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Tutti-Frutti, el under chilango 30 años después

Por Luis Burgoa

Si algún recuerdo perenne y entrañable guardo de las pocas ocasiones que visité el legendario Tutti-Frutti a finales de los 80, era la afabilidad y camaradería de los que ahí laboraban o se reunían para reventar; ubico perfecto la primera vez que fui con mis amigos de la preparatoria, todos sureños, todos clase-medieros, un poco fresas tal vez, pero todos con gustos afines por lo extraño, por la música oscura y poco comercial, por la ropa new wave de estilo dark, el delineador negro y obviamente a esa tierna edad (17-19 años) con una inclinación por reventar y bailar.

Ver a toda esa banda subterránea con cabello erizado, tatuajes (en aquella época, algo muy poco común), la moda avant-garde, el maquillaje sin distinción de género, era de inicio un poco intimidante, ya que despertaba prejuicios aun entre los que hacíamos lo mismo o nos veíamos iguales que ellos; sin embargo esa sensación duraba un breve instante al darte cuenta de que casi todos aun sin conocerte, te saludaban, te preguntaban en donde habías comprado tu ropa, etcétera… el ambiente en pocas palabras, era el de una comunidad, que si bien estaba conformada por personas “raras” no dejaba de irradiar camaradería y buena onda. La fila para jugar en el pinball o pedir algo en la barra, eran el mejor pretexto para romper el hielo con los desconocidos y con los propietarios Brisa y Danny, ambos encantadores, ambos grandes anfitriones.

Llegar al Tutti-Frutti era en sí toda una aventura; para los sureños ir a Lindavista era prácticamente una odisea: la lejanía, lo exótico de aquella zona para nosotros: parte industrial, parte residencial, todo un estereotipo del suburbio gris de las grandes ciudades y con la única ayuda que uno contaba para llegar allí, era la del Guía-Roji (millennials favor de googlearlo) y las referencias de los ya iniciados que ya habían visitado el misterioso y subterráneo lugar.

El Apache 14 era un restaurante propiedad del dueto romántico de cantantes Carmela y Rafael, pareja artística y también en la vida real, que había alcanzado mucha fama durante los 60 y 70, época en que los duetos románticos y la balada, eran la norma; fue gracias a dicho éxito que se inauguró bajo el concepto de “Restaurante Familiar con Variedad” dicho sitio y fue posteriormente que una serie de circunstancias fortuitas y muy afortunadas se conjugaron para que se gestara la leyenda del Tutti; ese lugarcito escondido, sin acceso a la calle, sin letrero, que estaba atrás del Apache 14 y del que algunos hablaban y muy pocos conocían en persona.

Hace un par de meses, una amiga de aquellas épocas, me invitó a entrar al grupo de Facebook que se creó con motivo del documental que se está realizando sobre el Tutti; una gran labor de amor de todos los involucrados: Brisa, Danny, Laura, Alex, María, Jerry y los demás, que han logrado con gran entusiasmo y esfuerzo, recolectar historias, documentos, fotografías, memorabilia y reencontrarse con la gente y los amigos que frecuentaban el sitio; de esto tendremos noticias muy pronto y ya haremos la crónica respectiva.

Dos noches Tutti Frutti, toda la información con @sonicarsenal

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A partir del documental, decidieron organizar una fiesta para conmemorar a uno de los sitios más importantes y piedra angular para la contracultura chilanga; la sociedad del México actual, no se explicaría sin el Tianguis del Chopo, sin el Tutti, sin el LUCC, sin El 9, sin el Hip 70, sin Rockotitlán, sin Rock 101, sin el Rock Stock, sin Super Sound, Rock Express, etcétera; un porcentaje de los Generación X de esta ciudad y otras más por añadidura, no nos explicaríamos sin estos referentes culturales y sociales que lograron abrir de a poco, la cerrada y anquilosada realidad de aquellos años.

