzamiento y, para no tener la cosquilla de lucrar con eso de nuevo, es decir, de revelar quién me contrató como negro de un grupo de niños bien metidos a punks, quemé la única copia física y eliminé el archivo de mi PC. Ni siquiera recuerdo el nombre de la banda pero era algo referente a una bicicleta. ¿Por qué iba a mentir? ¿Por qué iba a jugar con la gente? ¿Cómo iba a sentirme al ver que en las entrevistas dichos “músicos” contarían, de memoria, lo que yo había escrito? Por qué todo lo anterior si es precisamente algo que detesto.

Lejos de considerar a los avances tecnológicos y las plataformas de streaming que permiten grabar, producir y difundir música como los culpables de la falta de movimiento en algo que se llama pomposamente “movimiento”, todo señala que las bandas noveles han perdido su capacidad de sorpresa. Sí, todo está inventado pero siempre se le puede dar un giro interesante. Con eso no digo que no haya muy buena música actualmente.

Pareciera que existe un miedo total por estirar demasiado la liga hasta romperla. Y en todo caso sería más interesante quebrar una y otra vez la liga hasta encontrar una de buenas dimensiones y mejor hechura. Una que permita mayor campo de maniobra para un estilo. Radiohead estuvo a punto de romper su liga con una barrabasada comercial involuntaria como ‘Creep’, y prefirieron meter la liga al horno para comenzar a estirarla poco a poco con base en un estilo que evoca, sin dudas, a una liga bastante maleable pero que también tiene un punto sin retorno.

Una banda de rock no es un conjunto de personas sino de ideas, es un ente orgánico que nace, vive, respira, comete errores, tiene éxitos, se estira y muere. Y de la misma manera hay que consentirlo o regañarlo cuando es necesario, y ahí es en donde entramos los analistas musicales, el público, los cronistas, etcétera.

Se trata de hacer algo más que sólo escuchar la canción. Porque, a pesar de ir contra la esencia del rock, en él todos tenemos una responsabilidad. Si es que lo queremos tanto.

Metallica y el Alien o ¿por qué la música ya no suena fuerte?

 

El primer día que mi gato el “Cat Stevens” pasó en mi casa yo le tenía miedo y creo que él a mí. Nos mirábamos a distancia entornando los ojos como en un duelo frente a la cantina de Yuma City, antes de salir el sol. Algunas de mis visitas femeninas –sus favoritas– desconfiaban de su presencia pero se relajaban al verlo tan mimado y caballeroso. Él se acostumbró a las visitas y ellas a él, pudiendo manipularlo como si fuese un gato de peluche. Supongo que es la misma sensación que tiene un músico con su instrumento después de pasar juntos mucho tiempo.

 

Lo peor de la entrega del Grammy 2017 no fue el ridículo que pasó James Hetfield sino que Adele, una señora con una voz excepcional, y Beyoncé, que ya se aseñoró, sean las figuras de la música global. No obstante, si vamos a hacer hincapié en las carencias, debemos comenzar con el incidente del micrófono vacilador que, de paso, aupó más la presencia de una Lady Gaga ya de por sí gigantesca.

 

 

La referencia del gato amansado es una analogía de cómo los músicos intermedios –es decir no los B.B. King o los Carlos Santana o los David Bowie sino los Metallica– han caído en una zona de confort que llega a ser insultante para el público imparcial e, inclusive, para los seguidores de la banda. Alguien, disculpando a Metallica, me comentaba que el mute del micrófono no fue culpa directa de Hetfield sino del equipo de producción que los cobija. Y es posible, pero, ¿no se supone que el líder de una banda es el líder de una banda arriba, abajo y detrás del escenario? ¿No los técnicos tienen que reportar con el ingeniero y éste con el líder de la banda o el resto de los músicos uno por uno hasta que el PA quede de perlas para el show? A Hetfield le saltó el gato porque no lo amansó lo suficiente. Y peor aún porque su monitor no le permitió advertir la pifia y se tardó instantes eternos en buscar un micrófono con salida y esto último no es culpa del ingeniero o del que pisó el cable sino de un músico desconcentrado y cómodo en ese altar que le han construido hasta la irresponsabilidad.

