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Sonic Arsenal – El rockumental como obsesión

George Harrison, Foo Fighters, Pearl Jam y U2, los documentales sobre ellos en algún momento se convirtieron en una necesidad obligada de cualquier festival, se habló mucho de ellos y su aparición, que parecía acentuar la idea de que el 2011 fue el año del documental sobre música, forzando a diversos canales a crear ciclos y a múltiples festivales a agregar un apartado exclusivo para el tipo de filmes que logran unir el sonido con la historia y la música. Verdaderamente fue un buen año, pero he de decirles algo, en mi casa desde hace varios años vivimos comiendo y soñando rockumentales, por la misma razón cada vez que me preguntan a qué me dedico me la vivo explicando las diferencias entre un rockumental y el cine musical y porque no todo es sobre grandes iconos.

Para brindar pruebas, es necesario buscar más allá de lo informal y saltarse las listas, es necesario sentirlo como un experimento de laboratorio para demostrar la amplitud y profundidad, de otra forma podríamos encontrar ejemplos dispares que tal vez te lleven solamente a los dos títulos más aclamados que parecen ser la marca entre todas las posibilidades, en mi caso en la superficie sigo dividiendo entre las intenciones de ser ‘This Is Spinal Tap’ o ‘Some Kind Of Monster’, pero claro está que entre el documental falso que aborda todos los clichés de la música (rock, pop, jazz, estrella del ukulele) y el documento que desnuda al extremo a punta de terapia psicológica, hay cosas como los perfiles épicos de músicos o grupos desconocidos, exploraciones sesudas de instrumentos y géneros, apasionadas disertaciones sobre el poder de la rima, rápidos y completos documentos de DIY sobre fanáticos, experimentos truncados, tiendas de discos en diminutos pueblos británicos, feudos del rap, rockeros ex integrantes de la iglesia de Pentecostés, severas experiencias cercanas a la muerte y pruebas convincentes de que los grandes personajes hacen grandes documentos.

Es verdad que los documentales de música y las ficciones basadas en ella son una forma de sermones cinemáticos, una extensión a veces del presskit o un escalón más para sobar un ego, pero en muchos casos te ofrecen revelaciones. Son filmes que te llevan al interior de un género o la psique de un músico, son películas construidas sobre la información privilegiada que sólo unos pocos poseen y es entonces, cuando aún sin conocer, saber o haber escuchado mucho de un acto recibes tus primeras razones para adorar tanto el documental y la ficción que surgen de la música.

Porque no se trata sobre una tonta canción o un grupo en ascenso perdido en sus propias frustraciones, sino de una historia que rompe las capas entre los grupos y la cámara, del tiempo y la intimidad que logra que una cámara sea invisible y sin embargo logre capturar lo que el escenario, el juego de luces y la bruma impiden que alcances. Prácticamente es como volver a encontrarte con un disco por primera vez, se trata de ti y la música pasando con la intervención únicamente de los audífonos.

Se trata de un suministro ilimitado de personajes hiperbólicos, situaciones extrañas e imágenes en vivo, el mundo del rock (y de la música en general) es un regalo para el realizador de documentales. Pero yo no dirijo ni produzco, así que me dedico a hacer recorridos personales a través de un catálogo extenso de rockumentales, recordando algunas de las escenas más icónicas que han capturado y que han cumplido con mis parámetros sensoriales: estómago encogido, plena carcajada e inevitable movimiento de pie, que a pesar de ser instintos primitivos, para mi son las características de un buen rockumental, son las evidencias de una historia increíblemente contada.

Muchas de las imágenes más perdurable de la época dorada del rock se han extraído de rockumentales: Jimi Hendrix prendiendo fuego a su guitarra en Monterey Pop, The Beatles conquistando con una gira Estados Unidos, los Rolling Stones en su malogrado concierto en Altamont (donde un miembro del público fue asesinado) en ‘Gimme Shelter’, Sid Vicious disparando al público, Pete Townshend destrozando la misma guitarra que es reconstruida noche tras noche o la magia en vivo o en el estudio que ha provocado que todo grupo, llegado a un momento de su carrera, necesite hacer un vídeo promocional con esas dos energías mezcladas para evidenciar su éxito con las musas y con la gente.

