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Desaire olímpico

Karen Muir era la favorita para ganar oro de 100m dorso en la natación de México 68, pero ni siquiera se presentó en los Juegos. No fue invitada. Ni ella ni ningún sudafricano fue aceptado en la justa mexicana y ese desaire causó uno de los más ríspidos conflictos entre un país sede de unos Juegos y el Comité Olímpico Internacional (COI).

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Era 1967 cuando el COI pidió a México invitar a Sudáfrica, la nación más desarrollada del Continente Africano y donde los colonos europeos promovían el Apartheid una política de segregación racial contra los ciudadanos de raza negra.

“Para México era una incongruencia invitarlos: en un evento de paz e igualdad no se podía traer al país que hacía política contra de esos valores. Aunque Sudáfrica aseguró que traería a una Delegación Nacional con negros y no negros, el Consejo Superior de Deportes de África se manifestó diciendo que más allá de llevar atletas de ambas razas, debía respetar las normas básicas de convivencia cívica y por eso todos los países de África decidieron no asistir a México 68 si venía Sudáfrica; luego se solidarizaron países de Medio Oriente, India, URSSS Cuba, Europa del Este y si no venían, esto iba a ser una catástrofe con menos de 60 países participantes”, comenta el arquitecto Javier Ramírez, quien custodia un amplio archivo documental de los Olímpicos mexicanos.

El llamado de las naciones africanas por el respeto a los derechos humanos y por los ideales del olimpismo trascendía más allá del deporte. Muchos de los países del continente recién culminaban las colonizaciones de Europa, su identidad estaría representada en los Olímpicos y era neural mantener una postura infranqueable ante el Apartheid.

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En medio de la hostilidad, el COI -que regía el estadounidense conservador Avery Brundage- convocó a su Comité Ejecutivo para votar si se invitaba o no a Sudáfrica y entonces sucedió lo increíble. “México cabildea. Por ejemplo: el italiano Giorgio de Stefani era presidente de la Federación Internacional de Tenis, estaba a favor de invitarlos y México le dice vamos a poner el tenis de exhibición en México 68, pero vota en contra; pero el caso más curioso es el de Lord Killani, era vicepresidente del COI, pero también representante de la Columbia Pictures en Irlanda, así que Emilio Rabasa, Director del Banco Cinematográfico en México habla a Los Ángeles a la Columbia y les dice les damos la distribución de la película oficial de los Juegos y mediamos el problema legal que tienen con Cantinflas, pero que su distribuidor en Irlanda se eche para atrás con invitar a Sudáfrica, y así se logró todo”.

La mayoría del Comité Ejecutivo se negó a invitar a Sudáfrica y para evitar que el organismo se viera dividido, Brundage anunció que fue una decisión unánime; por vez primera el propio COI revocó una petición que había defendido.

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Mientras, Cantinflas, en agradecimiento a la resolución, hizo cuatro spots gratuitos para promover entre la ciudadanía una buena actitud de anfitrionía durante los Juegos mexicanos.

El país ganó la primera competencia olímpica, antes de empezar los Juegos: la controversia a favor de la igualdad.

Por seis ediciones olímpicas consecutivas se negó el derecho a competir de Sudáfrica, hasta Barcelona 1992.

FRASE:

“El COI debería estar agradecido con México, nos debe la autoridad moral que le dimos al organismo, al mantener los valores olímpicos en los Juegos, al respetar su propia carta olímpica y ser congruentes con los ideales que el propio COI promueve”

Javier Ramírez Campuzano

Custodio de archivo documental de México 1968

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Amor (olímpico) prohibido

Esta es la historia de un amor platónico, prohibido y quizá por ello exquisito y cautivante. En una época de diametrales opiniones en el mundo, ambos personajes provenían de los polos más opuestos que nacieron a mediados de siglo XX.

A finales de los ’60, México respiraba un profundo anticomunismo. Era el apogeo de la Guerra Fría y el temor de que en el país se sentaran bases para cambiar el modelo sociopolítico y económico era tan grande, que hasta al interior de la comunidad estudiantil creció un campo de batalla entre los estudiantes que buscaban mayores libertades y aquellos que crearon el MURO: Movimiento Universitario de Renovadora Orientación.

Hasta la religión tomó el estandarte anticomunista, con lemas como “¡Religión sí! ¡Comunismo no!” o “¡Viva Cristo Rey y nuestro Ejército defensor!”.

Aún durante los Juegos Olímpicos que recibió nuestro país en 1968, las hostilidades persistieron sobre la nación más comunista del mundo: la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. En los partidos del voleibol femenino, el público ahogó el Gimnasio Juan de la Barrera con abucheos a la URSS cuando le ganó el oro a Japón; mismo caso en el Auditorio Nacional, cuando a la gimnasta checoeslovaca Vera Caslavska le faltó por cosechar un sólo oro de los cinco individuales disponibles: el de la viga de equilibrio que le ganó la rusa Nataliya Kuchinskaya.

Un poco del estigma estaba ensalzado contra el modelo sociopolítico y otro más se aderezó con el rechazo a la invasión soviética sobre la República Checoeslovaca.

Pero esos prejuicios políticos no le importaron a un joven, quizá al único joven que sí debieron importarle: Alfredo Díaz Ordaz, el hijo del Presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, principal defensor de la causa anticomunista en el país.

“Alfredo Díaz Ordaz se enamoró de Nataliya Kuchinskaya pero ella no hablaba inglés ni español y obviamente él no hablaba ruso, así que una edecán debía de estar allí para traducirles. Él siempre quería verla y estar con ella todo el tiempo que fuera posible y de alguna forma yo terminé en calidad de chaperona”, recuerda entre risas Lady Kyara Baez, quien 50 años después relata la breve historia de amor.

