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Gobierno Desmandado

Morena acredita lo dicho por Downs: “Los partidos desarrollan políticas para ganar elecciones; no ganan las elecciones para desarrollar una política”. 

En otras palabras, la diversidad, descontextualización, atropellamiento e inconexo de la diarrea de anuncios cotidianos del presidente López Obrador no hablan de un proyecto de Nación, cuanto de un proyecto electoral que ganó elecciones sin más propósito ulterior que volverlas a ganar.

Pero a los gobiernos se les juzga por sus resultados y, también, por su clima. 

Todo gobierno se desarrolla inmerso en un conjunto de ambientes interrelacionados y cambiantes. Existe en una multiplicidad de relaciones con su entorno y sus capacidades dependen de sus fortalezas y debilidades en ellas. 

Dos son los extremos posibles en las relaciones gobierno-entorno: dominio y adaptación. Cuando el gobierno está muy fuerte puede dominar los ambientes e imponer sus proyectos; cuando no, procede adaptarse a ellos y jugar sus posibilidades. En la realidad se da una mezcla inestable de relaciones de dominio y adaptación: en algunos ámbitos se puede ir de influenciar a imponer; en otros de convivir a adaptarse; el tiempo en el poder, además, desgasta irremisiblemente; de allí que se juegue siempre con estrategias y tácticas diferenciadas de dominio y adaptación en un circuito de ambientes siempre cambiantes.

La incertidumbre ambiental es siempre un riesgo a considerar para evitar sorpresas; no pocas veces, buscando paliar la incertidumbre se dispara una mayor. Una mala lectura de las incertidumbres y de las propias fortalezas suelen hacer la crisis perfecta.

La realidad y la lógica muestran que no existe gobierno que pueda controlar todos los escenarios al mismo tiempo. Por igual, que más temprano que tarde llega el momento de levantar varas en lugar de echar cuetes.

Una forma de paliar la incertidumbre es controlando y administrando los incentivos, sobre todo en situaciones donde la participación es voluntaria, es decir, no sujeta a coerción. Ello explica la voracidad casi maniaca por concentrar y controlar todo tipo de apoyos directos al ciudadano, de suerte de ejercer sobre ellos una presión personalizada -sin intermediarios, se dice-, consistente en la posibilidad de perder el apoyo si no se le paga con lealtad política y electoral.

Ello hace muy difícil la deliberación política: si es casi imposible hablar con alguien de su sometimiento, más lo es moverlo a su liberación, cuando de por medio le va la subsistencia; de allí que tampoco interese a los gobiernos populistas el crecimiento económico y el desarrollo social, por cuanto liberadores de la población a la sujeción de dádivas gubernamentales. Basta que el gobierno diga que si pierde la próxima elección las ayudas clientelares serían suprimidas para que sus lealtades compradas se movilicen en las urnas, para votar o para quemarlas. Las experiencias muestran que es necesario esperar a que los recursos de las dádivas se sequen para ver caer el aparato de control político clientelar.

De allí que sea necesario explorar otras formas de acción ciudadana que permitan competir contra el Franciscano Filantrópico en aquellas franjas ciudadanas aún libres del control de su supervivencia.

Partamos de que presenciamos una crisis final de partidos, al menos como los hemos conocido; del pasmo ciudadano y de la proverbial apatía política que distingue a las clases medias, más hechas a la esgrima de café, las lamentaciones de sobremesa y las batallas en redes -más distractoras y entrópicas que efectivas-, que a la movilización social y lucha electoral cuerpo a cuerpo. Continuemos con que en el 21 no habrá una elección presidencial, sino 300 elecciones de diputados y algunos comicios locales. Concluyamos con que puede que López termine por imponer, contra viento y marea, la revocación de mandato para aparecer en las boletas sin enemigo al frente, en busca de repetir el voto de arrastre, tal y como sucedió en el 2018, en favor de su pepena de candidatos.

Por tanto, la estrategia tendría que diseñarse sin soportarse en partidos y mecanismos tradicionales; organizando a una sociedad plural, dispersa, apática y sin mayor punto de coincidencia que las amenazas del populismo en curso; movilizándola a una participación atípica que, teniendo frentes diversos y disímbolos (300 elecciones), concite un voto ciudadano unívoco.