Tampoco se puede olvidar que muchos son sobre rock and roll, drogadicción, recuperación, un final feliz, sentido del humor, una gran cantidad de documentales tratan de tener todo, pero unos pocos en realidad tienen éxito al unir todas las partes. También basta tomar el cuento habitual de un talento destruido por las drogas y decir que ese no es el único final posible, la prueba es que estás viendo un tributo en imágenes a su legado.

Momentos como esos ayudan a responder la pregunta central de cualquier documental: ¿la película debe llegar al fondo de su tema? ¿Hay suficiente acceso y comprensión para el espectador para entender quién es la persona y cómo llegaron a ese estado? La respuesta es un sí sin reservas, casi, incluso si su enfoque no es crítico, puede sentirse la objetividad que se vuelve subjetiva y te hace salir tarareando de una sala, directito a comprar un disco o redescubrir todas las canciones que has olvidado escuchar.

En retrospectiva, ha habido una gran cantidad de documentales este año, que fue refrescante ver toda clase de proyectos raros, de grupos oscuros de los que no sabes nada, pero con el retrato de la música y los contrastes entre el mundo real y lo hiperreal todo tiene un sorprendentemente movimiento. Dicen que urge repasar la actualidad del rockumental, porque resultaba prometedor años atrás y es decepcionante en la actualidad. Algunos dicen que es por la necedad de los directores en obsesionarse con reconstruir el pasado sin la necesidad de contar las grandes (y las pequeñas) historias, combinando imágenes, declaraciones y canciones, abarcando todo con poca pasión.

También dicen que se debe analizar las razones porque han nacido festivales específicamente para acoger rockumentales, que han surgido para mostrar películas reveladoras que son productos domesticados. Y es cierto, ese mercado existe y acapara todo, sin embargo con un disco duro lleno de rockumentales, una lista de más de 300 películas por ver (y aumentando) puedo decir que no es una generalidad, siempre existe la mirada independiente, la que prohíbe los promocionales y no necesita la aprobación de artistas, mánagers y discográficas para ver la luz.

Ya hemos visto esos documentales (‘Seguir Siendo’, ‘Foo Fighters: Back and Forth’) y se sienten inmediatamente falsos, no porque sus protagonistas no sean reales o finjan, sino porque se notan editados bajo una lupa estricta que debe responder a una imagen y de eso no tratan los rockumentales, su espíritu no es ofrecer una mirada extensiva de una carrera, no debe servir para alimentar las urgencias de los seguidores de un género o ser sobre los grandes triunfos, porque uno empieza a dudar cuando la banda se muestra siempre feliz y creativa o insiste que su mejor momento fue llegar a arrasar con los Grammy como en ‘From a Mess to the Masses’.

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El espíritu no puede ser mejor retratado que en el trabajo que aparentemente inició todo, ‘Don’t Look Back’ (1967) de D.A. Pennebaker, para examinar con honestidad la evolución de este subgénero documental, es una decisión indiscutiblemente lógica empezar por ahí, con Bob Dylan empezando a ser eléctrico, estableciendo la forma contemplativa, reveladora y que encara directamente a la cámara (la audiencia en uno sólo) a través de la entrevista, todos los rockumentales parten de ahí, la mayoría entendieron el concepto y lograron con eso que el personaje central sea tan humano y enigmático como su música.

La distinción exacta de un rockumental puede ser difícil de trazar. Un show en vivo en toda regla no contaría, a menos que contenga una parte documental real (observaciones, entrevistas, historia), el backstage es necesario, la intimidad es ineludible, incluso el reclamo al camarógrafo y el hartazgo por tenerlo al lado todo el tiempo desde hace meses mejoran la situación, pero la realidad es que la edición es crucial, más aún que los efectos creativos de la filmación, porque como en todo documental, la historia surge al momento de yuxtaponer las imágenes y las palabras. Editar es todo, de ahí surgen los músicos que se vuelven dioses, las canciones que se vuelven aún más épicas, los grupos perdidos en interminables pasillos se vuelven más graciosos y el volumen que va más allá de la marca del 10 se vuelve tan necesario.

Kurt Cobain es uno del Club de los 27 (¿por qué se suicidan?)

A propósito del suicidio de Kurt Cobain (5 de abril de 1994), al hacer una película sobre las estrellas del pop que murieron a los 27 años, el gerente de Wham, Simon Napier-Bell descubrió que un trauma fue lo que los motivó.

 sugirieron por primera vez que debería hacer una película sobre el club 27, el grupo de estrellas del pop que murieron a esa edad, no estaba muy interesado.

