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Memento mori, una reflexión musical

Un concierto hermoso, donde a la reflexión acerca del memento mori contrasta con la belleza espectacular de la música rusa, dejando claro que la obra trasciende al hombre. Una muy grata sorpresa fue el concierto de Nielsen, el cual no conocía y que me pareció francamente estupendo, una obra compleja y difícil para el solista, esencial para el repertorio del instrumento y que fue ejecutado magistralmente por la muy joven maestra Ana Emilia Castañeda de la Facultad de Música de la UNAM y que, por mérito propio, ganó la oportunidad para presentarse con la bellísima OFUNAM bajo la dirección del maestro Quarta. ¡Enhorabuena!

En este mundo sólo puedo tener la seguridad de dos cosas, que tengo que pagar impuestos y que todos vamos a morir. Sin embargo, a pesar de lo triste que es pagar impuestos, con lo que generalmente no podemos lidiar es con la idea de morir, el egocentrismo del ser humano le hace pensar que una obra tan perfecta –XDXDXD– debería de ser eterna y pues no, la cosa es que generalmente uno se pone triste, cosa muy natural, pero uno no llora por aquel que murió, uno llora por lo triste que queda uno con esa ausencia, lloramos por nosotros mismos, raramente por quien muere.

Así, Sibeluis escribe su Vals Triste, música incidental para una escena teatral en la que una mujer agoniza en su lecho, acompañada de su hijo; ella, más allá de la realidad comienza a imaginar una escena donde aparece rodeada de parejas que bailan este vals, la música suena un tanto rota, un tanto descompuesta, dulce y amarga a un tiempo, desesperada ante la cercanía del momento, los temas son muy íntimos, como un monólogo que debiera ser un diálogo, no hay interlocutor, es la mujer y su muerte, personalísima, encarnada en la efigie de su esposo muerto que viene a recogerla; este vals se apaga con la amarga certeza de una despedida definitiva.

 

 

El Concierto para Flauta de Nielsen es una cosita deliciosa, la flauta crea melodías hipnóticas, altamente rítmicas y a lo largo de sus dos movimientos interactúa de manera fantástica con el clarinete, el trombón o la viola en duetos casi acrobáticos. Dulce y juguetona, la voz de la flauta desarrolla momentos hermosos, monólogos que se convierten en manifiestos, hábiles y delicados pero también precisos, como el vuelo de una libélula. Un concierto modernista, dentro de la vanguardia musical del siglo xx y absolutamente maravilloso.

Durante los últimos siglos de la Edad Media, ya bien afianzado el poder terrenal del clero y la espada, con una Europa más o menos estable geopolíticamente, cambia el discurso iconográfico del yisus pantócrator –el que gobierna todo, el del poder absoluto– como representación del emperador o del papa como cabeza política del poder y migra hacia una conciencia más humana en contraposición a lo divino y por supuesto más individual –recordemos que ya se acerca el Renacimiento y el humanismo como centro del discurso filosófico–.

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Así, aparece un personaje que puede tener las más disímbolas representaciones, desde más las jocosas hasta las horrorosas, su majestad la Muerte. La tradición de representar esta muerte –la gran igualadora–, como la propia, la del caballero, la de la doncella encarnando a la belleza y su transitoria temporalidad, la del otro, también aparece en la música, la Danza Macabra de Saint–Saëns es una de las más hermosas y reconocidas.

No es una obra fúnebre, no es doliente sino jocosa, divertida y terrible, el violín hace hablar a la Muerte, que te recuerda que tú tampoco escaparás de esta danza, la final, donde te podrás despedir alegremente de tu vida, sin resentimientos; tuviste toda una vida para hacer lo que quisiste pero ese tiempo se acaba, ahora te despides festejando como los grandes; el tema que aparece en el xilófono es quizá el más asociado con el sonido que producirían los huesitos de la muerte al chocar. En fin, una obra divertida que nos coloca en el punto de reflexión, a comer y a bailar que el mundo se va a acabar.

 

 

El Príncipe Igor es una ópera de grandes dimensiones que Borodin dejó inconclusa y fue terminada a su muerte por sus amigos Liadov y Rimsky–Korsakov. Las Danzas Polovotsianas son la parte final del segundo acto donde los polovots festejan su victoria sobre los ejércitos de varios príncipes rusos, Igor incluido; esta pieza, una danza coral, refleja todo el esplendor de la música rusa del siglo xix, ambientes suntuosos y brillantes, temas apasionados y una orquestación espectacular hacen de ella una de las más emotivas del repertorio ruso. Magnífica, hermosísima.

OFUNAM Programa 4 Segunda Temporada 2018

Massimo Quarta, Director Artístico

Ana Emilia Castañeda, Flauta

Vals Triste

Jean Sibelius (1865–1957)

Concierto para Flauta y Orquesta

Carl Nielsen (1865–1931)

Danza Macabra

Camile Saint–Saëns (1835–1921)

Danzas Polovotsianas de El Príncipe Igor

Alexander Borodin (1833–1887)

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