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La boda y la consistencia

En una entrevista que concedió Kevin Spacey a Adela Micha en Acapulco, en la cúspide de su éxito como Frank Underwood, en una visita que incluyó saludar al Presidente Peña, a una pregunta específica de que es lo que él consideraba que lo había mantenido alejado de la prensa de chisme y escándalos de la farándula, Spacey respondió simplemente: la consistencia. En esa entrevista dijo que al llevar una vida consistente en lo privado y en lo público, no era sujeto de interés para el ‘gossip’ porque no había nada jugoso que descubrir. Hasta que llego la denuncia de una persona por un comportamiento ofensivo de parte de Spacey, hace varios años, y la consistencia se rompió. Estoy convencido de que Spacey tuvo un manejo pésimo de la crisis y al intentar desviar la atención, o al tratar de encontrar simpatía hacia su situación, saliendo del closet en circunstancias adversas y controvertidas al inicio del movimiento #metoo, desde mi perspectiva, la destrucción de su propia historia de consistencia fue demasiado para un perfeccionista metódico como fue hasta ese momento en su carrera.

Ismael García Cabeza de Vaca, hermano del Gobernador de Tamaulipas, y Senador actual por el PAN, fue sorprendido viendo imágenes sugerentes en su móvil en plena sesión del Senado. Lo ofensivo, mas allá de estar en este tipo de actividades en horas de trabajo que requerirían su atención, fue el lenguaje utilizado en el chat que presentaba a una mujer en actitud sugerente: ‘pásame el cel del padrote no seas gacho, ya me la quiero zumbar’ le solicitan al legislador que contesta: ‘ya somos 2’. ‘Ofrezco una sincera disculpa por la forma ofensiva en la que me expresé en una comunicación privada durante la sesión del Senado…’ fue la respuesta ofrecida a los medios por parte del Senador, sin darse cuenta que precisamente, en el carácter privado de esa conversación radica la esencia del problema. Un personaje que públicamente se conduce de una forma y que privadamente se conduce de otra. La consistencia a la que se refería Spacey. El ofrecer disculpas por ser sorprendido en la ‘privacidad’ -estaba en el salón de sesiones del Senado- de una conversación que denigra al sexo femenino y deja ver conexiones con los proveedores de servicios ilegales, deja al descubierto la auténtica personalidad del personaje.

Haciendo fila para pagar en el supermercado, un periodista divaga en los anaqueles y descubre el último ejemplar de la revista Hola. Le llama la atención la portada en donde aparece la Primera Dama, esposa del Presidente Peña, modelando y presentando su nueva casa. Una residencia espectacular con grandes espacios ambientados de manera cinematografía, alberca, terrazas, lo último en diseño arquitectónico. Sorprende la dimensión de la casa, más aún cuando se considera el lugar en el que se ubica, en Las Lomas de Chapultepec, una de las zonas con el precio por metro cuadrado más caro de México. Este descubrimiento circunstancial da origen a una investigación profunda que da como resultado una red de negocios con indicios muy claros de actos de corrupción. Nuevamente, en un intento por ocultar el descubrimiento -que no el acto en sí-, la defensa de los protagonistas de esta historia es fatal. Utilizando la figura de una actriz reconocida -esa misma Primera Dama-, se pretende crear una reacción de disgusto por la terrible ‘ofensa’ por dudar de su decencia y rectitud, intentando alejar la atención de, nada menos que, el Presidente de México. Una declaración adicional que le da el Presidente en Septiembre de 2014 -anterior al reportaje de La Casa Blanca, de noviembre de ese mismo 2014- a un grupo de periodistas sobre que la corrupción es ‘una debilidad de orden cultural’ termina por afectar de manera determinante el desempeño del Gobierno de Peña. La duda sobre su propia honestidad permea en un sexenio marcado por los Duartes, Borges, Lozoyas, Ruiz Esparzas, en el que pareciera que la falta de consistencia en el discurso de la legalidad y corrupción por parte del Presidente fuera una ‘carta blanca’ para seguir el camino de la corrupción.

El sábado 29 de septiembre se llevó a cabo una boda que destaco por lo fastuoso y por los protagonistas: Dulce María Silva Hernández, cuya familia es propietaria de una de las empresas más sólidas y exitosas de Puebla fundada en 1955 dedicada al empaque de carnes de cerdo y pavo; y Cesar Yañez Centeno, anterior vocero y coordinador de comunicación social de Andrés Manuel López Obrador, hoy propuesto para ser Coordinador de Política y Gobierno del Gabinete de AMLO. Una boda fastuosa, sí, pero dentro de los márgenes de una familia pudiente y reconocida en el ámbito empresarial y social de Puebla. Ciertamente, en el entorno de una sociedad conservadora como la poblana, con los recursos de una empresa exitosa con más de 50 años de existencia, y con los compromisos sociales, empresariales y políticos que exige un negocio de renombre, la boda representa le presencia de la familia de Dulce María en Puebla, en lo social y en lo económico. Nada que reprochar en el terreno de la corrupción o el derroche de recursos ajenos. Sin embargo, el que el novio sea una de las personas cercanas, sino es que la más cercana a López Obrador, en el proceso de transición hacia un nuevo gobierno enmarcado en la ideología de la austeridad republicana, el rechazo a acciones despóticas de gobernantes sobre gobernados, la premisa de una sociedad más igualitaria como principio rector, convierte al evento en un acto cuestionable de sensibilidad política que evoluciona posteriormente a una autentica afrenta cuando al lunes siguiente aparece en la portada de la misma revista Hola, que solo cuatro años atrás utilizo la Primera Dama para presumir su ‘nuevo hogar’, la pareja de Dulce María y Cesar con un insert de López Obrador y su mujer. Es de sorprender que un profesional de la comunicación que ha negociado y discutido con centenares de periodistas a lo largo del camino de López Obrador a la Presidencia, como Cesar Yañez, no fuera consciente de las repercusiones de utilizar precisamente ese medio para difundir su boda. Aunque seguramente fue la presión social de la novia y su familia -la siempre anhelada portada de Hola para la ‘gente bien’ de alta sociedad- el mensaje no solicita explicaciones y el impacto es demoledor con un sabor a inconsistencia que seguidores de AMLO interpretan como ‘traición’ y enemigos de AMLO reciben como bendición. “No me casé yo, yo fui invitado, asistí, cada quien es responsable de sus actos” defendió AMLO cuando le preguntaron los periodistas sobre la boda. ”No fue una acción de gobierno, se trata de un evento social, privado, yo asistí, desde luego que están cuestionando nuestros adversarios porque andan buscando cualquier posible error para hacernos la crítica, se me hace que tienen derecho a hacerlo”, continuó, dejando claro que efectivamente, la boda, su publicación, pudo haber sido un error.

La consistencia, efectivamente, es la razón sólida que evita tropiezos y escándalos de las figuras públicas. Pero la consistencia no es un ‘algo’ que se aprende o se imita. La consistencia es una forma de vida que solo se puede dar cuando hay coherencia entre los valores íntimos y las expresiones públicas de esos mismos valores. En política, esa conjunción a veces exige sensibilidad como una forma de respeto al ciudadano de a pie. Esa sensibilidad por supuesto que exige sacrificios y atención al detalle, como en este caso hubiera sido una boda modesta, sin desplantes frívolos en revistas ‘marcadas’ que tuvieran la sospecha de ofensa al elector.

Creo que al final lo más preocupante es que aun cuando seguramente estas valoraciones de dieron en algún momento previo a los hechos, fueron desestimadas o ignoradas con base en el ejercicio de poder.

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