 

Por otro lado, se advierte el desvanecimiento de una banda demasiado relajada que no coloca una sola canción decente desde hace años y no pasa de segunda velocidad porque las muñecas ya no permiten un plumilleo más acelerado. No obstante, ése no es pretexto para no orquestar una pieza digna y acorde con sus capacidades actuales. Metallica ya no puede tocar thrash, aunque lo intentan, y eso los hace ver mal en escena y sonar falsamente obcecados a pesar de ser músicos fantásticos.

Por ello no resulta sorprendente que las señoras mencionadas arriba, perfectamente cobijadas por un equipo de diseño en todo sentido, sean las mandamases del momento. ¿Cuándo volverá a sonar fuerte la música? Pregunto.

 

Si nos subimos al DeLorean y viajamos aquí cerca, solamente a la entrega del Grammy en el año 2000, podemos ver que entre los ganadores figuran B.B. King, Santana, Beck, Tom Waits, Poncho Sánchez, Tito Puente, Sting, Eric Clapton, Black Sabbath, Lenny Kravitz, Red Hot Chili Peppers, Eminem y… Metallica.

Y no, no se trata de que repitan aquellos ganadores sino que los actuales tengan más intención, construcción y golpeo, y no sean remedos de un sonsonete masticado hasta el cansancio. Si la música de Kenny G suena a obsequio en una caja de cereal, la música de Beyoncé y Adele bien puede sazonar un comercial de Knorr Suiza. Con tibieza asomaron, sin tanto reflector, Megadeth y Twenty One Pilots.

 

¿Y el rock mexicano? Ah, claro, los músicos mexicanos están entretenidos “actuando” en una película “de rock” llamada ‘El Alien y yo’, hecha entre amigos (vi a muchos viejos amigos en pantalla) y con los peores extras del mundo. Aun cuando la intención de la película es fabular un ápice del mundillo del rock en México, y dignificar a las personas que viven con síndrome de Down (como si eso fuese necesario en este siglo), se queda corto con lo primero y, en cuanto a lo segundo, todo parece producido y dirigido por la peor crapulencia del Teletón.

 

 

La historia no es mala, algunas actuaciones se salvan, pero es pésimamente dirigida y ahí recae el error, porque si tienes la presencia de 2/4 de Café Tacvba, Daniel Gutiérrez y Pascual Reyes, lo menos que puedes hacer es aprovechar su presencia y su experiencia para entregar un producto honesto y digno. Recursos desaprovechados.

 

Pero ésa es la realidad de la música allá afuera y acá adentro. Y nada va a cambiar si de afuera se sigue consumiendo la misma canción con otros intérpretes y los analistas (si es que hay) no tienen la ética suficiente para decir que eso, justo eso, es una pésima broma para los escuchas. Se trata de razonar y de preguntarnos en dónde quedaron la ética y la potencia de Metallica cuando ganó un Grammy por ‘Whiskey in the jar’.

La fuerza política de la música

 

La visión de pesadilla de Anthony Burgess de una élite usando la alta cultura como castigo de los jóvenes se hizo realidad. En la novela distópica de 1962 de Burgess ‘A Clockwork Orange’ el joven rebelde Alex es sometido a la “técnica Ludovico” de las autoridades locales, su personalidad es modificada y remoldeada a través de la música combinada con imágenes, tal como lo hizo muchos años después el ejercito estadounidense con una mezcla de Metallica-El Nene Consentido-Anthrax y en centro de detención escolar en Inglaterra, donde Mozart es el elemento disuasorio contra el mal comportamiento futuro.

 

Así funciona el mundo en la actualidad, el arte puede torturar, sin embargo cuando encontramos graves dificultades, la fuerza política de la música simplemente no se puede resistir. Cuando las cosas serias empiezan a funcionar mal (la economía, los derechos civiles), muchos músicos sienten suficientes golpes como para expresar su insatisfacción. En los 60 estaba la Guerra de Vietnam, la represión gubernamental, social y racial, razones suficientes para quitarle lo dulce a la música y progresivamente volver cada palabra en sustancia política. Pero cuando los tiempos son relativamente buenos, la música parece guardar un increíble silencio.