Difícil, pero posible.

Para ello habrá que empezar por evitar que para entonces el gobierno controle con personajes del nivel de los impuestos a la CRE, el INE, el Tribunal Electoral, la CNDH y, sobre todo, la Corte.

Dos son por tanto las batallas por dar: de inmediato, una por la institucionalidad de la vida nacional, por un gobierno de equilibrios y contrapesos; un poder acotado y transparente; sujeto al control de la legalidad y la Constitución, y sometido a la rendición de cuentas; simultáneamente, por una “organización inorgánica” de la sociedad no sujeta a la coacción clientelar gubernamental en la conciencia, participación y movilización para expresar en las urnas su rechazo a un gobierno desmandado.

Es difícil, pero así es la democracia.

LLoronas o ciudadanos

No deja de ser curioso que López Obrador traiga a colación la conquista en estos momentos en los que, enfrentados éstos a aquella, su papel sería el de Cortés.

Pero no es de él de quien quiero hablarles hoy, al menos no directamente, sino de nosotros, los mexicanos que hemos asumido la actitud agachona y fatalista propia de los conquistados.

La conquista de la Gran Tenochtitlan por un puñado de aventureros ávidos de riquezas y gloria solo fue posible por la actitud de rendición anticipada de los Aztecas, que capitularon -no ante el conquistador, sino ante su propio mundo- al momento que tuvieron noticias que hombres blancos y barbados surcaban, en grandes canoas que volaban, las costas sur del hoy Golfo de México.

Moctezuma es el personaje que concentra en él la postración absoluta, el pánico paralizante, la entrega culposa que invadió a la gran mayoría de los mexicas.

Condicionado al tiempo cíclico, el Pueblo del Sol, como lo llama León Portilla, apagó el fuego en su ser y se dispuso a morir con el viejo sol, sacrificado ante el nuevo, no sin antes dejar el mundo abierto a su llegada. 

Frente a esta postración mexica ante el destino y la fatalidad, creció el rencor larvado en los pueblos sojuzgados que, por igual, ciegamente se entregaron al nuevo dueño sin perspectiva ni conciencia de futuro.

Forzando un poco las similitudes, desde hace años se venía diciendo que en la segunda decena de cada siglo México se convulsa: 1810 la Independencia, 1910 la Revolución. Por igual, la falta de resultados de gobiernos de Estado-Nación en un mundo globalizado, donde las finanzas no tienen nacionalidad, territorio, ni sentido de pertenencia con sociedad alguna, derivó en México a gobiernos sin viabilidad y sin más propósito que depredar. Una generación de gobernadores, estos sí, Fifís, sin vocación política y sin sentido social, más sí con una gran voracidad e impudicia, abonaron el cultivo del rencor y desesperación en un electorado ávido, cual mexica, de sangre y, cual tlaxcalteca, de venganza. 2018 era pues el momento mítico y el electorado estaba listo a jugar el papel de aliado de aquel que manejara su rabia.

Bajo esa lectura se forja el ardid populista de la Cuarta Transformación, se aprovecha el fatalismo histórico (tiempo cíclico), el inconsciente social, la torpeza y desapego políticos de la clase política toda y, por delante, el rencor popular como savia.

El sistema de partidos y sus élites políticas se postraron ante López Obrador desde el inicio de su tercera campaña al hilo, a inicios del 2013. El INE fue su impúdico mechudo y como tal es pagado. Al Pacto por México lo supo vender como el fin del ciclo solar, como la traición a Quetzatcóatl y el enojo del sol; todo descalabro lo jugó como señal divina del fin de los tiempos y lo cantó en una “llorona” reciclada en redes clamando por sus hijos. Los pecados de Peña lo postraron ante López Obrador, cual Moctezuma frente a Cortés, en una entrega pactada, sumisa, vergonzosa y tonta, creyendo en su palabra de respetarle libertad, vida y riqueza. Al tiempo.

El punto, es que nosotros, los ciudadanos, pasamos del asombro al pasmo y de allí a la derrota total y fatalista. Todo acabó, nada se puede hacer… más que llorar por nuestros hijos: “… y era nuestra herencia una red de agujeros”. 