Parecía una carga. Luego encontró con una encuesta del doctor Mark Bellis de la Universidad John Moores que rastreaba muertes prematuras entre 1,064 artistas musicales populares, seleccionando nombres de los mejores álbumes de todos los tiempos. En general, tenían 1.7 veces más de probabilidades de haber muerto prematuramente que otras personas de su generación.

También descubrió que si el Club 27 se cambiaba a un club para personas de entre 26 y 30 años, el número de estrellas se cuadruplicaría. Y si se extendiera a los 35 años, el número se multiplicaría por diez.

Con figuras tan extraordinarias, decidió que debería usar el Club 27 para investigar la psique de las principales estrellas de la música en general. ¿Por qué se convierten en artistas? ¿Qué los motiva? ¿Por qué hay tantos depresivos bipolares o maníacos? ¿Cuáles deberían ser las responsabilidades de la industria hacia su salud mental? ¿Y si será que las personas con problemas naturalmente gravitan hacia el negocio de la música?

Demasiado para una sola película, especialmente cuando también tenía que incluir las vidas de los seis miembros más famosos del Club 27. Pero Simon Napier-Bell lo intentó de todos modos.

Mucho de eso ya lo sabía. Ser un manager de estrellas del pop y el rock tiene que ver tanto con tratar sus problemas psicológicos, como con promover su música. Casi todos los artistas sufren una inquietud interna permanente. No es sólo una parte trivial de ser un artista, es su principal fuerza de impulso. Muchos de ellos sufrieron algún tipo de trauma infantil. Podría haber sido la muerte de un padre o hermano, algún tipo de abuso físico o sexual, un divorcio de los padres, o cualquier otro trastorno emocional. Y en casi todos los casos deja un hervor lento que estimula la creatividad.

Puedes estar seguro de que si tu artista es realmente creativo, entonces en algún momento de su infancia sucedió algo que lo desencadenó. Es como si cada trabajo nuevo que idea, tuviera la intención de mitigar algo que molesta a su ser interior. “Nunca he conocido o gestionado ningún artista valioso que no fuera así”, escribe Simon en The Times.

La causa real de esa inquietud interna no es asunto del manager, su trabajo es gestionar el talento que proviene de él, no preguntar cómo surgió. Sé feliz de que esté allí y explótalo. Eso puede sonar insensible, pero es la realidad. Es lo que el artista quiere de su manager.

“Nunca discuto con un artista las cosas que afectan su vida personal, ni las razones de sus depresiones o estados de ánimo artísticos. Simplemente lidio con ellos lo mejor que puedo. No soy un psiquiatra contratado para tratar el origen de su inquietud. Estoy contratado para comercializar los síntomas que produce, su arte, para ayudarlos a usarlo en su beneficio. Y, en general, esa es la actitud de todo el negocio de la música. Sin embargo, ¿por qué los 27 son una edad tan crucial?”, se pregunta el autor.

Primero, hace notar, es la edad en que la corteza cerebral frontal madura. Esto permite que las personas tomen decisiones adultas normales —nos da nuestro sentido de causa y efecto—. Muchas sociedades antiguas fueron conscientes de esto y consideraron los 26 la edad adulta, y también es bien sabido en la sociedad occidental. Los servicios militares especiales invariablemente asignan sus tareas más exigentes a las personas de 27 años o más por esa razón. Una falta de conocimiento de causa y efecto puede ser útil cuando quieres que mil soldados corran por una playa bajo fuego (por eso 18 a 21 es una edad excelente para reclutarlos), pero no es tan útil cuando estás entrenando espías para llevar a cabo tareas clandestinas.

Y si eso suena cínico, seguramente la industria de la música también.

Persiguen a jóvenes entre las edades de 18 y 23 años y les piden que desechen su educación avanzada a cambio de una posibilidad de 1 en 50 de éxito en el negocio de la música. A la edad de 27 años, nunca lo harían. Ninguna persona racional lo haría.

Las compañías discográficas saben por experiencia que los más creativos de estos jóvenes son probablemente bienes dañados, que el trauma de la infancia y el desequilibrio emocional casi con seguridad formarán parte de su composición. Entonces, ¿eso hace que la industria sea explotadora? Posiblemente, pero tal vez no tanto como parece. A menudo es un intercambio justo porque para muchos jóvenes, la industria de la música ofrece exactamente el tipo de terapia que necesitan. Simon ha tenido varios artistas que le han dicho: “Sin el negocio de la música, me habría suicidado”.