Baez se preparó por casi dos años para ser edecán en los Juegos Olímpicos de México 68 y al ser de las pocas que hablaban ruso, fue designada a apoyar a la delegación soviética en su estadía, durante octubre de aquel año.

Así, con una apasionada obsesión, Alfredo quería conquistar a Kuchinskaya. “Una ocasión le dijo a Nataliya que quería darle una serenata y bueno, yo tenía que traducir todo de uno para otro. Nos llevó a Los Pinos y allí empezó a cantarle Come on Baby Light my Fire de Los Doors, pero ella me decía que era música muy escandalosa. A él no le importó eso, estaba muy emocionado de estar con ella”, agrega Kyra.

Y aunque la velada fue divertida, después vinieron las consecuencias. “Yo pedí permiso para salir por una hora de la Villa Olímpica ¡y nos tardamos más de dos! Cuando regresamos, me regañaron mucho y me pidieron que no volviera a suceder, en realidad se enojaron conmigo que era edecán y con ella también porque era atleta”, agrega.

Aunque la llama de ese amor fue un fulgor tan efímero como una estrella fugaz que duró sólo el periodo olímpico, 50 años después, la historia perdura en la memoria de la testigo más cercana.

No era de extrañarse. Alfredo era la oveja negra de la familia presidencial. Era el menor de la familia y muy a modo con los jóvenes revolucionarios del Movimiento Estudiantil de 1968: le gustaba el rock progresivo y la psicodelia, formó grupos como Love Syndicate en donde escribió Love don’t go away y después formó el grupo Renaissance. En los 80’s crea el grupo funk rock Lucrecia, que es el abridor de Alice Cooper en un concierto en Monterrey, en 1980.

No quedan rastros de aquel amor platónico y olímpico, pero sí algunos sencillos de su talento creativo, considerado un genio del rock mexicano, pero con el estigma de su apellido.

En México 68, Nataliya tenía 19 años de edad y ganó cuatro medallas: dos oros en la prueba por equipos y en la viga de equilibrio, además de dos bronces (all around individual y manos libres). Nunca volvió a asistir a unos Juegos Olímpicos.

La cita de los recuerdos

María Elena recogió su bolsa, tomó a su esposo del brazo y salió de casa con sus más hermosos recuerdos a flor de piel, como si fueran un ramo de rosas frescas que nunca se marchitaron.

La emoción era profunda: vería a sus amigas, aquellas que casi niñas compitieron a su lado en la gimnasia artística de los Juegos Olímpicos México ‘68.

Llegó a la Sala de Armas de la Ciudad Deportiva Magdalena Mixuhca, saludó a sus amigas y las abrazó como si ayer hubiera sido el último entrenamiento. Era medio día y el sol caía a plomo mientras más de 50 ex deportistas mexicanos de aquella justa esperaban a Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Bach visitó México para conmemorar los 50 años de aquella justa y en la ceremonia se develarían una escultura de los aros olímpicos.

Sin embargo, Bach demoró su llegada. Aunque estaba pronosticado para hacer la ceremonia a las 12:00 horas, su cita en el Comité Olímpico Mexicano -donde además se reunió con Andrés Manuel López Obrador- se prolongó y el traslado entre el tráfico capitalino desfasó el evento.

Para no esperar en vano, surgió una idea: José Ramón Amieva, Jefe de Gobierno de la CDMX, invitó al presidium a todo aquel que quisiera hablar del ensueño olímpico que vivieron 50 años atrás.

María Elena no perdió oportunidad. Subió al estrado y comenzó a hablar: “Yo tenía 16 años ¡y era la más grande del equipo de gimnasia! Nosotras éramos unas niñas, muy pequeñitas. En solo dos años hicimos con nuestros entrenadores lo que los mejores equipos del mundo habían hecho en diez. Éramos el asombro porque competíamos con los grandes a pesar de ser pequeñas (…) y bueno, nosotras nunca habíamos usado tacones y el día de la inauguración nos vestimos de medias y tacones y allí desfilando hasta nos caíamos porque no sabíamos cómo caminar”, recordó entre risas.

María Elena habló frente a sus amigas y ex compañeros de equipo, muchos ya de cabello blanco miradas añorantes; pero aún con el paso de los años sobre la piel, en sus ojos conservan radiante de reencuentran con aquellos casi niños que fueron, 50 años atrás.

Después subió Pina Flores. No era atleta, ni entrenadora, ni juez. “Hace 50 años yo estudiaba Educación Física y cuando supe que pedían voluntarios, yo fui de las primeritas, pero me dijeron que estaba muy chaparrita y le eché ganas como nadie, hasta les dije “¡me pinto de güera, me pongo tacones, me compro pupilentes, pero yo voy!” Y al final no sólo fui a esos. Hasta ahorita llevo 11 Juegos Olímpicos como voluntaria y ya estoy estudiando japonés para irme a Tokio 2020”, compartió.

Así se entrelazaron las memorias, de una en una, para contar lo que pocos sabían de la historia que fueron los Juegos Olímpicos de México 68.

Aunque salió del protocolo, la improvisación de estos discursos tornó en una emotiva reunión de los recuerdos, entre risas, lágrimas, aplausos y nostalgia.

Allí brillaron los momentos de los que poco se sabe. Algunos salieron desde Tamaulipas, San Luis Potosí y otros estados solo para llegar a esta cita.

Llegó Thomas Bach con una larga comitiva e inauguraron los aros olímpicos, que relucían en con brillo argento, bajo el mismo sol que hace 50 años vio brillar las historias que esa tarde contaron los olímpicos mexicanos de 1968.

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