 

Desde las canciones electorales inventadas en el siglo XVIII hasta las protestas punk de los 80, los lazos políticos de la música no pueden contenerse en una sola categoría, su existencia va mucho más allá de lo obvio. Desde los 60 puedes encontrar esas raíces, con un Bob Dylan capaz de decirle a John Lennon que el tipo de música que hacía era muy fácil, principalmente porque no decía nada importante. Después de ese encuentro los Beatles no pudieron seguir la misma línea, cambiando también la historia de muchos de sus seguidores. Como sea, los mensajes políticos están contenidos en mucha de nuestra música, más de lo que queremos admitir o notar. Resistencia contra lo que no funciona correctamente.

2016 y su alcurnia ochentera

Regalar un disco compacto en Navidad es tan retro y vergonzoso como entrar en un bar y pedir un muppet o un “desarmador”. Ya no hay moral.

¿Qué tienen en común Netflix y el cementerio de músicos y artistas en que se convirtió 2016? En que ambos parecen dedicar su tiempo y sus esfuerzos en hacer un involuntario homenaje a los años ochentas.

Mientras la muerte cargó con David Bowie, Prince y Gene Wilder, entre muchos otros cuyo mayor impacto fue ochentero, el servicio de streaming más importante adhirió a su carrusel verdaderas joyas de la cinematografía palomera como ‘Purple Rain’, ‘E.T.’ y ‘Lethal Weapon’, además de la serie Stranger Things’(con muchas referencias a dicha década y reposicionando a Winona Ryder en pantalla), los episodios V y VI de ‘Star Wars’ y prometió una nueva serie comandada por la otra novia de los ochentas: Drew “My Love” Barrymore.

 

Por otro lado, en ese aparente festival ochentero, el siempre fiel México musical se desbocó con dos bandas de estirpe ochentas como Guns N’ Roses y Metallica, además de los embalsamados en botox Tom Jones y Rod Stewart; y el anuncio de Pet Shop Boys en el Corona Capital y de Neón y Hombres G en el Vive Latino 2017 te hizo pensar en sacar tus gumis, los pantalones de pinzas y el gel Studio Line.

 

¿Por qué ocurre esto si los (no) enterados refieren que los ochentas fueron años en los que hubo menor calidad musical?

Hace unos días una amiga me preguntaba si iba a publicar en Rock 101 una lista de las mejores canciones o los mejores discos del año y le dije que no por una razón muy clara: no tengo meretriz idea de qué se publicó en 2016 por otras dos razones: no tengo tiempo de escuchar la radio o entrar en páginas de novedades musicales y, en realidad, tampoco me interesa mucho. Quizás eso puede sonar irresponsable en un texto de un analista musical pero tampoco hallo la motivación suficiente para hacer investigaciones faltando unos días para que acabe el año.

¿Es por desinterés o por falta de cariño? Porque en todo caso la culpa recaería precisamente en la falta de interés, o bien, en la ausencia de ejemplos que realmente rompan los paradigmas y te muestren que la música ha encontrado un nuevo punto de ebullición, por eso no extraña que G&R y Metallica agoten los boletos en minutos y se abran fechas a granel.

Esto me lleva a pensar en 2015, cuando señalé que quizás el mejor disco del año era el ‘Music Complete’ de New Order, un grupo veterano que supo refrescar su identidad sonora sin encontrar rival a nivel en ese ámbito. New Order, una banda que estalló precisamente en los ochentas como escisión de Joy Division. Curiosamente, un año antes, en 2014, Pink Floyd regresó a los estudios con un disco tan promocionado como estéril llamado ‘The Endless River’ sin encontrar ese cruzado a la mandíbula que permitiera a la banda recuperar un sitio que quizás no les interesa pero que merma su credibilidad ante el curso corriente de las producciones musicales.

Quizás otro rasgo importante para el trazo ochentero de 2016 sea precisamente su aparente escasez musical y no por producciones sino por la falta de trascendencia en todo sentido.

Por eso, uno de los propósitos para el próximo año es estar más pendiente de los noveles y, acaso, de alguna producción sensacional, que debe haber, de esos viejos grupos con una pizca de vanguardia.