El desfiguro de López Obrador ante la rechifla en el estadio de béisbol nos pinta a un Cortés ofendido con conquistados y aliados que osan por primera vez mirarlo a los ojos. Su actitud socarrona y trampera con lo de la CRE, su altanería a toda crítica y el desdén hecho gobierno, no habla de un presidente democrático, cuanto de un conquistador.

Más que con Hidalgo, Morelos, Sor Juana, Juárez, Madero, Zapata o Cárdenas; López Obrador se identifica en lo más profundo de su ser con Cortés, el conquistador, el nuevo sol, el hacedor de naciones, el sojuzgador de creencias, el domador de imperios. Su cuarta transformación no es un paso más y hacía delante en la larga vida de una Nación soberana y democrática. Es la conquista de un México que odia; su sometimiento y fin; la imposición de la nueva Colonia disfrazada de transformación. Por eso no construye, ni concita; derrumba y polariza; no forja Nación, conquista para sí un imperio y una historia.

La cancelación del nuevo aeropuerto es para él una hazaña tan grande y temeraria como la matanza de Cholula; un aviso y demostración de fuerza y arrojo ante los Moctezuma de hoy y el sometimiento abyecto de sus nuevos aliados. No sé por qué me viene a la mente el Verde. 

Se queja que los conquistadores destruyeron templos prehispánicos para erigir católicos, pero la cancelación del aeropuerto no anda muy alejado de ello.

Cortés nunca supo lo que iba a encontrar, solo tenía noticias de tierras “nuevas” por Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva; caminó a su destino con una temeridad solo equiparable a su ignorancia y se aprovechó tanto de la postración de Moctezuma como del odio de los pueblos por él sojuzgados. Mas allá de eso, solo buscaba el poder y la gloria personales; no le importaban las coronas de Castilla y de Aragón, menos sus pueblos, y ya no se digan los “originarios” conquistados. De la fe ni hablamos.

Ahora bien, ¿y nosotros? ¿Vamos a jugar a la muerte del quinto sol, al regreso de Quetzalcóatl, al fatalismo de Moctezuma?

¿Vamos a andar de nuevo la historia de despedazarnos entre nosotros bajo la batuta del rencor y la polarización?

¿Dónde está ese pueblo insuflado de poder ciudadano de la transición democrática, dónde aquél que impulsó equilibrios y taxativas al poder público; dónde el ofendido ante los abusos del poder?

Si Peña hubiese en los tres primeros meses de su gobierno asignado sin licitación más del 70% de los contratos firmados se hubiera incendiado México. ¿Qué nos pasa? ¿Dónde duerme México? 

López Obrador actúa como actúa porque asume su triunfo en las urnas como una absoluta rendición ciudadana, porque lee en la crisis de partidos, en mucho por él larvada, el fin de la ciudadanía participativa. En suma, porque no ve poder ciudadano frente a él. Recordemos que él solo ve clientelas.

Sin embargo, le traiciona el inconsciente; todo gobernante le teme al voto de castigo y ése es nuestro, de los ciudadanos. 

Por eso todo su programa de gobierno se constriñe a entregas clientelares, porque en lo único en que piensa y actúa es en cómo evitar que en el 2021 el ciudadano le cobre en las urnas sus afrentas y mañaneras mareadoras. Todos los días, con una insistencia casi suicida, nos lo dice y actúa, su único temor es el ciudadano solo, libre y sin control en las urnas en julio del 2021.

El ciudadano, no los partidos, no otro mesías; el ciudadano que exprese su enojo y malestar, su libertad y derechos, su voto. Eso es lo que espanta y atormenta sus escasas horas de sueño y silencio.

¿Cómo queremos jugar: como postrados Moctezumas o como ciudadanos libres y maduros de una Nación democrática con soberanía inmanente? ¿Cómo lloronas o como ciudadanos?

PS.- La similitud entre Cortés y López Obrador la hago valer para acreditar nuestra postración, sin compartir en nada con él su visión maniquea, interesada y distractora de la Conquista.

Guerrear con la historia

Cuando a los presidentes mexicanos los atormenta la conciencia de saber imposible la solución de muchos de los problemas a su cargo, se fugan a resolver el mundo. Ello suele suceder después del tercer año, cuando por sobre el boato y el oropel del poder, y del voluntarismo presidencialista, se impone la avasalladora realidad.

