Manhattan

Schrager tiene 71 años y habla con acento de Brooklyn y una voz profunda y ruda. A veces suena como si estuviera haciendo gárgaras. Su cara está moteada y habitada, y tiende a estrechar sus ojos mientras habla, como si te estuviera evaluando. Se ve, en otras palabras, como un viejo matón, pero también hay una apertura que me recuerda vagamente a Tony Soprano en terapia, forzándose a sí mismo a hablar sobre sus sentimientos. O en este caso, su vergüenza.