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Sonic Arsenal – No hay olor en el jardín del edén

Será hasta septiembre cuando los medios empiecen a saturarse con la idea ‘Nevermind’, parece que todavía no salimos de ahí y Netflix los sabe (si no entendiste la referencia, todavía no has visto ‘Everything Sucks’), solo hace unos días todo mundo se volvía a azotar con la idea de la pérdida, sin embargo mis recuerdos de esa misma historia tienen otra perspectiva, porqué no hay olor en el jardín del edén.

Casi tres décadas parecen mucho, sobre todo cuando el radar musical ha dado tantos saltos para marcar una vida no solo personal sino también profesional. Cuando has establecido una relación íntima con tus discos y has logrado condensar todas esas ideas en 60 GB que te acompañan constantemente, lo lógico es haber establecido relaciones igual de estrechas con momentos relacionados con esos sonidos, en mi caso han crecido a través de las pausas que me ha obligado a adoptar mi achacoso yo y los momentos específicos que relaciono con anécdotas (propias y ajenas) y personas, entre ellos la ausencia de Nirvana.

En ocasiones me han pedido que escriba sobre el grupo y la importancia de ‘Nervermind’, ambos los relaciono con el estado mental de mi generación y la innegable indiferencia que dividía a los Beavis de las Darias, el impacto de un sonido que en su crudeza exaltaba las agallas reprimidas por varias crisis económicas y sociales. Pero, a pesar de haber estado ahí, lo que conecta mis recuerdos de la adolescencia no es precisamente Nirvana, tal vez un poco de grunge vía Mother Love Bone y Pearl Jam, la querida franelita y el aprendizaje de muchos géneros a través de mis compañeros en la preparatoria, sin embargo nada es tan vívido como las razones por las que una de las canciones que más escuché en esa época no fue ‘Smells Like Teen Spirit’ sino ‘In-A-Gadda-Da-Vida’.

Dicen que tu playlist puede cambiar tu vida, ciertamente me ha ocurrido en muchas ocasiones, incluyendo los 17 minutos de Iron Butterfly que aparecieron en Espumas, el antrillo de mesas de Corona que rodeaban el hueco de concreto que tanto hacía de barra como de zona de democratización de sonidos, donde a través de una simple grabadora las propuestas llegaban en cassettes grabados por los estudiantes que ahí nos reuníamos. Ahí fue mi primer acercamiento con los sonidos que finalmente se convirtieron en parte de las múltiples obsesiones que hoy dominan mis horas al escribir y hablar sobre música.

A la grabadora de acceso comunitario también llegaron aquellos CDs que aparecieron en la tienda de discos local, Aquarius; Alice In Chains, Soundgarden y la oleada completa del I Want My MTV versión nación alternativa y 120 minutos, pero estuvieron poco tiempo en rotación, Espumas cambió de dueño y la nueva administración acabó con el simple concreto y aserrín y lo sustituyó con una alfombra, colocó luces de neón en el techo y reemplazó la grabadora con una rockola que acabó con nuestra costumbre de escuchar música variada mientras realizábamos el balance de las tardes con una cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra.

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No recuerdo cuánto costaba cada canción, pero si tengo muy presente en la memoria que no tardaron en llegar los silencios prolongados en aquellos viernes de los 90, donde las preocupaciones adolescentes poco tenían que ver con la economía de nuevos pesos y campanazos zapatistas, todo era sobre esa ecuación en que la mayor cantidad de canciones impactaba la cantidad de cervezas y que más bebidas implicaba menos ambiente… hasta que alguien descubrió aquel álbum de 1968 que adecuó su pscodélia a las luces rosas y azules de Espumas en plena Generación X. El rock ácido se esparció por las paredes de ese cuarto de pequeñas dimensiones que decía ser un bar.