Poco y mal había sido la veta de la política exterior de la Cuarta Transformación: silencio y permisividad, por decir lo menos, ante Trump. Bastó que su yerno citará a cenar al Presidente mexicano en una casa particular, para que la Secretaría de Gobernación anunciará de inmediato la creación de filtros en el sureste contra migrantes que antes solo le faltó escoltar personalmente del Suchiate al Bravo. Además de eso el apoyo aislacionista a Maduro.

Por tanto sorprende la fuga hacia adelante en defensa de los pueblos originarios de la América precolombina, tan adelantada en la vida del sexenio como insubstancial, habida cuenta de que de obtener las disculpas exigidas, nada cambiaría de la historia y menos del hoy y aquí en la situación de marginación de nuestros pueblos autóctonos.

Sin duda atestiguamos un cambio, la fuga ya no es para resolver problemas del orbe, sino de la historia.

Los seres humanos solemos proyectar nuestros intereses y necesidades sobre la realidad. Por ende, también nuestras limitaciones y prejuicios. Llegamos, incluso, a concebir la divinidad a nuestra imagen y semejanza. A la naturaleza la apreciamos en provecho de nuestra “ciega ambición e insaciable avaricia” (Spinoza). Todo, pues, tiene para nosotros un diseño finalista que gira en torno a nuestra ridícula escala. Las cosas no cuentan por sí, ni tienen su propia razón de ser, sino son siempre en función de, y referidas a nosotros, así se construyen las utopías. Por igual las locuras.

Esta torcida perspectiva la solemos aplicar también al pasado, nos acercamos a él con nuestros prejuicios por anteojeras. Todo pasado fue, imaginamos, única y exclusivamente, para que nosotros y nuestra limitada cosmovisión y expectativas pudiesen ser. En ello se inscribe la utilización de la conquista de la gran Tenochtitlan y los Derechos Humanos, en un ardid champurreado entre pueblos originarios, la excomunión de Hidalgo y Morelos, y matanzas de chinos en la Revolución Mexicana, para lanzar un reclamo nada diplomático contra la Corona Española y el Vaticano. 

Poco importa que la conquista de la Gran Tenochtitlan sea de 1521, que los Derechos Humanos hayan sido reconocidos en 1945 y que en México los hayamos legislado en el 2011; menos aún que Hidalgo, Morelos y los chinos no vengan a cuento en esta “transformación” por la historia.

Ya no hablemos de que los aducidos “pueblos originarios”, para cuando arribó Cortés a las playas hoy mexicanas, ya habían sido arrasados y, seguramente, sacrificados a Huizilopochtli por los Aztecas. Y sabrá Dios si aquellos eran los verdaderamente originarios de ese, entonces, lago de Tenochtitlan.

Por cierto, a quién habremos de exigirle disculpas por los sacrificados y sojuzgados por los Aztecas. En la lógica mostrada contra el Rey de España por los actos de los Reyes Católicos de Castilla y de Aragón, pareciera que al propio López Obrador.

Lo importante, sin embargo, es resaltar que semejante follón se instrumentó solo para ocultar la realidad que atormenta los sueños transformadores del Presidente de la 4T; lo que confirma nuestro aserto de las Mañaneras Pseudónimas y, como sostenía Arendt, la tentación de gobernar hoy sobre el ayer: “Los hombres que actúan, en la medida en que se sienten dueños de su propio futuro, sentirán siempre la tentación de adueñarse también del pasado”.

En otras palabras, como lo hemos venido diciendo, la Cuarta Transformación no solo busca transformar el futuro patrio, también y principalmente pugna por reescribir a modo el pasado. (Ver El Tlacaelel de la 4T).

Para López Obrador, y todo hace pensar que para su señora esposa también, la memoria no es un ejercicio de recordación y comprensión, sino un amasijo moldeable a la luz de su utopia.

Pues bien, este desmedido y lamentable lance diplomático, del que aún nos debe su valoración política el Senado de la República, o lo que quede de él; desnuda la intención del símbolo llamado Cuarta Transformación, de apropiarse del pasado para amoldarlo a sus designios, para utilizarlo como arma ideológica con intenciones de control político y agitación social electorera. De paso de cortina de humo, cuantas veces les resulte conveniente (Ver El espejo de los Villanos). Y, finalmente, para envolverse, de ser necesario, en la bandera de la expoliación y exterminio de los pueblos prehispánicos y, ya entrados en gastos, de los sometidos a la colonizaciones europeas.

