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“La Gran Estafa” les estalló de nuevo en la cara

Los premios internacionales de periodismo no significan un desfile de vanidades, una pasarela para dar rienda suelta al ego de quienes nos dedicamos a esta profesión.  Seguramente hay quienes se lo ha tomado así para mirar por debajo del hombro a los demás, como quien de repente tiene alas y ahora flota por encima de los mortales.

La periodista chilena y maestra de muchos de nosotros desde la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), Mónica González, alguna vez comentó que debemos abofetearnos de vez en cuando.

“No hay peor plaga para el periodismo que el ego; sentirte más importante que la información . Hay que estar al servicio de los ciudadanos y no para que te pongan una estatua, ni ganar millones. Por eso abofetéate de vez en cuando”, nos ha dicho la fundadora y directora del Centro de Investigación Periodística (CIPER).

Hay que mirar a  los premios internacionales de periodismo de una manera distinta. Desde luego que siempre serán un aliciente, un motor, un motivo más para estar al servicio de la gente, es decir, para informar de la mejor manera posible hasta el límite de nuestras posibilidades. Lo hacemos con pasión, con el corazón,  quizá por aquello que decía Gabriel García Márquez: el periodismo es el oficio más bello del mundo.

Ejercer el periodismo en México, en estos momentos, ha sido un reto. Nos están matando. Un dato escalofriante: en el año 2017, un total de 65 periodistas fueron asesinados en el mundo. En México se registraron 12 casos, cifra que nos convirtió en el país que no está en guerra más peligroso para quienes ejercemos esta profesión, de acuerdo con un informe de la organización Reporteros Sin Fronteras.

Cómo olvidarnos que, en los primeros seis meses de ese mismo año, mataron a Cecilio Pineda, Ricardo Monlui, Miroslava Breach, Maximino Rodríguez, Javier Valdez y Jonathan Rodríguez. En todos los casos se utilizaron armas de fuego y ocurrieron a plena luz del día. Valdez, a la vuelta de su centro de trabajo. Miroslava, en la puerta de su casa.

Por eso hay que tener los pies bien firmes sobre la tierra cuando llegan los reconocimientos internacionales. En esa misma tesitura están, sin duda, Miriam Castillo, Nayeli Roldán y Manu Ureste, ganadores en la última edición de los premios Ortega y Gasset organizado por el diario español El País, uno de los reconocimientos más importantes en el mundo del periodismo al igual que el García Márquez de la FNPI y el de la Conferencia Latinoamericana de Periodismo de Investigación (Colpin).

“La Gran Estafa” llevó por título la investigación galardonada. A lo largo de nueve meses obtuvieron datos e información suficiente para revelar que, en el actual Gobierno Federal, a través de 11 dependencias, se desviaron miles de millones de pesos. La revisión de las cuentas públicas de los años 2013 y 2014 arrojó contratos ilegales por 7 mil 670 millones de pesos y, de ese dinero, no se sabe dónde quedaron 3 mil 433 millones.

Esos 7 mil 670 millones de pesos le fueron entregados a 186 empresas, pero 128 de ellas no debían recibir recursos públicos, porque no tienen ni la infraestructura ni personalidad jurídica para dar los servicios para los que fueron contratadas, o simplemente porque no existen.

La Secretaría de Desarrollo Social, con Rosario Robles como titular; el Banco Nacional de Obras, con Alfredo del Mazo al frente, y Petróleos Mexicanos —en la gestión de Emilio Lozoya— son las tres principales dependencias responsables de este mecanismo que el ex auditor superior de la federación, Juan Manuel Portal, no dudó en calificar como un fraude millonario.

Esta investigación se publicó el 4 de septiembre del 2017. A partir de ese momento, el Gobierno de Peña Nieto ha tratado de todas las formas posibles de ocultar lo que pasó, de arrojar por debajo de la alfombra las revelaciones de ese grupo de periodistas quienes trabajan para Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI) y Animal Político.

La maniobra oficial ha sido obscena: el pasado 2 de abril, el diario Reforma difundió que la Secretaría de la Función Pública (SFP) cerró la investigación de 69 quejas interpuestas por la Auditoría Superior de la Federación (ASF) contra la Secretaría de Desarrollo Social por desvíos e irregularidades cometidas entre 2013 y 2014, periodo en el que Rosario Robles ya era la titular de la dependencia.