El tiempo se convirtió en nuestra mayor inversión, ‘In-A-Gadda-Da-Vida’ abarcaba el espacio que fácilmente podrían ocupar otros cortes de punk y rock, lograba el ambiente robado a nuestra economía de cassettes (que aún era moneda en circulación en el viejo Datsun azul). Iron Butterfly se convirtió en una de las mejores inversiones de la coperacha (pobre de aquel que pusiera por error la versión editada), el marco de los mejores recuerdos que tengo de mi adolescencia, donde esos 17 minutos se repetían una y otra vez, suspendiendo la memoria como si no tuviéramos prisa por llegar a ser adultos. La última vez que escuché con esa intensidad la canción fue cuando Espumas agregó discos pop a la rockola (finalmente notaron que los rockeros siempre andábamos quebrados) y me fui en camino hacia la madurez y la universidad.

 

Temple Of The Dog: del tributo al regreso del súper grupo grunge

A 25 años del lanzamiento del único disco que tiene en su historia, se anunció una gira para festejar el aniversario de Temple Of The Dog, el proyecto que en su momento fue considerado el súper grupo del grunge.

En 1990 el mundo musical se vio opacado por la trágica muerte de Andrew Wood, quien fuera vocalista de Malfunkshun y Mother Love Bone, quien además fue un gran amigo de Chris Cornell, vocalista de Soundgarden y Audioslave, quien tras la pérdida decidió formar Temple Of The Dog.

Andrew Wood, ex vocalista de Mother Love Bone era muy conocido por su participación en las bandas locales de Seattle, ya fuera por su personalidad sobre el escenario y una voz muy parecida a la de Robert Plant, vocalista de Led Zeppelin.

Volviendo en el tiempo, Andrew Wood y Chris Cornell fueron compañeros de cuarto, lo cual los volvió bastante cercanos, pero el 19 de marzo de 1990 una sobredosis de heroína cobraría la vida de Wood, mismo día en que Cornell regresaba de una gira. Unos días después, al viajar a Europa y continuar con la gira de Soundgarden, Cornell se puso a componer temas como tributo a su amigo, los cuales grabó al regresar a territorio estadounidense.

‘Reach Down’ y ‘Say Hello 2 Heaven, fueron los primeros temas compuestos durante la gira, con un sonido más lento y melódico, en comparación a lo que hacía con Soundgarden, por lo que Cornell decidió contactar a los antiguos compañeros de Wood, Stone Gossard (guitarra) y Jeff Ament (bajo), para completar posteriormente con Matt Cameron (batería) y Mike McCready (guitarra), quienes se denominaron como Temple of the Dog, como homenaje a una línea de la canción Man of Golden Words de Mother Love Bone.

El álbum se grabó en tan solo 15 días y fue producido por la banda, lo cual los liberó de la presión de una disquera. También se integró Eddie Vedder al proyecto, después de haber audicionado para Mookie Blaylock, banda que años después se conocería como Pearl Jam.

Vedder colaboró en los coros e hizo de vocalista en dos canciones, además de haber compartido un dueto a lado de Cornell con ‘Hunger Strike’, sorprendiendo la manera tan intuitiva y natural con la que Vedder interpretó aquella canción.

En una entrevista para KISW 99.9 FM el 14 de abril de 1991, Chris Cornell dijo: “Hay una canción en particular, ‘Hunger Strike’, él cantó (Vedder) la mitad de esa canción sin siquiera saber que yo quería cantar esa parte y la cantó exactamente en la forma que yo pensaba hacerlo, simplemente por instinto”.

El álbum Temple Of The Dog, vio la luz el 16 de abril de 1991, bajo el sello de A&M records vendiendo inicialmente más de 70 mil copias tan solo en territorio estadounidense. Poco después del lanzamiento del disco, Soundgarden y Pearl Jam grabarían sus propios materiales discográficos, lo cual marcaba el fin de Temple of the Dog.