Hay en esto que tiene toda la evidencia de una fuga hacia delante, un propósito coyuntural por distraer la atención sobre temas como la contrarreforma educativa, la revocación de mandato, el resurgimiento de la CNTE, la parálisis e ineptitud gubernamental, los traspiés económicos, los nuevos recortes presupuestales, el inicio de las rechiflas y protestas, y los berrinches del poder. Pero también, un anuncio muy adelantado -a apenas los tres meses de gobierno- del agobio de un Presidente que, con un poder desmedido, solo acierta en agitar cotidianamente la polarización, sin efectos reales, positivos y constructivos sobre los ingentes problemas nacionales que amenazan con salirse de madre y lo invitan, cuando no lo forzan, a fugarse a guerrear con la historia.

Templete Sexenal

La función hace al órgano. Si ello es así, la disfunción (Desarreglo en el funcionamiento de algo o en la función que le corresponde; alteración cuantitativa o cualitativa de una función orgánica), por igual, lo condiciona y deforma.

Por su parte, la adicción (Dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico; afición extrema a alguien o algo), somete al al sujeto a su forzosa administración o presencia.

Pues bien, creo que estamos ante sendos fenómenos de disfuncionalidad y adicción en tratándose de la discusión, del todo gratuita, de la revocación de mandato. Me explico.

De entrada habrá que puntualizar que la Constitución establece un período fijo para el ejercicio del cargo de Presidente de la República: “… y durará en él seis años.” (Art. 83). A su vez, el Artículo Décimo Sexto transitorio (de la reforma del 2014) dispone una excepción por lo que “el período presidencial comprendido entre los años 2018 y 2024 iniciará el 1º de diciembre de 2018 y concluirá el 30 de septiembre de 2024”.

La elección del año pasado se celebró bajo esta condicionante que es, además, inalterable, salvo por causa de fuerza mayor. Por tanto, cualquier cambio que se pretenda hacer sobre ella deberá disponerse para el Ejecutivo que se elija en un futuro, éste ya fue electo bajo la taxativa hecha valer, misma que prevalece y le obliga a él, al igual que al Constituyente Permanente. Pretender disminuir el período es tan imposible como intentar alargarlo. No estamos, además, hablando de cargos de fácil reposición, habida cuenta que está de por medio la Nación. Pongámonos en el supuesto que en el 21 la gente vota por la revocación; cómo, cuándo, de qué forma, con qué costos políticos, económicos y sociales se tendría que procesar, qué dinámicas se desatarían, por qué meter a México en ese berenjenal.

Dicho lo anterior, paso a discurrir sobre las causas insultantemente obvias que animan los ardores revocatorios que palpitan en ¡el propio poder! ¡Vive Dios! Y las no tan evidentes e impúdicas.

Solo una razón y cálculo conscientes animan la impostura supuestamente democrática de la propuesta de revocación de mandato al tercer año del actual gobierno: la urgencia de que el dueño del movimiento llamado Morena aparezca en la boleta y haga campaña abierta en busca de repetir el efecto de arrastre electoral en la elección intermedia de Cámara de diputados.

Hagamos memoria. El año pasado, gracias a las elecciones concurrentes (elegir casi todo junto con la elección de Presidente), un número muy nutrido de electores votó, como suele ser el voto ciudadano, a lo tarugo: sin saber por quién votaba para senador, diputado federal, gobernador, diputado local o presidente municipal; cruzaron todas las boletas con López Obrador en la mente y el odio y el rencor, sabia y debidamente destilados, en la tripa. Hoy muchos se sorprenden por los bultos que observan en los diferentes ámbitos del poder público, sin percatarse que la causa de su presencia fue el fenómeno de arrastre que suele ejercer el candidato presidencial sobre los demás candidatos bajo sus siglas y colores.

Pero resulta que en las elecciones del 2021 no habrá elección de Presidente y los candidatos de Morena irán sin salpimentar, sin la sombra protectora y sin el espejismo de la popularidad de López Obrador y, sí muy probablemente, bajo el peso de todas sus decepciones y damnificados por sus actos y desiciones.

