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Te equivocas, Andrés Manuel López Obrador…

Tus críticas al Instituto Nacional de Acceso a la Información Pública (INAI) no son nuevas. Al menos desde que eras jefe de Gobierno en la Ciudad de México tus ataques hacia ese organismo y sus comisionados o comisionadas formaron parte de tu línea discursiva. No se te puede acusar por incongruente, pero creo que, en este caso, tienes una visión torcida sobre el sistema de transparencia y la rendición de cuentas en México.

Cuando eras jefe de Gobierno en la ciudad de México, recuerdo nítidamente haber asistido como reportero a una reunión del consejo que decidía qué era público y qué debía mantenerse en secreto. Todos los integrantes, con derecho a voto, eran parte de tu gabinete. Los independientes, ciudadanos de a pie, podían opinar, pero su voz no contaba.  Estoy seguro que no has olvidado eso porque quienes ocuparon después tu puesto como Alejandro Encinas (de manera temporal) y Marcelo Ebrard enderezaron el barco.

En uno de tus mensajes por twitter llamaste “burocracia fifi” quienes trabajan para el INAI. Desde tu perspectiva, se trata de un organismo costoso y poco efectivo,  ya que reservó la información del caso Odebrecht, uno de los escándalos de corrupción más grandes en América Latina. Según tus cuentas, el INAI cuesta al erario mil millones de pesos y también mantuvo bajo llave la devolución millonaria que se hizo en el Gobierno de Fox a empresarios y la transa en la compra de planta Agro Nitrogenados por parte de Pemex que costó 275 millones de dólares.

No es para menos tu crítica y, por qué no el airado reclamo respecto a los contratos de Pemex; sobre todo, que la propuesta para mantener ese negocio en la opacidad corrió a cargo de la comisionada Ximena Puente de la Mora quien semanas después se convirtió en candidata del PRI a la Cámara de Diputados. Una línea recta entre Los Pinos y el INAI.

Semanas después, en la entrevista que te hicieron en Milenio volviste sobre el INAI: “Es un parapeto en el mejor de los casos. Supuestamente promovido por la sociedad civil, independiente, ¿en qué terminó? ¿Saben qué fue lo último que resolvió el instituto de la transparencia? Mantener en secreto la investigación de Odebrecht. Este instituto le costó a los mexicanos mil millones de pesos y que en el caso Odebrecht actuó como tapadera”.

Aquí es dónde pierdes la perspectiva, Andrés Manuel. Desde luego que estamos ante el mayor caso de corrupción en América Latina y, desde del Gobierno de Enrique Peña Nieto, no se ha hecho otra cosa que ocultar la investigación. La PGR tiene listo el expediente pero no lo ha consignado ante un juez. No sabemos cuándo lo harán.  Aun más: México no firmó un acuerdo con Brasil para que le entregaran, de manera oficial, los testimonios de los delatores, en su gran mayoría, ejecutivos de Odebrecht. Uno de ellos, Luis de Meneses Weyll, dijo haber entregado sobornos a Emilio Lozoya cuando era miembro del equipo de campaña de Enrique Peña Nieto.

Pero en este caso, la pregunta es la siguiente: ¿El INAI tiene la responsabilidad de hacer público ese expediente? Creo que te equivocas, Andrés Manuel. Lo que está mal sería la ley que prohíbe hacer públicas las averiguaciones previas que están en desarrollo. Y ésta, aunque suene absurdo, aun no recorre todo el curso legal; es decir, tiene que ir, en algún momento, a manos de un juez.  Tu crítica, en este caso, es por lo menos desproporcionada: es un problema del sistema, no del  INAI.

Hay pocas razones para defender al INAI tras el caso de Ximena Puente. Sin embargo, creo que no puedes generalizar. Incluso, de hecho, sería peligroso. A nadie más que a la mafia del poder le interesa desaparecer el sistema de rendición de cuentas.

Andrés Manuel, no te olvides que, precisamente, las solicitudes de acceso a la información han sido una herramienta valiosa, indispensable, para el periodismo de investigación. Sin esos datos, por esa misma ruta que tú criticas, no hubiera sido posible descubrir La Casa Blanca de Enrique Peña Nieto o la construcción de un Wal-Mart en la zona de Teotihuacán.