La SFP desechó las carpetas, entre las que se encuentran las relacionadas con el caso de la Estafa Maestra, sin ser turnadas ni siquiera al Área de Responsabilidades, la cual se encarga de tratar los expedientes de responsabilidad administrativa.

Poco antes, la ex responsable de Sedesol, Rosario Robles dijo en el noticiero matutino conducido por Carlos Loret que el haber contratado a las universidades está previsto en la ley y, en esta lógica, argumentó su inocencia respecto a la cascada de empresas fachada o fantasma a través de las cuales transitó el dinero público de La Gran Estafa.

Pero la burda maniobra ha tenido que remar contracorriente en los últimos días. El premio Ortega y Gasset a la investigación periodística de Animal Político y MCCI hizo explotar este caso dentro del cajón en el cual ya estaba archivada. Aún peor para ellos: el tema se viralizó en redes sociales y decenas de medios de comunicación en el mundo lo destacaron, quizá como no lo hicieron cuando se publicó.

Para esto también han servido los premios internacionales de periodismo. A lo largo de los años, se han convertido en una enrome caja de resonancia para aquellas cosas que los gobiernos de América Latina han tratado de ocultar.

Los premios como el Ortega y Gasset colocan, de nuevo, en el centro de la mesa de los hogares o sobre las barras de los bares “La Gran Estafa”. Y eso ha sido lo que tratan de evitar los gobiernos como el de México: que la gente esté mejor informada. Gobernar con ciudadanos informados siempre será más cómodo para quienes tienen algo que ocultar.

En redes sociales algunas personas han criticado este tipo de premios porque, al final del camino, los responsables continúan en la impunidad. En el caso mexicano sería complicado desmentirlos. Sin embargo, hay algo que quizá no deberíamos perder de vista: el trabajo de los periodistas es poner a la vista de los ciudadanos posibles actos de corrupción como “La Gran Estafa”, sacudirlos, indignarlos. ¿Para qué? Pues para que exijan, para que se defiendan, para que tengan los ojos bien abiertos.

Claro está que los periodistas también nos equivocamos pero quienes tienen que reclamarlo son nuestras audiencias. El precio por yerros o las imprecisiones ha sido alto, pero hay que pagarlo. Pero la historia de “La Gran Estafa” es distinta: los implicados no le han podido desmentir una coma.

El éxito de una investigación como esta no se mide por los premios. La resonancia, el hecho de que haya podido quedarse en la memoria de la gente será siempre la mejor recompensa. Mejor aún –digo yo- cuando se trata de una nueva generación de periodistas de investigación mexicanos  -la mayoría mujeres- con vocación de servicio, hambre de conseguir información y, sobre todo, con el ego bajo control, sabedoras de cuándo hay que abofetearse.

Los premios internacionales en realidad no son medallas para colgarse del cuello ni trofeo para nuestras casas. No, una vez pasada la euforia, hay que saber llevarlos con responsabilidad.  Se convierten en un compromiso.

 

Te equivocas, Andrés Manuel López Obrador…

Tus críticas al Instituto Nacional de Acceso a la Información Pública (INAI) no son nuevas. Al menos desde que eras jefe de Gobierno en la Ciudad de México tus ataques hacia ese organismo y sus comisionados o comisionadas formaron parte de tu línea discursiva. No se te puede acusar por incongruente, pero creo que, en este caso, tienes una visión torcida sobre el sistema de transparencia y la rendición de cuentas en México.

Cuando eras jefe de Gobierno en la ciudad de México, recuerdo nítidamente haber asistido como reportero a una reunión del consejo que decidía qué era público y qué debía mantenerse en secreto. Todos los integrantes, con derecho a voto, eran parte de tu gabinete. Los independientes, ciudadanos de a pie, podían opinar, pero su voz no contaba.  Estoy seguro que no has olvidado eso porque quienes ocuparon después tu puesto como Alejandro Encinas (de manera temporal) y Marcelo Ebrard enderezaron el barco.

En uno de tus mensajes por twitter llamaste “burocracia fifi” quienes trabajan para el INAI. Desde tu perspectiva, se trata de un organismo costoso y poco efectivo,  ya que reservó la información del caso Odebrecht, uno de los escándalos de corrupción más grandes en América Latina. Según tus cuentas, el INAI cuesta al erario mil millones de pesos y también mantuvo bajo llave la devolución millonaria que se hizo en el Gobierno de Fox a empresarios y la transa en la compra de planta Agro Nitrogenados por parte de Pemex que costó 275 millones de dólares.