Hasta aquí lo obvio: López Obrador, para evitar el riesgo de perder su poder absoluto en el Congreso, requiere estar a cómo dé lugar en las boletas en casilla e infundir a las campañas de diputados del 21 el halo de su popularidad y las condicionantes de su política clientelar y asistencialista. Por eso, entre otras cosas, su ciega y obtusa renuencia a que existan intermediarios entre el asistenciado y él. “There can be only one” (Highlander).

Además, la revocación es la vacuna legaloide para no caer en delito electoral ni ser acusado de inequidad en la contienda al utilizar recursos y poder para impulsar en proceso electoral las causas del gobierno desde el gobierno. Nadie le podrá decir “Cállate chachalaca” ni acusar de indebida intromisión, habida cuenta que será un actor más de la contienda en la legitima defensa de su desempeño.

Ahora bien, es posible que haya, además, elementos no tan evidentes, definitivamente inconscientes y, tal vez, de mayor envergadura en la escala de valoración y decisión presidenciales, ergo, en el estilo personal de gobernar 4T: López Obrador ejercitó durante toda su vida los órganos necesarios para la agitación política y la campaña electoral. Todo su ser está condicionado por estas actividades y, además, les es adicto.

Ante los ojos del mundo entero un López Obrador se muestra en las mañaneras y otro, transformado, enardecido, manoteador, tajante y flamígero en los templetes de las concentraciones cada vez más nutridas que le suelen armar. Pronto veremos escenarios propios del Tercer Reich. Al tiempo.

El López Obrador verdadero es el de los mítines; ahí se siente a sus anchas, ahí el pueblo le responde e infunde seguridad y certeza; ahí no hay preguntas incomodas, ni analistas o adversarios aviesos, ni explicaciones que dar, ni contradicciones quedesfacer.

Muy por el contrario, el quehacer gubernamental le agobia y enfada; allí, aunque no le haga caso, la realidad le replica, no se pliega a sus consignas ni aplaude sus envestidas; por el contrario, se impone renuentemente a su voluntarismo, a sus cifras, a sus proyecciones, a sus mentiras. Por ello termina las mañaneras y corre al avión a tomarse fotos, a las vallas a dejarse adorar, al templete a reinar.

Introducir en su gobierno el requerimiento de ser reconfirmado a la mitad del mandato a su encargo y obligación, le franquea la puerta a lo suyo, a la campaña permanente, al templete sexenal. 

Ojo, no a buscar la eficacia gubernativa, no a tomar la mejor decisión para México, no a arrostrar la realidad y las consecuencias de gobernar; sino a asegurar la popularidad que lo confirme en un cargo que no demanda revalidación, con el plus de ayudar a sus desconocidos candidatos que, como los del 18, podrán ocultar sus fortalezas, debilidades y anonimato, tras la figura resplandeciente y cegadora, ahora, de un Presidente abiertamente en campaña.

López Obrador lograría así, desentenderse de la incomoda carga de gobierno, obligado, por él mismo, a regresar a campaña; a hacer lo que sabe y le gusta hacer, a lo que está condicionado, a lo único que ha hecho en su vida; pero, además, a solazarse en la adicción de la que es rehén y víctima, llevándonos en su prisión y penitencia.

De aprobarse la revocación, habremos de despedirnos del gobierno y sufrir un sexenio de campaña.

Finalmente, yerran el tiro los que asocian revocación con la reelección, ésta se inscribe en otra dinámica y tiempos. Reelección, además, que no creo posible; no por falta de apetito del interesado y menos porque vaya honrar su palabra y firma, sino porque la salud y la edad se habrán de imponer a sus ansias templeteras.

Orwell, manual para tiempos difíciles

“La ortodoxia significa no pensar, no necesitar el pensamiento.

Orwel es hoy más actual que en sus tiempos; porque, como sostiene Santiago Alba Rico, “estamos recomenzando el siglo XX”; presenciamos una “desdemocratización planetaria (…) un ‘Weimar global’, igual que en los años veinte a treinta del siglo pasado: el desprestigio de la democracia se extiende por todo el mundo” (El Gran retroceso, Seix Barral, 2017).

