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Con la frente marchita

Por: Julia Rocca

Yo adivino el parpadeo/de las luces que a lo lejos/van marcando mi retorno.

Hacía unas horas que había regresado, pero estaba lista para aquella Fête de la Musique que hubiera podido festejar en París de haber retrasado su viaje por un día. Era junio. Pensaba en que volver comporta siempre ver lo que sigue igual y  también lo que ha cambiado.

Ella no había cambiado mucho. La misma cara de niña, el mismo brillo asomado a los ojos. Había ganado algo de peso, lo cual hacía más contundentes sus caderas, ésas que antes se negaban a ser vistas. Casi estaba radiante pese a la ropa no apta para su edad: falda asimétrica en color caramelo, blusa ceñida en tono rosa viejo y una chamarra que, aunque nueva, parecía que ya había dado bastante batalla; en los pies, alpargatas lilas con flores bordadas en hilo dorado, se ponía ufana cuando contaba que las había comprado en una “zapatería increíble” en el barrio de Le Marais. Sabía que antes estaba más guapa.

De frente, entre gente apretujada, escuchaba uno tras otro a los que pasaban por aquel escenario de Havre 43; se le veía ausente, parecía que en París había perdido algo, como si su capacidad de sufrimiento se hubiera agotado. Necesitaba de vuelta el rostro chispeante de sus años de universidad.

Una vez saciados de aquel banquete musical, avanzaron, como la noche, hacia el pequeño departamento solo, oscuro y triste de Lulu en la avenida Patriotismo. Bebían y alzaban los pies con la música que creció con ellos; April March, The Strokes, Pulp, Los Fresones Rebeldes, Los Planetas, Nortec, Remy Zero y hasta canciones de Sabina y Los Bukis, cuando comenzaron a estar más tristes que eufóricos.

Tengo miedo de las noches/que pobladas de recuerdos/encadenen mi soñar.

Se había ido a acostar, llevaba el sabor amargo de la cebada en la boca, apagó las luces como buscando apagarse a sí misma, desnudarse de lo mismo. Quería dormir. Lo diurno se le había adherido y lo nocturno le anticipaba el desplazamiento hacia otra identidad.

Julio notó su ausencia y buscó compensarse. Ahí estaba, empujando la puerta, dejando entrar su cara rojiza, el amarillo apagado de su mirada vigilante, los hombros fuertes y anchos, la corta estatura, las potentes manos, la infalible chamarra de cuero negro… el valor excepcional.

Al cerrar la ajada puerta blanca dejó tras de sí el bullicio y el baile. Ella tendida en la cama maltrecha, la ropa desarreglada, la falda a la altura de las caderas, los pies blancos, fríos y desnudos. Había estado tan lejos, tanto tiempo, tan cerca de no volverse a ver. Era obvio en la emocionada luminosidad de sus ojos, lo orgulloso que estaba de las inmejorables condiciones que se le presentaban. No podía fallar y no lo hizo.

Primero, sólo se tumbó a su lado; apartaba los cabellos lacios que le caían sobre la frente; ella se revolvía, como quien busca una mejor postura para dormir; hablaba con dificultad; ahí, junto a ella, se bajó la bragueta del rasposo pantalón azul plomizo; le echó el cuerpo encima; tuvo que reconstruir un camino de caricias que nunca se habían dado y jadear quedamente para atraer las pasiones enterradas en los rincones del miedo. Lo hizo rápido mientras oteaba la ajada puerta blanca, había que evitar la intrusión de otro mirón y eludir los chirridos de la maltrecha cama. Se levantó, se subió el cierre. Ni un  jadeo ni un grito, ni un afecto fingido.

Vivir/con el alma aferrada/a un dulce recuerdo/que lloro otra vez.

Había reencontrado a “La Maga” que persistía en sus recuerdos, no por lo que fueron sino por lo que podían haber sido, y que en el transcurso de los años le exigirían ser rememorados y analizados para ver dónde o en qué momento había cometido el error.

Ella se lavó un poco, aún escurría entre las piernas; abrió la desgajada puerta blanca, saltó entre los cuerpos tendidos en el suelo del linoleum barato, una comedia de un buen parquet, pensó; quería salir de Patriotismo 78 antes de que el sol alumbrara en exceso, de que aquellos bultos notaran algo en su carne pálida. Al fin aire y luz; caminó sobre la avenida, sin saber muy bien hacia dónde, lo único que le importaba es que fuera hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante.

Bajo el burlón/mirar de las estrellas/que con indiferencia/hoy me ven volver.

No quiero irme, señor Rock and Roll

Hace poco se llevaron a cabo tres fiestas en conmemoración de un mítico lugar llamado el Tutti Frutti donde, en la década de los ochenta, se reunía gente de diversas edades, mundos, medios y clases (sí, antes de que la ciudad se convirtiera en este vómito clasista que es hoy) con el único objetivo de escuchar buena música y con un poco de suerte, convivir y escuchar con quienes se atrevían a hacer rock en esa época… tal como lo hacíamos hasta hace unos días en El Imperial.

