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Force Fest: el nacimiento y la muerte de un festival

He de admitir que me sentía culpable cuando vi el cartel del Force Fest y no poder adquirir un boleto para ambos días, después de haber vivido sólo el domingo 7 de octubre me siento completamente agradecido de no haber comprado paquetes excesivos para un show que no estuvo a la altura de las expectativas.

Por supuesto que tanto System of a Down y Slayer con todo su tour de despedida suenan excelentes headliners para los inicios de un festival que sonaba fructífero para la comunidad metalera. También debo de confesar que soy una persona que va sólo por las bandas mainstream cuya música forjo mi gusto en el género por lo que me emocionaba la idea de ver a Rob Zombie compartiendo escenario con Scars on Broadway (una sorpresa para el país), el regreso de Stone Temple Pilots tras las muertes de Scott Weiland y Chester Bennington, Anthrax, entre otras. Sin embargo, mucho de ello sólo sirvió para adornar la realidad y cegar al fanático.

Las condiciones del lugar eran deplorables: el campo de golf Teotihuacán, ubicado a 2 kilómetros de la zona arqueológica, era descrito por los asistentes del sábado como “una granja” gracias al lodazal creado por la lluvia. Los taxistas narran como tractores de siembra tuvieron que ser empleados para sacar a los automóviles del lodo ante la poca previsión del área designada para el estacionamiento y como muchos otros residentes del camping fueron asaltados durante su estadía.

Ante las quejas de lo inseguro que era el lugar para celebrar los conciertos, Summa Inferno (medio designado para ser vocero del evento) respondía cínicamente “¿Y así quieren asistir al Wacken?” comparando la lluvia del festival alemán con el Force. No todo queda en el fango: el campo estaba repleto de hoyos cubiertos de lodo en los que comenzaban a caer las personas, los que podían causar accidentes peores para los asistentes.

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Otra gran queja fue el sistema cashless, el cual consistía en ir a depositar tu dinero a una pulsera o a una tarjeta que te otorgaban en el mismo banco. El sábado hubo cientos de reportes donde a partir de las 7 pm el sistema comenzaba a tener problemas al no leer el dinero depositado. Para el domingo, los puestos ya tenían autorizado recibir dinero, sin embargo, el sistema cashless aún estaba vigente. Los asistentes del domingo no recibimos notificación alguna de que el sistema presentaba fallas, tal vez con el afán de que dicho sistema no tiene otro objetivo más que quedarse con el dinero sobrante de los asistentes. El reembolso era posible, pero al momento de preguntar en los distintos locales, nadie tenía idea de donde realizarlo.

El gran problema surge con el poco auge del evento y su cartel. La preventa de boletos “early bird” cuestionaba a las personas si se iban a perder este magno evento para que más tarde los mismos organizadores cayeran en la absurdez de vender los boletos al 2×1 y dar paso a que los que ya habían adquirido boleto invitaran a una persona con el mismo. ¿Acaso se burlan de la confianza que les otorga el público? Como si la mayoría de las personas no fueran foráneos y llevar a otra persona no significara que la promoción realmente existiera al llegar a la entrada del evento.

Además, el ingreso desmedido de personas hubiera sido desproporcional al nivel de seguridad con el que contaba el evento. Para suerte de muchos (menos para Live Talent, los organizadores del evento) no se encontraba en su máxima capacidad, mucho menos con las divisiones que se hicieron y nunca se anunciaron como tal: comprar boleto general no te daba derecho a acceder a la zona preferente (aunque suene evidente), la cual abarcaba toda la zona frente a escenarios. ¿Por qué no anunciar dichas características a la hora de vender los boletos? Otra patada más a la confianza del consumidor.

Lo que terminó con lo que podría ser un grandioso festival en un futuro cercano fueron las múltiples cancelaciones que se hicieron, presuntamente, el mismo día: Rob Zombie, Testament, Lamb of God y Exodus nunca se presentaron en los escenarios principales; el problema es que tanto Lamb of God y Testament formaban parte de la gira de despedida de Slayer, mismo que sirvió de publicidad para el evento. A los asistentes se les iba confirmando las cancelaciones mientras colgaban los fondos de otras bandas que estaban programadas para otros escenarios.

