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Las nostalgias de Interpol en dos momentos chilangos

Texto: Jesús de León Torres
Foto: Cortesía de OCESA

Segundo momento (noche del 14 de agosto de 2018). En las afueras del centenario Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, la hipsteriza, treintañera en su mayoría, se agolpa, consciente de que no toda entrará al emblemático recinto de la capirucha. Revendedores intentan comprar los escasos boletos sobrantes de los asistentes para ofrecerlos a sobreprecios ridículos. Es la segunda de dos noches anunciadas como el reencuentro íntimo de Interpol con su fiel público mexicano, y cuyas localidades se agotaron en unas cuantas horas. Al interior, la sala es ocupada paulatinamente hasta llenarse. Los gritos del público reciben a la banda neoyorquina –con bajista y tecladista invitados–, que desde el principio lo complace con Not Even Jail.

Primer momento (noche del 5 de septiembre de 2005). Miles de personas, casi todos en sus veintes, hacen una larguísima fila afuera del World Trade Center, previo a lo que será una desorganizada pero vibrante velada. Después de un retraso considerable de la hora anunciada entran al Salón Mexica del inmueble, uno de varios donde se llevan a cabo expos de todo tipo y nada apto para un concierto de esa magnitud. El sitio se oscurece y el entonces cuarteto inicia con Next Exit, la canción que abre Antics, su segundo disco y el que promueve alrededor del orbe.

El público comienza a brincar desde el principio en lo que fue el primer concierto de Interpol en México y el que hubiera sido el primero de dos en ese lugar. Por cuestiones de seguridad, la segunda noche se pospondría unas semanas días y cambiaría de sede: el Palacio de los Deportes. Entre el primer y el segundo momentos aquí recapitulados habrían de pasar muchos conciertos de Interpol en nuestro país experimentados con la misma pasión.

Segundo momento. Con la precisa iluminación, el escenario se convierte en un espacio casi siempre monocromático, como el sonido de Interpol. Rojo con la hipnótica Mammoth; azul con la lánguida NYC, o verde con la energética The Rover, el primer sencillo de su próximo álbum, Marauder, y cuyo vídeo, una docuficción dirigida por el cineasta mexicano Gerardo Naranjo (Drama/Mex, Miss bala, Narcos), registra una historia ubicada en el contexto de la conferencia de prensa que el trío ofreció recientemente en la Ciudad de México para anunciar a nivel mundial el mencionado disco.

El cantante, Paul Banks, se dirige al público en español, el cual perfeccionó cuando estudió la prepa en nuestro país. Tres bolas disco –una al centro, sobre los músicos, y las dos restantes a sus costados, abajo, ambas imperceptibles casi todo el tiempo– acentúan el tono melancólico de las piezas ejecutadas por los cinco intérpretes, a manera de una desolada fiesta. La bola de espejos cumple al fin su función luminosa cuando recibe la proyección de luz blanca que se descompone en cientos de haces disparados a todas direcciones. El público lo celebra, tanto como lo hace al final de cada canción.

Primer momento. Los asistentes no dejan de saltar; aplauden, gritan, cantan los temas de los primeros dos álbumes de Interpol, agrupación que recientemente les ha descubierto el post punk británico de fines de los setenta y principios de los ochenta. Fue la que les abrió oídos, mentes y almas a Joy Division. Gracias a Paul Banks se internaron en Ian Curtis; por Carlos D (exbajista de Interpol), llegaron a Peter Hook. Son los discos Turn On the Bright Lights y Antics los que encumbraron a Interpol; los que la crítica internacional alabó, y los que lo convirtió en cabeza de cartel de festivales en Europa, Estados Unidos y México.

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Segundo momento. La calidad y el volumen del sonido, la cercanía lograda entre ensamble y audiencia, y la genuina emotividad en el ambiente son pocas veces tan patentes. Los fans acompañan con sus voces al grupo incluso en las canciones del disco que aún no ha salido a la venta. Se siente la nostalgia de Interpol por tiempos mejores, previa a su tercer álbum, a partir del cual dejó de ser venerado por la crítica. Queda México como su bastión, y eso lo sabe y lo aprovecha Interpol.

Primer momento. El post punk (¿o post post punk?, ¿new post punk?) de Interpol es una de las banderas de la nueva generación de principios del siglo XXI que se decanta por la música indie, la que unos años atrás era denominada alternativa. Grupo y público se rinden ante la nostalgia de una época que no les tocó vivir. Nostalgia por una vivencia no experimentada; por un sonido único que conocieron y disfrutaron años después, que Interpol ha reproducido a través del filtro de su talento. La audiencia sale feliz, consciente de que ha sido partícipe de una fecha histórica.

