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Al final, fuimos Zornorizados por una Bestia

Por: Mitzi Hernández, Karina Cabrera y Pablo Osset

Fotografías: Ray Marmolejo

 

Bestia Festival, aquel suceso extraño que no podemos llamar bocanada de aire fresco, más bien una especie de zarandeada a las estructuras formales de verso-coro-verso a través del jazz más arriesgado, el noise, las pláticas sobre cultura avant garde y el cine. Durante tres años ha buscado espacios y un público, manteniéndose en la línea independiente y aportando la diferencia para una agenda cultural que a diferencia de los años de carestía de las décadas de los 70 y 80, ahora se excede con los festivales.

 

El festival llegó en el 2013 proponiendo ruido en el museo Diego Rivera Anahuacalli con Moonchild, aquel proyecto donde conviven en energía Mike Patton, Trevor Dunn, John Medeski y John Zorn. La primera edición fue una provocación, con artistas que participaron de forma agresiva y generaron experiencias distintas. En el segundo año Bestia Festival concentró esfuerzos en propuestas mexicanas, una muestra gráfica y un ciclo de cine enfocado a la música que cerró el 2014 con una sensación de que era posible encontrarnos con el movimiento más extremo en la música sin prejuicios.

 

Llegamos al 2015 y la tercera edición de Bestia Festival, una vez más independiente, buscando diferentes foros y nuevamente de la mano de John Zorn, además de otro de sus múltiples proyectos alternos y su gusto por el cine, que ya habíamos conocido en la primera edición a través del ciclo que curó en la Cineteca Nacional. Volvió Bestia Festival, con un programa más pero no por eso menos sorprendente, interviniendo espacios como la Biblioteca José Vasconcelos con sonoridades experimentales y desempolvando el órgano monumental del Auditorio Nacional, cuyas estructuras nunca imaginaron dar pie a tantas intenciones expresionistas al ser ejecutado por John Zorn para sonorizar la versión restaurada de El gabinete del Dr. Caligari.

 

 

I Acto “Sonoteca” 


Una ballena ósea, suspendida en un mar de libros, se torna azul. Custodia de la Biblioteca José Vasconcelos espera inmóvil una intervención sonora que desacata el letrero “Silencio”. En una resignificación espacial la biblioteca se convierte en una bóveda de sonidos sefardíes y cavernarios. 



Dora Juárez Kiczkovsky teje sobre el escenario Cantos para una Diáspora, proyecto personal, íntimo que es un tributo a su legado judío. La voz de Dora deshilvana canciones tradicionales de amor, muerte y huida acompañada de las vertiginosas cuerdas de Fernando Vigueras, percusiones de Jacobo Guerrero y ambientes electro acústicos en un ir y venir entre el pasado medieval y el presente experimental.


Con textos en castellano y ladino (lengua judeoespañola) Dora es una storyteller que transporta el espacio físico a tierras mediterráneas, al mar, a los valles desolados, al amor libre y la muerte inevitable; nos lleva por una migración de sonidos de oriente al occidente transformados, a su paso, en una loopera. 


‘A la una yo nací’, ‘Morenika’ o ‘Una matica de ruda’ crean imágenes de tiempos convulsos en guerra, de la magia de un pueblo y su cultura. Las voces de una tradición rescatados y reinventados por un talento vocal que nace del corazón y la música de un pueblo en continua fuga. Canciones tradicionales que impiden la pérdida de la memoria y buscan  echar raíces no en tierra sino en almas. 


La potente y delicada voz de Dora puede transformarse en vientos marinos, un oleaje torvo que irrumpe en los acantilados y un canto hipnótico en sirena, se transmuta en un anfibio cantarín en ‘La Rana’, se desdobla en tres mujeres en ‘Las tres morillas’ (con texto de Federico García Lorca). ¿Cuántas cantantes en el escenario hay? se pregunta el público tratando de encontrar más voces; sólo es Dora y  sus desdoblamientos armónicos. 


Intermedio


El espacio se llena de chasquidos de madera, claquetas chocando entre sí, navegando entre libros y la ballena aún suspendida. Decenas de golpeteos, con micro ritmos,  nos introducen en la cueva de un hombre cavernario que juega con el eco. Así atrapa la oreja Ernesto Martínez, compositor, ingeniero en audio, inventor musical, multi instrumentista para dar inicio a su proyecto Micro-Ritmia. Producido también por John Zorn y Tzadic records.