Es aquí donde comenzaron a surgir los problemas de sonido: la aparición de Dee Snider sufrió de un silencio parcial, Phil Anselmo sonaba saturado, Anthrax tuvo una primera mitad de show apagada debido a lo mal mezclado que estaban sus instrumentos… todo por una lucha del festival por tapar huecos y acoplarse a los horarios del itinerario.

La desagradable sorpresa de la noche fue el encontronazo entre Slayer y Danzig, quienes estaban programados a distinta hora en distinto escenario, pero las circunstancias los llevaron a casi compartir los main stage, ya que la banda de veteranos quería retirarse antes de lo previsto, amenazando con retirarse si Glenn Danzig y su banda salían a tocar su set. Al final Slayer salió una hora antes de lo previsto mientras que Danzig lo hacía al mismo tiempo, pero hacía el aeropuerto.

Ni los años de experiencia con el Hell & Heaven (y su alianza con OCESA) llevó a Live Talent, Summa Inferno y a todos los involucrados a ofrecer una experiencia digna y tan sólo memorable de los malos recuerdos que se llevaron la mayoría de los fanáticos del rock y metal. Recapitulando lo sucedido en ambos días, espero que hayas sido de los que guardó su dinero de este gasto y lo reinviertas en un show que te llene como fanático de la música. Teotihuacán no traerá rock por un buen rato y si lo hace de mano de Live Talent, sería una jugada arriesgada, triste y burlona para todas esas personas que nos atrevimos a pagar por un boleto.

Los festivales musicales, anclados en el “Status Cool”

 

El primer festival de música al que asistí fue uno de reggae allá por la colonia Granjas Esmeralda en una cancha de básquetbol y tocaban, creo, Antidoping, Dengue y Rastrillos. Era una cosa sumamente precaria con seguridad cero, una nube perenne de ganja y algunos puestos de pulseras de cuero, pashminas, aretes y hitters de madera y formas curiosas instalados aleatoriamente en el perímetro de la cancha. Además se vendían caguamas en bolsa con popote a 10 pesotes. A unos metros había una iglesia que, aquel sábado, llamaba a misa de siete con singular alegría.

 

Entonces en México no había cultura de conciertos y eso había quedado patente en los malogrados y patéticos intentos de Rod Stewart y Bon Jovi, y las mejores tocadas se publicitaban de mano en mano con flyers ingeniosos, algunos coloridos, y otros mostrando su carácter undergrasa desde el diseño. Para poder ir era necesario conchabar a papá y mamá, dueños del dinero, quienes se aprovechaban de la necesidad musical de sus retoños y los negreaban con distintas labores hogareñas hasta conseguir lo del boleto y, acaso, un par de cervezas.

 

Si acaso el festival era en Ciudad Universitaria o en la UAM Xochimilco la cosa era más sencilla porque el acceso era gratuito (si no contamos el kilo de arroz que sería entregado a comunidades indígenas de Chiapas) y lo de las cervezas salía del acoso a los estudiantes de seminario de la preparatoria. Volver a casa significaba una buena peregrinación a pie. Eran épocas románticas, pero los tiempos han cambiado demasiado.

 

El día de hoy, acudir a un festival comienza con el torzón estomacal que surge tras ver publicado el cartel y después las fases de venta de boletos que en el primer mundo pueden ser equivalentes al orden pero que en un país como México más bien suena a chantaje. Si antes taloneabas a los protocuras ahora la casa bancaria oficial de los conciertos parece devolverte el favor con un karma que cotiza en dólares. Vender un riñón podría rescatar la empresa pero entonces no podrás tomar cerveza.

 

Hace unos años el bueno y berrinchudo de Morrissey canceló su presencia en el Vive Latino argumentando –vayan ustedes a saber si fue cierto– que entre los patrocinadores del evento había una empresa de fast cárnicos que no le hicieron gracia. Una cancelación más en la frente del fanático de Oscar Wilde. Nada raro, aunque causó indignación, pero, de ser cierto, Mozzer demostró coherencia con su discurso.