No es para menos tu crítica y, por qué no el airado reclamo respecto a los contratos de Pemex; sobre todo, que la propuesta para mantener ese negocio en la opacidad corrió a cargo de la comisionada Ximena Puente de la Mora quien semanas después se convirtió en candidata del PRI a la Cámara de Diputados. Una línea recta entre Los Pinos y el INAI.

Semanas después, en la entrevista que te hicieron en Milenio volviste sobre el INAI: “Es un parapeto en el mejor de los casos. Supuestamente promovido por la sociedad civil, independiente, ¿en qué terminó? ¿Saben qué fue lo último que resolvió el instituto de la transparencia? Mantener en secreto la investigación de Odebrecht. Este instituto le costó a los mexicanos mil millones de pesos y que en el caso Odebrecht actuó como tapadera”.

Aquí es dónde pierdes la perspectiva, Andrés Manuel. Desde luego que estamos ante el mayor caso de corrupción en América Latina y, desde del Gobierno de Enrique Peña Nieto, no se ha hecho otra cosa que ocultar la investigación. La PGR tiene listo el expediente pero no lo ha consignado ante un juez. No sabemos cuándo lo harán.  Aun más: México no firmó un acuerdo con Brasil para que le entregaran, de manera oficial, los testimonios de los delatores, en su gran mayoría, ejecutivos de Odebrecht. Uno de ellos, Luis de Meneses Weyll, dijo haber entregado sobornos a Emilio Lozoya cuando era miembro del equipo de campaña de Enrique Peña Nieto.

Pero en este caso, la pregunta es la siguiente: ¿El INAI tiene la responsabilidad de hacer público ese expediente? Creo que te equivocas, Andrés Manuel. Lo que está mal sería la ley que prohíbe hacer públicas las averiguaciones previas que están en desarrollo. Y ésta, aunque suene absurdo, aun no recorre todo el curso legal; es decir, tiene que ir, en algún momento, a manos de un juez.  Tu crítica, en este caso, es por lo menos desproporcionada: es un problema del sistema, no del  INAI.

Hay pocas razones para defender al INAI tras el caso de Ximena Puente. Sin embargo, creo que no puedes generalizar. Incluso, de hecho, sería peligroso. A nadie más que a la mafia del poder le interesa desaparecer el sistema de rendición de cuentas.

Andrés Manuel, no te olvides que, precisamente, las solicitudes de acceso a la información han sido una herramienta valiosa, indispensable, para el periodismo de investigación. Sin esos datos, por esa misma ruta que tú criticas, no hubiera sido posible descubrir La Casa Blanca de Enrique Peña Nieto o la construcción de un Wal-Mart en la zona de Teotihuacán.

Esos dos son apenas dos ejemplos; pero déjame recordarte otro: Los 900 millones de dólares que el Gobierno de Peña Nieto le entregó, discrecionalmente, a la ex candidata presidencial del PAN, Josefina Vázquez Mota.  Estos tres casos te he escuchado mencionarlos como ejemplos de la corrupción que corroe a este país. Pero, esa lógica, has perdido la dimensión. Podría ponerte aquí decenas de casos, de reportajes como La Gran Estafa los cuales no hubieran visto la luz sin solicitudes de acceso a la información.

Andrés Manuel, si pones los pies  en la tierra, si levantas la mirada, te darás cuenta que el problema no es el INAI en sí mismo. El problema es rescatar al sistema de rendición de cuentas de las garras de la mafia del poder, cómo tu le llamas. Ellos han sido quienes se encargaron de colocar, poco a poco, a gente a su servicio para tapar lo que se pueda y, aun así, no han podido del todo.

Andrés Manuel, ha que rescatar eso. Volvamos a poner comisionados y comisionadas independientes como sucedió con la primera generación del IFAI. ¿Te acuerdas? Sin ellas y ellos no hubiera sido posible saber, por ejemplo, que Marta Sahagún gastó cuatro mil pesos en toallas para las cabañas de Los Pinos. No queremos eso.  Sí, quizá habría que revisar el presupuesto disponible, atender las prioridades del país, pero tampoco hay que aplastarlo.  Es decir,  hablemos de refundar el sistema de rendición de cuentas y al mismo INAI. Claro, que no sea como el que tú creaste cuando eras jefe de Gobierno.

 

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