¿Se imaginan? Llegar a un lugar al que luego de ir una otra y otra vez, las personas que asistían como tú dejaban de ser desconocidas, luego se hicieron tus amigos y finalmente se convirtieron en una familia. Un lugar que se convirtió en una gran casa a donde todos ansiaban llegar para pasar un buen rato con buenos amigos y exquisita música.

Ya no recuerdo el momento en que decidí dejar de salir a bares por reunirme en casa de amigos porque resulta más barato, más cómodo y porque “Ahí podemos poner la música que nos gusta”.

Así dejé de ir al siempre vivo Bulldog Café, donde vi a bandas como Café Tacvba, Molotov, incluso a ¡Papa Roach! Para eso da mi memoria, y es que tuve que haber ido un millón de veces, ya que en aquel entonces, cuando este recinto tomo su segundo aire luego de cambiar de la calle Sullivan en la Juárez hacia la avenida Revolución, quien escribe trabajaba por primera vez para un medio. Todo era claro por primera vez, ahí supe que quería hacer eso para siempre. La fiesta eterna, el océano de posibilidades, convivir tan cercanamente con mis bandas favoritas, simplemente un sueño hecho realidad.

Pero no todo eran risas y diversión. Entrar era un suplicio, en la década de los 90 aún tenías que lucir bien y caerle mejor al de la puerta, de no ser así, eras condenado a la espera infinita. Una vez vencido el dragón de la fortaleza, era necesario lidiar con los precios. Un poderosísimo cover de $350 pesos para los hombres y $50 pesos para mujeres (ahora sí salve el feminismo ¿no?) a cambio de una bella barra libre perpetua y adulterada adornada por los y las bartenders más hermosas del todavía Distrito Federal.

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Paraíso idílico que dejó de ser interesante para los premillennials como yo, pero que aún era frecuentado por algunos trasnochados, y por sureños con el alma llena de canciones de Guns n’ Roses. El buen Bulldog que, el pasado 28 de enero dejó de ladrar.

También por esa época se irguió una poderosa fortaleza llamada Ficción, que tan solo duró un suspiro y yo recuerdo tan solo en sueños. Era como la casa de Lestat el Vampiro, luces bajas, gente hermosa, muebles y detalles Luis XVI, música perfecta. Un escenario íntimo y un montón de almas que se fueron extinguiendo por racimos hasta el punto de desaparecer y cuyo lugar fue ocupado por un reconocido antro gay.

Ya en los dosmiles, cuando todos dábamos al rock por muerto y a la escena local sepultada kilómetros bajo la tierra, comenzaron a surgir células pequeñitas de corazón gigante para que las bandas nacionales tuvieran un lugar donde ser escuchadas. Así llegaron el Caradura, el Pasagüero y El Imperial, este último tuvo como su última noche el pasado 7 de julio.

Un recorrido musical de 10 años por el cual un sinnúmero de recuerdos, fotografías pero sobre todo música inolvidable, que hoy ya solo vivirá en nuestros recuerdos, en nuestros álbumes de fotos y en nuestros corazones. Larga vida a El Imperial.

Gracias, gracias, gracias… #ElImperial10

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En alguna de esas reuniones alrededor del Tutti Frutti, me atreví a preguntar ¿Cuál era la marca de ese chicle que pegó tan padre en los ochenta? ¿Por qué ya no ha vuelto ese misticismo, esa camaradería y familiaridad, ese gusto por compartir música con conocidos y desconocidos? ¿La apatía? ¿El individualismo? ¿La posibilidad de acceder a la música más fácil y rápido?

De por sí nuestro país nunca ha gozado de una buena salud rockerísticamente hablando como para andar dándonos el lujo de perder recintos dedicados a la difusión del rock mexicano.

Tres factores pongo en el escritorio para nuestra tarea: Bandas con poco talento y mucha ambición que no crean la noción de avanzar en colectivos. Una industria incipiente (medios, tiendas de discos, disqueras y recintos abusivos) cuyo único objetivo es explotar al artista sin retribuirle de manera justa y digna. Finalmente un público poco crítico que no consume música local ni acude a recintos para escuchar bandas nacionales privilegiando los eventos mediáticamente funcionales como los grandes festivales. Resultado, una escena agonizante.

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Aún nos quedan el Under, el Alicia, el Pasagüero, el Caradura. El Chopo, el Segundo piso en Azcapotzalco, y cualquier lugar de cualquier colonia que nos brinde la posibilidad de escuchar lo nuevo que ofrece México en cuanto a música refiere. Pídele a tus bandas favoritas provincianas que se den una vuelta por acá y entre amigos arreglamos los viáticos. Recordemos que morimos un poco cuando nos negamos la posibilidad de sorprendernos con algo nuevo y morimos un poco más con la playlist de Spotify que amamos y ponemos diario.

Haz patria, consume local.

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