Esos dos son apenas dos ejemplos; pero déjame recordarte otro: Los 900 millones de dólares que el Gobierno de Peña Nieto le entregó, discrecionalmente, a la ex candidata presidencial del PAN, Josefina Vázquez Mota.  Estos tres casos te he escuchado mencionarlos como ejemplos de la corrupción que corroe a este país. Pero, esa lógica, has perdido la dimensión. Podría ponerte aquí decenas de casos, de reportajes como La Gran Estafa los cuales no hubieran visto la luz sin solicitudes de acceso a la información.

Andrés Manuel, si pones los pies  en la tierra, si levantas la mirada, te darás cuenta que el problema no es el INAI en sí mismo. El problema es rescatar al sistema de rendición de cuentas de las garras de la mafia del poder, cómo tu le llamas. Ellos han sido quienes se encargaron de colocar, poco a poco, a gente a su servicio para tapar lo que se pueda y, aun así, no han podido del todo.

Andrés Manuel, ha que rescatar eso. Volvamos a poner comisionados y comisionadas independientes como sucedió con la primera generación del IFAI. ¿Te acuerdas? Sin ellas y ellos no hubiera sido posible saber, por ejemplo, que Marta Sahagún gastó cuatro mil pesos en toallas para las cabañas de Los Pinos. No queremos eso.  Sí, quizá habría que revisar el presupuesto disponible, atender las prioridades del país, pero tampoco hay que aplastarlo.  Es decir,  hablemos de refundar el sistema de rendición de cuentas y al mismo INAI. Claro, que no sea como el que tú creaste cuando eras jefe de Gobierno.

 

La absurda comedia que habla de corrupción

En México no hay fiscal anticorrupción y, lo peor, es que no lo habrá hasta después de la elección presidencial. ¿Por qué? Podríamos preguntarnos y la respuesta sería fácil: porque así lo decidieron los senadores.  En una reciente entrevista en televisión escuche el priista Emilio Gamboa mencionar esto como si se tratara de un padre bondadoso aleja a sus hijos de algo peligroso, de una sustancia que los podría contaminar. Él y sus compañeros piensan que lo mejor para los ciudadanos es no meternos en un tema árido y quizá hasta controvertido en medio de una elección presidencial. Somos quienes pagan su sueldo y no atienden una de las necesidades más urgentes para este país: el combate a la corrupción.

El último estudio de Transparencia Internacional ha sido como una cubetada de agua helada sobre la espalda respecto a este tema. En el índice que mide percepción sobre la corrupción México ocupó el lugar 135 entre 180 naciones medidas. De 10 puntos posibles, nuestro país obtuvo una calificación de 2.9. México es el peor país entre los miembros de la OCDE. México tiene la calificación más baja dentro del G-20.

De hecho, México nunca ha obtenido una calificación mínima aprobatoria de 6. Aún más, en los registros históricos de Transparencia Internacional jamás hemos llegado, por lo menos, a 4 de los 10 puntos posibles.

Lo terrible en esta absurda comedia será desde las precampañas y seguramente a lo largo de las campañas presidenciales en este 2018, el tema de la corrupción estará a discusión permanentemente; algunos lo harán para atacar al rival, otros para colgarse una medalla en transparencia y, los menos, para propuestas concretas.

Llegamos a una elección presidencial en un país donde la corrupción sistémica, es que se anida en el poder sin importar ideologías ni siglas partidistas, es un tema que debe postergarse. Y lo peor es que, quienes lo deciden, nunca lo consultaron la gente.  El asunto puede tornarse peor si pensamos que al momento de votar no sabremos qué pasó en México con el caso Odebrecht porque el expediente está guardado en alguna gaveta de la Procuraduría General de la República (PGR).

Los ciudadanos cruzaremos la boleta a favor de cualquier candidato sin que los legisladores de los partidos nos dieran un fiscal anticorrupción. En México se han creado decenas de leyes y reglamentos para combatir este cáncer, y también nació el Instituto Nacional de Acceso a la Información (INAI). Alguien podría decir que la Auditoría Superior de la Federación ahora ha dado mejores resultados. Sin embargo, es evidente que algo está muy mal. Seguimos con calificaciones reprobatorias en el índice de Transparencia Internacional.

Los candidatos y sus equipos están perdidos en esto. Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, asume que esta batalla se ganará con el ejemplo, con una especie de clase de moral desde Los Pinos. Ojalá fuera tan sencillo,  claro está que los países con calificaciones de 10 –la mayoría nórdicos- no diseñaron sus sistema anticorrupción con ganas, coraje y buena voluntad. Se necesitan programas, instituciones, mecanismos para castigar la corrupción. No se trata de instituciones autónomas, sino independientes, dos conceptos distintos.

 

 

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