Alba Rico descubre en nuestro acontecer, además de xenofobias y neofacismos, “destropopulismos”, que “reivindican y legitiman la necesidad de reducir el disfrute de los derechos civiles y económicos a una parte de la población”. Concluye: “volvemos, en definitiva, a las guerras interimperialistas de 1914 y al autoritarismo de los años treintas, pero con armas nucleares, imaginario mercantil, redes sociales, cambio climático y terrorismo estructural; y sin izquierda organizada ni alternativa sistemática”.

Los autoritarismos de los años treintas regresan recargados en populismo. Sobre este reencuentro con Orwell, Jean Seaton, BBC Mundo (23 v 18), sostiene que hoy podemos hacer otra lectura del “1984”, porque nos hemos situado en la carretera del infierno. 

Orwell escribe en la posguerra (1948) y nos presenta un mundo totalitario y alienado en un imaginario 1984, donde impera el indoctrinamiento y el control político: el Big Brother y el aparato omnipresente del Partido con sus Telepantallas y su Policía del Pensamiento, encargada de perseguir el “crimental”, crimen mental. Pensar es un delito perseguido por las fuerzas del orden que, siendo un proceso interno, hay que descubrirlo en la “expresión impropia” de la mirada, de los rostros, en la “caracrimen”, que delata el “crimental”. 

De allí que todo se encamina a evitar el pensamiento (por ende, la libertad): no se trata de cambiarlo, cuanto de imposibilitarlo; por ello la “neolengua”, un ejercicio que no es de creación de nuevas palabras como de destrucción: aniquilar “centenares de palabras por día (…) podando el idioma para dejarlo en los huesos”. Porque la “neolengua” busca “limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente”; al final, hacer “imposible todo crimen del pensamiento”, imposibilitando el pensamiento mismo: “La ortodoxia significa no pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia”.

Con el pensamiento desterrado, el sistema “llegaba casi a persuadirle que era de noche cuando era de día”. Se “negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común”. Y como el pensar, así entendido, genera dolor y desesperación, el Ministerio del Amor atiende esos temas y, de paso, tortura y aniquila “a todo disidente” bajo el mecanismo de “vaporizarlo”; convertirlo en “nopersona”, desapareciéndolo no solo físicamente, sino evaporando con él todo rastro o memoria de su existencia previa. Para ello operaba el Ministerio de la Verdad y sus “agujeros de memoria”, la “mutabilidad del pasado” y el “doblepensar”.

Los “agujeros de memoria” eran orificios por donde se echaban al incinerador del pasado toda prueba de una existencia previa: fotografías, periódicos, grabaciones, libros, documentos públicos, videos, etc.. La tarea era a su vez destructiva y creativa; se borraba el pasado y se reescribía constantemente según las circunstancias: si ayer se estaba en guerra con Euroasia y hoy con Asia Oriental, todo registro se cambiaba para actualizar a uno como aliado y otro como enemigo, aunque innúmeras veces hubiesen ya cambiado los papeles.

Los “agujeros de memoria” eran instrumentos del principio rector de la “mutabilidad del pasado”: “El que controla el pasado, decía el slogan del Partido, controla también el futuro. Y el que controla el presente, controla el pasado”, bastaban “una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto se le llamaba “control de la realidad”. 

La neolengua tenía una palabra especial para el “control de la realidad”: “doblepensar”. “Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer, sin embargo, en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el partido es el guardián de la democracia; olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo; y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender (que) la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar”.

“Todo, finalmente, se disolvía en un mundo de sombras” y de inconsciencia. En una sociedad jerárquica basada en “la pobreza y la ignorancia”, donde “es preciso que (el hombre) sea un fanático ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua sensación orgiástica de triunfo”, que “posea la mentalidad típica de guerra”.

Muestra clara del doblepensar eran los lemas del Partido: “La Guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud”, “La ignorancia es la fuerza”.

Y no podían faltar el Ministerio de Paz, “que desata las guerras” y el Ministerio de la Abundancia, encargado del hambre y de maquillar las estadísticas al amparo de la mutabilidad del pasado y el control de la realidad.

