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¿Otra bioserie más?

Hace mucho que en México no teníamos un movimiento televisivo tan importante que reúna a todos frente al aparato a ver algo en específico, a excepción de eventos como el próximo mundial o los debates presidenciales que ya les falta poco para convertirse en especiales de “El Privilegio de Mandar”. Me refiero a algo como “Siempre en domingo”, las noches del Chavo del Ocho, al jubilado Chabelo o, en el mejor de los caso, a realities como Master Chef o la Academia.

Admitámoslo, ya nadie le ruega nada a la televisión mexicana, que en general sigue un modelo arcaico en sus producciones como si su público fuera el mismo y como si no existieran millones de opciones con un solo click en smartphones, computadoras y televisores. Simplemente dejamos que fluya, enterándonos de sus desperfectos a través de Internet.

Entonces fue cuando Disney y SOMOS Productions crearon uno de los productos más extraños, al menos para la casa del ratón, y llamativos para la audiencia mexicana: “Hasta que te conocí”, la serie que narra las vivencias de Juan Gabriel hasta el punto en el que logra el éxito. A pesar de ser la historia de uno de los personajes más icónicos de Latinoamérica, la serie sólo logró un séquito de fans modesto que mantenía en boca de pocos las vivencias del Divo de Juárez. El verdadero y lamentable gancho fue su muerte el 28 de agosto de 2016, mismo día que el final de temporada se emitiría.

Sin importar errores de continuidad y eventos que no concuerdan en la vida del cantante, la serie tomó por un momento el estandarte de culto, inclusive se volvió a retransmitir días después de su final en Telemundo, TNT y TV Azteca; y fue así como este evento mediático sobrenatural dio nacimiento a la producción desmedida de la bioserie.

Jenni Rivera, Joan Sebastián, Paquita la del Barrio y Luis Miguel han sido portadores de esta nueva tendencia de producción original, en una época donde las dos grandes televisoras del país prefieren comprar series extranjeras por el ahorro en costos, y que ha cautivado a muchos.

¿Qué tiene de grandioso la bioserie? En realidad nada. Si nos ponemos a pensar, lo que le preocupa vendernos a las televisoras es el chisme, esa intriga que nunca han revelado ni siquiera las figuras que intentan representar, sobre la calidad. Al menos dos de los cuatro artistas ya mencionados tuvieron dos bioseries que vagamente fueron etiquetadas como “la autorizada” y “la no autorizada”, emitidas al mismo tiempo. ¿Por qué? ¿Qué me haría ver a mí, espectador, dos series con la misma trama más allá del morbo? Dudo que sean sus excelentes interpretaciones o su buena dirección o sus ambientaciones tan certeras a su época; cada una de ellas tiene sus pecados.

Otra cosa que hay que recalcar es el uso del término serie y es que por contener trece episodios ya sienten que cumplen con el requisito. Todas estas producciones cargan una tonalidad de melodrama digna de telenovela, con situaciones que un poco más mal llevadas y se terminarían convirtiendo en comedia involuntaria, sin sentido, por el exceso de enjundia en el personaje.

La serie por otra parte es drama: es aquel monólogo de Tyrion Lannister hablando por primera vez con los dragones de Daenerys, es aquel final de temporada de Mad Men en el que Don Draper vendiendo la publicidad del carrusel fotográfico, es Jessie Pinkman marcando al celular de Jane después de muerta. El drama no necesita necesariamente un presupuesto excesivo sino un buen guionista que lo sepa llevar.

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Ya por último está el valor agregado de Netflix. Uno de los factores importantes de la cadena de streaming es su capacidad de producir sin tener nacionalidad, otorgando producciones originales a los países y directores que tengan la capacidad de hacerlo. Alemania tuvo a Dark, la cual ya confirmó segunda temporada; las Wachowski tuvieron por un momento Sense 8; y Netflix se encargó de seguir el fenómeno inglés que la BBC no pudo continuar con Black Mirror.