 

Las arengas políticas dentro de la música dejaron de hacerme gracia desde hace tiempo porque en realidad voy a disfrutar de las actuaciones, lo más adelante que pueda, y sin entrometerme en un slam que, a mi edad, podría trabarme las vértebras, o bien, arreglarme las que ya tengo torcidas. No quiero correr el riesgo, además uso lentes y salen muy caros. Ñoñazo, nenaza, lo sé. Pero el verdadero problema, inclusive más allá de la manera como se secuestra la posibilidad de adquirir boletos, radica en algo más profundo que pareciera no serlo en realidad.

 

 

No obstante, mi reticencia ante el cántico sociopolítico tiene un buen subterfugio: los tiempos han cambiado. La música ha dejado de lado la colocación de mensajes porque el mundo avanza a una velocidad que no permite la disertación en las partituras ni el escenario. Quizás por eso los millennials se mostraron sorprendidos al ver que Roger Waters hacía un call to action (eh, qué tal el lenguaje mercadológico) tan directo como oportuno pero sin el adhesivo requerido. Y gratis, encima.

 

No cabe duda que el modelo del VL se adecuó a los estándares de aquellos conciertos en Ciudad Universitaria tanto en formato como en el diseño del elenco para aprovechar la inercia. Sin embargo, dentro de la misma naturaleza comercial del evento, el festival fue mutando hasta adoptar directrices de primer mundo para dotarlo de cierta decencia y un aparente orden. Y está bien. No podemos decirle a nadie cómo manejar su negocio.

 

 

Pero. ¿Acaso el target natural de un festival como el VL tiene los recursos económicos para acercarse sin refunfuñar? Aparentemente sí. A principios de los noventas lo melómanos mexicanos rogábamos por un concierto accesible tanto económicamente como en lo referente al transporte, y sobre todo con poco tiempo de diferencia. Hoy, hay que realizar una agenda anual para ver si le caemos a Suede o El Cuarteto de Nos en la Condesa, o al Corona Capital (cuyo target sube un poco en la escala) en el Foro Sol y hasta a Inna en el Pepsi Center (oh, pues, me gusta el EDM), y que esa inversión no se empalme con el pago de la colegiatura de tus hijos, el recibo del gas o el reloj Michael Kors de tu esposa (eso ya fue una mam…). Y en el caso de los grandes festivales es necesario contar con el dinero, las ganas, tiempo en línea y una tarjeta de crédito para garantizar un sitio como testa de la hidra.

 

Para quienes somos godínez no es extraño ver que el millennial de al lado, quien quizás es el Content Manager de la empresa, pide que no lo molesten durante dos horas porque va a la caza de un par de boletos para él y su lady millennial. Antes nos formábamos de madrugada afuera del Palacio de los Deportes; definitivamente las formas han cambiado.

 

Ahora se trata de un trajín capitalista y aparentemente ordenado que a los empresarios les funciona. Un boleto de un festival es equivalente al santo grial o a conquistarte a la reina de la escuela desde tu estatus de ñoño.

 

Y ahora es cuando los literatos aplican la vuelta de tuerca porque yo quisiera saber si bandas de carácter social como Los Fabulosos Cadillacs, La Tremenda Korte, Celtas Cortos, Rancid, Attaque 77, Liran’ Roll e Inspector, por mencionar algunos, se sienten cómodos con ese trasfondo que, aparentemente, afecta su ideología humilde y la de sus seguidores más fieles, o si solamente se sienten parte de lo que hoy podemos denominar el Status Cool, porque un Vive Latino es un Vive Latino y la proyección es favorable.

