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Mariles y Arete, de la gloria a la tragedia

El establo estaba sucio y mientras un caballerango limpiaba, de mala gana le soltó un cubetazo en la cara, no pudo evitar el golpe directo en el ojo y quedó tuerto. “Este caballo de porquería no sirve para nada”, decían continuamente los soldados, que usaban al equino para iniciarse en el deporte ecuestre. En una práctica, su poca pericia condujo al caballo hacia una rama, se rompió la oreja y un trozo quedó colgando, ahora no veía con el ojo derecho y no escuchaba bien con el oído izquierdo, pero ese trozo de oreja colgando, le dio nombre: Arete.

Arete, el criollo alazán nacido en Guadalajara en 1938, sólo tenía maltrato en su destino. “A ver tú, Mariles, a ver si puedes con ese caballo tuerto de porquería”, le dijeron al militar, que acudió a estudiar al delgado caballo. Fue una sincronía instantánea. No era Humberto Mariles montando a Arete. En ese momento, nació un centauro.

Humberto Mariles se encargó personalmente del cuidado de Arete, de entrenarle y comprenderle a diario, de darle confianza para dejar en sus manos su ceguera y su falta de oído. El Teniente Coronel Mireles creyó en Arete, hasta asegurar que con él, con su flacura y sus discapacidades, ganaría eventos por el mundo. Nadie le creyó y el primero en decirlo abiertamente fue el Presidente Miguel Alemán, quien quería evitar la deshonra de una representación nacional escuálida y decadente, por ello, le prohibió salir a competir en nombre del país con lo que literalmente el Primer Mandatario llamó: “ese caballo tuerto”. Para Mariles, el insulto fue personal.

Las logísticas de la gira internacional de 1947 estaban hechas y aunque recurrió al ex Presidente Manuel Ávila Camacho, para que intercediera por su causa, antes de darse la cita, el militar desacató la orden presidencial. Viajó, compitió…y ganó.

Ganó en Canadá. Llegó a Europa y pocos creían que ese flaco caballo diera batalla, pero en Roma, el equipo tricolor triunfó en el Concorso Ippico Internazionale –título que sólo México y Estados Unidos han ganado como países no europeos- y así el mundo ecuestre empezó a hablar con seriedad y respeto del deporte ecuestre nacional.

En 1948, tras dos Guerras Mundiales, Londres recibiría los Juegos Olímpicos y el centauro tuerto y desobediente estaba listo para enfrentar el triunfo. El 13 de agosto fue turno de Mariles que con Parral y el equipo azteca, subieron al podio en la prueba de los Tres Días, con el bronce.

Al día siguiente sería turno del ligero Arete, al lado de Mariles. Con ambos, México ganó los primeros dos oros olímpicos de su historia en salto individual y salto por equipos. El Estadio de Wembley escuchó por vez primera el Himno Nacional Mexicano (curiosamente 64 años después, el futbol mexicano volvería a entonarlo ahí mismo el mismo Himno, al ganar también un oro olímpico).

Tras la gloria llegó el perdón Presidencial, pero no el de la milicia, no a un desobediente.

Cuatro años después, Arete estaba en el establo con Cordovés, que le rompió una pata al medallista olímpico y aunque intentaron ponerle una placa de plata, la muerte era el único remedio a su sufrir. Arete fue enterrado con honores en el lugar que lo vio crecer como el mejor equino del mundo, en lo que hoy es la explanada del Centro Deportivo Olímpico Mexicano. Entre el dolor, meses después Mariles compitió en los Juegos de Helsinki 1952 con Petrolero pero nada fue lo mismo, no hubo el brillo del podio.

Años más tarde, el Teniente disparó contra un civil tras un altercado. Lo llevó a la Cruz Roja y se hizo responsable de lo que sucediera con el hombre que luego falleció; esa muerte llevó a Mariles a la prisión más lúgubre de México: El Palacio Negro de Lecumberri y tras meses de litigio, el triple medallista olímpico salió libre.

En diciembre de 1972 estaba en París, donde antes de tomar el vuelo de regreso a México le sembraron heroína, para acusarle de narcotráfico, lo encarcelaron y aunque su abogado reunía las pruebas para probar la injusticia, el veredicto del mexicano ya estaba escrito. Un día antes de su audiencia, el guardia acudió a su celda y Mariles no respondía. Unos hablaron de envenenamiento, otros de suicidio. No importó el “cómo”, sólo el “qué”, Mariles había muerto.

El éxito en la gloria olímpica y el repentino paso de la muerte se abrazaron con fuerza al binomio único en la historia de México. Hoy, una escultura en el Centro Deportivo Olímpico Mexicano, recuerda a aquel centauro.

 

 

NOTA TÉTRICA. Según Rogelio Hernández Huerta, periodista especializado en el deporte ecuestre, cuenta que siendo estudiante, durante la construcción del Centro Deportivo Olímpico Mexicano, se levantó el asta bandera de lo que era el centro de entrenamiento ecuestre y debajo estaba la osamenta de Arete. Los militares mandaron tirar los huesos a la basura, pero Rogelio tomó la funda de su almohada y allí metió la cabeza del caballo, con la meta de sacar poco a poco los restos; al regresar, sólo encontró un casco de Arete y en un encuentro en Lecumberri con Mariles, el militar le pidió que se quedara a cabeza pero le diera el casco “porque es el símbolo del impulso y de la fuerza, es lo que necesito para salir de aquí”, le dijo. Nunca pudo hacer la entrega y ahora en la Asociación de Pentatlón Moderno Militarizado, reposan los pocos huesos del equino que hizo cambiar el biotipo de los caballos de salto ecuestre.

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