Imaginen cuentas o investiguen costos de producciones, lo cual será más doloroso si nos ponemos a pensar que México tiene como producciones originales a Club de Cuervos de Gary Alazraki (con un spin-off ya confirmado) y la serie de Luis Miguel que termina siendo una coproducción con Telemundo. ¿Ven el contraste entre calidades? Lo hay, y es que al menos la última sólo se vale de momentos metidos aparentemente a la fuerza (como llamar a Sabritas “Saboritas” o poner a la hijastra de Enrique Peña Nieto como hija de López Portillo) y de lo malo que es el personaje de su papá. Al menos por parte del público no existen opiniones que no sean expresadas por medio de memes.

A dos años de la llegada de la bioserie, con más por venir como la de Selena Quintanilla, en México ya hemos quemado el formato. Más que eso, nos venden telenovelas en forma de serie, y por si fuera poco hace hincapié en la escasez de guionistas o el apoyo a ellos en nuestro país. Una batalla de refrito contra originalidad, la cual hace mucho podría haber sido decidida por productores, hoy tiene como motor el gusto del mexicano, el que gusta de calidad extranjera y se condesciende con el mismo tipo de producciones de su país. No es malinchismo exigir calidad en nuestra televisión sino conformismo.

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Atlanta, el rap y la televisión más allá del entrenimiento

 

La televisión tiene su antes y su después. Hubo una época donde la televisión obedecía al fordismo: producción de programas de televisión en cadena, por lo general con temáticas con las que toda la familia se convirtieran en espectadores. Todo esto cambio en 1999 con David Chase y la creación de ‘Los Soprano’ estableciendo el modelo de televisión norteamericana que conocemos ahora y marcando pauta a “La Era de Oro de la Televisión”, parte de esos contenidos con un fondo interesante más allá del entretenimiento encontramos a ‘Atlanta’.

Estamos a punto de cumplir veinte años de buena televisión, el espectador de “la caja tonta” se ha vuelto demandante y crítico. ¿Qué es lo que buscas en una serie de televisión? ¿Una producción de millones de dólares por episodio como en ‘Game of Thrones’? ¿Pasar el rato con sitcoms al estilo ‘How I Met Your Mother’? ¿Sentirte parte de algo, de esa experiencia que viven los protagonistas como en ‘Sons of Anarchy’? ¿O simplemente ver tantas series como se puedan?

Hay tanto que ver pero, siendo sinceros, son pocas las series que alcanzan ese punto magistral que deja el entretenimiento a un lado para encasillarse en el culto. ‘Los Soprano’, ‘Mad Men’, ‘Breaking Bad’ entre otras tienen ventaja porque se van por el lado humano del individuo, aquel en el que la necesidad hace evolucionar al personaje, por lo que la tragedia es un gancho seguro para el espectador.

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¿Pero qué pasa cuando es comedia, un género empoderado por el sitcom y sus risas de fondo falsas para garantizar el entretenimiento? Son pocos los ejemplos pero Aziz Anzari lo logró con ‘Master of None’ y ahora lo hace Donald Glover con ‘Atlanta’ para FX.

La serie se centra en Earnest “Earn” Marks (Glover) un joven que ha abandonado la universidad de Princeton. Tras esto, su vida tiene como eje principal la necesidad de demostrar que vale algo ante los ojos de su exnovia, Vanessa (Zazie Beets), su hija y sus padres. La vida le da una oportunidad cuando ve que la carrera de rapero de su primo Alfred (Brian Tyree Henry), bajo el seudónimo de “Paper Boi”, va en ascenso y decide convertirse en su representante.

El principio de la serie es la crítica hacia la crítica, la mofa hacia lo políticamente correcto y a la forma en las que las cosas se hacen ahora. Donald declaró en algún punto que ‘Atlanta’ era su versión de ‘Twin Peaks’ pero con raperos. La serie toca el surrealismo (no tanto como la de Lynch) presentándonos a un Justin Bieber negro; capítulos que destrozan la narrativa tradicional de las temporadas, como en B.A.N. el cual monta todo un talk show con todo y comerciales; y largas tomas para largas conversaciones en dupla que sólo terminan en lo absurdo.