El año pasado, para el intercambio navideño-godín, y para continuar con esa tendencia retro, una compañera de la oficina pidió un disco ¡de The Cure! ¿Así o más ochentero el clima? Encima el gobierno está hablando del TLC y hay por ahí un espectáculo llamado Rock en tu Idioma. ¿Qué falta? ¿Una película de acción sobre Ronald Reagan? ¿Una nueva entrega de Rocky? ¡Un momento! ¡La hubo en 2015! En fin.

¡Felices fiestas para todos!

Metallica – ‘Hardwire… to Self-Destruct’

No importa cuánto tiempo haya entre cada disco de música original que se le ocurra a Metallica realizar, de cualquier manera siempre la marca en la que se ha convertido la llamada banda de metal más importante de la historia resultará un hit inmediato y no precisamente por la calidad del trabajo.

 

Vamos, se que se puede malinterpretar pero trataremos de ser lo más imparciales posibles, partiendo de que no hemos sido devotos fieles del grupo y que en su tiempo si despotricamos por el camino andado desde principios de los noventa, y que si bien no somos de los true-metal-headbangers-anarchist-antimaistream-diehardfans que echan en cara el paso de la banda después del cuarto disco, tampoco es que desde hace 25 años todo haya sido maravilloso incluyendo el disco negro.

 

¿Entonces por qué escuchar y reseñar un nuevo trabajo de ellos? Porque no creemos que toda reseña sea para alabar los resultados de algo, y siendo una marca comercial como lo son estos cuatro señores, pues nunca pasará desapercibido,  sobre todo cuando estas más allá del bien y del mal y puedes hacer lo que se te pegue la gana. Así le ha pasado a gente como los Rolling Stones, U2, Radiohead e incluso cosas como Muse. Que hagan lo que hagan ya están en zona de confort e importan más los discos en vivo, o si participan en defender al mundo, si hacen campañas en pro de asociaciones sin fin de lucro, con proyectos ultra viajados que solo un hipster-millennial puede comprender y etcétera. Para que se entienda, no está nada mal todo esto, pero cuando estas acciones rebasan lo esencial es que algo ya no camina bien.

 

Es Metallica señores, los que provocaron el nacimiento de uno de los géneros más nobles y frenéticos; y reivindicaron el camino del sonido conocido como heavy rock. Por eso es importante hablar de un producto de canciones nuevas sin proyectos sinfónicos, conciertos “prueba” para realizar una película o juntar a cuatro gigantes del género para lucirse y decir… nadie como nosotros, llorar a moco tendido en documentales para justificar un trabajo que dejó mucho que desear, trabajar con leyendas como Lou Reed y empeñarse en hacer cosas horrorosas sin que nadie diga nada, al final, son los cimientos de todo un género y los encargados de que el sonido denso y pesado del rock sea aceptado globalmente.

 

Ahora en la estrategia generan video de cada track y poco a poco lo van exhibiendo en la red. De nuevo el mercadeo por encima de lo esencial, algo que en su tiempo intentó The Sun con su ‘Blame It On The Youth’ al sacar el primer álbum con puros videos en lugar de tracks de audio, que obvio no resultó, pues no era una banda reconocida ni mucho menos. Metallica si puede hacer estas cosas y muchas más sin rasgarse las vestiduras, como tocar en medio del infierno, en lo más profundo del mar o en la Antártida en medio de un frio inaguantable. ¿Con que fin?… pues es Metallica y lo que haga será aplaudible y sobre todo redituable.

 

Y así conocimos ‘Hardwire’ como primer single y que sin ser algo brillante, Hetfield y compañía supieron hacer de lo viejo algo novedoso. ¿Hace cuánto no se sentía esa vibra de potencia en una canción de los californianos? La esperanza creció con ‘Moth Into Flame’, una muy buena combinación de melodía, riffs pegajosos, tiempo adecuado, coros y arreglos de muy buena talla. Después nos dan ‘Atlas, Rise!’ que al principio no sorprende y poco a poco nos imaginamos un muy buen homenaje a los viejos Xentrix en cuestión melódica y de duración extensa. Entonces decidimos dejar los videos de lado y escuchar mejor en si orden la obra ya que ha salido al mercado.

