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El soundtrack de la vida: Luces, cámara, ¡Nick Hornby!

Uno de los escritores ingleses más prolíficos de los últimos tiempos es sin duda Nick Hornby, un londinense amante de la música y el fútbol de narrativa ligera, con tintes de humor pero sobre todo con un alto contenido sobre la dinámica social de los londinenses, con dinámicas que resultan casi universales. Cuatro de sus novelas han sido adaptadas para la pantalla grande, Fever Pitch (1992), High Fidelity (1995), About a Boy (1998), A Long Way Down (2005) y escribió el guión cinematográfico para otros dos filmes por los cuáles recibió el premio Oscar a Mejor guión adaptado: An Education (2009) y Brooklyn (2015).

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En lo particular me gustan mucho los personajes de Nick Hornby, normalmente solitarios, reflexivos y que a pesar de no ser los mejores tomadores de decisiones, cuentan con un gran corazón y amor por las cosas vanas, lo que termina siempre definiendo su destino. En esta entrega me referiré a dos de sus novelas que fueron llevadas a la pantalla con su respectivo soundtrack matador que hacen de las cintas, productos aún más disfrutables.

Fever pitch, fue publicada en el 2005 y tiene dos versiones cinematográficas, la primera muy apegada al guión original, protagonizada por Colin Firth y una adaptación con Jimmy Fallon como personaje principal. La novela hace referencia al campeonato de la liga inglesa que logró el Arsenal en la temporada 1988/89 de forma dramática en los últimos minutos de la última jornada y en contra de su máximo rival, el Liverpool. En la adaptación del 2005 dirigida por los hermanos Farrrelly, la historia se lleva a cabo en Boston y se basa en la historia de la primera victoria en serie mundial de los Red Sox en 86 años.

Durante el desarrollo de la historia se hace referencia a la canción Sweet Caroline de Neil Diamond la cual ha sido utilizada para animar a la audiencia durante la mitad de la octava entrada en Fenway Park, la casa de los Boston Red Sox en cada juego desde el 2002. En el partido inaugural de la temporada 2010 la canción fue interpretada por el mismo Diamond en el parque de pelota. La inclusión del track revivió el gusto entre un nuevo público generando más de 2 millones de descargas digitales en los Estados Unidos.

 

 

High Fidelity de 1995, valga la redundancia en mi Top 5 de novelas y películas basadas en una novela, relata la historia de Rob Fleming, Gordon en la versión cinematográfica de Stephen Frears, quien es dueño de Championship Vinyl una pequeña tienda de discos en Londres / Chicago. Rob es obsesivo de la música que pasa casi todo el tiempo debatiendo con sus empleados Dick y Barry sobre estética musical y listas Top 5 musicales para cada ocasión. Sobra decir que tanto la novela como la cinta están llenas de referencias musicales, culturales y necedades propias de un melómano con las que, estoy seguro, podemos identificarnos.

Uno de mis tracks favoritos es Seymour Stein de Belle and Sebastian originalmente del álbum The Boy with the Arab Strap de 1998. En la rola se hace referencia a una cena que los miembros de la banda tuvieron con el famoso empresario Seymour Stein cuando aún luchaban por darse a conocer. Según relatan, la banda decidió, al ver todos los lujos que Stein les ofrecía, que no querían vivir ese tipo de vida y dejaron el lujoso hotel para perderse de nuevo en la niebla.

 

Finalmente y sin dejar High Fidelity, hay un momento en el que Rob logra conquistar a Marie La Salle / DeSalle, e inicia una reflexión desde la pregunta retórica ¿cómo lo hace?, tanto en la cinta como en el libro cuestiona sus propios encantos basados en la difícil posición en la que se encuentra, pero de alguna manera logra el objetivo. También, en ambas versiones se rehúsa a otorgar detalles del encuentro refiriéndose a Behind Close doors de Charlie Rich. Siempre me ha parecido de gran gusto dejar los detalles a la imaginación anteponiendo una rola como la perfecta excusa para hacerlo y en este caso, Nick Hornby deja perfectamente claro cómo se debe hacer.