Pero esto no hace de la serie una simple comedia dirigida para un público afroamericano. La primera temporada nos presenta a Earn (que traducido en español es “ganar”, lo cual raya en el metarrealismo de la serie) necesitado y que a pesar de su precaria situación encuentra formas de solucionar la situación, aunque sea a corto plazo; a Paper Boi que tiene que lidiar siendo la burla de su vecindario; y a Darius (Lakeith Stanfield), quien pasa de ser compinche a un personaje con momentos de brillantez que superan los de su estupidez recurrente.

La segunda no se va tanto por ese lado absurdo a los que nos acostumbraron los primeros diez episodios, tomando una estructura más lineal para presentarnos la evolución de dos de sus personajes. Earnest deja la miseria para poder ser el hombre que quería para su hija, pero a su vez tiene que lidiar con el mundo del manager y mejorar para no ser la sombra de otros; mientras que Alfred, quien toma la batuta de personaje principal en muchos de los nuevos capítulos, está en un conflicto de personalidad al haber alcanzado la fama que busca.

Lo que hace a Atlanta una serie digna de verse es la capacidad de mezclar su fotografía, a cargo de Christian Spenger (‘Baskets’; ‘The Last Man on Earth’); la dirección de Hiro Murai, quien antes de dirigir series como Legión se dedicaba a dirigir videos musicales; y la creatividad de Donald y Stephen Glover, de quienes corren a cargo la mayoría de los guiones. Esta mezcla homogénea nos da una sensación de honestidad, ese aire documentalista que no posee la comedia y que cada vez cambia más por el gag fácil y al grupo de amigos con personalidad única que busca pasarla bien.

Atlanta habla sobre la dificultad de llegar a la cima en momentos donde la vieja escuela choca con la nueva: donde internet y Spotify han cambiado completamente el mercado musical en la búsqueda de vender; donde el rap ha cambiado el anarquismo por volverse el nuevo pop; donde el ser negro o gangster es cool; donde cualquiera puede ser artista.

Donald Glover deja a un lado su piel de Childish Gambino para ser el tipo detrás de, mientras se siguen desarrollando junto con sus colegas en el barrio que los vio crecer y no en un mundo de dinero y fama. ‘Atlanta’ es el vivo ejemplo de la era de oro de la televisión.

La era post – Draper: 10 años de Mad Men

Mad Men: término acuñado a finales de 1950 para describir a los ejecutivos publicitarios de la Avenida Madison… Ellos mismos lo acuñaron”. Ese slogan de entrada, bajo la rigidez del blanco y negro y la versatilidad del Arial en cursiva, nos hizo entender y de inmediato comprar el egocentrismo al que nos enfrentaríamos durante siete temporadas, adornado de dinero, mujeres y éxito.

Reforzando la idea, entra a modo de fade out la escena de un bar, todos se desviven por contar sus historias que van siendo modificadas con el pasar de las copas. En el fondo, un camarero de tez negra se acerca a la mesa de un hombre impecable que sólo raya en una servilleta. Comienzan a charlar sobre cigarrillos hasta que llega el jefe de meseros a reprender a su trabajador. Aquel hombre de negocios no ve diferencias entre colores de piel, los dos están para servirle. Manda al blanco por su trago y sigue platicando con el negro. Ninguno de los dos se percata de que Don Draper ha obtenido las ideas que necesita y mucho menos que el telespectador ha sido testigo de su magia.

 

Hace una década fuimos testigos del primer episodio de ‘Mad Men’, la serie de Matthew Weiner producida por AMC con la temática más arriesgada de la historia. Nadie quería realizar algo por el estilo ¿Quién quería ver el mundo de la publicidad a través de su televisor? Ese es el punto: Mad Men no es sobre publicidad de productos, sino de la persona. Personajes, a simple vista perfectos, que se esfuerzan por no pudrirse por dentro día con día, vendiendo la mejor versión de sí mismos en un juego de apariencias sin precedentes.

