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Belleza y elegancia del discurso romántico de Schumann

En un gran concierto donde pudimos apreciar tres pensamientos musicales totalmente distintos, la energía, belleza y elegancia del discurso romántico de Schumann, la energética propuesta sonora de la reinterpretación beethoviana que inserta elementos ajenos entre sí, forjando una propuesta sólida e interesante y el pensamiento anacrónico de un fervoroso católico (sic) que expresa su pensamiento religioso a través de la vacuidad de un collage sonoro posmodernista. Excelente trabajo en las percusiones del maestro Dominique Vleeshouwers y la OFUNAM bajo la muy dinámica dirección de la maestra Elim Chan.

Con Brío es la notación más frecuente en las partituras de Ludwigvan, así, a raíz de una invitación hecha por el director Mariss Jansons para componer una obra contemporánea retomando la técnica musical del grandioso LvB y conjuntarla con las tendencias musicales contemporáneas Herr Widmann crea una gran propuesta musical que titula con esta notación tan beethoviana, reinterpretando las formas estructurales clásicas y trayéndolas a un lenguaje musical actual, con disonancias, atonalidades, recurriendo a técnicas no ortodoxas en la interpretación instrumental como percutir la caja de resonancia de los instrumentos de cuerda o el provocar resoplidos con los instrumentos de aliento y también, por muy breves momentos, existen las citas obligadas a LvB, particularmente de la séptima y octava sinfonías. La obra es un ejercicio sonoro quizá un poco difícil de comprender en un primer momento pero que plantea ideas muy interesantes.

 

 

Realmente me cuesta mucho trabajo entender la religiosidad exacerbada del ser humano después del siglo XIX, yo mismo fui educado por una ferviente católica, sin embargo la figura de dios no resiste un análisis profundo a través de la razón; el postulado nietzscheano que señaló la muerte de Dios no implica que haya ocurrido el deceso de alguien, es hasta infantil pensarlo de ese modo, sucede simplemente que el mito de la divinidad –léase aquí cualquier divinidad, tooooodos los dioses habidos o por haber– se ha vuelto insostenible, aun así existe gente que rige su vida –y la consagra– a ese mito consolador de Dios.

MacMillan es de esa gente, un hombre que, inmerso en la posmodernidad, aún se aferra desesperadamente a la religiosidad huyendo de la razón. Esta obra, que bien puede ser entendida como un concierto para percusiones y orquesta, es un manifiesto religioso que a través de una colección inconexa de fragmentos sonoros proyecta un discurso que denota la completa vacuidad del posmodernismo a través de recortes, pasajes aislados y fragmentos que recuerdan vagamente eras anteriores; citas barrocas, líneas melódicas en las percusiones que ejecutan un gran trabajo con pasajes de gran virtuosismo y belleza y que junto con la orquesta van creando ambientes escatológicamente apocalípticos.

 

 

El final anunciado pronto llegará, alabanzas a una divinidad sorda y evidentemente muda; las cuerdas y las maderas salen cada quien por su lado en planos armónicos distintos que producen disonancias non gratas y finalmente la obra no deja de tener un mood de música cinematográfica. Hacia la conclusión de la obra no me queda muy claro si el fastidioso tañer de las campanas llaman a misa, se tañen pro defunctis, anuncian la venida del señor –esta frase me causa reconcomia cada que la escucho, jajaja– o la llegada del final, final, finalísimo de los tiempos donde vivos y muertos serán juzgados y su reino (suyo de él) no tendrá fin…

La Sinfonía Cuatro de Schumann es, a mi gusto, una de las obras más profundas del romanticismo. Aunque es de sus primeros trabajos sinfónicos, no la concluyó sino hasta después de la tercera, la famosísima Renana por lo que está marcada como la cuarta y está dedicada a Clara, su esposa. Esta obra describe diversos ambientes sentimentales como la jovialidad, la fuerza y el empuje de la juventud; la grandiosidad del pensamiento a través de sonoridades vibrantes y espectaculares; sin embargo pronto pasamos a un ambiente triste, fúnebre, muy profundo e intenso del cual nos rescata el solo del violín principal, que aparece como un trino o como un refrescante trago de agua. La obra se renueva, luminosa y reflexiva para desarrollar los últimos movimientos con una alegría visceral, deliciosa e intensa, donde los metales y cuerdas acometen con gran impulso hasta lograr un cierre casi beethoviano, magnífico en verdad.