Con un ensamble orgánico de 11 integrantes: Irene Gutiérrez, Alejandro Guevara Alejandro Huerta, Felipe Muñoz, Armando Cuevas, Luis Marín, Francisco Ayala, Daniel Chávez, Manuel Leal y David Martínez, Ernesto explora a través de la percusión, repetición y saturación la movilidad del sonido en el tiempo y espacio. 


El proyecto se basa en conjuntar la matemática de la informática con la instrumentación, es decir el código binario representado por sonidos orgánicos, improvisados en un perfecto orden para generar un caos controlado por un ordenador. 


“Ampliación y revaloración de la destreza humana, timbres, texturas, silencios, acordes,  giro melódicos y ritmos sometidos a hiper-velocidades. La velocidad como medio expresivo y suma de lentitudes, como sinergia, e inteligencia colectiva. Como universo accesible y confortable para el compositor y el ejecutante y su expansión en sensaciones en el oyente. Varios músicos articulando pocas notas versus un músico articulando muchas; cada emisión sonora es detallada y esculpida. Rotación tímbrica y acceso detallado a micro-silencios.” Micro-Ritmia


Las piezas de Martínez son vivenciales, se crean en el momento, son vertiginosas, estimulantes, intensas, mientras dirige desde una consola y controla los movimientos del ensamble para generar un código sonoro de libre interpretación. Voces, bajos, guitarras, una marimba y el Frankenstein de Ernesto: un Hyperión; creación bastarda de una guitarra y un piano electrónico, son el código binario de la forma más antigua de hacer sonidos. 

‘Bajo y Guitarras’ nos brindó tres bajos y dos guitarras con un secuenciador electrónico y percusiones que generan tensión sonora en una micro escala. ‘Melamina Plus’ nos llevó por una obra para marimba a doce manos, mientras que en ‘1+1=1’ cada músico tocó una nota (su nota) en un momento específico. En ‘Suite Sincronario Hyperión’ vivimos a cuatro manos y percusión una atmósfera enrarecida lejos del entendimiento occidental y cerca de nuestro yo primitivo.


Ernesto busca extender los sonidos, deshacerlos en microtonos, re componerlos y ensamblarlos a partir de las necesidades del sonido, los músicos y el mismo director se mantienen supeditados al viaje del sonido por el espacio. 


II Acto Planeta Zorn


Sólo la intimidad del Lunario permite acceder al mundo sonoro de John Zorn y todos aquellos que forman parte de su Claustro más selecto. Un grupo de músicos itinerantes que traspasan las fronteras de los géneros musicales para interpretar paisajes sonoros fusionando diferentes tierras, lenguajes armónicos y caos. 


Masada es un proyecto que Zorn concibe como un mega paisaje sonoro de la tradición hebrea que involucra a diferentes ensambles pertenecientes a diversos mundos musicales que van desde metal progresivo, al jazz, a secuencias electrónicas generadas en computador; guitarras y saxos sampleados que componen 613 piezas sonoras que corresponden al mismo número de mandamientos en la Torá (Libro del culto Judío). 


Abrió la noche Klesmerzon, referente en la fusión musical tomando el sonido Klezmer (música tradicional judía intervenida con la síncopa del jazz) y someterlo a una intervención cultural donde los ritmos de la huasteca, funk con personalidad latina y el jazz lde improvisación libre permiten una traducción perfecta de Masada Book Two: The Book of Angels. 


A cargo de Benjamín Shwartz (violín, piano) y María Emilia (flauta traversa, piano) conjuntan sonidos de Jaranas, metales (trombón, trompeta y sax) y guitarras sampleadas al estilo Marc Ribot con un poder hipnótico y estimulante. Las piezas Samchia, Iahmel, Abachta, Yefefiah, Mashith, Sehibiel, Zikiel, Kabshiel, Amabiel se integran al sonido del trópico y latitudes lejanas al Medio Oriente. 