La producción nos sumerge en el mundo de Don Draper (Jon Hamm), un director creativo de la firma de publicidad Sterling Cooper, establecida en Manhattan. El estrés, el machismo, el adulterio y los excesos del personaje son presentados sin tapujos. De hecho, son todos estos elementos los que se presentan primero para construir al personaje, dejando a un lado su rol como padre de familia y el desempeño en su trabajo.

Aunque esté lleno de defectos, el encanto de Don se siente genuino y se debe a la inspiración de distintos publicistas que el carisma del personaje sea tan real: Draper Daniels, quien le da las iniciales y el apellido, además de ser el creador del Hombre Marlboro; Albert Lasker, conocido como el padre de la publicidad moderna; Emerson Foot, trabajador de la empresa McCann-Erickson, misma que es la competencia de Sterling Cooper en la ficción; George Lois, quien ha llamado al personaje un “patán sin talento” a pesar de sus similitudes; entre muchos otros. Tal vez eso mismo lo dota de la complejidad y el misterio que el personaje goza, y que nunca terminan de develar en la serie.

 

Lo que diferencia a ‘Mad Men’ de un drama telenovelesco son las relaciones, cuyo núcleo siempre será nuestro protagonista. Todas esas personas a su alrededor representan los ángeles y demonios, así como el pasado y futuro de Draper: Pete Campbell (Vincent Kartheseir) es el anhelo de Don por alcanzar todos sus objetivos, inclusive aunque fueran imposibles; Peggy Olsen (Elisabeth Moss) su suerte y la madurez rápida que adopta en su labor; Joan Harris (Christina Hendricks) su belleza y la serenidad con la que toma las decisiones; su hija, Sally Draper (Kiernan Shipka), su tormentosa infancia; y Roger Sterling y Bertram Cooper (John Slattery y Robert Morse, respectivamente) sus posibles destinos dependiendo del sendero que elija.

Pero la vida de Don no sería la misma sin sus múltiples conquistas, y no es porque sean ambiguas ni mucho menos un complemento: son mujeres empoderadas y que demuestran inteligencia a pesar de que podrían obtenerlo todo con su belleza. A pesar de ser ambientada en 1960, la figura de la mujer rompe con todos los moldes de conducta, se les da espacio para ver su trascendencia y cómo resultan ser la columna vertebral y contrapeso de la vida del hombre más codiciado del ámbito publicitario.

Si pudiéramos definir las siete temporadas en una sola frase del ingenio de Don Draper sería “házlo simple pero significativo”. Weiner se dio a la tarea de crear una historia cuyos personajes son participes del armado, bajo un guión concreto y ágil que tardó en tomarse sus libertades sin llegar al libertinaje. No son las situaciones que nos presentan las que hacen interesante este drama, sino las respuestas de sus personajes: cada parlamento es hábil, haciendo explotar a su contestatario de otra forma aún más aguda, convirtiendo cada conversación en una lucha por sobresalir.

Las escenografías y el vestuario caen en lo simplista sin dejar el glamour que requieren, dejando que el espectador se centre en la trama y en las actuaciones que no tienen otra descripción más que ser perfectas. Así mismo, todos los elementos están señalados afinadamente gracias a la gran habilidad de establecernos en el tiempo con sucesos de la historia norteamericana y la capacidad de involucrar a los personajes en ella.

Tal vez tras sólo una década de su estreno, ‘Mad Men’ podría ser denominada como una chick flick vestida en un traje de negocios, sin ser de gran relevancia entre la nueva generación de seriefilos. Sin embargo, debería de serlo, ya sea porque entra en el puesto número cuatro de Las 100 mejores series de toda la historia según Rolling Stone, o porque nos presenta el ascenso y el declive de uno de los personajes más enigmáticos e influyentes de la historia de la televisión, detonando cada una de sus pasiones, sueños e inseguridades frente a nosotros.

Además, nos entregó al gran actor que lo interpreta. Después de su rotundo éxito, Jon Hamm no ha tenido un papel tan relevante en televisión o cine y él no lo quiere así por el desgaste psicológico que le causó la mente de Donald Francis Draper. De todos modos, ambas pantallas son demasiado chicas para su naturaleza.

Feliz décimo aniversario, ‘Mad Men’.

 

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