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Sonic Arsenal: Shane Carruth, destellos de filosofía para la ciencia ficción

El próximo viernes tendremos una manifestación de la marcha del orgullo geek en #SonicArsenal, razones me sobran para hablar de fandom, aunque no como se espera, ya no estoy tan involucrada con el arte secuencial (pero me sigo rodeando de amigos obsesivos del cómic) pero permanezco fiel a mi pasión y obsesión por la ciencia ficción y cualquiera que llegue a rozarla, eso incluye a autores como Daniel H. Wilson con su serie de datos duros comparados con elementos de libros y películas, guionistas como Alex Garland que a través de  ’28 Days Later’ (2002), ‘Sunshine’ (2007) me dejó incógnitas diferentes y Shane Carruth, un director que además de propiciar el culto y perseguir el cine como una forma de arte (no blockbusters), tiene una corta pero consistente obra de ciencia ficción.

Extrañeza, incomodidad que provoca pensamientos posteriores, probable incomprensión y finalmente un gusto por los sentimientos anteriores que te llevan a repetir y seguirlos, definitivamente el recuerdo del primer encuentro con directores como Darren Aronofsky, David Lynch, Terrence Malick, Gaspar Noé, Ken Russell y John Waters (entre otros) perdura mucho más allá de los limites del metraje y la pantalla, por eso cuando te encuentras con un creador de características similares vuelve esa comezón que te hace repetir, rodear y abordar desde todos lados tan sólo para volver a ese punto donde la extrañeza es una rara delicia.

 

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De ahí parten muchos cultos, como el que está creciendo alrededor de Shane Carruth, que tan solo con dos películas sobre individuos aislados nos hace pensar que su trabajo anterior de desarrollador de simuladores de vuelo tuvo consecuencias tan extrañas como las historias que ha actuado, editado, escrito, dirigido, musicalizado y producido basándose en una ética Do It Yourself para construir todo meticulosamente para preservar la calidad de un objeto artesanal.

Así como aprendió de forma autodidacta a manejar una cámara de 16mm para filmar ‘Primer’ (2004), realiza sus propios efectos visuales para retar los grandes presupuestos invertidos en la ciencia ficción, demostrando que una escena puede ser impactante con unos pocos giros y recursos de la imaginación; de la misma manera controla el ámbito sonoro de sus películas creando sus propio soundtrack con sonidos de música avant-garde que empiezan a volverse piezas para coleccionistas.

Sin embargo lo más interesante de Carruth son sus historias, donde las explicaciones iniciales sobran y se abunda en las consecuencias con el uso de la comunicación no verbal, un elemento que comparte con muchos de los directores antes mencionados. Crece como director acentuando la idea que las películas pueden ser sueños disfrazados, con la capacidad de liberarse de las presiones económicas impuestas por Hollywood para revelar mitos y símbolos de fantasías superiores a los héroes de cómics, ofreciéndonos verdaderas visiones artísticas del mundo y meditaciones inusuales de la naturaleza de la individualidad.

Aunque la austeridad es parte de su estilo para crear, no por eso sus películas ‘Primer’ y ‘Upstream Color’ (2013) son simples, al contrario son sumamente complejas. Se basan en la idea de que la narrativa no debe darte una lección, asirse a la verdad de los hechos o explicar todo negándote la exploración personal. Tal vez están más enfocadas en la resolución y conclusión, por eso en su debut cinematográfico la explicación de los componentes electrónicos o las teorías científicas alrededor de la máquina del tiempo no son tan importantes como lo que ocurre a través de las capas que se van formando y enlazando entre el pasado y presente de los protagonistas.

 

 

Igualmente las actividades que desembocan en las drogas y los extraños gusanos que vemos en ‘Upstream Color’ no necesitan explicación, las razones anteriores no son necesarias para seguir los motivos alrededor de las frases de David Thoreau en ‘Walden’ sobre las personas regresando de alguna forma a lo natural, aunque en este caso los enlaces emocionales nos llevan a pensar en la evolución de los humanos a través de otras especies (en este caso los cerdos), uniones de hipnosis colectiva, transformación genética y orquídeas salvajes.