Abraxas grupo condenado por el neoyorkino Shanir Ezra Blumenkranz es un estruendo de improvisación, guitarras y vértigo sonoro que enloquecería tanto a seguidores de Frank Zappa o Bill Frisell ambos experimentadores del poder del progresivo y la saturación , fueron los encargados de traer ‘Psychomagia’, obra conceptual del mismo Zorn al mundo. 


Arrollador, como un tren de carga dirigido a las vísceras nos empuja a un precipicio sonoro y son el surf, el metal matemático, dobles bombos y síncopas, un bajo que resuena en la caja torácica, y la perfecta ejecución de Aram Bajakian y Eyal Maoz en las guitarras y Kenny Grohowski en la batería , los vórtices melódicos de una banda ex profeso del Planeta Zorn. 


Intermedio


Cuando el nombre de Mr. Bungle sale a relucir, los ojos y oídos de quienes buscan otros mundos sonoros como refugio se iluminan. Además de ser una de las bandas conceptuales que definieron un estilo particular en la década de los noventas ha sido semillero de solistas entre los que destaca Trey Spruance.  


Con Seacret 3 Chiefs Spruance da cabida a un sinnúmero de músicos en busca de sonidos propios y ajenos en una constante reinvención de culturas sonoras. Así 3 Chiefs se encargaron del Masada Book Three:  The Book of Berlah. 


Un grupo divertido que mantiene continuamente el asombro musical en un virtuosismo exagerado pero sin perder la honestidad del gozo personal. La locura, el delirio, el surf, sonidos tradicionales persas, música de oriente y una gran influencia de Ennio Morricone se conjuntan con un filosofía mística que se aleja de los “géneros tradicionales” y trae de regreso obras perdidas en el tiempo y hermetismo tradicional. 


Bladerunner es un monstruo tricéfalo, constituido por John Zorn, Dave Lombardo y Bill Laswell, tres cabezas independientes, libres, pero con el mismo objetivo: destruir toda concepción establecida al sonido acompañados por el guitarrista Fred Frith. El presente y pasado musical, del trío + 1, que los anteceden son muestra de la basta cultura sonora contenida en el poderoso ensamble como David Byrne, Herbie Hancock, Daevid Allen (Laswell) Fantomas, Testament, Philm (Lombardo) Henry Cow, Robert Wyatt, Brian Eno (Frith). 


Escuchar a un Lombardo que ha dejado de ser baterista para ser un músico que explota capacidades más allá de Slayer es una experiencia de aprendizaje, a Zorn dando una clase maestra de las múltiples formas de utilizar un saxofón como instrumento multifacético de sonidos y microtonos con una versatilidad que sólo el puede lograr; a Bill Laswel la columna vertebral sinuosa de excepcional fluidez manteniendo a la bestia sin ataduras genéricas y la guitarra progresiva de Firth que hace las veces de un personaje del expresionismo alemán aferrado a la locura y el vértigo. 


Escuchar y vivir el Planeta Zorn es una experiencia auditiva caóticamente equilibrada pues transgrede la concepción musical clásica y dogmática al involucrar el ruido y la saturación como elementos clave en la inmersión sonora sin concederse al gusto. La invitación a un paisaje sonoro en un mundo paralelo donde la importancia radica en la experiencia y no en el gusto y está abierta a cualquier oído en busca de salir de una confortable zona armónica, a veces, difícil de dejar. 

 

Cortesía Bestia Festival - Ray Marmolejo

III Acto – La gestación de un proyecto visual

Fueron varias las gestiones e instituciones por las que se dio posible la presentación de ‘El gabinete del Dr. Caligari’ en el Bestia Festival. Primero, un trabajo de restauración donde literalmente tomaron los rollos con los que se grabó y las partes que no encontraron, fueron pedidas a más de 11 instituciones cinematográficas internacionales. El resultado, la primer copia digital de este icono en la historia del cine, coordinado por la Fundación Friedrich-Wilhem-Murnau. 

 

Detalle agregado que le pusieran filtros de color, que dieron simbología temática, siendo muy claros los momentos de la maldad en sepia y los de las víctimas o el bien en verde azulado, al final los colores y la bifurcación temática, la confusión que nos da la conclusión cambia de colores para estabilizarse en el estado mental de la ilusión. 

