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Sonic Arsenal – David Byrne, el arte en movimiento

Una gira, recomendaciones de canciones a través de un programa semanal y uno de los sitios que más me gustan en la actualidad Reasons To Be Cheerful, David Byrne sigue siendo el tipo que sirve como conector entre ideas, en él convergen épocas y formas de pensar, siempre en expansión.

En 1980, la era del vídeo clip como forma de comercialización apenas iniciaba y todos los que incursionaban en ese medio intentaban mostrar al grupo y sus integrantes desde varios ángulos. Todos los vídeos parecían bastante simples, hasta que llegó un tipo que convirtió lo sencillo en algo extraño, casi una pieza de arte en movimiento.

‘Once In a Lifetime’ fue el primer encontronazo con David Byrne, su imagen ocupaba toda la pantalla y mostraba a un personaje con lentes de pasta, un traje ligero como de la Isla de la Fantasía y se convulsionaba continuamente. Su baile consistía en espasmos, movimientos violentos de brazos y un continuo correr de sudor. El vídeo fue todo un éxito y colocó a Talking Heads en un género que hasta la fecha revive en todos los rincones de Nueva York y Londres: el art-rock. David Byrne es una de esas formas de arte, que desbordan creatividad a través de sus poros, en su forma de vestir, actuar en el escenario y conducirse en la vida diaria.

De niño, cuando andaba persiguiendo a sus padres entre Escocia, Canadá y Estados Unidos, quería ser cartero para poder revisar la correspondencia de los extraños y así poder impregnarse de esas historias secretas. Esa fue la base de todos los grupos en los que participó y aún es la línea de su trabajo como solista, la gran diferencia es que el niño indefenso se transformó en un geek entrometido que se contorsiona mientras baila. Los espasmos son su sello, son parte de las ideas que quiere trasmitir con su cuerpo como músico y cantante. Sin embargo la piel no es una limitante para el arte, por que David Byrne utiliza medios más convencionales como cine, fotografía, pintura y literatura para expresar lo que trae dentro de la cabeza.

 

 

Entrado en la adolescencia, Byrne ya había olvidado la idea del cartero y se inclinaba tanto por la ciencia como por el arte. Ambos campos le fascinaban, sobre todo por el gran poder de manipulación que llegan a tener en nuestra vida diaria. Más tarde optó por el arte influenciado por los grafitis de la Escuela de Diseño de Rhode Island y porque, después de cuatro años de aburrimiento, podría cruzar las líneas de creatividad. No tardó en descubrir que era un timo, porque “encuentras un par de buenos maestros y algunos estudiantes interesantes, la cantidad de dinero que gastas realmente no lo vale”.

Las dudas sobre la escuela las reafirmó cuando en un curso de arte conceptual fue rechazado. Byrne realizó un performance en el que su cabello y barba eran rasurados, al mismo tiempo era acompañado por un piano y una corista mostraba tarjetas con mensajes escritos en ruso. Era definitivo, su arte no era comprendido en la escuela, así que decidió buscar mejores compañeros y maestros en la calle. El primer paso fue recorrer Estados Unidos al estilo de Jack Kerouac (pidiendo aventón y durmiendo donde se pudiera), luego se unió a una comuna hippie y posteriormente formó el dueto de acordeón y ukelele Bizadi. En esa época hizo algunos vídeos con tintes artísticos, que mostraban gente hablando directamente a la cámara en varios idiomas o una escena suburbana ambientada con conversaciones telefónicas de sus amigos.

Cuando regresó a Rhode Island creó el grupo The Artistics y buscó una nueva perspectiva del mundo, animándolo a continuar la línea de arte conceptual que la escuela de diseño le había cortado. De ese periodo surgieron cuestionarios, evidencias de ovnis, piezas que documentaban la efímera forma de vida norteamericana y retratos en Polaroid. Su creatividad estaba emergiendo, pero su vida todavía estaba lejos del artista, más bien esa actividad surgía cuando se hartaba de su trabajo lavando platos. Intentó regresar a la escuela, con la idea de que un titulo lo salvaría de continuar con esos trabajos extenuantes, pero en lugar de volver a las clases decidió mudarse a Nueva York.

En esa ciudad descubrió que “todo puede ser arte y el arte puede ser cualquier cosa”. Adoptó esa filosofía para todo momento de su vida y transformó a The Artistics en Talking Heads, que tendrían como base la tradición neoyorquina del arte minimalista: formas y colores simples. La línea le indicó a Byrne que debía hacer música sencilla, pero en el proceso él se transformó en una nerviosa obra de arte que brincaba incesantemente a lo largo de cada concierto. Al principio, el público del CBGB veía a Talking Heads como unos intelectuales, pero repentinamente una gran cantidad de jóvenes empezó a seguirlos y colocarlos a la vanguardia del sonido de finales de los 70 y principios de los 80.

La música y las letras fueron algo vital, sin embargo la imagen que diseñó Byrne a su alrededor fue la que llevó al grupo hasta ese nivel de art-rock. Tomó el ritmo y lo convirtió en una experiencia alegre, política, estática y espiritual, que con ayuda de poco elementos visuales podía saltar en todo momento y provocar una especie de arte corporal. Su traje gris era parte del concepto, al igual que los lentes y la faz seria de sus compañeros de grupo, que al igual que Byrne parecían desbaratarse en cuanto la música iniciaba.