Segundo momento. Interpol deja para el encore parte de lo más representativo de su obra, y de lo más reminiscente a Joy Division: Lights, Evil y Obstacle 1; de lo más nostálgico del grupo y de la noche. A ello se suma la doble nostalgia de la época no vivida; la triple de la banda al evocar tiempos mejores; una más de todos los presentes por lo experimentado juntos durante casi 13 años. Antes de salir del escenario, los músicos agradecen la evidente y recíproca relación amorosa entre ellos y los mexicanos. Se van todos menos el baterista, Sam Fogarino, quien se acerca al micrófono central para dirigirse –él sí en inglés– a los asistentes: “México, son jodidamente increíbles. No saben lo importantes que son para nosotros”. Sam, sí tenemos idea.

Interpol – Las luces se volvieron a encender

Fotografías: César Vicuña, cortesía OCESA

 

“Turn on the bright lights. Enciende las luces brillantes”… y fue lo que pasó. El Pepsi Center fue el escenario de un juego de luces externas e interiores de un ser humano que no paraba de gritar, cantar y hasta de llorar. Sin visuales que acompañaran sus canciones, Interpol se paró sobre el escenario rindiendo homenaje a su álbum debut y a un sinfín de tonos oscuros que justifican las historias de sus canciones.

Mujeres, Nueva York, citas, planes fallidos. Contextos que se acomodaron perfectamente la noche del 18 de octubre ante un público que apenas recupera la fuerza tras los siniestros ocurridos justo hace un mes.

La noche era cálida y el público digno de admirar dado que entre los ríos de gente se escuchaba lo que había sucedido una noche anterior. Si, muchos se dieron cita nuevamente esperando quizá una nueva sorpresa o simplemente por el amor a la música.

Pumarosa fue el proyecto londinense encargado de abrir la cita con la delicadeza y la elegancia. Solo faltaba el champagne. ‘Honey’ y ‘Priestess’ fueron dignas canciones para ganarse la confianza del público sin que exigieran ya la salida de Interpol pues el terreno aún no estaba repleto de asistentes.

Ya una vez instalados los minutos previos es como se pudo sentir el nervio y la emoción que se justificaban en pequeños bailes mientras sonaba música de fondo y cierto palpitar de muchos corazones y si, también los gritos de mujeres que exhortaban su amor por Paul Banks. Locura.

 

 

‘Untitled’ fue la apertura de un ejercicio de sincronización sonora que se vuelve la transición de una banda ordinaria a una atemporal, que no se distingue por su vigencia en las grabaciones sino en la fuerza que adquieren los discos a través del tiempo. ‘PDA’, ‘Say Hello to the Angels’ y ‘Roland’ son la viva voz de la adolescencia y del 2002; fue esta noche que el tiempo dejó de existir para revivir nuestros saltos y aplausos como si fuésemos eso, adolescentes y eternos. Y es que 15 años ya han pasado pero no la nostalgia, el miedo y las relaciones fortuitas.

Quizá eso justifique la intensidad con la que el público cantó ‘The New”, ‘Leif Erikson’ y ‘Specialist’, canciones con las que la banda se fue a descansar y dejar en modo reflexivo a su conglomerado.

La potente ‘Not Even Jail’ significó el regreso de la banda y el aplauso, así como el de múltiples vasos de cerveza sobre nuestros rostros que solo reflejaban alegría. Paul Banks nos entregó confianza y amor como un mexicano más, haciendo uso perfecto del español pues cabe recordar que gran parte de su adolescencia tuvo residencia en la Ciudad de México.

 

 

 

Justo merecíamos una cura en nuestras heridas, por los sismos, por la pausa de la música y por el tiempo que corre tan deprisa sin saber cuándo será que Interpol regrese de nuevo. Justo merecíamos ‘Slow Hands’ y ‘Evil’ y no, no nos defraudaron. Dichas canciones dieron fin a una noche en la que de nuevo brilló la importancia del disco eterno, de las historias entrelazadas y el poder del tiempo.

 

Banks regresará en noviembre junto a Robert Diggs para el Corona Capital. Banks seguirá esta semana en Monterrey y Guadalajara. Interpol nos provoca admiración,  difícilmente las nuevas generaciones lo pueden olvidar. Solo quedará en nuestras manos la oportunidad de privilegiar y rescatar el significado de escuchar un disco completo para tener noches como ésta.

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