 

Ambas novelas, ambas películas deben estar en la lista de un amante de los deportes y/o la música. En mi caso, vi las cintas antes de leer los libros, no sé si la sensación sea distinta si el ejercicio se realiza en sentido contrario, supongo que en este caso el orden de los factores si puedes afectar el producto. Lo único que puedo garantizar es que lo van a disfrutar inmensamente.

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“Les meábamos en la oreja a todos” (algo de Nick Hornby)

Este es un fragmento de High Fidelity, uno de los libros más populares de Nick Hornby. Seleccionamos este momento del libro porque refleja un poco una era que desapareció, un espacio temporal en el que los empleados de las tiendas servían como nuestro intermediario para nuevos descubrimientos, pero a la vez, esos sujetos eran tan soberbios por su conocimiento musical que creían que podían humillarte al cruzar la puerta. Gracias a iTunes, a Spotify y a internet, este es uno de los males que ya no tenemos que padecer los amantes de la música. 

En esta ciudad, los selectos espacios para comprar cassettes y discos estaban dominados por tipos como Barry. Esos tipos como Barry, que llegaron a ser leyenda en esta ciudad, hoy viven de sus recuerdos, algunos son DJ´s o se sienten artistas, pero el poder que ostentaban, se les acabó. Esto es parte de “Alta Fidelidad”.

 

 

 

Estoy en la trastienda intentando poner un poco de orden, cuando oigo de lejos una conversación entre Barry y un cliente, un hombre de mediana edad a juzgar por la voz. Por lo que dice, no está muy al día que digamos. 

—Estoy buscando un disco para mi hija, para regalárselo por su cumpleaños. “I Just Called to Say I Love You”. ¿Lo tienen? 

—Desde luego —dice Barry—. Desde luego que lo tenemos.

Sé de sobra que el único single de Stevie Wonder que tenemos en estos momentos es “Don’t DriveDrunk”. Lo tenemos desde hace una pila de años. Y nunca hemos podido quitárnoslo de encima, ni siquiera rebajándolo a un dólar. ¿A qué estará jugando? Me acerco al mostrador para ver qué se cuece. Ahí está Barry, de pie, sonriéndole. El señor parece un tanto atarantado. 

—Entonces, ¿me lo puede vender?—, pregunta, esbozando una media sonrisa de alivio, como un niño pequeño que en el último segundo se ha acordado de añadir el por favor de turno. 

—No, lo siento mucho, pero no puedo.

El cliente, que tiene bastantes más años de los que supuse en principio, lleva una gorra de tela impermeabilizada y una gabardina beige bastante sucia. Para empezar, yo no quería entrar en este agujero infernal y ruidoso, se ve lo que está pensando. Para colmo, este tío me va a enredar. 

—¿Por qué no?

—¿Cómo dice?

Barry ha puesto algo de Neil Young, y en este preciso instante le ha dado a Neil la vena eléctrica. 

—¿Por qué no?

—Pues porque es una mierda sentimentaloide, una porquería. Por eso. ¿Me explico? ¿O es que tiene este local pinta de ser una de esas tiendas en las que se venden porquerías como “I JustCalled to Say I Love You”, eh? Ande, lárguese de aquí y no pierda el tiempo.

El viejo se da la vuelta y se larga. Barry se ríe por lo bajo, encantado de la vida. 

—Umillón de gracias, Barry. Eres un imbécil. 

—¿Qué pasa, tío? 

—Que acabas de fastidiar a un puto cliente, eso es lo que pasa. ¿Te parece poco? 

—A ver, a ver, a ver. Un momento: no teníamos lo que quería. Sólo me he reído un poco de él, y además no te cuesto ni un dólar. 

—No se trata de eso. 

—Entonces, ¿de qué coño se trata? 