 

En aquellas épocas románticas era muy sencillo llevar unas monedas de más para ayudar a quien en la entrada de un festival de reggae en la Granjas Esmeralda pedía un “cualquier, cualquier” para completar su entrada o su caguama en bolsa, pero hoy tu corazón es la hielera que te ordena defender tu lugar como cabeza de la hidra antes de pensar en los demás. Es cosa de ideología, pues; por eso no critico a Morrissey. Además, la música es un negocio, eso debe quedar claro, y hoy en día abre sus puertas al mejor postor.

 

No, no voy al Corona Capital, pero a Hombres G no me los pierdo por nada en el VL2017. ¿Por qué? Porque a pesar de las calamidades sociales Los Fabulosos Cadillacs le cantan a un mundo que ya no existe y Hombres G es mucho más divertido.

 

Crónicas cientoúnicas presenta: Corona Capital. Capítulo uno.

El Festival internacional que a México le costó parir cuarenta años.

Hace algunas semanas ya hablábamos acerca de la trascendencia de Avándaro como el antecedente primario de los festivales masivos en nuestro país el cual tuvo lugar en un momento muy peculiar del mismo, ya que, en medio de una serie de movimientos sociales a nivel mundial, se encontraba la joven sociedad mexicana con una herida punzante tapada con un curita sobrepuesto, expectante, paciente, ansiosa por un poco de aire que dejara fluir sus más profundas frustraciones pues sin explicaciones, sin argumentos y sin justificación alguna, los ojos de nuestros antepasados presenciaron ante sus ojos cómo se entreteje el guión del telegobierno y así fue que a partir de entonces comenzamos a transitar por casi cuatro décadas de oscurantismo cultural.

Recapacito mientras escribo estas líneas. Siglo veintiuno, tecnología de punta, sistemas de seguridad en red apoyados por ciberetrategias y México, un país en vías de desarrollo colocado geográficamente en un punto lo suficientemente estratégico como para gozar de todos los privilegios de un país desarrollado, a través de la televisión. Qué gran fiasco.

Una vez inmersos en la nada cultural, cuando del mundo sabíamos apenas lo que algunos querían que supiéramos, existían los hoyos funky y los cafés existencialistas donde algunos comunistas rijosos insistían en escuchar propuestas musicales que tuvieran que ver con manifiestos y protesta y de esto apenas existían algunas apuestas de blues y trova. Pero fue hasta ya bien entrada la década de los ochenta cuando de por debajo de las piedras comenzaron a surgir jóvenes entusiastas que organizaban toquines de rock y punk masivos en prepas populares, en territorios baldíos del Estado de México, vocacionales y en la UNAM.

Algunos menos clandestinos que otros, la realidad es que en esos eventos no se podía beber (claro que te las podías ingeniar para llevar una chela en bolsita), y mucho menos andar fumando mota porque estabas al interior de una escuela (como si esto fuera un impedimento). En fin, la cosa es que a regañadientes de pronto comenzaron a abundar los pequeños eventos no tan masivos donde los únicos asistentes eran jóvenes ávidos de escuchar algo que sonara fresco y auténtico, música con la cual identificarse.

Las leyendas conspiranóicas illuminatis, cuentan que justo en esa década, la de los ochenta, un grupúsculo de jóvenes con presupuesto, dominio del idioma inglés, algo de bagaje cultural, mucha ambición y ganas de destacar en la vida, fueron los encargados, dentro de los parámetros de lo socialmente controlable, de “seleccionar” a las bandas que conformarían esta nueva ola de rock hecho en México, un rock guapo y despeinado que no dejara de ser rock en la forma, pero cuyo fondo estuviese políticamente vacío. Lo cierto es que la leyenda cuenta es que fue también gracias a este grupo de jóvenes, que el veto a los conciertos masivos e internacionales en México, al fin hallaría una luz dentro de la cueva casi veinte años después de Avándaro.

Hacia finales de los años setenta y principios de los ochenta, se popularizó un formato de auditorio-restaurante donde uno podía ir a ver a su artista favorito (claro si este solo era Emmanuel o José José) al mismo tiempo de degustar alimentos y bebidas. Fue en ese momento que proliferaron lugares como “El Patio” o el mismo Hotel de México, ahora World Trade Center, donde alguna vez se llegó a presentar nada menos que The Police.