El valor de esta película en específico fue haciendo ecos que nadie se esperaba. Con el paso del tiempo y contextos que el público y los críticos acercaron a hechos históricos de la vida real, que nada tenían que ver con el origen. 

El año en el que concluyó la Primera Guerra Mundial y firmado el tratado de Versalles, se filmó la primer película de horror y la que representaría el inicio del expresionismo alemán en el séptimo arte. Hecho lógico ya que el cine siendo multimedia, necesitaba los elementos complementarios de otras artes. 

A dos personas se les ocurre una trama que describiera al gobierno como un ente que lo controla todo y hace que sus subordinados hagan cosas terribles. Si están pensando en ‘Metrópolis’ con esa misma idea interna, esta idea fue 8 años antes. De hecho al ser terminado el libreto, se le ofreció a Fritz Lang, quien rechazó contundentemente por los tiempos políticos del momento. 

 

Si bien es cierto que el expresionismo surge de una sociedad post guerra, específicamente en el cine, las transfiguraciones de sombras y escenografía asimétrica, tenía más que ver con el efecto subjetivo y dramático que representaban el salir de las pesadillas vividas y una interpretación a las enfermedades mentales que para la década de los 20 estaba entre descubrimientos e ignorancia.

 

Eran temidos por igual ser sonámbulo, como el pensar que otra persona tiene el poder de controlar con la hipnosis a otros. Cualquier casilla que saliera de la norma, era encasillada en la locura.  Las conclusiones iban desde que la película era una oda para que se respetaran los estudios de psicología desarrollados en esa época y otras conjeturas fueron que era un preludio a la figura de Hittler.

 

El susto producido por el tren que salía de una fábrica en la proyección de los Lumière o los efectos en las historias fantásticas de Méliès no se comparan con los horrores en los que se basó ‘El gabinete del Dr. Caligari’. Basado en hechos ocurridos en Hamburgo sobre abuso sexual, el austriaco Carl Mayer y el poeta checo Hans Janowitz escriben la historia del doctor, que esclaviza mediante hipnosis a un sonámbulo, mientras lo exhibe en ferias locales.

 

El proyecto asignado a Robert Wiene, tuvo un giro que el director dictaminó: la escena inicial donde es claro que es una historia contada de un hombre a otro y la escena al final, donde el narrador se descubre como un loco en manicomio.

 

El reto del director a la posteridad fue un tanto cruel, ya que sus detractores aseguran que fue una suerte el hecho que la película lograra esos efectos visuales, dándole créditos meritorios a los creadores de las escenografías Hermann Warm, Walter Reimann y Walter Röhrig, quienes fueron elegidos por el productor Erich Pommer. Los trabajos siguientes de Wiene no corrieron ni de cerca con el mismo éxito. 

 

Cortesía Bestia Festival - Ray Marmolejo

IV Acto – Zorn manipulando quince toneladas

Si las transfiguraciones no solo visuales, sino simbólicas que desató este film para llegar a una conclusión como el Holocausto, tal vez tiene mucho o poco que ver el hecho de que John Zorn sea de origen judío, pero sí le impregna mayor sentimiento a la potente sonorización. 

 

Cómo conocido creador de bandas sonoras y hasta curador de ciclos de cine, John Zorn tomó en Bestia Festival los elementos exagerados del cine silente, los colores que nos permiten conocer el fondo de los personajes en la versión restaurada y los convirtió en tonos sonoros que revelan intenciones. Nos brindó en el órgano monumental del Auditorio Nacional inclinaciones y acentos que vemos en el expresionismo alemán, pero traducidos en tensión musical. 

Las quince toneladas del órgano monumental se nos revelaron no solo como majestuosas estructuras a ambos costados del auditorio, enmarcando la pantalla, se convirtieron en el enlace con una época que ciertamente tuvo esos sonidos, la música era la voz que no se escuchaba y era la guía en los estados de ánimo que vertían las imágenes sobre el público. Con John Zorn involucrado en la proyección, sabíamos que las expresiones del Dr. Caligari podrían acentuarse aún más, la locura y el sonámbulo asesino se nos revelaron con una magia que solo puede catalogarse como el festival: bestial.

 

Cortesía Bestia Festival - Ray Marmolejo

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