 

 

Su trabajo no sólo era componer, sino jalar todas las miradas hacia él a través de objetos maximizados hasta la ridiculez. El enorme saco que portó durante ‘Stop Making Sense’ se volvió un clásico y se convirtió en un objeto de arte que hacía ver a Byrne como un fenómeno de piernas cortas y cabeza minúscula. Con ese mismo objetivo, el de explotar su cuerpo y provocar una sensación, algunos años después David Byrne tiñó su cabello de azul, amarillo, plateado o blanco para acentuar sus facciones y hacerlas notorias en la oscuridad del escenario. Para lograr el efecto contrario, al interpretar ‘Psycho Killer’ borró su cara y acentuó su cuerpo con un traje negro con líneas fluorescentes, que marcaban sus músculos mientras se movía como robot en la oscuridad. Para crear un estado de shock, en otras ocasiones adoptó un traje que lo envuelve completamente y lo hacía ver como un hombre despellejado, del que sólo se percibían los músculos, las venas y los nervios.

Pero su creatividad no se ha limitado al escenario, también se ha desbordado en terrenos como la fotografía y el diseño. Se ha expresado a través de diferentes materiales y medios, pero siempre se ha centrado en lo mundano y lo banal, creando iconos sobre el interior, físico y emocional, así como el exterior común y corriente. También ha mezclado exhibiciones con arte público, haciendo manifestaciones en gran escala y en los lugares menos sospechados: en Belfast y Toronto hizo suyos varios espectaculares, en Estocolmo se apoderó de los pósters del metro, en San Francisco tomó el alumbrado público y en Nueva York colocó una carta de navegación de 70 metros que se distinguía desde todos los puntos de la Quinta Avenida. ¿Para qué hizo todo eso?, tan sólo para llamar la atención y alterar el espacio que comúnmente olvidamos mirar.

Sin duda David Byrne tiene todas las propiedades del art rocker: rareza, carisma e ingenio. Cambió su tiempo (y sigue influyendo sobre varios músicos en la actualidad), mudó su ropa, transformó su cuerpo y alteró su mente tan sólo para crear algo más. La fascinación en torno a Byrne aún se mantiene, a pesar que su vestuario se limita a una guitarra, un pantalón y una camisa perfectamente ajustada por un cinturón.

¿Dónde está el gran traje de David Byrne?

El músico lo guardó después de ‘Stop Making Sense’ en el sótano de su casa, ahí permaneció durante años hasta que en 1998 lo donó al Rock and Roll Hall of Fame, donde inmediatamente fue agregado a la exhibición permanente Rock Style.

En el cine

En 1986, David Byrne debutó como director con la película ‘True Stories’. La historia se desarrolla en pueblo ficticio en Texas, donde el vocalista de Talking Heads se encuentra con moda, arquitectura, la historia de una zona fronteriza, la sociología de los centros comerciales, las aspiraciones poéticas de los hackers y la desaparición de los dinosaurios.

El arte no lo es todo, Byrne ha editado cinco libros en los últimos 15 años: ‘True Stories’, que también se convirtió en película; ‘Strange Ritual’, ‘Your Action World’, ‘The New Sins’ (que parece una Biblia) y ‘Envisaging Emotional Epistemological Information’ (contiene 5 DVD’s de arte y música realizados en PowerPoint).

Después de Talking Heads

‘Grown Backwards’ es la octava producción de David Byrne como solista, son 15 tracks nuevos que cuentan con el clásico estilo del músico, variedad tropical, exploraciones sonoras y pop, pero también cuenta con diversos toques de sus años con Talking Heads y dos arias de ópera. Los cortes más recomendables son: ‘The Other Side of This Life’, ‘Tiny Apocalypse’ y ‘Au Fond du Temple Saint’.

El otro mundo musical

David Byrne creó el sello Luaka Bop en 1988, su objetivo principal es lanzar los discos de Byrne e impulsar la música de actos desconocidos para el público estadounidense. El catálogo de la disquera actualmente cuenta con más de 20 artistas, entre ellos destacan Los de Abajo, Los Amigos Invisibles, Zap Mama, Cornershop y Si*Se.

Byrne en amarillo

David Byrne fue inmortalizados en capitulo 309 de ‘The Simpsons’. El episodio lleva el título de ‘Dude, Where’s My Ranch?’ y muestra a Byrne produciendo las canciones ‘Everybody Hates Ned Flanders’ y ‘The Moe Szyslak Connection’. El punto más importante del episodio es cuando Byrne comparte el traje de ‘Stop Making Sense’ con Homero en un magnífico concierto.

