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El hombre de la sonrisa eterna

Sus ojos se reducían a dos breves y radiantes líneas, rodeadas de pequeñas arrugas que se plisaban a razón de una amplia sonrisa, honesta y contagiosa. Allí estaba él: con sus 1.64 metros de estatura, con sus brazos delgados y fuertes como sus piernas, con el brillo intenso de su alegría; aún mayor que el de sus cuatro oros mundiales, sus dos oros olímpicos y sus victorias históricas en el Maratón de Berlín. Aún más grande que todo ello, allí estaba él: Haile Gebrselassie, el hombre de la sonrisa eterna.

“Yo antes corría para vivir”, dijo ante Las Puertas del Infierno del escultor Agust Rodin. Sí. Aun con ellas a un lado, sonreía Haile, en una conferencia en el Museo Soumaya, de la Ciudad de México, ante más de 200 personas que con sus celulares grababan cada palabra, tomaban cada foto y lo veían a través de la pantalla del móvil. Haile llegó como embajador del Maratón Internacional de la Ciudad de México a platicar, entrenar y compartir su vida en las carreras.

“Sí, antes corría para vivir, porque correr me daba la oportunidad de competir, de ganar carreras, de ganar premios, de llevar dinero a casa, de tener patrocinios…antes corría para vivir, pero hoy corro para no morir ¡Es cierto! Ahora corro por mantener mi cuerpo saludable; cada día que no salgo a correr es un día que le hago un daño a mi cuerpo y quiero invitarlos a disfrutar esta forma de vivir corriendo”, agregó con una voz tan sueva como un murmullo, como si nos compartiera el secreto de su felicidad.

Allí estaba él, entre fotos, autógrafos, entrevistas, aplausos, flashes, reflectores, selfies. Nada le quitó la auténtica y paciente sonrisa y entonces, concedió su tiempo a algunos para sentarnos frente a frente y platicar.

Esperé mi turno, mientras me hacía muchas preguntas: ¿Cómo un niño de cinco años corría 10 kilómetros para llegar a la escuela? ¿Cómo le robaba la radio a su padre y huía al campo para escuchar las finales olímpicas de Moscú 80 y el triunfo de su inspiración, Mirus Yifter? ¿Cómo su padre por eso les golpeaba a él y a sus nueve hermanos, hasta tres veces al día? ¿Cómo es que su padre creyó en él hasta que fue Campeón Mundial de 10,000m (Stuttgart 1993)? (Y no por el oro sobre su pecho, sino por el auto que le regalaron por la victoria. El primero que tuvo la familia). ¿Cómo platica de todo ello mientras sonríe? Y cómo, la única vez que el mundo vio lágrimas en su rostro, fue porque lloró de alegría cuando ganó su primer oro olímpico en los 10,000m de Atlanta ‘96.

Allí esperaba, silente, emocionada, reflexiva. Llegó el momento de hablar con el hombre que rompió 27 récords mundiales, desde 1,500m hasta el maratón. Allí estaba él, sonriente. Me saludó, nos presentamos e inició una charla tan inusual como asombrosa; una clase de historia contada por un histórico:

– Es increíble lo lejanos que están nuestros países y lo mucho que estamos vinculados, ¿No cree señor Gebrselassie?

– ¡Sí, es impresionante! Puedes llamarme Haile, si quieres. En Etiopía le tenemos un cariño muy especial a México y tenemos tanta gratitud con este país, que hasta tenemos una Plaza México en nuestra capital, Addis Abeba.

– ¡En verdad no lo sabía!

– Sí. Fue porque a mediados de los 30, Benito Mussolini invadió Etiopía, que era de los pocos países libres de África entonces; casi todos eran colonias europeas y aunque el entonces Emperador de Etiopía, Haile Selassie, acudió a la Sociedad de Naciones Unidas a acusarlo, nadie lo apoyó, nadie dijo nada, nadie excepto ¿quién crees?

– ¿¡Quién!?

– Nadie, excepto ¡MÉXICO! México fue el único país del mundo que públicamente condenó la ocupación en Etiopía y por eso, cuando Etiopía fue libre, en agradecimiento, el Emperador Halie Selassie mandó a construir la Plaza México.

– ¡No sabía que tuviéramos una plaza allá! ¿Pero sabe qué?

– ¿Qué?

– Allá por los 40, cuando Etiopía fue libre, el Emperador Selassie vino a México a agradecernos el gesto de solidaridad y aquí en la Ciudad de México inauguró la Plaza Etiopía. La ciudad creció, se modernizó, se construyeron las líneas del metro y justo bajo la Plaza Etiopía se instaló la estación que hoy lleva ese nombre: ETIOPÍA; en los andenes está la placa del día en que el Emperador estuvo con nosotros.

– ¿Ves? ¡Yo no sabía eso tampoco! Hoy yo te conté algo nuevo y tú me cuentas algo nuevo a mí. Lejos, pero nos apreciamos México y Etiopía. Si a eso le agregamos que hace cincuenta años aquí en México un etíope, Mamo Wolde, ganó el maratón de los Juegos Olímpicos, pues con más razón México nos trae buenos recuerdos.

– Y qué mejor que recuerdos de correr.

– Nada mejor que correr, que apoyar y que apreciar.

– Nada mejor que sonreír.

– Nada mejor que sonreír.

Hablamos de correr, de consejos para entrenar, de la calidad de vida que merece nuestro cuerpo y al final, nos despedimos en un abrazo cariñoso.

Llegué a la cita reflexiva y nerviosa, pero salí llena de energía, y cómo él, sonriendo.

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