Llegar a El Imperial la noche de ese jueves fue muy emocionante y obviamente produjo muchos flash backs de aquellos años; ver a tanta gente reunida, predominantemente en el rango de edades de 40 a 50 años, pero que seguimos transmitiendo esa vibra y esa energía que solamente quienes crecimos y vivimos ”los otros ochentas”, comprendemos; no los ochentas de Timbiriche, del News, del Magic, de Flans y Cindy Lauper, sino los de Joy Division, The Cure, Siouxsie y Depeche, los de Insólitas Imágenes de Aurora, Pedro y Las Tortugas, del Studio Line y el Súper-Punc (sic), los de los pantalones de pinzas y los sacos largos y los pelos de punta… esos, nuestros ochentas de unos cuantos.

La cita fue desde las 22:00 y la asistencia fue un éxito; quien esto escribe, llegó una hora después y el Impe ya se veía bastante lleno; al cabo de una hora más, el lugar ya lucía abarrotado.

Caras conocidas, otras si acaso familiares y otras tantas nuevas, pero todas con la expectativa de rememorar aquellos años y aquellas aventuras que tanta nostalgia provocan de repente; nadie se ve, ni se siente viejo esta noche, todo lo contrario: la frescura de hace 30 años no se ha perdido y el brillo en los rostros y en los ojos, es apabullante.

Algunas celebridades del rock mexicano se veían por ahí, pero esta noche no eran los protagonistas y ellos lo sabían bien; esta noche todos éramos iguales y nos saludamos como sucedía en el Tutti en aquellos años después de una tocada: de tú a tú y sin mayores pretensiones; todos éramos comunidad.

Saludar a Danny y a Brisa, a Laura, abrazarlos y felicitarlos por ese gran legado que no ha muerto y que pronto recibirá el reconocimiento y la documentación que merece y que pide a gritos; lugares como el Tutti, no se pueden quedar en solo una charla o una anécdota, merecen trascender y dejar la huella que su importancia amerita; hubieron parteaguas y este fue uno de los más importantes.

Elemento principal de la noche, por supuesto la música: Danny y otros amigos dj’s se encargaron de deleitarnos con la mejor música posible, sonaron Tones On Tail, Sisters Of Mercy, Bauhaus, The Cure, Iggy Pop, Fad Gadget… y por un momento, el tiempo regresó en el corazón; música que hoy se trae en el teléfono, en la tablet y que con un par de clics se encuentra en Spotify o en You Tube, dejó de ser ese activo que hoy en día es tan fácil de obtener, al que ya no cuesta trabajo acceder y por instantes volvió a ser esa música rara y deseada, que tanto trabajo nos costaba conseguir y por lo tanto valorábamos como a ninguna otra cosa.

Más tarde The Dragulas tomaron posesión del escenario y con su look a lo Visage, a lo Klaus Nomi, tocaron un set de rolas digno de una curaduría del underground mexicano: canciones de bandas como Size, Pedro y Las Tortugas, Insólitas Imágenes… vaya, un festín para los expertos con buena memoria y los recuerdos siguieron fluyendo a borbotones; todos disfrutamos y evocamos gracias a su set retro-futurista; definitivamente que el futuro lucía mucho mejor desde el pasado, es un hecho.

Siguió la noche y El Imperial abarrotado como pocas veces; Danny volvió a tomar el mixer y la fiesta siguió y siguió, poniéndonos a bailar a todos. La camaradería y espíritu colectivo del Tutti, se volvió a sentir; re-encontrarse a amigos que no veías hace muchos años, saludar y conocer a gente nueva, todo igual de divertido y cool, como en aquel local sin letrero y sin acceso fácil de Avenida Politécnico.

Afortunadamente, habrá una fiesta más en el Foro Bizarro a mediados de abril, con promesa de enfocarse un poco más en el periodo punk del Tutti, así que alisten sus botas con casquillo y vayan ejercitando esas articulaciones para el slam, chavos.

La reflexión que queda, es: Necesitamos más sitios así, frescos, contra-culturales, divertidos, sin poses ni pretensiones más allá de lo esencial; hoy la clandestinidad ya no es más que una herramienta de marketing o una excusa para mantener giros negros y los buenos sitios para divertirse y escuchar propuestas distintas, existen, pero el toque y la energía de aquellos años, de aquellos sitios, no se encuentran en cada esquina. Tal vez la nostalgia me haga ver todo a través de un cristal color de rosa y como todo hombre suele hacer, opino que mis tiempos fueron los mejores, pero… efectivamente, fueron los mejores porque fueron muy diferentes a todo.

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