 

 

En ambas películas se trata de mostrar nuevas texturas en la ciencia ficción, liberándonos de la historia promedio, centrándonos en los elementos filosóficos y en la eventual inmersión de la audiencia dentro del filme a través de atmósferas puramente visuales, con estados de ánimo acentuados por el sonido más que por el diálogo.

Los dos filmes tienen un ritmo que desorienta e inquieta, no son para el cazador de blockbusters, buscan una audiencia intrépida capaz de disfrutar una experiencia paranoide con viajes salpicados de trascendencia, con finales a veces artificiales que no predican o enseñan, pero que resuenan en tu mente por un largo tiempo, obligándote a repetir la experiencia con ojos más curiosos. Seguramente te seguirás preguntando qué viste, pero empezarás a apreciar que Shane Carruth niegue información fundamental para desarrollar planes de vuelo en el cine.

Banda Sonora 101 – Cine psicodélico

Antes de empezar esta entrega, quiero aprovechar el espacio para expresar mi más profunda indignación y rabia por la desaparición y el asesinato de tres estudiantes de cine en Guadalajara. Mi solidaridad y apoyo al medio cinematográfico y a las familias de los tres jóvenes.

El blog de hoy es tan colorido como un caleidoscopio. Es un viaje, así de loco como el de Alicia, pero en lugar de visitar el país de las maravillas vamos a tener una odisea por la historia del cine psicodélico.

Este blog se llama cine y se apellida psicodélico, y consta de una selección de 20 películas emblemáticas de la psicodelia. Así que abróchense bien los cinturones de seguridad porque vamos a despegar con destino a los años 60 del siglo pasado, década en la cual iniciaremos el recorrido.

 

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Gaspar Noé, el nuevo cine explícito

‘Irreversible’, el impactante filme que muchos no volverían a ver, si hay alguien que sabe del nuevo cine de shock es el director argentino/francés Gaspar Noe, quien cruzó una vez más el límite de la narración en reversa y se mostró sumamente audaz con ‘Enter The Void’, con altos y bajos que te hacen pensar realmente en un viaje que te hace sentir que no ves una película, es ingesta ilegal de sustancias a través de los ojos.

Cuando nos hizo sufrir la travesía de culpa de Alex en ‘Irreversible’ y nos llevó a flotar sobre el universo de Oscar en ‘Enter The Void’, Gaspar Noé nos llevó al centro de un relación en ‘Love’ para mostrarnos un recorrido de drogas y excesos que de forma explícita buscaban povocar una vez más a la audiencia, colocando al sexo al frente de lo que ya no era precisamente amor.

 

‘Enter the Void’ y ‘Love’ no fueron únicamente un viaje alucinante, el interés visual tiene en el fondo acercarnos a los misterios del universo a través de luces, espacios, movimiento en la calles que miramos desde arriba, abuso de drogas, ritmo en la pista de baile y mucho sexo explícito.

 

Tal vez no tendrás grandes revelaciones sobre la vida y la muerte, pero sin duda no verás nada igual, porqué lo que hace Gaspar Noé es ficción con túneles de gusano, almas desdoblándose en la mente y material explícito sobre una generación que creció con pornografía, autoafirmaciones y ganchos breves al alcance de un click.

En la superficie sus películas son sobre el shock, en la segunda capa toma por toma son preciosas, con un naturalismo romántico que es maravilloso para dejarse llevar, pero en el fondo son críticas con simbolismos que no pueden ser sutíles, reúne vanalidades con nostalgia y lo que parece muy poca sustancia en una generación que exige un colorido absoluto para retener su atención.

 

Gaspar Noé estará en TagCDMX 2016, verdaderamente te recomendamos que no te pierdas esa plática sobre cine, creación y confrontar al culto con otras reglas.

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