“El enfoque principal de mi película son los seis miembros más famosos del Club 27. Para todos ellos, la industria de la música fue su salvador tanto como su caída”, anota.

Cuando tenía tres años, la hermana de dos años de Brian Jones murió. Hasta entonces su vida había girado en torno a ella. Un año después, su madre devastada tuvo otra hija a la que le dio su amor total. Brian se sintió excluido. Desarrolló un asma terrible y a la edad de 14 años ya había dejado embarazada a su primera novia. Sin embargo, descubrió la música y lo calmó. Por lo menos hasta que tuvo 27. Cada vez menos confiable por las drogas, fue expulsado de los Rolling Stones, el grupo que había fundado. Menos de un mes más tarde se ahogó en su piscina, bajo la influencia de drogas y alcohol.

Jimi Hendrix tuvo una infancia horripilante. Su madre era una chica fiestera adicta a las drogas de 17 años. Su padre estaba en una prisión militar y lo vio por primera vez cuando tenía tres años. Observando que su hijo era zurdo, le dijo a Jimi que debía haber nacido del Diablo. Él y sus tres hermanos fueron desalojados en casas baratas y hoteles hasta que sus padres finalmente se divorciaron. A la edad de 15 años, Jimi encontró un ukelele roto en la basura y desde entonces su vida fue la música, aunque aún caótica. Fue sólo cuando se unió a la banda de apoyo de los Isley Brothers, y luego a Little Richard’s, que encontró disciplina —los músicos no recibían pagos si tocaban una nota equivocada—. Jimi rara vez lo hizo. Destacó, lo que lo llevó a su carrera de solista. Sin embargo, tal vez esa fue su perdición. Liberado de la disciplina y ganando demasiado dinero para su propio bien, regresó al caos de su infancia —más las drogas.

Janis Joplin nació en Texas de padres liberales de clase media, pero fue a una escuela en el lado equivocado de las vías. “Era una inadaptada”, dijo. “Leía, pintaba, pensaba. No odiaba a los n***ers”. Y la molestaban ferozmente. A los 15 años desarrolló un acné profundo en la cara y fue votada como el “chico más feo de la escuela”. Su defensa era enterrarse en la música —y beber—. Para cuando dejó la escuela, ella era una alcohólica.

El padre de Jim Morrison era un militar. Él juró nunca golpear a un niño. En cambio, alineaba a sus tres hijos cada fin de semana y les gritaba. Bajo un sol abrasador o un frío glacial, tenían que prestar atención hasta que cada uno admitiera sus malas acciones de la semana anterior. En una situación así, había poco afecto familiar, por lo que Jim escapó a los libros. Leía con voracidad —Rimbaud, Burroughs, Baudelaire, Cocteau, Ferlinghetti— y escribía poesía. Más tarde, en la escuela de cine, intercambió la poesía por letras de canciones y se unió a The Doors. Sin embargo, debido a que su familia no le había dado base, terminó moviéndose entre novias, trajes de paternidad y drogas, y finalmente sucumbiendo a la heroína en París.

Kurt Cobain comenzó a cantar a la edad de cuatro años. Sus padres se divorciaron cuando tenía nueve, dejándolo desolado, y más centrado en la música que nunca. Al principio vivió con su padre y su nueva esposa, luego con su madre, durante ese tiempo descubrió el punk rock y las drogas. Un primo le advirtió que la enfermedad mental y el suicidio eran comunes en la familia y que si no tenía cuidado, podrían ser su destino. Cuando tenía 15 años, caminaba solo por el bosque un día, cuando se encontró con un cuerpo muerto que colgaba de un árbol —lo que para él casi confirmaba la predicción de su primo.

Amy Winehouse fue criada en un hogar lleno de música, especialmente jazz. Al igual que Cobain, ella fue deshecha por el deterioro de la relación de sus padres. Ella adoraba a su padre, que engañaba a su madre, para lo que no encontraba ninguna razón, a menos que, tal vez, fuera culpa de Amy. Parece que ella cargó con la culpa y trató de cantar su culpabilidad. Luego ella trató de bebérselo en su lugar.

“Estos fueron los seis músicos más conocidos que murieron a la edad de 27 años, pero hay muchos otros, todos con historias similares. Como fueron las narrativas de otras estrellas que han muerto en los últimos años —George Michael, a quien administré cuando estaba en Wham!, Prince, Michael Jackson y Whitney Houston— y de una gran cantidad de artistas que todavía están vivos”, recuerda.