—Se trata, escúchame bien, de que no quiero volver a oírte hablar así a nadie que entre en la tienda nunca más. ¿Está claro? 

—¿Y por qué no? ¿De veras crees que ese viejo zoquete iba a convertirse en un cliente habitual? 

—No, no es eso… Escúchame, Barry. El negocio no va tan bien como puede parecer. Ya sé que antes les meábamos en la oreja a todos los que venían pidiendo algo que no nos hiciera gracia, pero eso se tiene que acabar. 

—Putamadre, si hubiéramos tenido el disco, se lo habría vendido, y así tendríamos puede que una libra más que ahora, pero sin meada en la oreja, y tampoco le habríamos visto el pelo nunca más. Vaya negocio.

—¿Se puede saber qué te ha hecho ese tío? 

—Sabes muy bien qué me ha hecho. Me ha ofendido con su gusto lamentable. 

—Si el gusto ni siquiera era suyo, hombre; si venía a comprar un disco que le había pedido su hija… 

—Te estás reblandeciendo con los años, Rob. No sé si te acuerdas, pero hubo un tiempo en que lo habrías echado a patadas.

 

#SonicArsenal: la fase Beta

Como The Pigeons lograron darle un nuevo color a un área rural de Escocia, pero como The Beta Band crearon una serie de ruidos que construyeron una nueva etapa para la música británica, rompieron con lo convencional y desplegaron susurros entre Meat Puppets y Pink Floyd, que fueron descritos por el mismo grupo como folk hop, una mezcla perfecta entre folk, rock, trip-hop y todos los experimentos que surgieran al palomear. Hace 20 años nos encontramos por primera vez con The Beta Band a través de ‘Champion Versions’, un EP que aun resuena por su influencia de ambientes y sampleos en la clara descripción de como se seca la lluvia al tocar el suelo.

 

Desde 1996 The Beta Band creó la diferencia, con ambiciosos e inspiradores cortes que liberan atmósferas familiares y al mismo tiempo irreconocibles. Su eclecticismo fue perfectamente retratado en tres discos, tres EPs y dos recopilaciones, todos ellos intentaron –según palabras de Robin Jones“inyectar calidad en cualquier otro género mediocre”.

 

Generalmente se sampleaban a sí mismos, ya fuera el ritmo de una cuchara en manos de John Maclean, los zapatos de Steve Mason pateando una tabla de cocina o Robin gritando a través de un pedal distorsionador, prácticamente lo mejor de ellos eran sus experimentos. Sin embargo, ya no hay nada de eso, para sorpresa de muchos anunciaron su separación en agosto de 2004, la Beta Band se dividió en tres pedazos que ahora nos complementan por separado, obviamente ninguno de los proyectos iguala a esa banda que vendía discos con sólo unos segundos de “Dry The Rain” en “High Fidelity”.

 

 

 

1. “The Three EPs” (1998)

Uno de los encuentros más fascinantes con The Beta Band, una colección de tres EPs que revela en cada instante que tan aventurados eran. Mutan entre lo frecuente y lo impredecible, con estructuras melódicas irregulares y sampleos de pianos, acordeones y quien sabe cuantas cosas más. Con “Dry The Rain”, “I Know”, “B + A” y “Dog’s Got a Bone” no hay duda, el grupo prometía mucho en 1998 al llevarnos de lo complejo a lo extraño y hasta lo increíblemente bello.

2. “The Beta Band” (1999)

Un collage de electrónica, country, prog rock y psicodelia, pero sin llegar a lo kitsch. Las múltiples capas de voces son la esencia del disco, “It’s Not Too Beautiful” tiene montones de elementos que recuerdan a Pink Floyd, aunque el reggae tiene su mejor momento en “No. 15”. Fue considerado uno de los discos más débiles del grupo, sin embargo sus fans piensan que es la mejor muestra de su desafiante sonido.

