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Halley, piensa en la eternidad dos veces antes de desearla

 

Dice estar severamente enfermo, en realidad es un zombi. Cada día se arrastra al trabajo tan sólo para matar otro día en la eternidad. Cada noche inicia una meticulosa rutina de aseo para poder estar otro día lejos de los olores de la mortalidad. Después de un tiempo, estar muerto no sirve de mucho cuando la piel es comida por los gusanos, los tejidos blandos empiezan a exponer su putrefacción y un colapso te lleva a la morgue, sobre todo cuando el camino no termina ahí. Ya ha sido suficiente, Alberto lo sabe.

 

Está lleno de costras, está demasiado muerto para continuar su trabajo como guardia de un gimnasio, una verdadera ironía que se mantenga trabajando sin necesitar comer, observando como otros construyen un cuerpo mientras que él, perforado por abrasiones grotescas, se revela minuciosamente en este peculiar monstruosidad de México. ‘Halley’ virtualmente es una película de zombies, pero no sigue el estándar, no está cerca del ‘White Zombie’ (1932) de los hermanos Victor y Edward Halperin, tampoco se parece al apocalipsis de George A. Romero, la muerte contagiosa de las franquicias ‘Resident Evil’ y ‘The Walking Dead’, la búsqueda del absurdo de Simon Pegg en ‘Shaun of the Dead’ o la velocidad implacable de la adaptación cinematográfica de World War Z, en realidad es un filme de zombis sin la aversión que acompaña a ésta figura en la fantasía, el horror y la ficción.

 

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