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OFUNAM Programa 3 Segunda Temporada 2018

Elim Chan, Directora Huésped

Dominique Vleeshouwers, Percusiones

Con Brío

Jörg Widmann (1973)

Veni, veni, Emmanuel

James MacMillan (1959)

Sinfonía No. 4 en Re Menor, opus 120

Robert Schumann (1810–1856)

OFUNAM Programa 3 Tercera Temporada 2016

El Laberinto de la Soledad, inevitablemente alude a la obra de Octavio Paz, quien definió quizá fatalmente la mexicanidad, sin ambages ni concesiones. Esta obra es estridente, como el mexicano, compuesto de fragmentos, amorfo pero con una identidad, indefinible pero palpable, detectable; las sonoridades del nacionalismo mexicano y algunas citas folklóricas la sitúan en el México idílico de las películas de la Época de Oro pero con citas sonoras de música de mariachi o hasta de banda en las que usa un lenguaje más moderno, más cercano a nosotros, lo que crea delicados juegos con situaciones temporales paralelas en las que puede uno reencontrarse con episodios pasados, derivando en caminos subsecuentes, mirándose en las paredes del laberinto, que nos devuelven una mirada ajena, que no es la nuestra, que es mexicana, que no sabemos muy bien qué es.

 

La obra que marca el inicio del nacionalismo mexicano, al integrar constantemente la influencia de la música popular a la música académica es el Concierto Romántico de Ponce, y tiene una gran relevancia tanto artística como histórica. Nos encontramos con una obra apasionada, absolutamente romántica y encantadora, el discurso orquestal es desbordante, la suavidad con la que usa los cellos es una constante en la música de Ponce y el discurso del piano es impresionante, con gran riqueza sonora, romántico, emotivo y deliciosamente apasionado. Aunque está dividido en tres movimientos, se interpreta de corrido, influencia de la música y estilo de Franz Liszt, pues Ponce realizó estudios con Martin Krauze, discípulo de aquel. Este sea quizá, el concierto más emblemático de aquel período de la música mexicana y es una verdadera joya.

 

 

La Cuarta Sinfonía de Ludwigvan es quizá la más relegada pues –y aunque parezca una obviedad– quedó entre la tercera y la quinta, dos de las más famosas y con fuertes personalidades, una grandilocuente y épica, la otra tremendamente dramática y hasta trágica; así, la cuarta, con su personalidad jovial y alegre, quedó un poco a la sombra; por otro lado, una de sus grandes características, aparte de su vivacidad y brillo, es que reinterpreta de manera magistral la música clásica, el mundo de Wolfie y de Haydn reinterpretado por la mente maestra del Romanticismo, aunque yo también percibo muchos elementos de la música de Rossini pero por otro lado, sigue planteando formas nuevas, el primer movimiento que comienza en Adagio, el tema del tercer movimiento que reaparece al final del mismo, las repeticiones temáticas y diversos recursos rítmicos hacen de esta obra una gran, gran muestra del genio creativo e innovador de Ludwigvan, quién no sólo se apropia de la música anterior a su música, la reinterpreta, la transforma y la hace grande, a su manera.

 

 

Un concierto riquísimo, desde el laberinto sonoro del muy joven maestro Contreras, quien estuvo presente en la sala, uno de los conciertos más trascendentes del repertorio mexicano con el maestro Ritter en el piano, que en lo personal, es uno de los intérpretes que más disfruto escuchar y quien realiza una loable labor en la difusión de la música mexicana de concierto y por supuesto, la Quarta del Ludwigvan dirigida por el maestro Quarta en la batuta quien imprimió fluidez e hizo ligera y brillante la sinfonía beethoviana contra la costumbre de hacer pesada la música de Ludwigvan y a quien tuvimos oportunidad de escuchar hace algunos meses interpretando en el violín el concierto de Bartók de forma magistral. Es verdaderamente sorprendente la versatilidad con la que la OFUNAM interpreta, de forma tan hermosamente perfecta, obras de carácter tan diferente como las que escuchamos esta noche y sin embargo, parece tan fácil que sólo nos queda disfrutar porque siempre es un placer.

OFUNAM Programa 3 Tercera Temporada 2016

Massimo Quarta, Director Huésped

Rodolfo Ritter, Piano

El Laberinto de la Soledad

Juan Pablo Contreras (1987)

Concierto para Piano No. 1 en Fa Sostenido Menor, Romántico

Manuel María Ponce (1886–1948)

Sinfonía No. 4 en Si Bemol Mayor, opus 60

Ludwig van Beethoven (1770–1827)

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