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La democracia mexicana según Vargas Llosa

El lunes –día de asueto- no fue una mañana tranquila en las redes sociales.  El escritor peruano, Mario Vargas Llosa, dio una entrevista al sitio Aristegui Noticias y, de inmediato, incendió la pradera. Rescato dos de sus ideas:

-“ (…) El que haya 100 periodistas asesinados yo creo que es en gran parte por culpa de la libertad de prensa que hoy día permite a los periodistas decir cosas que antes no se podían permitir, que en todo eso el narcotráfico juega un papel absolutamente central y por eso habría que llegar a la raíz de los problemas que en muchos casos están en el narcotráfico y en unos cárteles poderosísimos de los que emana una violencia que tiene consecuencias política atroces”.

-(…) “Sería verdaderamente trágico si esos avances en la democracia que ha hecho México, que pueden ser insuficientes desde luego, siguieran ahora con una regresión de los tiempos de la dictadura perfecta, yo creo que eso sería verdaderamente trágico, no solo para México sino para América Latina”, consideró.

Desde hace años es sabido que Vargas Llosa cojea de la pierna derecha. No habría que criticarlo por pensar distinto de quienes se identifican con la izquierda o con cualquier otra ideología. Atacar públicamente al escritor por recargarse hacia donde le venga en gana, es intolerancia. La propuesta hecha en redes sociales para quemar sus libros es, justamente, una muestra de oscurantismo.

El problema no es su ideología derechista. Vargas Llosa se metió en un terreno que desconoce, pantanoso. No habían pasado aun 48 horas de sus polémicas declaraciones, cuando la organización Artículo 19 reveló que, entre 2009 y 2017, van 78 periodistas asesinados en México, un promedio de 9 comunicadores al año.

De hecho, en 2017 se batió el récord de asesinatos de periodistas, con 12 casos. Esta cifra superó a los 11 homicidios de comunicadores de 2016 y a los 11 de 2011. Con Peña Nieto suman 41 periodistas asesinados; el gobierno de Calderón lo supera con 48 casos.

En el informe de Artículo 19 no se atribuyen estos asesinatos a la libertad de expresión. No hay una sola prueba, ni siquiera circunstancial, de que algo así sea posible. Y tampoco puede endosarse lo ocurrido al narcotráfico: no sabemos nada, o casi nada, de quienes son los autores materiales e intelectuales de los comunicadores muertos. Eso, precisamente, es parte de los gobiernos ineficaces, torpes, incapaces de rendir cuentas sobre las investigaciones de cada caso.

A nivel municipal no siempre hay manera de saber dónde empiezan los intereses del narcotráfico y dónde está la política. Antes, la delincuencia organizada buscaba infiltrarse en los gobiernos; ahora los criminales han tomado el poder. José Luis Abarca, el ex alcalde de Iguala, Guerrero, encarcelado por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa será el mejor ejemplo de lo que sucede en nuestros días.

Hablamos de la misma democracia a la cual Vargas Llosa se empeñó en defender, por sus avances. Ante las preguntas de Carmen Aristegui comentó que hoy en día hay elecciones libres y, prueba ello, han sido los cambios de gobierno, el relevo político.

Sin embargo, esto es insuficiente, miope, para explicar lo que ha pasado en México durante los últimos años: un gobierno que ha usado el dinero público para espiar a los y las periodistas así como a defensores de derechos humanos y líderes de organizaciones civiles. Es decir, aun cuando haya elecciones libres, quienes están  en el poder siguen actuando como en antaño, fieles a sus tradiciones más perversas.

Medir la madurez de una democracia exclusivamente a través de las urnas es insuficiente. Desde luego que sin voto libre no hay democracia posible, pero eso no es el único parámetro.

¿De qué democracia estamos hablando cuando el líder de Morena y candidato presidencial a la cabeza de las encuestas, Andrés Manuel López Obrador, llama “prensa fifí” a quienes se atreven a criticarlo?

Recientemente el Instituto Nacional Electoral reveló que los candidatos independientes a la Presidencia, Armando Ríos Piter y Jaime Rodríguez Calderón cometieron irregularidades, posiblemente hicieron trampa, al presentar el número de firmas ciudadanas exigido por ley para aparecer en la boleta electoral. Pero, al mismo tiempo, la misma autoridad no ha aclarado plenamente cómo y de qué manera se dieron esas irregularidades. Esta es la democracia en la que Vargas Llosa observa avances.

La ex presidenta del Instituto Nacional de Transparencia, Ximena Puente, uno de los organismos de la transición política en México, apareció en lista de candidatos al Senado por Partido Revolucionario Institucional (PRI). No hay ilegalidad alguna pero el régimen trajo a sus filas a una persona que había sido designada por el Senado para abrir los cajones del poder respecto a la información que debe ser pública. Esta es la misma democracia por la que Vargas Llosa dio la cara. El escritor peruano ahora parece un político sacado de la dictadura perfecta; se ha mimetizado con el término que él mismo acuñó.

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