Un par de esos le hablaron en cámara. En sus veinte años, Tom Robinson necesitaba desesperadamente el éxito de la música para validar su vida. Cuando lo logró con, Glad to be Gay, vivió aterrorizado de no poder escribir otro hit. Tanto que durante diez años guardó suficiente veneno en la nevera para suicidarse en caso de que el miedo al fracaso lo dominara una noche.

El trauma de Gary Numan fue descubrir cuando era niño que era autista. Ahora siente que fue una ventaja, dándole la singularidad de propósito que es tan importante para que un artista tenga éxito. Sin embargo, tenía que hacerlo sin comprender la empatía que un público necesita de un artista. Cuando hizo su primera entrevista, mientras el entrevistador estaba hablando, los ojos de Numan vagaron a todas partes, excepto al rostro del entrevistador. El manager de Numan le explicó que no podía hacer eso, que debía mirar a la persona que le estaba hablando. Entonces Numan arregló al entrevistador una mirada de tal intensidad que la persona pensó que Numan lo deseaba muerto. Su manager le explicó de nuevo. Y a partir de ese momento, cada vez que Numan habla con alguien, él los mira, cuenta hasta cinco, mira hacia otro lado y vuelve a contar, luego mira hacia atrás por cinco más.

“Hablando con estas personas, me pregunté cuán lejos está mi propia personalidad del filo emocional con el que viven los artistas. Debe haber una parte considerable de mí que esté cerca, o no los entendería tan bien. Sin embargo, nunca me permití hundirme en ese atolladero emocional en el que todos tan fácilmente caen. Parece que esa es la diferencia entre los artistas y el resto de nosotros”.

Muchas personas entrevistadas dijeron que pensaban que a los artistas les faltaba algo —algún tipo de lógica que podían aplicar a su situación emocional, algún tipo de proceso de protección instintivo que la mayoría de las personas tiene—. Es posiblemente una falla en su corteza cerebral frontal, lo que nos lleva de vuelta al punto de partida. ¿Debería la industria tratar de curarlos, o simplemente ayudarlos a equilibrar esa falla con una carrera comercial en la música?

La respuesta es invariablemente la última. El trabajo de la industria es comercializar los síntomas de la confusión interna del artista y explotarlos para ayudar al artista a tener una vida constructiva y útil.

Y vivir más allá de 27.

 

Traducción libre de Lilith T. Masso.

Música, literatura y su alternativa hipertextual

El año pasado, poco después de estas fechas de fríos otoñales, para celebrar un bonito reencuentro y una, digamos, “travesura” que tardé 20 años en concretar, me hice de dos libros de música para engrosar mi muy selecta colección: Cerati’ y ‘Vida y música’ de Alejandro Marcovich, una biografía y una autobiografía; dos músicos argentinos; dos guitarristas, principalmente, aunque también multiinstrumentistas. Uno cambió el sonido del rock latinoamericano y otro le otorgó un sello muy especial, de madurez compositiva, a la banda más importante de rock mexicano (si es que alguna vez ha existido dicho término). Y los degusté más que otras personas debido a que eché mano de ciertas pausas digitales que conformaron una alternativa hipertextual.

Anteriormente, para sentarte a leer un libro por gusto era necesario establecer un ritual que incluía música sin poder de distracción (música conocida cuya presencia sirve de mero colchón para la lectura), una taza de café, té, o una copa de vino, buena luz, de preferencia natural, y un buen tiempo de ocio para apagar algunas áreas del cerebro y dejar las esenciales de los hemisferios derecho e izquierdo para esquematizar y procesar la información, respectivamente. Hoy en día, además de lo cardinal, conviene tener a la mano un par de audífonos y un dispositivo móvil con acceso a internet, específicamente a Google y YouTube.

En 1995, la fallida escritora Laura Esquivel publicó un libro llamado ‘La ley del amor’, una payasada abismal y pretenciosa que prometía ser una lectura multiformato que incluía un cómic y un disco compacto con los que ibas alternando la historia. Terrible. Como experimento tuvo un resultado estéril e incómodo por la portabilidad. Aunque se agradeció ese esfuerzo que derivó en gracejo, también se le consideró un abuso hacia los lectores incautos, obnubilados por el éxito de ‘Como agua para chocolate’.

