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Atroz, la película mexicana más violenta

No se dejan llevar en primera instancia por el sentido amarillista que nos puede despertar el balazo promocional que acompaña al título de esta pieza fílmica, porque en realidad describe a un ejercicio cinematográfico realmente áspero y hasta la fecha extraordinario en el séptimo arte mexicano; no existe hasta nuestros días otra muestra fílmica equiparable estética y discursivamente hablando a lo que propone la opera prima de éste joven cineasta quien entre otras cosas es el responsable del par de volúmenes de cortometrajes mexicanos denominados ‘México Bárbaro’.

Aunque Atroz ha sido exhibida con anterioridad en algunos festivales de género en el panorama fílmico de nuestro país, el pensar que ésta se pudiese estrenar en alguna cadena comercial era casi impensable por los distintos criterios locales con los que se norma la exhibición, los cuales han mantenido al amplio espectro cinéfilo exento de experiencias fílmicas de este corte, sin embargo, y para sorpresa de muchos de nosotros, su estreno comercial se llevó a cabo en algunas salas de la cadena Cinemex, con lo que también podría significar la apertura de un camino de la exhibición en México, que nos permitiera tener acceso de manera más periódica a ejercicios cinematográficos de este calibre.

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Me parece que Lex Ortega logra generar en Atroz una inquietante reflexión acerca de la violencia mediante un ejercicio fílmico que explora a ésta como el mecanismo de expresión de sujetos emocionalmente trastornados por el abuso familiar o el exceso de desatención en ella, lo cual, no es nada nuevo ni en el séptimo arte ni en otras disciplinas que estudian los comportamientos humanos, pero lo interesante es la manera en la que recoge casi antropológicamente el entorno de descomposición en el que estos seres se van deformando, así como su vínculo con herramientas de registro audiovisual que les permite perpetrar un legado y también es importante subrayar el ritmo visual conformado por cámara en mano, el desenfoque, el error y la suciedad garaje en la composición audiovisual, que en su conjunto hacen de ésta una cita ineludible para los amantes del cine extremo.

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Más allá del apetito por devorar imágenes de alto impacto que nos permiten ser testigos del secuestro, la tortura, la mutilación, la violación y el asesinato, Ortega logra configurar con Atroz un documento intimista acerca de una familia disfuncional y terriblemente machista, la cual paulatinamente va incrementando el potencial sádico de Goyo el protagonista, quien poco a poco se entrega a su sed de venganza y búsqueda por el poder y el dominio sobre los demás.

También entre líneas, esta pieza nos deja leer que en México no estamos exentos de humanos terriblemente violentos dedicados a crímenes atroces, ya sea por dinero, como respuesta a las vejaciones a lo largo de su vida o por la búsqueda del sadismo.

Al encuentro con una pieza fílmica de éste rango, es inevitable no hablar de manera muy breve del desarrollo del llamado falso Snuff, que es uno de los nodos fílmicos donde convergen el caso del espectador de estómago curtido y entusiasta de las experiencias extremas, donde su fascinación/adicción al ejercicio truculento y a la hiperviolencia ha generado la afluencia de un público cada vez más exigente con las selecciones en cuanto a cine extremo se refiere, lo cual, también nos obliga a recordar desde piezas tan sutiles como ‘Videodrome’ de David Cronenberg y las española ‘Tesis’ de Alejandro Amenábar y ‘Aftermath’ de Nacho Zerdá, para desde ahí saltar a los abismos de la mítica japonesa ‘Guinea Pig’, la estadounidense convertida en saga ‘August Underground’ o el dueto de Europa del Este ‘Serbian Film’ y ‘Porno Bande’, sólo por mencionar algunas de las piezas más representativas, que han provocado revuelo en los ámbitos del cine más salvaje y obscuro de los últimos treinta años y donde sin duda ya ocupa un lugar Atroz de Lex Ortega.

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