 

Pero nos encontramos con que no es una, sino dos partes. No sé si también en la estrategia de marketing y con el boom del vinil, esto haya sido totalmente premeditado, o como se rumora, por la duración de los tracks en donde la mayoría oscila entre los 6 minutos y algunos hasta más. Llega ‘Now That Were Dead’ y nos remonta a los tiempos del Load/Reload solo que se confirma ese deseo de volver a componer tracks eternos y poco a poco se siente que hay algo de más. En ‘Dream No More’ encontramos un riff a la ‘Sad But True’, con James intentando algo en la melodía que termina por ser algo genérico hasta el tiempo del puente donde hay un silencio, para entrar con un solo también poco brillante, y así se van otros seis minutos.

 

La primer parte concluye con ‘Halo On Fire’, la rola de más larga duración con 8 minutos y fracción; y Hetfield arriesgando con una melodía serena para ir aumentando la energía. Buen intento otra vez, pero de la misma manera la monotonía busca justificación en la última parte, aunado a la media velocidad en la que se desarrolla la base rítmica y preguntándonos de nuevo si Robert Trujillo esta en el campo o sigue en la banca, otra vez regresamos a los tiempos noventeros.

 

Por fin llegamos a la segunda parte y creemos que algo trascendente llegará con ‘Confusion’. Encontramos algo más progresivo y un riff más potente, pero Lars tiene algo que no termina por convencer a la hora de golpear los tambores. Todo a medio gas y muy cuadrado, se pierde la magia y hay que aguantar otros minutos de casi lo mismo.

 

Cabe resaltar que tampoco Kirk Hammet muestra algo retumbante en los solos, hasta ahora parece Hetfield y sus músicos. Eso sí, ya encontramos algo más cercano al ‘And Justice For All’ y ‘ManUNkind’ nos lo demuestra desde la intro, de nuevo el mid-tempo que los caracterizó desde el 91, mas atrevimiento en los cambios y James resaltando en la melodía, solo de lira promedio; y terminamos como al principio.

 

‘Here Comes Revenge’ nos da un riff furioso y una base muy a la ‘Enter Sandman’, de nuevo de lo suave a lo enérgico, pero ¿es necesario que dure tanto? Viene ‘Am I Savage?’ de la misma manera comienza como el AJFA pero en cámara lenta, seguida de un riff con crunch pero muy trivial, aquí sí, ni la melodía es tan memorable, vaya, una rola más y el punto más flaco del álbum. Restan dos temas y llevamos ya más de una hora en la duración, sinceramente llega a cansar un poco.  El penúltimo escalón es para el que abiertamente es considerado un homenaje póstumo a Lemmy Kilmister, principalmente en la lírica. Ritmo y melodía puramente rockeros y un solo nada destacable, de nuevo el track se convierte en cansancio.

 

Para finalizar, destaca que ‘Spit Out The Bone’ llega como agua en el desierto y nos despierta de lo que creímos culminaría igual que casi todo el trayecto. Como al principio, lo viejo se convierte en novedad y frescura. Una canción llena de potencia y velocidad, lo más puramente thrash de todo el viaje y que parece el as bajo la manga para cerrar dignamente el disco. Aquí los siete minutos y fracción no provocan sufrimiento.

La conclusión es que definitivamente Metallica por fin hizo un trabajo sin la necesidad de satisfacer a nadie más que a ellos mismos, por algo duran demasiado los tracks. Pasando por casi todas las etapas de la banda, destacando el tiempo del ‘And Justice For All’ con el de ‘Load/ Reload’. ¿Qué si es lo mejor desde el álbum negro? Sí. Pero tampoco es algo que pueda volarte la cabeza. De doce nos quedamos con seis, lo cual nos habla de algo promedio.

 

No faltaran los fans que perdonan todo y estarán más que gustosos afirmando que no hay nada mejor que este disco en los últimos años. Si verdaderamente les gusta el género, también sigan lo más reciente de Anthrax, Exodus, Testament y varios más de la vieja escuela. Entenderán el por qué Metallica decidió regresar de esta manera.

 

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