Cuando era analista musical en medios como Rock Stage y El Universal hace poco más de una década, los cronistas de vieja guardia lamentaban que los analistas de entonces utilizáramos las ventajas de internet como herramientas de consulta y cruce de información, y para estar más cerca de los músicos y artistas que aplaudían la reducción de distancias para poder llevar a cabo una entrevista que, de mantenerse las formas añejas, habría tardado mucho tiempo. Resulta curioso que dichos cronistas fuesen aquéllos que traducían entrevistas completas de revistas extranjeras para publicarlas como propias.

La utilización de nuevos elementos para acompañar una lectura funciona más con biografías y libros dedicados a la música porque con tantos datos y nombres aparentemente desconocidos, es enriquecedor hacer una pausa y buscar, por ejemplo, quién es Adrián Taverna, también conocido como el “Cuarto Soda” por ser el encargado de sonorizar los conciertos de la banda y por ser un amigo esencial de Gustavo Cerati. De esa forma, a manera de hipertexto, es posible no sólo conocer la catadura del tipo sino revisar su currículum y hasta hallar su página en Facebook y decirte: “¡Demonios, el pibe no es como me lo imaginaba!” También es interesante confirmar que el grueso de las novias y esposas de Cerati parecen hermanas y tienen un deje de similitud con su madre Lilian en su juventud.

 

Pero este ejercicio no se limita a la lectura, ya que, mientras observamos una película como ‘Jimi: All is by mi side’ (John Ridley, 2013), podemos confirmar si Imogen Poots, la actriz que caracteriza a Linda Keith (conocida groupie y ex novia de Keith Richards que estaba infatuada con Jimi Hendrix), realizó un buen trabajo: ¡caso cerrado!

Las posibilidades son infinitas y permiten enriquecer el conocimiento. No obstante, si bien gracias a los blogs cualquiera pretende ser periodista, es necesario ejercitar el músculo del análisis para no sólo repetir, con otras palabras, lo que alguien más ya escribió.

Se trata de ser auténticos en todo sentido y generar no sólo un criterio propio sino intervenir en el criterio de los demás; ahí la diferencia entre cronistas y analistas. Porque la música, y la cultura en general, no se quedan únicamente en una consecución de notas secuenciadas perfectamente sino van más allá, se trata de aprender a rascar en todos los recovecos posibles para poder ejercer opiniones informadas y entender, por ejemplo, por qué se le ha dado el Nobel a Bob Dylan y no a Murakami, y saber responder con efectividad cuando te atacan por no gustarte Juan Gabriel ni considerarlo un fenómeno musical, si es el caso, a lo que yo respondo: “¿Tengo cara de que me guste? A mí me gusta David Bowie”. Pero para eso es importante conocer y tener bien ejercitado ese músculo que nos hace diferentes.

Visita la habitación de Hendrix en Londres

La geografía del rock sigue expandiéndose, ya podemos agregar al mapa de Londres la casa de Jimi Hendrix, abierta al público para que conozca la habitación en la que deambuló entre 1968 y 1969.

Ubicada en 23 Brook Street en Mayfair, la dirección que Hendrix conoció como su hogar durante el lanzamiento de su tercera y última producción discográfica ‘Electric Ladyland’, la habitación fue restaurada al detalle por su novia de aquella época, Kathy Etchingham, quien concretó una visión de diversas capas que incluyen la cabecera hasta los tazones con fruta y por supuesto, su colección de discos.

La Casa Handel es un pequeño fragmento en el tiempo, con una vista inmediata de gustos e influencias de uno de los grandes guitarristas que han existido, que apreciaba tanto a The Beatles como a Bob Dylan y Cream, pero su modesta colección también incluía leyendas del blues como Lightnin’ Hopkins, Muddy Waters y Howlin’ Wolf, además de materiales de Wes Montgomery, Django Rheinhardt, Johnny Cash, Frank Zappa, Pierre Henry, Red Krayola y una copia ‘Messiah’, del otro famoso músico que habitó esa misma casa, el alemán Handel permaneció en la misma dirección durante seis años hasta su muerte en 1759.

A diferencia del Experience Music Project en Seattle, no se trata de un museo tal cual, es un espacio abierto los siete días de la semana para contemplar la restauración de 2.4 millones de libras de una habitación que no solo cuenta con elementos decorativos de la era hippie, incluye la vieja guitarra acústica Epiphone FT79 y parte de la vida en Londres de un refugiado en el arte y la música del Soho.

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