El material que grabaran bajo el nombre de Temple of the Dog, recibió muy buenas críticas y para el verano de 1992 volvió a recibir atención dado que Soundgarden y Pearl Jam entrarían a las listas mainstream con los álbumes ‘Badmotorfinger’ y ‘Ten’, respectivamente, por lo que A&M Records, reeditó el disco y lanzó el tema ‘Hunger Strike’ como único sencillo, acompañado de un video musical, entraron al Billboard como uno de los 100 álbumes más vendidos de 1992, con más de un millón de copias y recibiendo certificación de platino por parte de la Recording Industry Association of America.

25 años después

El pasado 20 de julio, la agrupación anunció por primera vez una gira, en la cual conmemorarán el 25 aniversario del lanzamiento de su álbum homónimo ‘Temple of the Dog’. Aquí les dejo el video de Hunger Strike, para que se den cuenta del sonido que obtuvieron previo al lanzamiento de Pearl Jam, con la voz de Eddie Vedder y Chris Cornell. ¡Disfrútenlo!

El circo dejó una cruda de grunge, #Seattle101

En cierto momento de los 90 Seattle parecía el epicentro de todo lo más o menos interesante en la música, la moda, la comida, ustedes nombren algo, seguramente existió más de un pretexto para mencionar la ciudad y enfundarse en la moda que inicialmente respondía al clima. Las múltiples capas de ropa, las camisas de franela y las botas, antes de convertirse en la imagen del género musical que dominó la década, respondían al espíritu de toda una zona que alejada del resto de Estados Unidos encontró la manera de desarrollar su propia identidad.

Sin embargo la historia de los 90 es una de las múltiples consecuencias de la década de los 50, a diferencia de muchos relatos del rock and roll, este no inicia con el blues o el country, sino con un cha-cha-chá, la reinterpretación del ritmo hacia el doo-wop con acento jamaiquino y la apropiación de una canción de 1956. ‘Louie Louie’ es el punto de partida del grunge, es reinterpretada por la escena que circulaba entre Portland, Tacoma y Seattle en la década de los 60, donde emergía la idea de intentar cualquier cosa, hacer el ruido posible, “adaptar todas las fuentes disponibles para hacer que se moviera el espíritu”.

La frase “Let’s give it to ‘em, right now!” no es precisamente el inicio, habían una pujante escena de folk y jazz, pero si fue el detonador para que las múltiples versiones se fueran alejando de la original de Richard Berry, incluso de la fuente de inspiración El Loco Cha Cha Cha de Rene Touzet, ahí están las bases de lo que posteriormente ocurriría con Paul Revere & the Raiders y The Kingsman, dos bandas que surgieron en un paraje frío y desolado donde hasta principios de la década de los 90 tuvo como base las apuestas, el alcohol y la prostitución.

Washington, el que no se parece al otro donde la educación y la política movilizan a todo un país, el de la costa oeste que en 1981 ya mostraba el primer síndrome de Seattle, dónde no había mucho por hacer, más que drogarse y emborracharse. Mediáticamente parecía el lugar donde el cansado rock de los 80 había encontrado una fuga y renovación, recuperando su energía en ese frío lugar al este de Estados Unidos, el constante bombardeo hacía pensar en algo nuevo, pero todo el movimiento se venía gestando desde una década antes, con múltiples facetas antes de poder llegar a la frase del productor Jack Endino: “The circus left town, and the town had a grunge hangover”.

A principios de los 90s, la escena de la música estadounidense cambió irrevocablemente por la explosión de bandas de un pequeño sector de Seattle. Parecía que la programación de las estaciones de radio eran dominadas por Alice In Chains, Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden. Pero como toda ráfaga de energía, la explosión pronto se consumió a sí misma dejando una serie de sueños rotos, bandas desilusionadas y una ciudad fastidiada con la sobre exposición.

El próximo jueves 26 de noviembre Rock 101 realiza una nueva expedición a Seattle y la costa oeste de Estados Unidos, dejamos la postura de turista de rock, nos alejamos de la aguja espacial, Microsoft y Starbucks para adentrarnos en la ciudad de muchas capas y eras con el especial #Seattle101, acompáñanos de 10 de la mañana a 8 de la noche.

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