#SonicArsenal – Observen bien antes de viajar con malas compañías

 

“Cada hombre tiene dentro de sí un parásito que no está actuando en todo a su favor”. Él debía saber muy bien de que hablaba. Novelista beat y poeta, junkie, expatriado, homosexual, ruidoso tirador, inspiración del heavy metal, cabeza del punk-rock, líder de escena, extraño viejo y objeto del director Yony Leyser en el documental ‘William S. Burroughs: A Man Within’, que a 20 años de su regreso al plano aquel lugar dnde se aprende a vivir en silencio, es el mayor recuerdo de tres generaciones, aunque ya no parece vigente en la actualidad.

 

Pasemos un momento por alto el hecho de que la película ‘Kill Your Darlings’ (2013) intentó incoporarlo a la generación 00 y consideró más acertado incluir una canción de TV On The Radio a potenciar la experimentación del jazz en los escritores de la generación beat, olvidemos ese desliz sonoro por el tema central, el incidente que unió a diversos autores y propició que múltiples perspectivas fueran liberadas a lo largo de los años, excepto la de los protagonistas directos, que tras varios intentos no lograron que se publicara su versión a cuatro manos y posteriormente decidieron silenciarla como un trato entre caballeros. Nada saldría a la luz hasta que su personaje central muriera.

 

 

La visión de John Krokidas para ‘Kill Your Darlings’ parte de Allen Ginsberg, que cerró el círculo del asesinato cometido por su amigo Lucien Carr de diversas formas, primero a través de la dedicatoria de ‘Howl’, el poema donde las mejores mentes de una generación son destruidas por la locura, “hambrientas histéricas desnudas”. Posteriormente por medio de cuentos y hasta su biografía, donde describió coloridamente su relación con el rubio de ojos azules, hermoso, brillante, un fascinante personaje que también incendiaba la mente de sus otros amigos en “el círculo de libertinos”, William S. Burroughs y Jack Kerouac.

 

Beats, letras, homosexualidad, drogas, armas, punk, arte, muerte y por un fugaz instante de reflexión revelada, amor. Burroughs sin duda era un hombre de muchas capas, algunas de ellas impenetrables desde sus gestos secos o la distancia que impone ser un icono de la generación beat, tal vez por eso la película que parte de la novela ‘And the Hippos Were Boiled in Their Tanks’ (finalmente publicada en 2008) y ‘William S. Burroughs: A Man Within’ no son intensamente detalladas, son más bien un tributo, pero aún así es un tributo fascinante.

 

Mientras ‘Kill Your Darlings’ parte de una versión más cercana a los hechos reales, ‘And the Hippos Were Boiled in Their Tanks’ es un recuento de los hechos desde dos perspectivas que terminan uniéndose alrededor de una novela de misterio. Will Dennison (Burroughs) y Mike Ryko (Kerouac) le dan un giro al asesinato, no se centran en el incidente, pero nos llevan a través de diversas anécdotas a ese momento. Juntan hechos, los transforman y capturan escenas de comedia e instantes absurdos, logran una larga broma que se convierte en el estilo literario del que ya se impregnaban, desarrollan su voz con capítulos intercalados como un retrato de un segmento perdido de su generación, que en su hervor emergía como algo duro, honesto y sensacionalmente real.

Por su parte el documental, gracias a las grandiosas imágenes de archivo (muchas de ellas muestran su característica voz), nos encontramos con el viejo líder de varias genraciones, los amigos íntimos de Burroughs (al menos tan íntimos como el propio Burroughs lo permitía), con astutas animaciones de alambres se desarrolla cada tema, que de de una forma u otra se van encadenando para entender poco, un poquito, de su obra y su personalidad. Las entrevistas son primordiales, el director John Waters hace un gran trabajo colocando cada pieza del contexto e importancia de Burroughs en el mundo que lo rodeaba. Las conversaciones con Allen Ginsberg también son reveladoras, sus platicas son parte de la mitología beat, algo que podríamos llamar ‘Bill and Al Show’. Yo vería sin duda ese programa.

 

Si todavía recuerdan ese 2 de agosto de 1997 en que una de las voces de aquella generación que reunía drogas, ironías, pasión y desencanto en algún hotel de París, deben detenerse en ‘William S. Burroughs: A Man Within’, un documental que trata de abarcar todos sus encantos a punta de pistola, al menos es suficiente para que los que no lo conocen tanto descubran su conexión con iconos punk como Patti Smith e Iggy Pop, así como su influencia en Sonic Youth, Gus Van Sant y el concepto de heavy metal, además de su fascinación con las armas, las serpientes y el capítulo que desembocó en sus mejores obras, la muerte de Joan Vollmer, esposa de Burroughs que falleció después de un desafortunada combinación de armas, alcohol y William Tell en la Ciudad de México en 1951.

 

 

No crean que descubrirán detalles sobre sus libros o sus poemas, es sobre el hombre y como tal, vale la pena escuchar su ‘Oración de Acción de Gracias’ de 1986 o escucharlo interpretar con tanta peculiaridad la canción ‘Falling in Love Again’ de Marlene Dietrich en alemán.

 

 

‘A Man Within’ definitivamente está lleno de rayones que evocan y dibujan el esqueleto Burroughs y su visión de la humanidad. No sobra ninguna imagen o palabra, incluso quisieras más, pero es obvio que el director no quiere darte todo el interior, se trata de que lo sigas buscando en el exterior de la película.

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