3. “Hot Shots II” (2001)

Después de la sobreexposición mediática, el grupo intentó recluirse en un disco para lanzar críticas desde la oscuridad. Con sátiras políticas y sociales, Beta Band se rodeo de folk, futuro, dub, pop y grandes atmósferas adictivas. Melancolía que podríamos resumir en dos tracks “Eclipse” y “Won”.

4. “Heroes to Zeros” (2004)

Ninguna canción parece tener una dirección concreta, pero esa es la magia del disco. En una forma extraña, Beta Band se vuelve psicodélico, electrónico y stoner rock al puro estilo de la década de los 70. Un verdadero clásico que intentó capturar la energía del grupo en vivo, aunque mantuvo sus excéntricos sampleos. “Assessment”, “Rhododendron”, “Liquid Bird y “Pure For” fueron lo último de su legado, dijeron adiós a lo grande.

 

King Biscuit Time 

Aunque se presenta con el nombre de Black Affair, es el proyecto en solitario del vocalista Steve Mason. Surgió casi al mismo tiempo que el grupo, sin embargo sólo ocupaba el tiempo de descanso de Beta Band para grabar EPs y sencillos, por eso su álbum debut “Black Gold” fue editado hasta el 2006.

Escucha: “C I AM 15” y “Kwangchow”

The Aliens

Justo después de la separación de Beta Band, Gordon Anderson, John Maclean y Robin Jones formaron The Aliens. Su primer lanzamiento fue el EP “Alienoid Starmonica” en el 2006, que brinda una perspectiva más cercana al funk, su inspiración proviene directamente de la música de Sergio Leone, Serge Gainsbourg, Brian Eno y Brian Wilson.

Escucha: “The Happy Song” y “Robotman”

The General and Duchess Collins

Integrado por Richard Greentree y Robin Jones, este proyecto se puso como objetivo crear un caos organizado con tintes de Velvet Underground, The Who y Funkadelic. Su música habla sobre “los piratas en el amplio mar de la radio satelital”, Vladimir Nabokov y Alejandro Dumas. Hasta el momento sólo ha editado el disco “Calling Earth” (2006), con el que intentan evidenciar la “condición humana” al comprar comida en línea.

Escucha: “The Collector” y “Spiders”

Vamos a la tiendita

Fabián medía 1.50 metros, tenía el cabello largo y esponjado, no era precisamente caucásico y siempre vestía pantalones de mezclilla entubados, tenis de marca apócrifa y camisetas con el logo de algún grupo de heavy metal. Pero Fabián tenía algunas ventajas: sabía hablar inglés, francés e italiano, era el personaje más agradable de toda la tienda de discos en la que trabajábamos y, sobre todo, sabía de música. Ergo, él se ligaba a todas las extranjeras que acudían a Zorba Zona Rosa en busca de discos y salían con algo más.

 

Con la muerte de los vinilos, los cassettes y ahora los CD se mienta la nostalgia por el sonido, el arte, el aroma del celofán, la portabilidad (era más difícil perder 100 cassettes que una USB), la capacidad de hacer mezclas personalizadas, etcétera, pero pocas veces se hace referencia a la experiencia de ir a la tienda de discos.

 

 

Llámese Aquarius, La Manzana Verde (en Guadalajara), Discos Zorba, El Gran Disco, HIP 70, Yoko, Tower Records, etcétera, para quienes preferían gastar su dinero en música y no en una novia remolona que no entendía el vicio, las tiendas de discos eran como un segundo hogar y se trataba, si venías de buena cuna, de una costumbre tradicional y heredada.

 

Si no menciono aquella tienda que tiene cierto parentesco nominal con el disco Mixed up de The Cure es porque la experiencia resulta poco gratificante ante la carencia de especialización de los dependientes. Trabajar en esa tienda es algo tan cercano a trabajar en un McDonalds.