Otras historias cuentan que otros jóvenes entusiastas, no sabemos si los mismos del párrafo anterior, comenzaron a juntarse en lugares que sufrieron una metamorfosis tipo transformer, pues ya no eran hoyos fonky de los setenta y tampoco el formato rarísimo de restaurante-bar-auditorio, sino que al fin el concepto de discoteca comenzó a expandirse dando paso a lugares de culto como el LUCC, el Magic Circus, el Bulldog Café o el Rock Stock donde las mismas leyendas cuentan que sí hubo presencia y avistamiento de toquines de artistas extranjeros tales como Jane’s Addiction, INXS e incluso Depeche Mode, aunque la mayoría de estos tuvieron lugar a inicios de 1990.

Fue hasta el año de 1989 cuando en la aún pequeña ciudad de Querétaro de Arteaga, Rod Stewart se presentó en el estadio Corregidora; la euforia era tal, que gente de todo México se dio cita en ese lugar todavía alejado de la mano de Dios para presenciar algo que no había sucedido nunca en México: un artista internacional ante miles de personas. Simplemente épico. Este concierto puede considerarse como el parteaguas de lo que en adelante se ha convertido en una tradición para los artistas extranjeros, ya que lo que suena aquí, hace eco en todo el mundo. Extraño fenómeno para un país que emergió de las cenizas oscurantistas de la represión cultural.

A partir de la década de los noventa, el sol salió y con él una larga, larga lista de bandas y solistas de todas partes del mundo comenzaron a girar por escenarios mexicanos: U2, Smashing Pumpkins, Michael Jackson, Peter Gabriel, Metallica, solo por mencionar algunos, fueron los primeros en pasar lista en este fenómeno taquillero inusual llamado México, y digo inusual, porque no importa lo pobres que estemos, siempre habrá Sold Outs.

Hay que mencionar, que antes de que comenzara a proliferar el concepto de festival masivo, fue el boom de la música electrónica el gran pionero explorador de este formato con eventos como el Aca Sound Festival en Acapulco o el Love Parade en la Ciudad de México, donde DJs de todo el mundo ya comenzaban a aglomerar multitudes.

Pero fue hasta que la taquillera de confianza agarró confianza y supo que el público mexicano era noble y que quizá su ánimo y bolsillo estaba listo para el reto del festival masivo. Así, el festival Vive Latino inició sus primeros ensayos en el año de 1998, para entonces, otros eventos ya concentraban a diversas bandas nacionales en escenarios únicos que concentraban a miles de espectadores. Lugares como el toreo de Cuatro Caminos, el Salón 21, el Deportivo Mixhuca y la Plaza de Toros México fueron tan solo algunos escenarios improvisados que vieron crecer y pasar a algunas bandas tanto nacionales como internacionales.

Justo cuando Coachella y Glastonbury comenzaron a reventar como fenómenos sociales y masivos, México empezó a experimentar sus primeros pasos hacia los macroformatos como el Manifest, Coca-Cola Zero Fest, MotoRokr, MXBeat o el Festival Corona.

Más adelante otras ciudades y estados de la República como Guadalajara, Monterrey, Puebla, el Estado de México y Veracruz se contagiaron de la euforia masiva y algunas productoras independientes se lucieron con primeras y únicas ediciones de festivales que, aunque mal organizados, se agradeció en su momento la pluralidad y concepto distinto a lo que habíamos visto hasta entonces, tales fueron los casos del los festivales como Colmena, 72810, el Goliath, el Sonofilia y el Festival Extremo en donde tuvimos la oportunidad de ver a Moby, Björk, Sigur Rós, Peter Murphy y Modest Mouse entre otros.

Finalmente, en el año 2010 tiene lugar por primera vez el Festival Corona Capital asentándose desde entonces como uno de los eventos internacionales más esperados del país que debido a su concepto, es único en su tipo en la Ciudad de México, pero eso lo leeran en otro capítulo de esta crónica cientoúnica.

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