Finalmente, la cereza del pastel: los “Dos Minutos de Odio” cotidianos. En todas las Telepantallas aparecía la imagen del villano favorito, que en realidad nadie sabía si existía, había existido o llegaría a existir. Emmanuel Goldstein, “El Enemigo del Pueblo”, con mayúsculas, el causante y explicación de todos los males que contagiaba a la masa ira y miedo, y generaba incontenibles exclamaciones que antes de un minuto alcanzaban el frenesí. Lo peor era que nadie podía resistirse al odio, al que se era “arrastrado irremisiblemente”: “Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo parecía recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante. Y sin embargo, la rabia que se sentía era una emoción abstracta e indirecta que podía aplicarse a uno u otro objeto.”

Pues bien, releo a Orwell y encuentro el “1984” trazos de nuestra realidad: neolengua y doblepensar: fifís, conservadores, corrupción, 4T, purificación, “ternuritas“; palabras que adquieren nuevos, acomodaticios y equívocos significados, según las circunstancias. Pero baste mentarlos para explicar y justificar un roto o un descosido. Símbolos multiusos, generadores de emociones condicionadas de ira frenética y desmandada, pero de sencilla vaciedad y “absoluta falta de contenido”. No hace falta razonar ni argumentar, basta esgrimir las neopalabras, con sus acomodaticios neosignificados, para imponer la verdad única e irrecusable. Para quien quiera seguir gobernando por siempre, dice Orwell: “es imprescindible que desquicie el sentido de la realidad”.

El crimental lo encuentro en no creer en la 4T y en su parábola voluntariosa. En pensar y poder pensar diferente.

El doblepensar lo encontramos en la creación del Consejo para Impulsar la Inversión y el Crecimiento Económico de la mano con la cancelación de la mayor inversión en infraestructura en Latinoamérica (NAIM), así como la pérdida de empleos y cierre de empresas por la omisión gubernamental ante las tomas de vías férreas en Michoacán y huelgas locas en Tamaulipas. El privilegiar la dádiva clientelar a las madres, en perjuicio del cuidado profesional de sus hijos al cancelar el programa de guarderías, así como la proclama una educación de calidad frente al convencimiento de “el pueblo es más preparado que todos los doctores del mundo”, o el castigo a la “mafia científica”, por científica, no por mafia.

El doblepensar también lo encontramos en su método de defensa, revirtiendo siempre el argumento a hechos y personajes del pasado; nunca responden de y por su actos, todo lo reencauzan a otros.

El doblepensar lo vemos por igual en la propaganda turistíca del nuevo gobierno, que confunde el turismo con el burdo proselitismo político electorero y con la abyección.

La “mutabilidad del pasado” la encontramos en el tema del Ejército, ayer, y la Guardia Nacional, hoy; pero también en la divisa de reescribir la historia imponiendo una visión épica sobre el pasado y el presente, creando Comisiones de la Verdad para reescribir Ayotzinapa -un ayer incomodo al nuevo gobierno- y hacer las veces de Policía del Pensamiento (Ver Tlacaelel de la 4T y Verdad, mentira y política), así como constituir un Consejo Asesor de Memoria Histórica y Cultural bajo la probable encomienda de acomodar la historia a la nueva narrativa oficial: “reformar el pasado, para Orwell, es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido”.

Los “dos Minutos de Odio”, se reinventan en Conferencias Mañaneras, desde donde se impone la agenda diaria de polarización y doblepensar, por las que se suceden el estigma casi místico de los villanos favoritos de la 4T .

La “mutabilidad del pasado” y los “dos Minutos de Odio” se hermanan en las mañaneras: ayer García Alcocer era el villano favorito, antier fue otro, hoy es alguien más, mañana y pasado desfilarán nuevas víctimas conspicuas*.

Todo el aparato de poder en “1984” busca meterse dentro del individuo hasta aniquilar su yo, su capacidad de reconocer y su posibilidad de actuar en el mundo real.

Con aíres stalinistas en la Secretaría de la Función Pública se prepara una Ley de Protección y Estímulo a Informantes y Alertadores Internos de la Corrupción. ¡Cómo no se le ocurrió a Orwell! Pronto el “caracrimen” será realidad en México.

“1984”, concluye Seaton, es un manual para tiempos difíciles. Éstos, lo son.

* En “1984” existía la condecoración al Mérito Conspicuo, cuya antítesis bien podría ser la víctima conspicua.

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