 

Es cierto que al viejo coleccionista de música le gustaba desplazarse solo y con tranquilidad entre los anaqueles, nunca estaba de más una ayudadita proveída por ese vendedor que pastoreaba al cliente a discreción. Entonces cada vendedor poseía al menos conocimientos generales de música, o bien era versado en géneros específicos, una habilidad que le permitía abordar al cliente en tres fases: ponerse a sus órdenes y alejarse; buscar algún ejemplar solicitado; ofrecer algo más caro y por ende con mayor calidad. En la tercera fase se activaba la trampa.

 

Cuando era vendedor en Zorba Zona Rosa (1994), por puro gusto personal se me ocurrió solicitar una colección variada de discos de cyberpunk –o como lo llamaban antes “rock industrial” (¡háganme el favor!)–; el gerente me hizo prometer que los vendería todos. No fue tan difícil cuando cayó el primer industrioso despistado con ropas negras y cartera abultada que pidió algo de Information Society y, activando la trampa, le ensarté dos de Skinny Puppy y uno de Einstürzende Neubauten. La fórmula era dejar que el cliente traveseara y olisqueara por ahí para después, ante la primera mirada de desconcierto, caerle con las garras en ristre.

 

Cada vez que llegaba material extraño, limitado y morbosamente atractivo para el conocedor se ocultaba de la mirada del cliente y, llegado el momento de la seducción, se ofrecía como espejos a los Aztecas. Era, como bien dijo Cerati, un juego de seducción.

 

Dicha habilidad humana fue copiada casi a la perfección por los programadores de las tiendas virtuales cuando se permite escuchar unos minutos del track y, como añadido, se sugieren grupos similares para ir poniendo en contexto al cliente. No obstante, esa relación cliente-vendedor tenía el plus de la familiaridad porque te convertías en un dealer, en el Dr. Feelgood del yonqui musical y, en todo caso, en una especie de cómplice de sangre, un mercenario capaz de convencer al gerente de encontrar una grabación de los Beatles en vivo versionando a los Stones (por señalar alguna exageración).

 

 

Los viejos DJs, aquéllos que despuntaron su arte en los primeros años de la octava década, podrán confirmar que Zorba Zona Rosa era su mejor punto de encuentro porque la tienda contaba con una cabina especializada en vinilos y remixes que podían ser escuchados al momento incentivando su gusto y sus ganas.

 

Pero más allá de eso, las tiendas de discos no tenían que parecer el área aséptica y colorida de los perfumes en Sears sino un lugar semejante a tu propia casa, un sitio de poder y relajación en donde podías sentirte a gusto y en confianza para elegir algo que engrosara tu colección musical.

 

Las buenas tiendas de discos, como podemos ver en películas clásicas como Pretty in Pink, High Fidelity o Empire Records eran sitios gemelos de la habitación de cualquier adolescente con posters, dibujos, bocinas, una tornamesa, una pletina para cassettes, una cama (por si las dudas) y con la privacidad necesaria para despedazarse las neuronas escuchando a volumen bestial el Lick it up! de Kiss.

 

Aquello para el cliente, porque el vendedor era el verdadero monarca, el hombre poderoso dentro de su reino. El vendedor especializado rompía el paradigma de “el cliente tiene la razón” y presionaba hasta conseguir dos metas: vender más de lo normal y hacer una especie de servicio a la comunidad compartiendo algo poco elemental pero que enriquece el alma. Así, el cliente imbuido por El Circo de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio terminaba llevándose un disco de Madness o de The Specials; o el afanoso de Bob Marley acababa adquiriendo algo de The Fugees. Y, en casos como el del buen Fabián, el vendedor pegaba un batazo de cuatro esquinas porque también se llevaba a la clienta extranjera a dar una vuelta por Reforma con promesa de desayuno interracial mientras le adobaba el momento contándole alguna anécdota de Café Tacvba en LUCC.

 

¡Ésa era la magia de las tiendas de discos!

 

Así, finalmente, ¿cuál fue su sitio en esa especie de cadena alimenticia?, pero, sobre todo, ¿cuál era su tienda favorita?

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